Panorama Católico

Benedicto, un papa de cara a Dios, ¿de sesgo al Magisterio?

Escribe Agustín Moreno Wester

Confundidos, quizás, por el estilo de Juan Pablo II, tanto progresistas como conservadores han creído desde un comienzo que en actual pontífice no podría competir con su antecesor en materia de popularidad. La realidad ha resultado otra. La figura de Benedicto crece en su capacidad de convocatoria y esto se refleja en los números estadísticos y en los financieros de la Santa Sede.

Escribe Agustín Moreno Wester

Confundidos, quizás, por el estilo de Juan Pablo II, tanto progresistas como conservadores han creído desde un comienzo que en actual pontífice no podría competir con su antecesor en materia de popularidad. La realidad ha resultado otra. La figura de Benedicto crece en su capacidad de convocatoria y esto se refleja en los números estadísticos y en los financieros de la Santa Sede.

El episodio de la Universidad de Roma, recientemente cerrado con una multitudinaria manifestación de 200.000 personas en desagravio del Pontífice pone un sello distintivo. Contra un grupo de intelectuales radicalizados que lo agraviaron, decenas de miles de italianos lo aclamaron.

Días antes, una celebración en la Capilla Sixtina, según en Novus Ordo, pero usando el altar y las rúbricas tradicionales, puso pelos de punta a la prensa y el progresismo.

El valor de los gestos

En la capilla Sixtina, con poco el Pontífice dijo mucho. Al aludir a la censura del bloque ideológico durante el ángelus en que la multitud lo aclamó, nuevamente, con esa bondad natural que lo caracteriza, puso en evidencia en breves palabras el odio del mundo hacia la Iglesia.

Sin embargo, en su discurso leído ante la Universidad de Roma, con mucho dijo poco.

Querer al Papa, obedecer al Papa

Es bueno que un Papa sea querido. Por lo cual también cabría aspirar a que fuera obedecido. Pero esto también viene arrastrándose desde los pontificados anteriores. J.P.II era aclamado por millones de jóvenes, pero sus enseñanzas morales resultaban olímpicamente ignoradas. En el “show” triunfaba, en el Magisterio fracasaba. Plazas llenas, iglesias vacías…

Benedicto, en cambio, ha ido desarticulando el “show” y dicta sus breves alocuciones sobre temas doctrinales, como los apóstoles o los padres de la Iglesia, con impresionante afluencia de público que va a escuchar. En este punto, su fenomenología es mucho más tradicional.

Pero también hay que recordar que el amor obliga: “quien me ama cumple mis mandamientos”. Esto vale para los fieles, la jerarquía y para el Papa mismo.

Sus batallas, sus convicciones, su estilo…

Tenemos que agradecerle, su sincera y profunda preocupación litúrgica. Restringido a un estrecho margen de maniobra, procede con paciencia y cautela marchando hacia un objetivo que sólo él conoce en su corazón, pero que indudablemente apunta a restaurar algunos fundamentos básicos de la lex orandi. Si analizamos el resultado y la línea argumentativa desde el punto de los ideales tradicionalistas, hay todavía un gran déficit, pero sería injusto dejar de reconocer el importante golpe de timón en la materia y el avance fundamental que significó el Motu Propio Summorum Pontificum.

En cuanto al Magisterio, no se puede evitar la percepción de cierta continuidad respecto al pontificado anterior. Con Benedicto, el Magisterio ha apuntado más a temas radicales de la Fe, a la vez que ha acentuado un cariz más explícitamente facultativo a sus asertos, aún que el de su antecesor. Su última encíclica, Spe Salvi, remeda una ponencia universitaria –dicho esto con la mayor reverencia a la augusta dignidad de su autor-. Es decir, el Papa “opina” (“yo creo…” dice varias veces) como doctor privado.

Parece convencido de que no hay otro modo de hablarle al hombre moderno que poniéndose a su altura. El “diálogo” –término tan traído y llevado por los ideólogos del Concilio Vaticano II- es la clave. Y con todos los matices y confusiones a que esta palabra puede prestarse, parece ya un signo propio de este pontificado: su decisión por el “diálogo”, postergando como a un segundo plano la función de proclamar la Verdad de la Iglesia de Cristo, quien –como su maestro y cabeza- ha de enseñar con la autoridad y por medio del Papa

Es cierto que Nuestro Señor ha dialogado: con Nikodemos, con sus apóstoles, y hasta con los fariseos. Más siempre como una propedéutica, una preparación espiritual e intelectual para pronunciar finalmente la sentencia magisterial con su divina autoridad.

El Papa es su Vicario. Cumple esta misma función. Nuestro Señor nunca opinó. El Papa, en las materias de su competencia, tampoco puede opinar, sin pasar inmediatamente, como ya se ha dicho, a la función de “doctor privado”, lo cual parece inconveniente a un pontífice, y sobre todo cuando habla por medio de instrumentos solemnes que son propios del Magisterio Universal. Este modo de expresarse produce una devaluación de esos mismos documentos, que parecen someterse voluntariamente a la polémica.

El Vicario de Cristo es custodio infalible de la Fe y la Moral, de la tradición, su guardián celocísimo. Ante esta investidura el doctor privado debe amenguar y desaparecer.

De frente y de sesgo

Se percibe pues, un –seguramente involuntario- doble mensaje. Las causas son complejas: temperamento, formación, convicción de que el mundo moderno ya no es permeable a las verdades magisteriales y que debe persuadírselo en un “mano a mano” más apropiado para la lucha apologética que para la definición magisterial.

Esto extrañamos en el Pontífice actual, con todo el afecto y agradecimiento que le profesamos. Una exposición neta, rotunda, diamantina de la doctrina. ¿Para qué insistir en la búsqueda de la verdad si ella ya está toda contenida en el tesoro que la Iglesia custodia? La verdad deben buscarla los extraviados, los confundidos. A la exhortación de “buscad la verdad”, extrañamos la invitación: “venid a la Iglesia, donde está la Verdad”. Y más aún: “esta es la verdad”…

Cuando el Papa cita a Marx, y Engels, a De Lubac y Habernas y señala algunos aciertos y, en ciertos casos, también sus errores, con tono de profesor universitario en diálogo con su audiencia calificada, produce en el lector la impresión de que todo tiene su costado bueno y que la verdad es un como un cierto rearmado del rompecabezas en el que todos tienen alguna pieza que aportar.

¿Es esta su intención? Estamos convencidos de que esta es su convicción sobre el modo de “captar la benevolencia” intelectual de los que no aceptan la doctrina cristiana: mostrar la “apertura al diálogo”.

El mismo, en sus libros como doctor privado, ha dicho que era conveniente volver al “Nos” mayestático en los documentos pontificios. Ese “Nos” ata al Pontífice a la verdad definida por todos sus predecesores con Cristo como Cabeza. Y lo obliga a una definición clara y solemne.

Así pues, en esta línea de pensamiento, aspiramos a ver en el futuro los documentos del Doctor Supremo como lo que son: formulaciones de la Verdad, sin ambigüedades, sin tautologías y sin invitaciones a la discusión. Es decir, documentos plenamente magisteriales.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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