Panorama Católico

Beatifican el 28 de octubre a 498 mártires de la Persecución Roja en España

“¿Cómo es posible que el
silencio y el olvido de quienes más obligados estaban hacia los Mártires haya
caído sobre su memoria como si jamás hubieran existido? La señal de
restauración plena de la Iglesia y de España sólo vendrá por la renovación de
la santa memoria de estos Mártires y de todos los de la Cruzada”.

 

“¿Cómo es posible que el
silencio y el olvido de quienes más obligados estaban hacia los Mártires haya
caído sobre su memoria como si jamás hubieran existido? La señal de
restauración plena de la Iglesia y de España sólo vendrá por la renovación de
la santa memoria de estos Mártires y de todos los de la Cruzada”.

 

Ésta fue la grave requisitoria formulada por José Antonio
García-Noblejas en la conferencia que pronunciara abriendo el ciclo cultural de
nuestra Fundación el 5 de noviembre de 1986 bajo el título “EL GRAN HOLOCAUSTO
DE PARACUELLOS DEL JARAMA”. El insigne conferenciante hizo un minucioso
análisis de la trágica y gloriosa historia de los Mártires de Paracuellos del
Jarama, el más grandioso holocausto católico de todos los tiempos sucedido en
España y uno de los mayores de la historia de la Iglesia Universal. Inicua y
gigantesca carnicería de hombres indefensos, testimonio de espíritu cristiano y
patriótico, sacrificados sin razón ni pretexto alguno.

 

En el Madrid de 1936 todo estaba diabólicamente dispuesto por los
órganos de poder, desde el Ministerio de la Gobernación a la Dirección General
de Seguridad, desde la Junta de Defensa a su Delegado de Orden Público. El
genocidio de Paracuellos, con los millares de presos de las cárceles de Madrid
fusilados en un paraje solitario, al pie del Cerro de San Miguel, fue como un
torrente de sangre que viniera a engrosar el caudal de masacres anteriores y posteriores
en la España roja, sin contar los miles de asesinados en cualquier lugar por
los chequistas que gozaban de facultad para registrar, detener, torturar,
juzgar sumarísimamente y ejecutar a sus víctimas. Quienes no lo vivieron,
señala García-Noblejas, no sabrán nunca la zozobra y angustia de la lectura de
las trágicas listas para las “sacas” carcelarias, ni de los sublimes ejemplos
de entereza, serenidad y entrega a la voluntad de Dios.

 

Cada madrugada, la prisión en penumbra por temor a la aviación
nacional, un miliciano leía a gritos, linterna en mano, la larga lista que
portaba. Una vez cacheados los presos llamados, atadas fuertemente sus manos
con bramante, alambre o cable eléctrico y, amarrados de dos en dos por los
codos, eran subidos a camiones o autobuses en los que partían para su trágico y
glorioso destino, siempre vigilados y amenazados hasta el último instante.

 

Escalofriante itinerario de prisiones madrileñas de La Modelo,
Ventas, San Antón, Porlier, patética relación de nombres y apellidos de
Mártires asesinados, prisión y muerte de Pedro Muñoz Seca y de Ramiro de
Maeztu, fusilado en Aravaca. ¿Cuántas víctimas reposan en el Camposánto de los
Mártires de Paracuellos? No es posible señalar cifras exactas, mas no sería
difícil establecer su número aproximado con nombres, fechas y procedencias. El
número de sepultados en Paracuellos, incluidos los llevados de Boadilla del
Monte, Ribas-Vaciamadrid, Torrejón de Ardoz y de otros lugares próximos
(excluyendo los 800 del cementerio de Aravaca) supera con mucho las cifras
señaladas por recientes estudios. El número de 8.354 Mártires que expresa el
Archivero-Historiador de la Real Academia de la Historia, Arsenio de Izaga, en
su obra “Los presos de Madrid”, puede ser el más aproximado hasta ahora.

 

A quien hace este emocionado y escalofriante relato de los tristes
sucesos de Paracuellos del Jarama, trágico olvido para muchos en la historia
-como si fuera tan fácil esconder de un plumazo 8.354 seres asesinados-, no se
le puede tildar de exageración, subjetivismo o fantasía, porque los títulos que
le avalan son éstos: Notario número 1 de
Madrid, primero del escalafón nacional; ex Director General de Archivos y
Bibliotecas; miembro de la Comisión Española de Colaboración con la UNESCO;
Académico de Bellas Artes de San Fernando y de la Historia; Consejero de la
Sociedad Internacional de Derechos de Autor; autor él mismo de numerosas
publicaciones, Gran Cruz del Mérito Civil y de San Raimundo de Peñafort. Y algo
más importante que todo eso, testigo de cargo, en carne propia, de checas,
calabozos y prisiones de la España roja.

 

Voy a intentar ofrecer, en difícil síntesis, lo que fue el
holocausto de Paracuellos del Jarama, inmenso, gigantesco, sin precedentes en
la historia de España. Y he querido titular así, de “holocausto”, a mi
intervención, con todo el significado de sacrificio cruento, de ofrenda, de
expiación, que corresponde a la palabra, la misma empleada por Monseñor Antonio
Montero, Obispo de Badajoz, en su libro La persecución religiosa en España 1936-1939,
cuando habla del “impresionante holocausto de Paracuellos de Jarama”.

 

He de ocuparme con preferencia de aquellos mártires y de las
circunstancias en que fueron inmolados, más que de los ejecutores y
responsables del genocidio. Fuera de mi propósito queda ahora depurar cualquier
clase de culpabilidades, evitando herir los oídos y ensuciar mi lengua
pronunciando ciertos nombres bien conocidos, que por todas sus letras y por
todas sus sílabas destilan a torrentes la sangre de mártires.

 

Deseo también aclarar que empleo la palabra “mártires” sin
prejuzgar el juicio de la Santa Madre Iglesia, haciéndolo en términos
genéricos, con el sentido que le diera en su tiempo, con referencia a los
mártires de nuestra guerra, los Santos Padres Pío XI, Pío XII, Juan XXIII y
respecto a los mártires de Otranto Juan Pablo II. El mismo significado con que
lo emplearon todos y cada uno de los Obispos españoles independientemente en
1936 y todos juntos en su conocida Carta Colectiva de 1.º de julio de 1937.

 

El martirologio español en la Historia
de la Cruzada.

 

Los hechos de que vamos a ocuparnos constituyen Historia, historia
que ya lo es de medio siglo, con perspectiva adecuada para conocerlos y
enjuiciarlos en la plenitud de sus accidentes y circunstancias, y que
necesariamente hemos de estudiar si aspiramos a conocer la historia
contemporánea de nuestra Patria.

 

Ciertamente la Historia constituye un permanente afán de la
Humanidad, nacido de la preocupación espiritual del hombre por conocer su pasado,
y que con distintas interpretaciones alcanza también -y en alto grado- a la
materializada edad en que vivimos. En estos días comprobamos a cada paso el
constante interés en ofrecer a la masa ciudadana los hechos de la guerra de
España, es decir su historia, en forma parcial
y deformada, lo que no debe sorprendernos, por cuanto como decía el
profesor Martín Almagro hace más de treinta años, el combate en el campo del
pensamiento, entre los dos grupos de cultura que llamamos del Este y de
Occidente, se centra hoy precisamente en la interpretación de la historia.

 

En este rudo combatir en el área de la cultura, se inserta, como
elemento clave, el conocimiento puntual y exacto de los terribles
acontecimientos producidos en los desolados campos de Paracuellos del Jarama
hace ahora cincuenta años, capítulo fundamental en el martirologio español de
1936-39, con el enorme relieve que a este martirologio corresponde en la
Historia grande de la Cruzada. Bastaría esta consideración para justificar la
adecuación de la materia martirial a las tareas intelectuales que incumben a la
“Fundación Nacional Francisco Franco”. Pero tenemos algo más para autorizar
esta justificación. Contamos con el testimonio expreso y reiterado de la
devoción y la fe del Caudillo hacia nuestros mártires. En la mano tengo una
copia del autógrafo que envió al Arzobispo de Valladolid en 1.º de abril de
1950 con motivo del grandioso homenaje rendido a los mártires en el Santuario
Nacional de la Gran Promesa de la capital castellana con asistencia de
numerosos Obispos, de la totalidad de los Superiores Generales de las Órdenes
Religiosas y de altas personalidades de la nación. Un precioso escrito, cuyo
facsímil entrego con mucho gusto a la Fundación, en el que el Generalísimo, en
relación a los mártires y con la precisión conceptual que le caracterizaba,
decía: "Ellos fueron parte principal de nuestra victoria y hoy fieles
celadores de nuestra grandeza. ¡Dichosa la tierra que cuenta con tales hijos,
pues no puede ser abandonada de la mano de Dios! Ante su recuerdo besemos la
tierra bendita de nuestra Patria que regó su sangre y acogió sus restos."

 

El inmenso
genocidio de Paracuellos del Jarama.

 

Al hablar de Paracuellos de Jarama Fr. Octavio Marcos, de la Orden
Hospitalaria de San Juan de Dios, se expresa de este modo: "He aquí un
nombre que ha sido grabado a punta de cuchillo en el alma de España y cuyos
caracteres están teñidos en la púrpura de su sangre. Lugar sagrado, campo de
expiación, tierra sembrada de cuerpos santos y fertilizada con sangre de
mártires. Aún perciben nuestros oídos el rasgado silbar de la metralla que
troncha vidas beneméritas en la virtud y en las ciencias, en íntima fusión con
las plegarias: “¡Viva Cristo Rey!, ¡Dios!, ¡España!, ¡Perdónalos Señor!”, que
brotan de labios moribundos y se elevan al cielo como perfumado sahumerio de
sangre palpitante que empapa la tierra y la cubre de regio manto de púrpura,
glorioso atributo de la victoria y de la Realeza de Cristo."

 

Y Monseñor Antonio Montero, en su citada obra dice: Las
ejecuciones producidas en Paracuellos del Jarama constituyen capítulo aparte,
lo mismo en la historia del Madrid rojo, que en la del resto de las provincias
afectadas por la persecución… impresionante holocausto.

 

Ciertamente el número de mártires allí sepultados resulta
incalculable en términos precisos, porque al número de presos “sacados” de las
cárceles madrileñas mediante listas nominativas, hemos de sumar los
innumerables allí ejecutados en pequeños grupos o individualmente, de los que
no se conserva referencia escrita, entre agosto de 1936 y comienzos de 1937,
inhumados por cualquier sitio de aquellos lugares, de los cuales algunos fueron
exhumados después de la guerra, e identificados o no, se trasladaron a nuevas
zanjas contiguas a las de Paracuellos de Jarama, del mismo modo que se hizo con
los innumerables fusilados en Torrejón de Ardoz, Boadilla del Monte, El Pardo y
otras procedencias entre las cuales se cuentan algunas mujeres.

 

Matanzas
masivas en la zona roja. Origen y causas.

 

Tan grande matanza de hombres indefensos, no constituye hecho
aislado en lo que fue zona roja de nuestra guerra, en toda la cual, cualquier
circunstancia adversa para ellos, como sus continuos descalabros bélicos,
servía de pretexto para cebarse en los inermes presos de las cárceles o de los
barcos-prisión, y así sucedió con millares y millares de víctimas desde los
comienzos de la contienda hasta sus últimos coletazos, cuando en 7 de febrero
de 1939, en el lugar de Can Tretze, provincia de Gerona, cerca de la frontera
francesa, se fusiló al Obispo de Teruel, Anselmo Polanco con 42 compañeros de
cautiverio.

 

La relación, no exhaustiva, de las matanzas colectivas en España
comienza en El Arahal (Sevilla), donde anticipándose a la llegada de las
fuerzas nacionales liberadoras, los milicianos inundaron de gasolina la prisión
y la incendiaron. Todos menos uno perecieron abrasados vivos. Y continúa con
los marinos de Cartagena arrojados al mar, los fusilamientos masivos de las
prisiones de Ubeda, Ciudad Real, Toledo, Almería, Lérida, Málaga, San Sebastián
y el fuerte de Guadalupe, Castellón, Ibiza, Fuenteovejuna, Albacete, Consuegra,
Cebreros, Ocaña, Monasterio de Cóbreces, Guadalajara, Bilbao (prisiones de
“Ángeles Custodios”, “Larrinaga”, “La Galera” y “Carmelo”) y Martos.

 

Y en los barcos-prisión “Río Segre”, de Tarragona; “Isla de
Menorca”, de Castellón; “Astoy Mendi”, de Almería; “Cabo Quilates” y “Altuna
Mendi”, de Bilbao; “Atlante”, de Mahón, y “Alfonso Pérez”, de Santander, así
como en los terroríficos pozos de Tahal y de La Lagarta en Almería, y los de
Carrión de Calatrava y Herencia.

 

Por lo que a Madrid concierne, el genocidio de Paracuellos, con su
torrentera de sangre, vino a constituir la culminación de masacres anteriores,
amén de los miles y miles de madrileños y de madrileñas asesinados en cualquier
lugar por las innumerables checas que gozaban de facultad para registrar,
detener, torturar, juzgar sumarísimamente y ejecutar a sus víctimas.

 

La primera de estas masacres, con más de doscientas ejecuciones se
produjo en nuestra capital el 20 de julio sobre los defensores del Cuartel de
la Montaña, una vez cesada la lucha. Me permito detenerme un momento en la
consideración de esta inicua y primera carnicería en Madrid, porque cabalmente
hallamos en ella la consigna que sirvió para realizarla, la misma que se siguió
en las sucesivas masacres. La consigna nos la ofrece nada menos que el ejecutor
material del genocidio del Cuartel de la Montaña, Enrique Castro Delgado, creador
del 5.º Regimiento de Milicias, con expresión increíblemente cínica, en su
libro Hombres made in Moscú: -Ya dentro del Cuartel (escribe Castro Delgado),
alguien dice: “Allí” están los que no han escapado, serios, lívidos, rígidos…
Castro sonríe al recordar la “fórmula”. “Matar… matar, seguir matando hasta
que el cansancio impida matar más… Después… Después construir el
socialismo”. “Que salgan en filas y se vayan colocando junto a aquella pared de
enfrente, y que se queden allí de cara a la pared… ¡Daros prisa! La fórmula
se convirtió en síntesis de aquella hora… luego un disparo… luego muchos
disparos… La fórmula se había aplicado con una exactitud casi
maravillosa”.

 

Tal es su relato, y por si aún fuera posible ensombrecer la
tragedia, cuenta la impresión que ella causó al Comité Central del Partido,
ante el que se presenta Castro inmediatamente: -En el Comité Central, la
Pasionaria le dice: “Camarada Castro, el Partido se siente orgulloso de ti…
toma esta pistola que te regala el Partido. ¿Qué sentiste en los primeros
momentos? ¿No dudaste? “No había razón para ello, Dolores”. Ella se rió, todos
reían. Él se sentó, recordaba a los muertos y sonrió. Estaba satisfecho. Estaba
contento”.

 

No son precisos comentarios. La segunda masacre en Madrid tuvo
lugar en Villaverde los días 11 y 12 de agosto con los “trenes de la muerte” de
Jaén. Doscientos presos de sus cárceles, con el Sr.Obispo, Dr.Basulto, su
hermana y su Vicario, ametrallados en el Pozo del Tío Raimundo. Diez días
después, primera matanza colectiva en la cárcel Modelo, con un centenar de
víctimas muy seleccionadas.

 

Así alcanzamos a los días finales de octubre en que las tropas
nacionales se acercan invictas a Madrid. Las autoridades rojas aumentan cada
día el número de detenciones y acrecientan su preocupación por los millares de
presos encerrados en sus cárceles, con la idea de que no pudieran ser liberados
por los nacionales en su posible, o más bien probable, entrada en la capital.

 

Prisiones
rojas madrileñas. Espíritu de los cautivos.

 

Bueno será recordar lo que eran aquellas prisiones en las que
inmediatamente van a producirse las terribles “sacas” de detenidos, con destino
a las zanjas preparadas en Aravaca, en Vicálvaro, en Ribas-Vaciamadrid, en
Torrejón de Ardoz y en Paracuellos de Jarama.

 

Cinco eran las del Madrid rojo: la Modelo, en la plaza de la
Moncloa, en el mismo emplazamiento del actual Ministerio del Aire, en la que se
hacinaban unos 8.000 presos. La de Ventas, hoy también desaparecida, en la calle
del marqués de Mondéjar, construida para prisión de mujeres, pero desde el 24
de julio habilitada para varones, con unos 1.500 presos. Las de los Colegios
escolapios de San Antón, en la calle de Hortaleza y de General Porlier,
habilitados para prisiones, en cada una de las cuales se amontonaban en aulas,
galerías y pasillos más de 2.500 detenidos. Y finalmente la del Convento de la
calle del Duque de Sesto, más reducida, de la que no hacemos historia en razón
a ser la única que gozó del privilegio de no sufrir las famosas “sacas”. En
total unos quince mil presos en Madrid a fines de octubre, aumentados cada día
por sucesivas detenciones.

 

El hacinamiento de los detenidos en aquellas cárceles, en las que
por entonces faltaba hasta el espacio necesario para reposar en el suelo, sin
comunicación alguna con el exterior o con las familias; las privaciones, el
hambre, el frío, la carencia absoluta de higiene, miseria, vejaciones y
padecimientos, la permanente amenaza de muerte, constituían el ambiente en que
malvivían millares de patriotas, destinados en gran parte a morir en breve en
las fosas de Paracuellos. Mas en aquel ambiente resplandecían exaltados, por
contraste, los más altos valores del espíritu: fe, patriotismo, confianza en
Dios y en la victoria, abnegación, desprendimiento, hermandad y camaradería.

 

Cuanto se diga del fervor religioso respirado en aquellas
prisiones es pálido reflejo de la realidad, Desde el momento de ingresar en la
cárcel, la primera preocupación de todos era la de dirigirse a un sacerdote
-que en vano se encontraría en la calle- a quien consultar y pedir absolución.
La regla que los confesores impartían invariablemente era ésta: “Si te
preguntan si eres católico, no puedes negarlo de ningún modo, pero sobre
materias políticas o de otra naturaleza es lícito faltar o desfigurar a la
verdad para salvar la vida”, y efectivamente de nadie se sabe, entre la
infinidad de presos sacrificados o interrogados, que apostatara o renegara ante
el riesgo de morir.

 

De continuo se administraba el sacramento de la penitencia,
disimuladamente, sentados en el suelo, tumbados en los petates -cuando los
había- o dando vueltas por el patio, e igualmente se rezaba, principalmente el
rosario, pese al riesgo de hacerlo, En este aspecto el anecdotario carcelario
es inacabable y espléndido.

 

Tiene la cárcel Madrid resplandor de catacumba, escribió el luego
Académico de la Historia y Almirante Julio Guillén Tato en su libro Los últimos
días de la cárcel Modelo e igualmente otro superviviente de la prisión, al
referirse a la matanza del 22 de agosto en la Modelo, se expresaba en los
siguientes términos: “Después de confesarme, a bien con Dios y con los hombres,
siento en mi alma una inmensa ternura… y como para morir en gracia de Dios es
preciso perdonar, yo perdono a mis verdugos, como Cristo perdonó en la Cruz”. Y
el Archivero-Historiador Arsenio de Izaga, en su importantísima obra Los presos
de Madrid escribió: “La cárcel fue el yunque moral en que se forjaron las almas
de aquellos héroes y de aquellos mártires”.

Ver más información en: Mártires de Paracuellos

 

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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