Panorama Católico

Belloc HIllaire. Como aconteció la Reforma

Porque el arrianismo era, en esencia espíritu racionalista: es decir, incapacidad de advertir que existen cosas más allá de la razón. No fue un rechazo franco del catolicismo, pero fue el principio de este rechazo. Y en esto se asemeja mucho al primer movimiento protestante del siglo XVI. Era el espíritu que al referirse a los misterios pregunta: “¿Cómo es posible que semejantes cosas sean?” Porque el arrianismo, aún cuando no combatía totalmente la unidad, empequeñecía la Divinidad de Cristo. Constituyó el comienzo de un intento de racionalizar el misterio de la Encarnación, exactamente del mismo modo que los ataques de la Presencia Real, antes y durante la Reforma, fueron el comienzo de un intento de racionalizar el misterio de la Eucaristía.

Porque el arrianismo era, en esencia espíritu racionalista: es decir, incapacidad de advertir que existen cosas más allá de la razón. No fue un rechazo franco del catolicismo, pero fue el principio de este rechazo. Y en esto se asemeja mucho al primer movimiento protestante del siglo XVI. Era el espíritu que al referirse a los misterios pregunta: “¿Cómo es posible que semejantes cosas sean?” Porque el arrianismo, aún cuando no combatía totalmente la unidad, empequeñecía la Divinidad de Cristo. Constituyó el comienzo de un intento de racionalizar el misterio de la Encarnación, exactamente del mismo modo que los ataques de la Presencia Real, antes y durante la Reforma, fueron el comienzo de un intento de racionalizar el misterio de la Eucaristía.

El advenimiento del desastre

   Lo primero que debemos hacer al abordar nuestro tema, si deseamos colocarlo en la exacta perspectiva histórica, es desprendernos de cierta ilusión naturalmente alimentada por la hora y el lugar en que vivimos. La ilusión de que la Iglesia vivió una existencia apacible, igual, de poderío indiscutido a través de los siglos que medían entre la conversión del Imperio Romano y la gran catástrofe del siglo XVI.

    De ningún modo fue así. Vivía en perpetua lucha y en perpetuo peligro, en el sentido humano, de disolución. Estaba continuamente bajo el asalto de enemigos internos y externos. Y la razón es sencilla: no pertenece a este mundo.

    El naufragio definitivo de la unión europea, causado por la reforma –si es, en realidad, definitivo- no fue más que un episodio de un largo viaje, durante el cual el naufragio había sido una amenaza constante.

Decir que la vida de la Iglesia durante los tres primeros siglos fue una incesante y violenta lucha es insistir sobre un lugar común; pero esa lucha no cesó en Constantino sino que continuó en otras formas. Continuó sin cesar, siglo tras siglo. Coincidiendo casi exactamente con el gran movimiento de conversión, alrededor de los años 320-330 debido al cual las gentes empezaron a adherirse en masa a la religión oficial (que hasta entonces contaba, tal vez, con solo una décima o una octava parte de toda la población), la naturaleza misma de la fe se vio amenazada por la perversión arriana.

    Esa época se halla tan lejos de nosotros que no nos damos cuenta de lo que fue; y desde el siglo XVIII, sobre todo en Inglaterra, bajo la influencia de la mentalidad carente del sentido histórico de Gibbon (y Gibbon no era mas que un discípulo de Voltaire), existe la moda de burlarse del arrianismo como si se tratara de una lucha dialéctica casi incomprensible y ciertamente ridícula, llena de sutiles disquisiciones y juegos de palabras.

   Fue muchísimo más que eso. Constituyó todo un aspecto pervertido de la Iglesia católica que afectaba un gran sector de la estructura jerárquica, como un parásito metido dentro de un organismo que amenaza desnutrirlo y finalmente destruirlo. Porque el arrianismo era, en esencia espíritu racionalista: es decir, incapacidad de advertir que existen cosas más allá de la razón. No fue un rechazo franco del catolicismo, pero fue el principio de este rechazo. Y en esto se asemeja mucho al primer movimiento protestante del siglo XVI. Era el espíritu que al referirse a los misterios pregunta: “¿Cómo es posible que semejantes cosas sean?” Porque el arrianismo, aún cuando no combatía totalmente la unidad, empequeñecía la Divinidad de Cristo. Constituyó el comienzo de un intento de racionalizar el misterio de la Encarnación, exactamente del mismo modo que los ataques de la Presencia Real, antes y durante la Reforma, fueron el comienzo de un intento de racionalizar el misterio de la Eucaristía.

Ahora bien, el arrianismo pesó gravosamente, como durante siglos, sobre la Iglesia. Con intermitencias, fue la religión de la corte. Se convirtió, principalmente, en la religión del soldado, en una sociedad que dependía por entero del ejército; y sólo cuando hubieron pasado tres buenas generaciones desde sus comienzos, debido a las conquistas de Clodoveo en Galia, se inició en contra de una reacción verdaderamente vigorosa. Los soldados que gobernaban a España no abandonaron el arrianismo hasta más tarde, casi cien años después. Las tropas federales que se apoderaron del África del Norte eran arrianas y perseguían el catolicismo en esa provincia del imperio romano con la misma violencia con que la supremacía protestante lo persiguió en Irlanda. El poder militar que gobernaba Italia era arrio, y apenas acababa el emperador católico de recuperar Italia, poniéndola bajo su mando directo, otro cuerpo de tropas federadas, también arrios, se adueñaron del norte. El arrianismo tuvo sus obispos, su organización y propaganda, y durante unos buenos trescientos años, en un lugar o en otro ejerció poderosa influencia sobre las clases dirigentes (por suerte era débil entre los pobres).

Por consiguiente, aunque triunfante del paganismo, la Iglesia Católica, poco después del año 300, se vio envuelta en un nuevo conflicto que no terminó hasta pasados otros tres siglos.

Belloc, Hillaire. Cómo aconteció la Reforma, Emece, 1945, Cap. II, El Advenimiento del Desastre, págs. 29 a 31.

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