Cartas al Papa

En un tiempo de gran tribulación, durante el gran Cisma de Occidente, en que llegó a haber tres papas simultaneamente en la Iglesia sin que se supiera a ciencia cierta cuál era el legítimo (y santos en cada uno de estos bandos) una joven terciaria dominica, iletrada, dirigía sus cartas al Sumo Pontífice exortándolo a regresar a Roma y tomar las riendas de la Iglesia. Hoy inauguramos una nueva sección, Cartas al Papa, de Santa Catalina de Siena, introduciéndola con una semblanza de su personalidad y la primera de sus misivas a Gregorio XI.

Por Fr. Mario Agustín Pinto, O. P.

En un tiempo de gran tribulación, durante el gran Cisma de Occidente, en que llegó a haber tres papas simultaneamente en la Iglesia sin que se supiera a ciencia cierta cuál era el legítimo (y santos en cada uno de estos bandos) una joven terciaria dominica, iletrada, dirigía sus cartas al Sumo Pontífice exortándolo a regresar a Roma y tomar las riendas de la Iglesia. Hoy inauguramos una nueva sección, Cartas al Papa, de Santa Catalina de Siena, introduciéndola con una semblanza de su personalidad y la primera de sus misivas a Gregorio XI.

Por Fr. Mario Agustín Pinto, O. P.

Semblanza de Catalina de Siena

El venerable Fray Luis de Granada solía decir que Santa Catalina de Siena era el mayor prodigio que se habia visto en este mundo después del Verbo encarnado. Tan extraordinario encomio pudiera sin duda parecer exagerado… pero todo aquél que leyera la biografía de la santa escrita por su confesor y director espiritual, el beato Raimundo de Capua, testigo irrecusable de las maravillas que refiere, convendría ciertamente en que no andaba descaminado el gran escritor místico español. Y es que la vida de esta humilde muchacha del siglo XIV, hija de un tintorero de Siena, no es una vida en la que haya milagros, como ocurre en la de tantos otros santos… es una vida que, desde el nacimiento hasta la muerte, toda ella es un prolongado y continuo milagro.

Pues bien, nada expresa con tanta fidelidad las insondables riquezas del alma de esta santa como las numerosas cartas que forman su Epistolario. De ahí que esta obra se distinga por sus cualidades singulares entre todas las de su género. Pocos documentos hay, por lo demás, en que resplandezca con tanta plenitud la grande y anchurosa espiritualidad cristiana y el verdadero sentido de la cristiandad medieval.

La vida de Santa Catalina de Siena se divide en dos períodos bien definidos que reproducen con singular fidelidad los períodos de la vida oculta y de la vida pública del Señor, hasta en la duración misma de su existencia, puesto que murió como Él a los treinta y tres años.

De esta suerte, Santa Catalina vivió en toda su plenitud el lema de la Orden Dominicana, que la contaba entre sus miembros: Contemplari, et contemplata alfis tradere, es decir, alcanzar primero la contemplación infusa de los misterios de la fe, para poder llevar luego a los otros, por la predicación y la enseñanza, los frutos del conocimiento amoroso, así adquirido, de las cosas divinas. Pues bien, la Virgen sienense, antes de entregarse a su ardiente apostolado, conforme al mandato expreso del Señor y al espíritu de su Orden, no se limitó a alcanzar aquella contemplación que Santo Tomás consideraba como un requisito previo y necesario para un fructuoso apostolado, sino que había Ilegado a los grados más sublimes de la unión transformante, al divino desposorio, que constituye el término de la vida mística aquí en la tierra.

Santa Catalina vivió, en efecto, por espacio de largos años en el retiro de su pequeña habitación, sola, en la presencia del Señor que le prodigaba muestras de la más singular predilección, llegando hasta presentarse de una manera visible para rezar alternando con ella las diversas horas del Oficio divino.

Pero un dia llegó en que el mismo Señor le dio a entender que no en vano pertenecia a una Orden apostólica, y que era su intención confiarle gravísimas misiones para el bien de la Iglesia y de las almas, pues quería confundir a los sabios y prudentes de este siglo, valiéndose de una humilde muchacha, frágil y sin letras como ella.

Ya podía Catalina, ciertamente, entregarse de lleno a su ardiente y prodigioso apostolado, puesto que en rigor ya no era ella quien vivía, sino el mismo Cristo quien vivia en ella, hasta el punto de que su corazón de carne habia sido reemplazado por el propio, y adorable Corazón de Jesús. El Espiritu Santo era, por consiguiente, el verdadero impulso de la misteriosa actividad de aquella hija del humilde tintorero de Siena, destinada a ser el árbitro de los destinos del Pontificado Romano y, con el, de los de todo el mundo cristiano.

Pues bien, las cartas de Santa Catalina de Siena son el fiel reflejo de aquella plenitud de vida divina que desbordaba de su alma verdaderamente "cristificada"… son la conmovedora expresión de aquella altisima espiritualidad entrañablemente católica, que no acertaba a separar los intereses de la propia alma -"el negocio de la propia salvación"- de los intereses generales de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, de los intereses del Papa y de los problemas de todo el mundo cristiano, a cuya solución se vinculaba íntimamente la suerte de las almas rescatadas por el precio de la sangre adorable de Cristo.

Todas las cartas de Santa Catalina de Siena están penetradas de una sola idea obsesionante, que es como un fuego devorador que consume su alma: la pasión de la salvación y santificación de las almas. De ahí el abismo que separa el estilo de la Virgen sienense del artificio y la retórica de los autores puramente humanos. Sus cartas están escritas con lágrimas y sangre, pues en ellas se vuelca totalmente un corazón inflamado por una pasión, que no por ser sobrenatural y divina deja de ser entrañablemente humana. Baste recordar aquella carta sublime en que refiere la ejecución de un desdichado, condenado a muerte, el joven Nicolás de Tuldo, reducido por ella, de la desesperación y la rebelión contra todo to divino, a los más dulces sentimientos de conformidad y de abandono en las manos de Dios:

"Ten fortaleza, dulce hermano mio -le decía-, porque pronto llegaremos a las bodas. Tú asistirás bañado en la dulce sangre del Hijo de Dios, con el dulce nombre de Jesús, que yo no quiero se te aparte jamás de la memoria, y yo te espero en el lugar de la justicia". Y el corazón del reo perdió todo temor, y se transmutó en alegría la tristeza de su semblante.

Gozaba, exultaba y decía: "-¿De dónde me viene tanta gracia, que la dulzura de mi alma piense esperarme en el lugar santo de la justicia?" iVed a cuánta luz había llegado ya, que al lugar de la justicia le daba nombre de santo! Y añadía: "Irá con gloria y fortaleza… y me parecerán mil años los que hayan de pasar antes, pensando que vos me esperáis allí". Y decía palabras tan dulces, que es para Ilorar de tanta bondad de Dios… Finalmente Ilegó al lugar del suplicio como manso cordero, y al verme comenzó a sonreir. Luego se empeñó en que yo le hiciese la señal de la cruz… y una vez trazada, le dije: "iVamos a las bodas, dulce hermano mío, que pronto estarás en la vida duradera!" Arrodillóse con gran mansedumbre… yo misma le descubrí el cuello, e inclinándome hacia él le recordé la sangre del Cordero. Su boca no decía más que Jesús y Catalina. Y esto diciendo, recibí su cabeza en mis manos, fijó la vista en la divina bondad y murmuró: "Yo quiero".

Y entonces Catalina añade que vio al Hombre-Dios, como si viese la claridad del sol, y vio cómo recibia aquella sangre en el fuego de su divina caridad.

Esta santa pasión de Santa Catalina de Siena por la salvación de las almas debía abarcar también necesariamente la causa de la misma, o sea, la sangre del Hijo de Dios, a la depositaría de esa sangre que es la Iglesia, a su dispensador supremo que es el Papa, y a la condición necesaria para que Ilegue sin trabas a las almas, conviene a saber: la paz temporal y el orden social cristiano.

Por eso, la mística de Catalina de Siena es verdaderamente la mística de la sangre adorable de Cristo, símbolo y al propio tiempo instrumento del fuego del amor divino para la salud de las almas… pero de allí inmediatamente se derivan aquellos tres grandes amores que inspiran casi todas sus cartas y constituyen la clave de toda su existencia extraordinaria: amor a la Santa Iglesia, esposa y cuerpo místico de Cristo… amor a la paz y a la unidad del mundo cristiano, y devoción ternisima y profunda al Papa, el dulce Cristo en la tierra, como se complacía en llamarle, de suerte que el amor a Cristo y el amor a su Vicario constituían en su alma un solo, inmenso, apasionado amor. La luz del Espíritu Santo le hacía ver en efecto, con meridiana claridad, la íntima conexión que existe entre estos tres aspectos diversos del mismo misterio del amor divino. Santa Catalina amaba así a la Iglesia porque la veía toda impregnada, toda bañada por la sangre preciosisíma de Cristo… la Iglesia no era otra cosa, para ella, que la humanidad transfigurada y renovada por el baño de esa sangre adorable… por eso consideraba que amar a la Iglesia era lo mismo que amar a la sangre de Cristo en ella derramada con "tanto fuego de amor -son sus palabras-, para rescatarnos y salvarnos". "Si tú eres contra la Iglesia -escribía a un alto funcionario florentino-, ¿Cómo podrías participar de la Sangre del Hijo de Dios? Pues la Iglesia no es otra cosa que el mismo Cristo". No es extraño, por lo tanto, que en una carta a Urbano VI le dijese: "Yo quisiera derramar mi sangre y destilar la médula y tuétano de mis huesos por la Santa Iglesia". Y en otra ocasión: "No una, sino mil vidas que tuviese, estaría, pronta a darlas por la Iglesia".

Pero el aspecto quizás más característico y singular de Santa Catalina de Siena, aquél que quisiéramos poner de manifiesto especialmente por la luz que nos da sobre la concepción católica de la política, es su celo devorador por la unidad del mundo cristiano, es decir, por aquel majestuoso edificio de la cristiandad medieval, que ya comenzaba a resquebrajarse ante su vista, y que ella cuidaba y celaba como a la pupila de sus ojos.

Para nuestra mentalidad, habituada a un mundo enteramente laicizado, donde sólo cuentan las grandezas temporales y carnales, resulta incomprensible el caso de esta joven oscura e ignorante, puesto que fue necesario un milagro de Dios para enseñarle a leer, y que, a pesar de todo, escribe y trata familiarmente con el Papa, y con reyes, nobles, guerreros y poderosos de este mundo, sin otro título que el grado eminente de santidad y unión con Dios que todos en ella reconocían.

¿Qué motivos poderosos podían influir en el ánimo de aquella humilde terciaria de la Orden de Santo Domingo, cuya aspiración suprema consistia "en vivir escondida con Cristo en Dios". para abandonar su retiro y lanzarse de esta suerte en el torbellino de las pasiones y de las luchas políticas que asolaban a las ciudades italianas de su época?

Es que el amor de Santa Catalina no se limitaba, como suele ocurrir en nuestros días, a Cristo Sacerdote, a ese sacerdocio de Cristo que se prolonga en la Iglesia sacerdotal o jerárquica… la virgen sienense amaba también con igual intensidad a Cristo Rey y comprendía con meridiana claridad que el reconocimiento de la dignidad real de Jesucristo implica su reinado social, esto es, la unión íntima, la sumisión filial de los reyes y naciones a la Iglesia, para constituir asi, por ella y con ella, la unidad inmensa de la cristiandad sobre la tierra. La luz sobrenatural e infusa que guiaba sus pasos le hacía ver que la actitud de los gobiernos y de los estados es lo que determina en rigor los destinos históricos de la humanidad en sus relaciones con el verdadero Dios y con la Iglesia, y que la suerte de las almas rescatadas por la sangre del Cordero se halla, por eso mismo, íntimamente ligada a esta actitud. De ahí que su alma se consumiera de dolor al ver que los príncipes y las ciudades se rebelaban contra el Papa, y de ahí también que no vacilara en abandonar su retiro y en lanzarse como embajadora y mediadora para conseguir que los estados rebeldes volviesen a aceptar el dulce yugo de Cristo y de su Iglesia. Tal es la razón de ser de todas aquellas cartas dirigidas a los reyes y señores de este mundo, exhortándoles con acentos sublimes y con la santa y soberana libertad de los hijos de Dios a corregir sus yerros y a obedecer filialmente a la Iglesia como a Madre amantisima, a tener compasión de su propia alma y de la de sus súbditos, de la que habían de dar cuenta un día ante el tribunal de Dios.

Nada había tan funesto para ella como el error que ha triunfado casi universalmente en nuestros dias, error vigorosamente refutado por el cardenal Pie, por Solovieff y otros autores, de atender tan sólo al sacerdocio de Cristo olvidando su dignidad real, que implica la cristianizacidn efectiva de toda la vida pública y social de las naciones. De esta suerte se introduce un dualismo verdaderamente maníqueo, que relega la religión a la sacristía y al fuero íntimo de la conciencia, y deja librada la política y las leyes a la violencia aniquiladora de las pasiones paganas.

No, ella quería con toda la vehemencia de su alma de fuego que la vida pública y social de las naciones, que el Estado, la politica y las leyes estuviesen verdaderamente informadas, verdaderamente transfiguradas por el reinado de Cristo, que es un "reinado de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz", como canta la Iglesia en el Prefacio de la misa de Cristo Rey. Su espíritu verdaderamente ecuménico veía a todas las naciones cristianas unidas íntimamente con la Iglesia y unidas entre sí para constituir esa grandiosa unidad de la Cristiandad que ella, con su peculiarísimo lenguaje, denominaba "el universal cuerpo de la religión cristiana aquí en la tierra". Comprendía, en efecto, que el orden social cristianizado era el soporte temporal necesariamente postulado por una religión que tiene por fundamento la encarnación de las realidades divinas e invisibles en las cosas temporales y visibles de este mundo. Por eso, todo lo que atentara contra la unidad y la paz de este "universal cuerpo de la religión cristiana" constituía para ella un atentado contra la misma caridad de Cristo… y por eso tanto se esforzaba en unir a los príncipes cristianos en una gran empresa común, en una común cruzada contra los infieles. Pace, pace, pace, era la expresión que no se cansaba de repetir al Papa y a los reyes temporales, y su celo por la Cristiandad la hacía volar como un ángel de Paz allí donde estallaban las discordias. Habría todo un estudio por hacer sobre el constitutivo esencial del orden social cristiano a la luz de la vida y la doctrina de Santa Catalina de Siena. Limitémonos por ahora a señalar cuánta luz proyecta sobre estos problemas la actividad diplomática y política de una santa elevada a los más altos grados de la unión mística y dotada de los más prodigiosos carismas sobrenaturales. A ella se le puede aplicar literalmente lo que un autor francés contemporáneo dice sobre San Bernardo: "A pesar de toda su humildad y de todos los esfuerzos que hizo por vivir en la sombra, se solicitó su colaboración en todos los asuntos importantes… y aunque nada fuese ante los ojos del mundo, todos, incluso los más altos dignatarios civiles y eclesiásticos, se inclinaron siempre de una manera espontánea ante su autoridad exclusivamente espiritual… y no sabemos de fijo si esto habla más en favor del santo o de la época en que le tocó vivir. iQué contraste entre nuestro tiempo y aquél en que un simple religioso, sólo por el resplandor de sus virtudes eminentes, podía llegar a ser en cierta manera el centro de Europa y de la cristiandad, el árbitro indiscutido de todos los conflictos en que el interés diabólico estaba en juego, tanto en el orden político común el orden religioso, el restaurador de una unidad de la Iglesia, el mediador entre el Papado y los poderes temporales!" (Fisonomías de Santos, San Bernardo)

Pero la Iglesia de Dios y la misma unidad del mundo cristiano, o sea, la Cristiandad, reposan sobre un fundamento instituido por el mismo Jesucristo: el Papa. Nada más Iógico, por lo tanto, que el ardiente amor de Santa Catalina por la Iglesia y su celo por el cuerpo universal de la religión cristiana se concentrasen y unificasen en su incomparable devoción al Papa.

Es verdad que sólo Cristo es la piedra angular del edificio de la Iglesia, el fundamento fuera del cual no cabe fundamento alguno. Sin embargo, el mismo Cristo dijo a San Pedro: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificará mi Iglesia", es decir, tu también eres la piedra (en hebreo común y francés Pedro coincide con piedra), Y también eres el fundamento, porque estás unido conmigo en la solidaridad de una misma fuerza, y porque las prerrogativas de mi propia autoridad, que son y seguirán siendo mías, te son comunes conmigo por la participación que yo te doy de ellas. Por consiguiente, en la Iglesia no hay dos fundamentos sino uno solo: Jesucristo, invisible en sí mismo y visible en su Vicario.

El alma ardiente de Santa Catalina supo vivir esta verdad hasta en sus más extremas consecuencias. Los dones intelectuales del Espíritu Santo, que poseía en un grado eminentísimo, le hacían ver con deslumbradora evidencia que el Papa es algo así como un sacramento, que bajo las "especies" de la persona del Papa es, en rigor, el mismo Jesucristo quien rige y gobierna a la Iglesia en las etapas sucesivas de su historia. Comprendió que el Papa y Jesucristo constituyen por manera indivisible una misma cabeza, un mismo doctor, un mismo Pontífice, un mismo legislador de la Iglesia universal, o, por mejor decir, que el Papa es el mismo Jesucristo, el dulce Cristo en la tierra, el mismo Jesucristo que enseña y que gobierna perpetuamente a la Iglesia por medio del órgano visible que Él mismo ha querido darse. Comprendió que para amar de veras a Cristo hay que amarle presente, no sólo invisible y misteriosamente en el adorable Sacramento del Altar, sino también de una manera visible y manifiesta en la persona del Romano Pontífice, su Vicario.

Por eso su devoción al Papa en tanto que custodio infalible del depósito de la Fe y de la santa e irrevocable Tradición, a ese Papa a quien llamó el dulce Cristo aquí en la tierra, fue como el sol que iluminó todo su ser, fue quizá la pasión dominante de su vida… pues en el Papa veía Catalina al dispensador supremo de la sangre de Cristo… y así, rebelarse contra él, desacatarle, (1) equivalía a alejarse de las fuentes de la gracia y a comprometer terriblemente la eterna salvación. De ahí que no omitiera esfuerzo para reducir a la obediencia del Papa a todos los gobernantes de las ciudades de Italia que se rebelaban contra él por motivos temporales, repitiéndoles sin cesar: "Aquél que se aleja del Papa o atenta contra él es un insensato, pues el Papa es quien tiene las llaves de la Sangre de Cristo crucificado. Por eso, aunque fuese un demonio encarnado, no debo levantarme contra el, sino humillarme siempre e implorar esa sangre de su misericordia… pues de otra suerte no podríamos tener ni participar el fruto de la sangre" (2). La vida apostólica de Santa Catalina estuvo totalmente con sagrada al servicio del Papa, hasta el punto de que Pío IX llegó a declararla patrona, junto con los apóstoles Pedro y Pablo, de la Sede Apostólica de Roma… y últimamente Pío XII la proclamó patrona primaria de Italia, pronunciando él mismo el panegírico de la santa en la iglesia de Santa María de la Minerva, donde se guardan sus restos.

Pues bien, la admirable doctrina que contienen las cartas de Santa Catalina viene a ser hoy más actual, más oportuna que nunca en el seno de la Iglesia católica. Puede afirmarse en efecto que toda la renovación espiritual que se pueda realizar en el mundo actual, tan necesitado de ella, debe inspirarse en las tres grandes ideas que obsesionaban a Santa Catalina: devoción al Papa, amor e íntima adhesión a la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, y celo por la cristianización de la vida pública y social de las naciones.

Fr. Mario Agustín Pinto, O. P. (1947)

1 Esto hay que verlo dentro del contexto social en que escribía la Santa: ese desacato no se refería propiamente o solamente al Papa en tanto que principio de unidad dentro de la Iglesia, sino también y sobre todo, a los príncipes rebeldes que arnenazaban destruir "el universal cuerpo de la Religión cristiana aquí en la tierra", o sea, "la Cristiandad".

Fr. M. A. Pinto, O.P. (Nota de 1980).

2 Esta doctrina directamente enseñada por la Santa, que escribía. iluminada por el Espíritu Santo, se refería al régimen de Cristiandad entonces imperante, en el cual la unidad del mundo cristiano dependía de la sumisión de los príncipes al Papa.

Fr. M. A. Pinto, O.P. (Nota de 1980).

 

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