Panorama Católico

Bien Común y Oligarquía

DECLARACIÓN DEL INSTITUTO DE FILOSOFÍA PRÁCTICA ACERCA DE LA OLIGARQUÍA Y EL BIEN COMÚN

Pregunté a mi rosa:
-¿Qué se puede hacer
con aquel que siembra ira?
Y mi rosa me contestó:
-Dejarle que la cosecha
le devuelva su semilla.

Javier Albisu S.J.

I.-

DECLARACIÓN DEL INSTITUTO DE FILOSOFÍA PRÁCTICA ACERCA DE LA OLIGARQUÍA Y EL BIEN COMÚN

Pregunté a mi rosa:
-¿Qué se puede hacer
con aquel que siembra ira?
Y mi rosa me contestó:
-Dejarle que la cosecha
le devuelva su semilla.

Javier Albisu S.J.

I.-

La auténtica filosofía, desde sus orígenes con Solón, Pitágoras, Heráclito, y otros pensadores iniciales, no fue una filosofía de profesores o profesoras, una materia odiosa y distante, sumida en lo que Gabriel Marcel denominaba el “espíritu de abstracción”, sino un pensar acerca de la realidad del cosmos y de su origen, del hombre y del sentido de su vida, de la ciudad y de sus problemas, pues en ella se desenvuelve aquel como animal político.

Es por eso, que ninguno de los grandes filósofos clásicos es “individualista”, ninguno filosofa desde un laboratorio o al abrigo de una estufa, ninguno es un ideólogo moderno que pretende imponer su subjetivismo a lo real, sino que todos se abren a la realidad de la vida humana, que es social, política y económica, entendiendo por la última, en primer lugar, la administración de la casa (oikos), y también la entonces llamada “crematística”.


Esa realidad política apunta a un fin: el bien común,
que se ha denominado temporal o público, y que nosotros, siguiendo la enseñanza de nuestro fundador, Guido Soaje Ramos, preferimos llamar político, pues no es el único bien común temporal, ya que existen otros bienes de ese carácter, como el de los grupos menores o infrapolíticos, y porque su contenido perfectivo, no se agota en su faz pública.

Es importante mencionar a esos grupos porque el material de la sociedad política es orgánico; ella no es una suma de individuos desarticulados, sino es la ordenación de grupos ya existentes, que se unen en la sociedad global, para “su mejor estar”, como decía Eiximenis, pero también y fundamentalmente, para ser mejores. Gran lengua la castellana que nos permite, con dos palabras, distinguir el “ser” del “estar”.

Este bien común abarca la perfección del hombre todo en esa ordenada jerarquía que es responsabilidad primera del gobernante y que señala Santo Tomás de Aquino: instituir a la multitud en la unidad de la paz; inducirla a una vida virtuosa a través de la palabra (las leyes), pero sobre todo mediante el ejemplo; lograr que exista suficiencia de bienes materiales, necesaria para lograr la vida virtuosa. Pero esto no consiste en que existan muchos bienes, sino en su justa distribución,
en el bienestar material, pues una injusta distribución, que genera a
la vez acumulación de riqueza en unos junto a indigencia en otros,
atenta contra la paz. Ese bienestar debe ser un el objetivo político
orientado a que todos superen la barrera que separa a la miseria de la
pobreza e incluso a que se agrande la medianía económica.

II.-

Para la filosofía clásica, que no es la kelseniana, por supuesto, las formas políticas se clasifican y califican por su fin y el gran criterio distintivo es el bien común político: así, dentro de una clasificación más amplia, el gobierno de pocos ordenado al bien común será la aristocracia y el ordenado al bien particular será la oligarquía. Platón, en El Político, agrega un matiz interesante: el gobierno de pocos sujeto a las leyes, será aristocracia; el gobierno de pocos sin leyes, será oligarquía.

Hoy nadie duda que en la Argentina gobiernan pocos aunque voten muchos. Así que es un problema de aristocracia o de oligarquía. En nuestros días el país, crispado por la hybris, o sea la desmesura y la soberbia gubernativa, que hace todo lo posible para enfrentar a argentinos con argentinos, vemos aparecer el término oligarquía, para denostar a quienes protestan sea en el campo, en las rutas o en las ciudades.

Ahora bien ¿quiénes son los oligarcas de verdad? ¿son aquellos que protestan hartos de arbitrariedades, de injusticias concretas, de prepotencias? ¿son aquellos que defienden su subsistencia? O ¿son aquellos que desde el gobierno han vuelto a privatizar el bien común confundido con su medrar particular?

No hace mucho Cristina Kirchner, al exhibir los aros y el collar de plata, que le regaló el presidente de Bolivia, Evo Morales, manifestó: “Esto pasa por que soy una presidenta, si hubiera sido un presidente estas cosas no pasarían”. El material era una piedra preciosa que se llama bolivianita, pues sólo se encuentra en Bolivia. Y afirmó la presidenta: “los voy a llevar siempre conmigo”. ¿Qué diferencia existe con Menem, que cuando recibió un costoso automóvil exclamó: “La Ferrari es mía, mía”?

Según la ley de ética pública “los funcionarios no podrán recibir regalos, obsequios o donaciones con motivo o en ocasión del desempeño de sus funciones”. El automóvil de Menem y las joyas de la presidenta deberían ser patrimonio del Estado, y como señala Jorge Rosales, “una joya tan impactante como los aros de Evo podría ser exhibida, de aquí en más, por todas las presidentas que tenga la Argentina” (“Mujeres del mundo”, en La Nación, Buenos Aires.

Para muestra basta un botón, que podría multiplicarse con el enriquecimiento patrimonial desorbitado de la pareja gobernante, los negocios de una “nueva clase” empresarial, los enormes subsidios a organizaciones que motorizan los odios entre argentinos, la concentración del poder económico en el gobierno nacional a través del cobro de impuestos no participables, que luego en parte se adjudican a provincias y municipios a cargo de gobernadores e intendentes genuflexos, todo en formas paradigmáticas de clientelismo político, en cuyo contexto dirigentes partidarios, empresarios, sindicalistas y hasta medios de comunicación, son comprados o bien habilitados en los negocios que arma el poder, al tiempo que la súbita riqueza de esos alcahuetes se exhibe sin pudor alguno.

En tanto, brilla por su ausencia el papel del Estado como “empresario indirecto”, pues los gravámenes que pagan los particulares y los grupos sociales, no vuelven a través de caminos, puertos, ferrocarriles, energía, hospitales, escuelas, seguridad, justicia.

III.-

Entendemos, con claridad, quienes son hoy los oligarcas: por un lado, en sentido estricto, los gobernantes, que acumulan el poder político y el poder económico marginando de todo poder a cada vez más grandes sectores de la población, para quienes el adulterado “bien común” ha dejado de ser tal, al ser excluidos de su participación en el mismo, lo cual, como ya lo advertía Platón, rompe la unidad de la polis; pero por otro, en sentido amplio, existe una vocación oligárquica en todos aquellos que pretenden concentrar la producción agrícola-ganadera en pocas manos, en grandes monopolios, muchas veces extranjeros, mientras contribuyen al éxodo de la población rural. Esto lo reconoce un artículo acerca del tema: la producción a gran escala de las grandes empresas, genera más rindes y más rentabilidad; ella es la que permite al hombre de campo, al pequeño y mediano productor e incluso al gran productor individual, cobrar mejores arrendamientos, conservar el campo y encarar otra actividad (“Por qué el ‘pool’ de siembra es ahora el malo de la película”, Clarín, Buenos Aires, 30/3/2008). Pero lo que el artículo silencia es que ello distorsiona los precios de los arrendamientos, en especial en los campos ganaderos y expulsa de ellos a los pequeños arrendatarios que no pueden pagarlos. Además, el arrendador abandona el campo que se despuebla y se traslada a las ciudades donde se transformará en comerciante o rentista.

Como bien escribe, acerca de esto, el gran pensador suizo Emil Brunner: “las fortunas gigantescas constituyen para la comunidad del pueblo, en el campo económico, un peligro tan grande como el exceso de poder en el mundo político. Pues la posesión exageradamente grande significa al mismo tiempo prepotencia, supresión de la libertad jurídica, y amenaza para la libertad de los demás. El trust gigantesco es un Estado dentro del Estado, que puede permitirse lo que no está permitido a ningún ciudadano individual” (La justicia, p. 195).

En sentido análogo afirma Chesterton, cuando habla de cierta propiedad desmesurada, ajena al “orden de la propiedad”: “La palabra ‘propiedad’ ha sido contaminada en nuestro tiempo por la corrupción de los grandes capitalistas. Si se escuchara lo que se dice, resultaría que los Rotschild y los Rockefeller son partidarios de la propiedad. Pero es obvio que son sus enemigos, porque son enemigos de sus limitaciones…Resulta la negación de la propiedad que el Duque de Sutherland tenga todas las granjas de su condado, como sería la negación del matrimonio que tuviera todas nuestras esposas en un harén” (Lo que está mal en el mundo, Obras Completas, T. I, ps. 739/40).

IV.-

El mote “oligarca” se está utilizando ideológicamente, no sólo para descalificar a quienes son empujados a la desesperación y a la protesta, víctimas del expolio al que están sometidos, sino también a cualquiera por el solo hecho de su nombre, su posición social, el lugar de su domicilio y hasta su color de piel.

Ahora bien, ¿a qué obedece la utilización del término como un mote ideológico? ¿qué es una oligarquía, sobre todo en nuestro tiempo?

La oligarquía, como ya lo hemos dicho, es el gobierno de unos pocos, que hacen de la actividad política una profesión al servicio de los intereses -por lo general económicos- de grupos dominantes. En el mundo moderno, ese maridaje se da en forma notoria entre las clases políticas y el capital meramente financiero. La Argentina no es una excepción, sino tal vez un paradigma del conflicto trágico entre una oligarquía financiera que domina el Estado, y los propietarios, productores, comerciantes y trabajadores, explotados por los usureros.

En el sistema oligárquico, pues, la nación se divide de la peor manera; de una parte los dueños del Estado, que son muy pocos, pero que por disponer del poder que da el dinero, parecen imbatibles; de la otra el pueblo, que después de haber sido atomizado, vive sumido en una tristeza sin esperanza, huérfano y en busca de auténticos dirigentes.

El gobierno de la oligarquía, en nuestros tiempos, es probablemente el más vil, el más tiránico y el más ilegítimo, porque el bien común queda en él deliberadamente excluido. Por eso suele elegir como tapadera a la democracia, lo que le permite revestirse de seudo legitimidad y pintar como enemigos de la voluntad popular a quienes lo resisten. Se trata claro de una democracia falseada, porque el control de sus formas y mecanismos, queda en manos de la oligarquía.

Como consecuencia natural, la nación que tiene la desgracia de padecer un sistema oligárquico, vive endeudada más allá de sus posibilidades. Por lo que los impuestos dejan de tener su finalidad propia y específica, cuál es la contribución de todos al bienestar general, para transformarse en el tributo -siempre creciente- que debe pagarse a los dueños del país.

Ernesto Palacio lo ha explicado en forma magistral: el objetivo de un gobierno oligárquico es tan sólo el beneficio de las clases gobernantes. A ese fin el pueblo es burlado en forma sistemática, corrompido incluso, y también adormecido con grandes consignas que son pura propaganda, utilizada para ocultar los negocios del poder.

Típica muestra de esto último, es la movilización forzada de las masas hambreadas y dependientes de la dádiva oficial, para que frente a los jerarcas de la oligarquía que los embrutece, se desgañiten vivando su propia ruina moral, después de habérseles sumido en la miseria económica. El pueblo que todavía no ha degenerado en masa, se resigna a contemplar la transformación de sus impuestos en centenares de ómnibus que transportan a los ganapanes y matones que asisten obligados a los actos de la liturgia oficial.

Los impuestos, en efecto, son aplicados con saña por la oligarquía sobre los sectores más nobles y productivos, mientras se libera con dádivas y subsidios a los amigos del régimen. Esos gravámenes, no se traducen en inversiones ni en la mejora del nivel de vida. Sectores cada vez más extensos de la población que trabaja de veras los percibe como auténticas exacciones, no solamente injustas, sino establecidas sin respetar ni siquiera legalidad alguna.

V.-

El campo hoy se encuentra de pie y muestra su hartazgo ante la imprevisibilidad y el manoseo; no cree en las promesas de gobernantes y políticos poco veraces, ni en vaguedades. El hombre cercano a la tierra, acostumbrado a luchar contra la seca o la inundación, contra las heladas tardías o tempranas, contra el viento y el granizo, a enfrentar la niebla y la bruma, el calor del mediodía y el frío de las noches; ahora advierte que su tarea dura, pero sana, se vuelve enfermiza por decisión de los gobernantes, socios forzados en sus ganancias, ajenos a sus pérdidas.

El campo muestra la racionalidad de la cual carecen las patotas; la sinceridad, que en sentido estricto es veracidad, que niega los dobles discursos; la sensibilidad, pues no participa de la escisión cartesiana, que la desprecia para acogerse a las ideas claras y distintas; y la responsabilidad, pues ha sido hasta en estos días, paciente y medido en sus justos reclamos.

Pero, además, como afirma Arturo Vierheller: “el campo en verdad aporta al país mucho más que divisas y empleo: aporta ‘un sentir nacional’ que es de todos… una verdadera identidad. El apego a las raíces, a las tradiciones, al trabajo fecundo, cotidiano y alegre. A los valores religiosos y familiares, al respeto, al orden y, por qué no decirlo: a la autoridad de los padres, el respeto a los maestros, a los mayores y también a nuestros símbolos patrios” (La Nación, Buenos Aires, 20/5/2006). Todo esto, tan bien resumido, a más de uno, hoy aquí y ahora, le molesta.

Buenos Aires, abril 1º de 2008.

Bernardino MONTEJANO Gerardo PALACIOS HARDY
Presidente Vicepresidente

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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