Panorama Católico

Breve Examen Crítico del Nuevo Ordinario de la Misa

Cardenal Alfredo Ottaviani

Cardenal Alfredo Ottaviani

Cardenal Antonio Bacci

BREVE EXAMEN CRÍTICO

DEL NOVUS ORDO MISSÆ

I

Al celebrarse en Roma en el mes de octubre de 1967 el Sínodo Episcopal se le pidió a la
misma asamblea de Padres un juicio sobre la así llamada “Misa normativa”, a
saber, de esa Misa que había sido excogitada por el Consilium ad exsequendam Constitutionem
de Sacra Liturgia. Pero el esbozo de semejante Misa suscitó perplejidades entre
los Padres convocados al Sínodo, de modo tal que, de los 187 sufragios 43 la
rechazaron abiertamente, 62 no la aprobaron sino juxta modum (con reservas).
Tampoco se debe pasar por alto el hecho de que la prensa y los diarios
internacionales anunciaron que aquélla nueva forma de la Misa había sido
rechazada por el Sínodo. En cambio, las publicaciones de los innovadores
prefirieron pasar en silencio el asunto. No obstante, una revista bastante
conocida destinada a los obispos y que divulga las opiniones de éstos describió
el nuevo rito sintéticamente con las siguientes palabras: «Aquí se ordena hacer
tabla rasa de toda la teología de la Misa. En pocas palabras, se acerca a esa teología
de los protestantes, que ya abolió y destruyó totalmente el Sacrificio de la Misa.»

Pues bien, en el Novus Ordo Missae, recientemente
publicado por la
Constitución Apostólica Missale Romanum, se encuentra
desgraciadamente casi la misma “Misa normativa”. Tampoco consta que las
Conferencias Episcopales, difundidas por todo el mundo, hayan sido entre tanto
interrogadas, al menos en cuanto tales.

Efectivamente, en la Constitución Apostólica
se afirma que el antiguo Misal promulgado por San Pío V el día 13 de julio del
año 1570 (pero que en gran parte debe ser atribuido a San Gregorio Magno, y más
aún, se deriva de los primitivos
[1] orígenes de la religión cristiana) en los últimos
cuatro siglos fue para los sacerdotes de rito latino la norma para celebrar el
Sacrificio; y no es sorprendente si en tal y tan grande Misal en todas partes
del mundo «innumerables y además santísimos varones alimentaron con gran
copiosidad la piedad de sus almas para con Dios, sacando de él ya sus lecturas
de las Sagradas Escrituras, ya sus oraciones.» Así leemos en el Novus Ordo;
y, sin embargo, esta nueva reforma de la Liturgia, que arranca y extermina de raíz aquel
Misal de San Pío V, es considerada necesaria por el Novus Ordo, «desde el tiempo en
que con más amplitud comenzó a robustecerse y prevalecer en el pueblo cristiano
el afán por fomentar la
Liturgia.»

Sin embargo, con la debida reverencia, sea
permitido declarar que en este asunto hay un grave equívoco; pues si alguna vez
se manifestó algún deseo del pueblo cristiano, esto aconteció –estimulándolo
principalmente el gran San Pío X– cuando el
pueblo mismo comenzó a descubrir los tesoros eternos de su Liturgia. El pueblo
cristiano no pidió nunca una Liturgia cambiada o mutilada para comprenderla
mejor; pidió más bien que se entendiese la Liturgia inmutable, pero nunca que la misma fuese
adulterada.

Además, el Misal Romano, promulgado por mandato de
San Pío V y venerado siempre religiosamente, fue muy querido para los corazones
católicos tanto de los sacerdotes como de los laicos; de tal manera que nada
parece haber en ese Misal que, previa una oportuna catequesis, pueda inhibir
una más plena participación de los fieles y un conocimiento más profundo de la
sagrada Liturgia; y, por lo tanto, no aparece suficientemente claro por qué
causa se cree que un Misal semejante, refulgente con tan grandes notas
reconocidas además por todos, se haya convertido en un erial tal que ya no
pueda seguir alimentando la piedad litúrgica del pueblo cristiano.

Sin embargo, la “Misa normativa”, aunque rechazada
ya “sustancialmente” por el Sínodo de los Obispos, hoy es nuevamente propuesta
e impuesta como Novus
Ordo Missae
, por más que tal Ordo nunca haya sido sometido al
juicio colegial de las Conferencias Episcopales. Pero si el pueblo cristiano ha
rechazado cualquier reforma de la Sacrosanta Misa (y esto mucho más en tierras de
misiones), no vemos por qué causa se imponga esta nueva ley, que, como por lo demás
lo reconoce la misma predicha Constitución, subvierte una tradición inmutable
en la Iglesia ya desde los siglos IV y V.

Por lo tanto, como esta reforma carece
objetivamente de fundamento racional, no puede ser defendida con razones
adecuadas, por las cuales no sólo se justifique ella misma sino también se
torne aceptable para el pueblo católico.

Es verdad que los Padres del Concilio, en el
párrafo 50 de la
Constitución Sacrosanctum Concilium
decretaron que las diversas partes de la Misa se ordenaran de tal modo, «que
aparezcan con mayor claridad el sentido propio de cada una de las partes como
también su mutua conexión.» Pero de inmediato veremos cuán poco el Ordo recientemente
promulgado responde a esos deseos, de los cuales apenas parece quedar allí
algún recuerdo.

Pues examinando con mayor atención y pesando de
nuevo en la balanza cada uno de los elementos del Novus Ordo se llegará a esa
conclusión de que aquí se han añadido o quitado tantas y tan grandes cosas que
con razón se debe aplicar también aquí idéntico juicio al de la “Missa normativa”. Por consiguiente, no es nada extraño
que tanto este Ordo
como la “Missa normativa” agraden en muchos
puntos a aquellos que entre los mismos protestantes son más “modernistas”.

 

II

Comencemos por la definición misma de la Misa, que
se propone en el párrafo 7, o sea, al comienzo del segundo capítulo del Novus Ordo “Acerca
de la estructura de la Misa”: «La cena del Señor o Misa es la sagrada sinaxis o asamblea del pueblo de Dios reunido en común,
bajo la presidencia del sacerdote, para celebrar el memorial del Señor»
[2]. Por lo tanto, para la asamblea local de la santa
Iglesia vale en grado eminente la promesa de Cristo: «Donde hay dos o tres
reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»” (Mt. 18, 20)

Por consiguiente, la definición de la Misa se
circunscribe a la sola noción de “cena”; y ello se repite siempre ya cada paso;
además, tal “cena” está constituida por la reunión de los fieles bajo la
presidencia del sacerdote, y consiste en la renovación del memorial del Señor,
a saber, en la conmemoración de lo que el Señor realizó el Jueves Santo. Pero
todo esto ni implica la presencia real, ni la verdad del Sacrificio, ni la
sacramentalidad del sacerdote consagrante, ni el valor intrínseco del
Sacrificio eucarístico, el cual no depende en absoluto de la presencia de la
asamblea
[3].

En una palabra, esta “cena” no implica ninguno de
aquellos ”valores dogmáticos” esenciales de la Misa, que constituyen su
verdadera definición. Ahora bien, esta omisión, en cuanto voluntaria, equivale
a la ”superación” de aquellos valores y, por lo tanto, al menos en la práctica,
a su negación
[4].

En la segunda parte del mismo párrafo (agravando el
ya gravísimo equívoco) se afirma algo asombroso: para esta asamblea vale en
grado eminente la promesa de Cristo: «Donde hay dos o tres reunidos en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» (Mt. 18, 20) Con esta promesa, que
sólo corresponde a la presencia espiritual de Cristo, se compara y se coloca en
el mismo orden y modo de presencia aunque con mayor fuerza y vigor aquélla
institución que, por el contrario, atañe al orden físico o al modo sustancial
de la presencia sacramental eucarística.

Sigue inmediatamente en el texto (nº 8) la
bipartición de la Misa en Liturgia de la palabra y Liturgia eucarística, y allí
se afirma, sin hacer ninguna distinción, que en la Misa se prepara la mesa de
la palabra de Dios y la mesa del Cuerpo de Cristo, para que los fieles sean “instruidos
y alimentados”; esta asimilación equivalente de las dos partes de la Misa, como
si estos dos signos tuvieran idéntica significación simbólica, debe ser
declarada absolutamente ilegítima. Pero sobre esto ya volveremos más tarde.

Por otra parte, las denominaciones de la Misa son
innumerables; las cuales pueden aceptarse por cierto en sentido relativo; pero
todas deben ser rechazadas si –como de hecho ocurre
son usadas aisladamente y en sentido absoluto: Acción de Cristo y del pueblo de
Dios, Cena del Señor o Misa, Banquete pascual, Participación común en la mesa
del Señor, Memorial del Señor, Plegaria eucarística, Liturgia de la palabra y
Liturgia eucarística, etc.

Como se evidencia esplendorosamente, en tales
definiciones se pone el acento –como con exagerada estudiosidad
en la Cena y el
memorial, pero no en la renovación incruenta del Sacrificio del Señor realizado
en el Monte Calvario. Ni tampoco la fórmula misma “Memorial de la Pasión y Resurrección del
Señor” puede decirse totalmente correcta; pues la Misa por su propia esencia es
el memorial del único Sacrificio, que es en sí mismo redentor; mientras que,
por el contrario, la
Resurrección es el fruto consiguiente a aquél
[5]. Luego veremos cómo y con qué coherencia estos
equívocos se introducen y se repiten en la fórmula misma de la Consagración y, en
general, en todo el Novus
Ordo
.

 

III

Vayamos ahora a los fines de la Misa.

1) FIN ÚLTIMO. El fin último del sacrificio de la
Misa es la alabanza que debe tributarse a la Santísima Trinidad,
según la explícita intención de Jesucristo en el mismo misterio de su
Encarnación: «Al entrar al mundo dice: No quisiste hostia ni ofrenda, en cambio
a mí me preparaste un cuerpo.» (Heb. 10, 5; cfr. Ps. 39,
7-9
).

Por cierto, este fin buscado ha desaparecido
completamente en el Novus
Ordo
: desapareció ciertamente del Ofertorio, pues la plegaria “Recibe,
oh Trinidad Santa” ha sido eliminada; desapareció de la conclusión de la Misa,
ya no se dirá más “Séate agradable, oh Trinidad
Santa”; también fue suprimida del Prefacio, ya que el Prefacio de la Santísima Trinidad,
que hasta ahora se recitaba oportunísimamente
todos los domingos, ahora en el Novus Ordo sólo se dirá en la fiesta de la Santísima Trinidad,
y por lo tanto solamente una vez al año.

2) FIN ORDINARIO. El fin ordinario del Sacrificio
es el propiciatorio. En cambio, en el Novus Ordo, este fin se aparta de
su verdadera senda, pues ya no se pone más el acento en la remisión de los
pecados, sea de los vivos, sea de los difuntos, sino en la nutrición y santificación
de los presentes (nº 54) Por cierto, Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía en la última
Cena y se puso a Sí mismo en estado de víctima para unirnos a Él, a ese estado victimal; pero este fin antecede a la misma manducación
y tiene un pleno valor redentor antecedente que se deriva de la inmolación
cruenta de Cristo; de allí que el pueblo asistente a Misa no esté obligado de
suyo a recibir la comunión sacramental
[6].

3) FIN INMANENTE. Cualquiera sea la naturaleza del
sacrificio, pertenece a la esencia de la finalidad de la Misa el que sea
agradable a Dios, aceptable y aceptado por Él. Por lo tanto, en la condición de
los hombres que estaban inficionados por la mancha original, ningún sacrificio
hubiera sido aceptable a Dios; el único sacrificio aceptado ahora con derecho
por Dios es el Sacrificio de Cristo. Por el contrario, en el Novus Ordo la
naturaleza misma de la oblación es deformada en un mero intercambio de dones
entre Dios y el hombre: el hombre ofrece el pan que Dios transmuta en “pan de
vida”; el hombre lleva el vino que Dios transmuta en “bebida espiritual”: «Bendito
eres, Señor Dios del universo, porque de tu largueza recibimos el pan (o: el
vino) que te ofrecemos, fruto de la tierra (o: de la vid) y de la obra de las
manos de los hombres, del cual se hará para nosotros el pan de vida (o: la
bebida espiritual)»
[7].

Superfluo es advertir cuán totalmente vagas e
indefinidas son estas dos fórmulas “pan de vida” y “bebida espiritual”, que, de
por sí, pueden significar cualquier cosa. Hallamos aquí el mismo equívoco
capital que examinamos en la definición de la Misa: allí Cristo se hace
presente entre los suyos únicamente de un modo espiritual; aquí se dan el pan y
el vino, que son cambiados “espiritualmente” (¡pero no substancialmente!)
[8].

Igualmente, en la preparación de las ofrendas se
descubre idéntico juego de equívocos, pues se suprimen las dos maravillosas
plegarias de la antigua Misa. La oración: «Oh Dios, que admirablemente formaste
la dignidad de la naturaleza humana y que más admirablemente aún la reformaste.»
recordaba a la vez la primitiva condición de inocencia del hombre y su presente
condición de restauración en la que fue redimido por la Sangre de Cristo. Era,
por lo tanto, una verdadera, sabia y rápida recapitulación de toda la Economía del Sacrificio
desde Adán hasta la historia presente. En la otra plegaria, la oblación propiciatoria
del cáliz para que subiera “con olor de suavidad” a la vista de la Divina Majestad,
cuya clemencia se imploraba repetía con suma sabiduría esta Economía de la Salvación. Mientras
que suprimida esta continua elevación hacia Dios por medio de la plegaria eucarística
no queda ya ninguna distinción entre sacrificio divino y humano.

Eliminado el eje cardinal, se inventan vacilantes
estructuras; echados a pique los verdaderos fines de la Misa, se mendigan fines
ficticios. De aquí que aparecen los gestos que en la nueva Misa deberían
expresar la unión entre el sacerdote y los fieles, o entre los mismos fieles;
aparecen las oblaciones por los pobres y por la Iglesia que ocupan el lugar de la Hostia que debe ser
inmolada. Todo esto pronto caerá en el ridículo, hasta que el sentido
primigenio de la oblación de la Única Hostia caiga poco a poco completamente en
el olvido; así también las reuniones que se hacen para celebrar la inmolación
de la Hostia
se convertirán en conventículos de filántropos y en banquetes de beneficencia.

 


IV

 

Pasemos a considerar la esencia del Sacrificio.

El Misterio de la Cruz ya no está expresado explícitamente, sino en
forma algo oscura, con palabras falseadas que no pueden ser percibidas por el
pueblo
[9]. Y he aquí por qué causa.

1) SIGNIFICACIÓN DE LA “PLEGARIA EUCARÍSTICA”

El sentido que se atribuye en el Novus Ordo a
la así llamada “Plegaria eucarística” es éste: «Para que toda la asamblea de
los fieles se una con Cristo en la confesión de las grandezas de Dios y en la
oblación del sacrificio.» (nº 54, al final) Pero uno pregunta: ¿de qué
sacrificio se trata? ¿quién es el que ofrece? A estos interrogantes no se da
ninguna respuesta.

La definición de la “Plegaria Eucarística” dada en
la misma Instrucción es la siguiente: «Ahora se inicia el centro y culmen de
toda la celebración, a saber, la misma Plegaria eucarística, o sea, la plegaria
de acción de gracias y de santificación.» (nº 54) Por consiguiente, se ponen
los efectos en lugar de las causas, de las que nada se dice en el texto. Nada
reemplaza a la mención acerca del fin de la oblación que antes estaba explícita
en la antigua plegaría “Recibe, oh Padre Santo”.

En verdad, el cambio de la formulación revela
también un cambio de la doctrina.

2) EL SACRIFICO EUCARÍSTICO Y LA PRESENCIA REAL DE
CRISTO

La razón por la cual el Sacrificio no tiene ninguna
indicación lo suficientemente explícita en el Novus Ordo está en que la Presencia Real
perdió su lugar verdaderamente central (tan esplendoroso en la antigua Misa) Sólo
se hace una mención –a saber, la única cita al pie, sacada del Concilio de Trento– y que se refiere a la Presencia Real en
cuanto nutrimento (nº 241, nota 63) Pero no se señala nunca la Presencia Real y
Permanente del Cuerpo y Sangre de Cristo junto con su Alma y Divinidad que se
da bajo las especies luego de la transubstanciación. Más aún, la misma palabra “Transubstanciación”
se ignora totalmente.

Además, la razón de por qué se suprime la
invocación a la Tercera
Persona de la Santísima Trinidad (Ven, Santificador…), por la
cual se imploraba al Espíritu Santo que descendiera sobre las oblatas
preparadas para obrar el milagro de la Presencia Divina,
como antes en el seno de la
Santísima Virgen, es objetivamente la misma: vale decir,
pertenece al mismo tipo de silencio y de negación tácita, más aún a la continua
cadena de negaciones sobre la Presencia Real.

Quedan también abolidas:

a) las genuflexiones, de las que sólo quedan tres
por parte del sacerdote y una por parte del pueblo en el momento de la Consagración (y ésta,
sometida a muchas excepciones);

b) las abluciones de los dedos sobre el cáliz;

c) la preservación de los mismos dedos de cualquier
contacto profano después de la
Consagración;

d) la purificación de los vasos sagrados, que no se
manda hacer necesariamente de inmediato después de la asunción del cáliz, ni
sobre el mismo corporal;

e) la palia, con la cual se protegía la Preciosísima Sangre
de Cristo en el cáliz;

f) el dorado de los vasos sagrados;

g) la consagración del altar móvil;

h) la piedra sagrada y las reliquias en el altar
móvil, e incluso sobre la mesa cada vez que la celebración se realice en
lugares no sacros. Admitida esta excepción, queda abierto el camino para las “cenas
eucarísticas” en casas privadas;

i) los tres manteles del altar, de los cuales ahora
sólo se prescribe uno.

k) la acción de gracias, que debía hacerse de
rodillas, y a la que substituye una torpe acción de gracias del sacerdote y de
los fieles sentados; añádase que la Comunión se recibe irreverentemente por los
fieles de pie;

l) finalmente, las santas prescripciones antiguas
para el caso de la Hostia
consagrada caída en tierra, que se reducen mezquinamente a sólo esto: «tómese
reverentemente la Hostia»
(nº 239)

Todas estas cosas juntas, con su repetición
manifiestan y confirman injuriosamente la implícita negación de la Fe en el augustísimo dogma de la Presencia Real de
Cristo en la Eucaristía.

3) LA FUNCIÓN DEL ALTAR EN LA NUEVA MISA (nº 262)

El altar casi siempre es llamado mesa[10]: «El altar o mesa del Señor, que es el centro de
toda la liturgia eucarística» (nº 49; cfr. 262); pero se prescribe que el altar
esté siempre separado de las paredes, para que así cualquiera pueda girar
alrededor de la mesa y que la Misa se celebre de cara al pueblo (nº 262); con
mayor insistencia se determina que el altar debe convertirse en el centro de la
asamblea de los fieles, de manera tal que su atención se dirija espontáneamente
hacia el altar (ib). Pero considerados a la vez los números 262 y 276, parece
excluirse que el Santísimo Sacramento de la Eucaristía pueda
conservarse sobre este altar. De aquí surge una irreparable división: por una
parte estará la mística presencia del Sumo y Eterno Sacerdote en el presbítero
celebrante; y por otra parte estará la Presencia Real
Sacramental del mismo Cristo en persona. En la antigua Misa estaba manifiesta
una sola presencia de Cristo a la vez
[11].

En la nueva Misa se nos invita a conservar el
Santísimo Sacramento en otro lugar apartado, donde se alimente la devoción
privada de los fieles, como si la
Hostia no fuese sino una simple reliquia; de manera que ya no
sea más el tabernáculo el que atraiga los ojos y la fe de los fieles que
ingresan al templo, sino una mesa tosca y sin adorno. He aquí nuevamente cómo
la piedad privada se opone a la piedad litúrgica; se erige el altar contra el
altar.

También, la tan frecuente recomendación de
distribuir la Comunión sólo de las especies consagradas en la Misa; más aún,
que se consagre un pan de grandes dimensiones
[12], de modo que el sacerdote pueda dividir su pan con
al menos alguna parte de los fieles, confirma y acrecienta la indiferencia
anímica y el desprecio hacia el Tabernáculo, como también hacia toda piedad
eucarística fuera de la Misa.
He aquí una nueva injuria a la fe en la Presencia Real de
Cristo, mientras perduran las Especies Eucarísticas consagradas
[13].

4) FÓRMULAS CONSAGRATORIAS

La antigua fórmula de la Consagración era
clara y propiamente sacramental, pero no meramente narrativa, mientras que las
tres consideraciones siguientes parecen demostrar que en el Novus Ordo se
insinúa lo contrario:

a) No se reproduce más literalmente el texto de la Sagrada Escritura;
además, la inserción de las palabras paulinas Mysterium Fidei significaba la
inmediata confesión de fe que debía proferir el sacerdote ante el Misterio
operado por la Iglesia a través de su sacerdocio jerárquico.

b) Las nuevas puntuaciones de las palabras y la
nueva tipografía. En efecto, en el antiguo Misal el mismo punto y aparte
significaba claramente el paso del modo narrativo al modo sacramental y
afirmativo, las mismas palabras consagratorias se trazaban en el antiguo Misal
con letras mayúsculas y en el medio de la página; más aún, con frecuencia escritas
también en color diferente, de manera que se separasen del contexto meramente
histórico. Y todas estas cosas, por cierto, conferían sapientísimamente
a toda la fórmula consagratoria una fuerza propia de significación
absolutamente individual y singular .

c) La anamnesis «Cuantas
veces hiciereis estas cosas, las haréis en memoria mía», que en griego se dice
así: «eis tén emoú anámnesin.» La anamnesis en el Canon Romano se refería a Cristo
operante en acto, pero no a la mera memoria de Cristo o de un mero acontecimiento;
se nos mandaba recordar lo que Él mismo hizo («estas cosas haréis en memoria
mía»), y el modo cómo Él las hizo, pero no únicamente su persona o su cena. En
cambio, la fórmula paulina «Haced esto en conmemoración mía», que en el Novus Ordo
reemplaza a la fórmula antigua –repetida todos los días en las lenguas vernáculas– cambiará irreparablemente la fuerza misma
del significado en las mentes de los oyentes, de modo tal que la memoria de
Cristo, que debe ser el principio de la acción eucarística, parezca convertirse
en el término único de esta acción o rito. O sea, la “conmemoración”, que cierra
la fórmula de la consagración, ocupará poco a poco el lugar de la “acción
sacramental”
[14].

La forma narrativa se pone ahora de relieve de
hecho con las mismas palabras en la Instrucción oficial: “Narración de la Institución” (nº 55d); y ella se confirma en la definición de la
anamnesis, donde se dice: «La Iglesia celebra la memoria de Cristo mismo» (nº 55c)

En síntesis, la teoría que se propone sobre la epiclesis y la misma innovación en cuanto a las
palabras de la Consagración
y de la anamamnesis implican que también se ha realizado
un cambio en el modo de significar; pues las fórmulas consagratorias son ahora
pronunciadas por el sacerdote como parte de alguna narración histórica y no son
enunciadas en cambio como expresando un juicio categórico y operativo proferido
por Aquél en cuya representación el sacerdote mismo obra diciendo: «Esto es mi
Cuerpo», pero no: «Esto es el Cuerpo de Cristo»
[15].

Además, la aclamación asignada al pueblo para decir
después de la Consagración
«Anunciamos tu muerte, Señor, etc., hasta que vengas» introduce, bajo la
apariencia de escatologismo, una nueva ambigüedad
sobre la Presencia
Real. En efecto, se proclama oralmente, sin solución de
continuidad después de la
Consagración, la expectación de la segunda venida de Cristo
en la consumación de los tiempos, en el mismo momento en el que Él se halla
verdadera, real y substancialmente presente sobre el altar, como si sólo
aquélla última fuera Su verdadera venida, pero no ésta.

Y esto se recalca con mayor vigor en la fórmula de
aclamación a elegir libremente: «Cada vez que comemos este pan y bebemos el
cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vengas»; donde se mezclan con la
máxima ambigüedad cosas diversas, como la inmolación y la manducación, la Presencia Real y la
segunda venida de Cristo
[16].

 

V

Y ahora pasemos a cada uno de los elementos
concretos del Sacrificio.

En la Misa anterior, eran cuatro los elementos del
Sacrificio: 1º Cristo; 2º el sacerdote; 3º la Iglesia; 4º los fieles.

1ª Comencemos por los fieles. En el Novus Ordo,
la parte asignada a los fieles es autónoma o absoluta, y, por consiguiente,
totalmente falsa ya desde la misma definición propuesta al comienzo («La Misa
es la sagrada sinaxis o asamblea del pueblo.»),
hasta el saludo con el cual el sacerdote expresa al pueblo la “presencia” del
Señor en la comunidad reunida (nº 28): «Con este saludo y con la respuesta del
pueblo se manifiesta el misterio de la Iglesia reunida.» Por lo tanto, se trata
aquí de una verdadera presencia de Cristo, pero meramente espiritual, y
asimismo del misterio de la Iglesia pero en cuanto simple comunidad que
manifiesta y solicita tal presencia espiritual. Y esto se encontrará por doquier:
recuérdese el carácter comunitario de la Misa recalcado con tanta insistencia
(nº 32; 74-152); la impía distinción entre “Misa con pueblo” y “Misa sin pueblo”
(nº 203-232); la definición de la “oración universal o de los fieles” (nº 45),
donde nuevamente se pone de relieve “el oficio sacerdotal” del pueblo («el
pueblo ejerciendo el oficio de su sacerdocio») proponiéndolo en forma equívoca;
en efecto, no se indica en modo alguno que está subordinado al oficio del
sacerdote jerárquico. Y esto tanto más se confirma por el hecho de que el
sacerdote, en cuanto que ha sido consagrado mediador, está constituido
intérprete, según la vieja Misa, de todas las intenciones del pueblo, sea en la
plegaria Te igitur,
sea en los dos Memento.

También en la “Plegaria eucarística” III (Vere Sanctus”,
pág. 123) se nos ordena dirigirnos así al Señor: «No
dejas de congregar a tu pueblo, para que desde la salida del sol hasta el ocaso
sea ofrecida una oblación pura a tu nombre», donde la partícula “para que”
insinúa que el elemento necesario sobre todos los demás para celebrar la Misa
es el pueblo y no el sacerdote. Y como en ninguna parte del texto se indica
quién es el sacrificador secundario y particular
[17], todo el pueblo mismo es presentado provisto de un
poder sacerdotal propio y pleno ¡Lo cual es falso!

¡Nada de extrañar pues si, con esta manera de
obrar, bien pronto se le atribuya también al pueblo la facultad de unirse al
sacerdote en la pronunciación de las mismas palabras consagratorias (lo cual,
por lo demás, se nos informa, que ya sucede en ciertos lugares)!

2º El ministerio del sacerdote aparece
disminuido, alterado, viciado. En primer lugar, por cierto, respecto del
pueblo. Se presenta al sacerdote más bien como un simple presidente o hermano
(no mediador) que como ministro consagrado que celebra en representación de
Cristo; luego, respecto de la Iglesia, en cuanto que es propuesto como “uno del
pueblo”. También en la definición de la epiclesis
(nº 55c) las invocaciones se atribuyen en forma
anónima e incierta a la
Iglesia. El oficio de mediador, propio del sacerdote, desaparece.

En la oración del Confiteor, que se recita ahora
sólo en forma colectiva, el sacerdote ya no es más juez, testigo y mediador
ante Dios; por consiguiente, no se imparte más al pueblo la absolución
sacerdotal que se tenía en el antiguo rito. En efecto, el sacerdote viene
simplemente connumerado entre los “hermanos”. De donde, incluso el mismo monaguillo
que ayuda en una “Misa sin pueblo” lo llama con este nombre de hermano.

Pero ya antes de esta última reforma de la Misa se
había abrogado la significativa distinción entre la Comunión de los fieles y la
Comunión del sacerdote (momento en el cual el Sumo Eterno Sacerdote y el que
actuaba en representación de Él se confunden en una casi diríamos íntima unión
y se logra la consumación del Sacrificio)

Ahora, en cambio, ni una palabra siquiera acerca
del poder del sacrificador, sobre su acto consagratorio, por medio del cual se
renueva realmente la
Presencia eucarística, y de este modo, el sacerdote católico
ya reviste la figura de un ministro protestante.

Además, la omisión o el libre uso de muchas
vestiduras sagradas (pues en algunos casos bastan el alba y la simple estola:
nº 298) debilita aún más la primigenia conformación del sacerdote con Cristo;
en efecto, el sacerdote ya no se presenta más revestido con las virtudes de
Cristo; él es ya un simple “funcionario” que apenas se distingue de la multitud
de los fieles por uno o dos signos
[18] («él mismo un poco más hombre que los demás hombres»:
así lo describió bella y humorísticamente, aunque en forma involuntaria, cierto
predicador contemporáneo
[19].

Por lo tanto, nuevamente se divide lo que Dios ha
unido: a saber, así como ya viene separado el Tabernáculo del altar de la Misa,
así ahora se desgarra el único sacerdocio del Verbo de Dios y el sacerdocio de
Sus Ministros consagrados.

Por último, trataremos simultáneamente de Cristo y
de la Iglesia. En
un solo texto, donde se trata de la “Misa sin pueblo”, como con displicencia se
reconoce a la Misa en cuanto que es “acción de Cristo y de la Iglesia” (nº 4;
cfr. Presb. Ord., nº 13); mientras que por el contrario
en el caso de la “Misa con pueblo” no se recuerda ninguna otra finalidad sino
la de hacer “memoria de Cristo” y la santificación de los presentes. «El
presbítero celebrante asocia a sí mismo al pueblo al ofrecer el sacrificio por
medio de Cristo a Dios Padre en el Espíritu Santo» (nº 60), en vez de asociar
el pueblo a Cristo, quien se ofrece a Sí Mismo en sacrificio “por el Espíritu
Santo a Dios Padre”.

Nótense en este contexto otras cosas: la gravísima
omisión en las oraciones de las cláusulas “Por Cristo Nuestro Señor”, quien fue
dado a la Iglesia de todos los tiempos como única garantía de ser escuchada;
además, un pertinaz y ansioso “pascualismo”, como
si la comunicación de las gracias no tuviese otros aspectos igualmente
fecundos; también, ese “escatologismo” vesánico y
peligroso, en el cual la comunicación de la gracia, que de suyo es permanente y
eterna, es rebajada a meras dimensiones temporales; el “pueblo”, como pueblo en
marcha, la “Iglesia peregrinante” (¡ya no más militante contra la Potestad de las tinieblas!)
hacia cierto “futuro” que no está vinculado a la eternidad venidera (y que por
lo mismo no depende de ella en el presente), sino que corresponde a la
verdadera y propia posteridad temporal.

La Iglesia –Una, Santa, Católica, Apostólica– es humillada en cuanto tal por la fórmula
de la “Plegaria Eucarística IV”, en la cual la oración del Canon Romano: “Por
todos los ortodoxos y seguidores de la fe católica y apostólica” se cambia de tal modo que todos estos
creyentes son sustituidos simplemente ¡por todos los que te buscan con corazón
sincero!

También en el Memento de los difuntos, los
muertos ya no son aquellos «que nos precedieron con el signo de la Fe y duermen el sueño de la paz»,
sino solamente «los que murieron en la paz de tu Cristo.» A quienes además se
añade (no sin un nuevo y patente abandono de la legítima noción de la unidad y
visibilidad de la Iglesia) la turba de «todos los difuntos cuya fe Tú solo
conociste»

En cambio, en ninguna de las tres nuevas Plegarias
Eucarísticas se hace alguna mención –como ya más arriba dijimos
sobre el estado de penas y tribulaciones de las almas en el Purgatorio; en
ninguna de ellas se da lugar a que se haga un Memento los difuntos en
particular. Todo lo cual enerva nuevamente la fe en la naturaleza propiciatoria
y redentora del Sacrificio
[20].

Aparecen otras omisiones por las cuales se degrada
y desacraliza a cada paso el Misterio de la Iglesia. De ahí que ya
desde el comienzo de la Misa se silencie a la Sagrada Jerarquía
Apostólica al suprimir la mención de San Pedro y San Pablo; los Ángeles y
santos ya no son más recordados sino de un modo genérico y por lo tanto anónimo
en la segunda parte del Confiteor colectivo, mientras que en la primera parte los
mismos, que serán testigos y jueces en la persona de San Miguel, no aparecen ya
más de ningún modo
[21].

Se esfumaron también las diversas jerarquías de los
ángeles (lo que nunca acaeció antes) del nuevo Prefacio, provisto en la
"Plegaria Eucarística II". En el Communicantes se elimina la
memoria de los Pontífices y Santos Mártires sobre quienes está fundada la Iglesia Romana y
que sin duda transmitieron y completaron las tradiciones apostólicas, de donde
finalmente –sobre todo bajo la guía de San Gregorio Magno
surgió la Misa Romana.
Además, en el Libera
nos
se suprimió la mención de la Bienaventurada Virgen
María, de los Apóstoles y de todos los Santos ¿Por ventura se ha de decir que
el sufragio de ellos ya no es más necesario, ni siquiera en este gravísimo
momento de la historia?

Incluso la misma Unidad de la Iglesia queda
oscurecida, en cuanto que en todo el Novus Ordo, incluidas las tres nuevas
"Plegarias" (con la excepción del Communicantes: sólo del Canon Romano) se omiten en forma lamentable los nombres
de los Apóstoles Pedro y Pablo, fundadores de la Iglesia Romana, así
como también los nombres de los demás Apóstoles, que son el signo de la única y
universal Iglesia, más aún, sus columnas y fundamento.

Además, se ataca evidentemente al dogma de la
Comunión de los Santos cuando al sacerdote que celebra solo sin ayudante se le
manda omitir todos los saludos y la Bendición final. Más aún, se prescribe omitir el
anuncio “Ite,
missa est"
[22], incluso en la Misa que se celebra con ayudante
(nº 231)

Por medio del segundo Confiteor, que decía el sacerdote
solo, se demostraba claramente cómo él mismo, como ministro en representación
de Cristo, profundamente inclinado se reconocía indigno de celebrar el “tremendo
misterio” y más aún de ingresar al Sancta Sanctorum (en la oración Aufer a nobis); por ello, también
invocaba (en la oración Oramus Te Domine) los méritos e intercesiones de los Santos
Mártires, cuyas reliquias se guardaban en el altar ¡Ambas oraciones han sido
abolidas! Por consiguiente, aquí también debe decirse lo mismo que dijimos más
arriba sobre los dos Confiteor
y la doble o distinta Comunión del sacerdote y de los fieles.

Además, son profanadas las condiciones que, como
signos de una cosa sagrada, se establecían para el Sacrificio: por ejemplo, en
el caso de celebración fuera de un lugar sagrado, según el Novus Ordo,
el altar puede ser sustituido por una simple mesa, sin piedra consagrada, sin
reliquias de Santos y cubierta por un solo mantel (nº 260, 265) Aquí vale lo
que se dijo sobre la
Presencia Real: en efecto, de este modo el rito pelado del “banquete”
y del Sacrificio se disocia de la misma “Presencia Real” del adorable Cuerpo y
Sangre de Cristo, y de los signos de esa fe.

La obra de desacralización se completa con los
nuevos y toscos ritos del Ofertorio: se realza directamente la condición del
pan, y no del pan ázimo; se concede la facultad de tocar los vasos sagrados (nº
244 d) a los mismos monaguillos (y también sin discriminación a los mismos
laicos que se acercan a la comunión bajo ambas especies); se armará una
barahúnda increíble en el templo, donde sin parar se suceden alternadamente el
sacerdote, el diácono, el salmista, el comentarista (pero hasta el mismo
sacerdote parece ser rebajado al grado de comentarista, ya que continuamente se
lo invita a que explique lo que va a hacer), los lectores (sin excluir a las
mujeres), los clérigos o laicos que aguardan a los fieles en las puertas del
templo y los acompañan a sus asientos, hacen colectas, reciben y distribuyen
las limosnas; y, mientras se ensalza con gran pompa a las Sagradas Escrituras, he
aquí que contra la Escritura
del Antiguo Testamento y contra los preceptos de San Pablo (1Cor 14,34; 1Tim 2,
11-12) se inventa una “mujer idónea”, quien por primera vez, contra la
tradición de toda la Iglesia, tendrá la facultad de leer las lecturas en la
Misa así como también de realizar otros «ministerios que se llevan a cabo fuera
del presbiterio» (nº 70) Finalmente, aquélla exagerada y loca afición a la
concelebración, la cual poco a poco hará esto: por un lado, extinguirá la
interna piedad eucarística de los sacerdotes, y por otro, obnubilará la
eminente figura de Cristo, Único Sacerdote y Víctima, disolviéndola en la
presencia colectiva de los numerosos concelebrantes,
en vez de representarla
[23].

 

VI

Hasta aquí hemos hecho un examen sumario del Novus Ordo
denunciando sus innovaciones más graves en discordancia con la teología
católica de la Misa.

Las observaciones hasta aquí hechas sólo atañen a
las de carácter típico; un juicio, empero, sobre las insidias del documento,
sus peligros y sus elementos que son espiritual y psicológicamente
destructivos, y que se encuentran sea en los textos, sea en las rúbricas e
instrucciones, exigiría un trabajo más considerable de investigación. En
efecto, no hemos tratado detenidamente sobre los nuevos Cánones, puesto que ya
han sido pesados en la balanza por otros autores, y con argumentos no carentes
de peso, tanto en cuanto a la sustancia como en cuanto a la forma. En
particular, el segundo Canon
[24] escandalizó de inmediato a los fieles por su
excesiva y pelada brevedad. De este Canon se ha escrito, entre otras cosas, que
un sacerdote sin fe en la transubstanciación y en la naturaleza sacrificial de
la Misa puede usarlo con tranquilidad de espíritu para celebrar su Misa; que,
por lo tanto, tal Misa también puede ser dicha sin ninguna dificultad por un
ministro protestante.

El Nuevo Misal fue presentado públicamente en Roma
como una “amplia compilación para uso del ministerio pastoral”, como un “texto
más pastoral que jurídico”, que, por lo tanto, puede ser retocado por las
Conferencias Episcopales de acuerdo a las circunstancias y al carácter de los
diversos pueblos. Además, también la misma primera sección de la nueva
Congregación para el Culto Divino tendrá la misión de vigilar «la edición y
constante revisión» de los libros litúrgicos. En el último “Boletín de los
Institutos litúrgicos de Alemania, Suiza y Austria”
[25] leemos: «Los textos latinos de ahora en adelante
deben ser traducidos a las diversas lenguas de los pueblos; el estilo “romano”
debe ser adaptados a las Iglesias de cada lugar; lo que fue concebido como
fuera del tiempo deberá ser traspuesto a las condiciones mutables de las
realidades y circunstancias, atento al flujo constante de la Iglesia y de sus
innumerables comunidades.»

Pero también por parte de la misma Constitución
Apostólica recibió una herida mortal la lengua universal de la Iglesia (contra
la voluntad solemnemente expresada en el Concilio Vaticano II) En ella, en
efecto, se afirma sin ningún equívoco: «que, en tanta variedad de lenguas, una
sola e idéntica oración de todos ascienda más fragante que cualquier incienso.»

De este modo, ya se decretó la muerte del idioma
latino en la Liturgia. La
muerte del canto gregoriano, que el mismo Concilio Vaticano II había reconocido
como «propio de la
Liturgia Romana» (Sacros. Conc., nº 116), mandando además que
el mismo canto mantuviera «el lugar principal» (ibid.), se seguirá lógicamente en
razón de la facultad concedida de elegir variados textos, sea para el Introito, sea
para el Gradual.

Así pues, ya desde el comienzo se supone al nuevo
rito, al que denominan pluralístico y
experimental, como expuesto a la continua variación de tiempos y lugares.

Desgarrada así para todos los tiempos la unidad del
culto, ¿qué será ya de aquélla unidad de la Fe, que nacía de ella, y que hasta ahora siempre
se dice ser una cosa síntesis de todo, y que debe ser defendida sin equívocos?

De lo dicho es evidente que el Novus Ordo ya
no quiere seguir expresando la Fe
de Trento. A esta Fe, sin embargo, están vinculadas para siempre las
conciencias de los católicos. Por consiguiente, después de promulgado el Novus Ordo,
el verdadero católico, de cualquier condición u orden, se encuentra en la
trágica necesidad de optar entre cosas opuestas entre sí.

 

VII

La
Constitución Apostólica

alude explícitamente a que en el Novus Ordo se encuentra una abundante piedad y doctrina,
extraídas de las Iglesias Orientales. Pero, en realidad, cualquier fiel
perteneciente al Rito Oriental se erizará, pues el espíritu del Novus Ordo se
presenta no ya conforme, sino opuesto al Rito de los Orientales ¿A qué se
reducen en definitiva las innovaciones introducidas con espíritu ecuménico? principalmente,
a la multiplicidad de las anáforas (no, por cierto, a su nobleza ni a su
complejidad), a la presencia del diácono y a la Comunión “bajo ambas especies”.
Pero, por el contrario, los autores del Novus Ordo parece que han querido
más bien deliberadamente omitir todos los elementos que en la Liturgia Romana ya
eran realmente más cercanos a la Liturgia Oriental
[26], mientras que habiendo repudiado de la antigua
Misa su peculiar e inmemorable carácter Romano, despiden a los elementos más
propios de éste y espiritualmente preciosos. En su lugar, se han introducido
elementos por los cuales se rebaja el Rito Romano, acercándose al nivel de
ciertos ritos de los Reformadores (y ni siquiera de aquellos que más se aproximan
a la Fe católica)
Mientras tanto los Orientales, como ocurrió luego de las más recientes innovaciones,
serán alejados más y más de él.

Pero el nuevo rito complacerá, por el contrario, en
sumo grado a todos aquellos grupos que, ya próximos a la apostasía, devastan a
la Iglesia, ya sea manchando su cuerpo, ya sea corroyendo la unidad de su
doctrina, de su moral, de su liturgia y de su disciplina. Peligro más terrible
que éste nunca existió en la
Iglesia.

 

VIII

San Pío V mandó que se publicara el Misal Romano
con la finalidad de que fuese un instrumento de unidad (tal como la misma “Constitución
Apostólica” de Pablo VI lo recuerda) Por medio de él, efectivamente, como lo
había prescrito el Concilio de Trento, debía alejarse de los ritos cualquier
peligro de error contra la Fe,
atacada en aquel tiempo por los Reformados. Tan graves eran las razones que
impulsaban a aquel santísimo Pontífice, que nunca aparece tan legítima y casi
profética, como en el presente caso, aquélla sagrada fórmula con la que se
concluye la Bula
de promulgación de la Misa: «Si alguien empero presumiere atentar contra esto,
sepa que habrá de incurrir en la indignación del Dios Omnipotente y de sus
Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo» (Quo primum tempore,
13 de julio de 1570)
[27].

Sin embargo, de hecho algunos se han atrevido a
afirmar oficialmente –al presentarse el Novus
Ordo
en Roma, en el Vaticano, en la sala de prensa– que las razones aducidas por el Sínodo
Tridentino habían cesado.

Por el contrario, no sólo subsisten y perduran
aquellas razones, sino –y esto lo afirmamos sin ninguna duda
hoy irrumpen otras inmensamente más graves. En efecto, para rechazar las
insidias amenazadoras que a través de los siglos luchan contra la pureza del
depósito recibido de la Fe
(«Guarda el depósito, evitando las profanas novedades de las palabras» 1Tim 6, 20), debió la Iglesia protegerla y defenderla
mediante definiciones y pronunciamientos dogmáticos de su doctrina. Gracias a este
influjo de inmediato se consolidó tanto el mismo culto, que llegó a ser el
monumento más completo de la misma Fe.

Quienes hoy se empeñan en rebajar nuevamente a sus
antiguas formas, de cualquier modo, al Rito Romano del culto católico (por el
afán de aquel “insano arqueologismo” que ya Pío XII lúcidamente reprobó con suma oportunidad
[28] –volviendo a repetir in vitro; lo que tuvo su primigenia
hermosura en antigüedad– no llevan a cabo, como
ya antes dijimos, sino la ruina de todas las defensas teológicas del mismo
culto, a la vez que destruyen todas las bellezas acumuladas a través de los
siglos
[29], y esto incluso en un grave momento, más aún,
quizás en el más gravísimo de todos los momentos críticos de que se tenga memoria
en la historia de la Iglesia.

Hoy, en efecto, la misma autoridad suprema de la
Iglesia reconoce escisiones y cismas, ya no fuera, sino dentro de la comunidad
misma de los católicos
[30]. La unidad de la Iglesia no sólo peligra, sino que
ya se la juzga de antemano trágicamente
[31]; los errores contra la Fe no sólo se insinúan, sino
que por medio de los abusos y aberraciones litúrgicos –aunque públicamente
señalados y reprobados– se imponen no obstante
por los mismos hechos
[32].

Por lo tanto, el apartarse de la tradición
litúrgica, que fue por cuatro siglos signo y garantía de la unidad del culto,
para sustituirla por otra nueva –que no puede no ser un signo de cisma, por las
innumerables facultades implícitamente concedidas, y la cual pulula ella misma
con gravísimas ambigüedades, por no decir errores manifiestos contra la pureza
de la Fe Católica– nos parece, para expresar
nuestra opinión más benigna, el error más monstruoso.

En la festividad de Corpus Christi, 1969.


[1]
Las oraciones de nuestro Canon se hallan ya en el tratado “De los Sacramentos”
(de fines de los siglos IV y V) La Misa de San Pío V o Tridentina toma su
inicio en aquellos tiempos, en los cuales se desarrolló por primera vez a
partir de la antigua liturgia común sin sufrir luego mutaciones esenciales.
Conserva aún el carácter de aquella liturgia primigenia que floreció en
aquellos días en que los Césares Romanos gobernaban el mundo y esperaban llegar
a extinguir la fe cristiana; son aquellos tiempos en los cuales nuestros padres
se congregaban antes de la aurora para cantar un himno a Cristo Dios (cfr. Plinio el
joven, Ep.
96) En toda la Cristiandad
no se posee un rito tan venerable como la Misa Romana (A. FORTESCUE) El
Canon Romano, tal cual hoy existe, se remonta San Gregorio Magno. Tanto en
Oriente como en Occidente no se encuentra ninguna oración Eucarística vigente
hasta nuestros tiempos, que esté dotada de tanta antigüedad. Si la Iglesia Romana
excluyera este Canon, no sólo los ortodoxos sino también los anglicanos y los
mismos protestantes que de algún modo aprecian aún la tradición juzgarían que
la misma Iglesia Romana ha abdicado el derecho y su propio deber de representar
a la verdadera Iglesia Católica (P. LOUIS BOYUER).

[2]
En una nota se remite a dos textos del CONCILIO VATICANO II. En realidad, quien
lee estos dos textos no encuentra allí ninguna prueba de tal definición. El
primero (del Decreto PRESBYTERORUM
ORDINIS
, nº 5) , dice así: «Los presbíteros son consagrados por
Dios, siendo ministro el Obispo, para que, hechos en forma especial partícipes
del Sacerdocio de Cristo, al celebrar los oficios sagrados actúen como ministros
de Aquél que en la Liturgia
ejerce constantemente, por obra del Espíritu Santo, su ministerio sacerdotal en
favor nuestro. Sobre todo, por la celebración de la Misa ofrecen
sacramentalmente el Sacrificio de Cristo.»

Por su parte, el otro texto al cual se remite (de la Constitución SACROSANCTUM CONCILIUM, nº
33) se expresa así: «En efecto, en la Liturgia, Dios habla a su pueblo; Cristo sigue
anunciando su Evangelio. En cuanto al pueblo, responde a Dios sea con sus
cantos sea con su oración. Más aún, las oraciones que dirige a Dios el
sacerdote –que preside la asamblea representando a Cristo– se dicen en nombre de todo el
pueblo santo y de todos los circunstantes.» Es imposible comprender cómo de
estas palabras se haya podido sacar aquella definición. Advertimos además
acerca de la gravísima corrupción por la cual en esa definición de la Misa se
modifican las palabras de la definición del
mismo CONCILIO VATICANO II (Presb. Ord. n. 5): «Es, por
consiguiente, la Sinaxis
Eucarística el centro de la asamblea de los fieles.»
Suprimida fraudulentamente la palabra ‘centro’ de la asamblea, en el Novus Ordo el
término ‘asamblea’ usurpó sin más el lugar principal de aquélla.

[3]
El CONCILIO DE TRENTO sancionó así la Presencia Real Eucarística: «Primeramente, el
Santo Sínodo enseña y confiesa abierta y simplemente que en el nutricio
Sacramento de la
Santa Eucaristía, después de la consagración del pan y del
vino se contiene verdadera, real y substancialmente (canon I) Nuestro Señor
Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo la apariencia de aquellas cosas
sensibles»

En la
SESIÓN XXII,
que atañe directamente a nuestro asunto (“Sobre el Santísimo Sacrificio de la
Misa”), la doctrina definida (DB 937a -956) está luminosamente contenida en nueve
cánones.

1º: La Misa es un
Sacrificio verdadero y visible –y no una representación simbólica– «por el cual se representa
aquel sacrificio cruento que hubo de realizarse una sola vez en la Cruz (…) y se aplica su
fuerza salvadora para la remisión de los pecados que diariamente cometemos.» (DB 938)

2º: Jesucristo Nuestro
Señor, «declarándose a sí mismo Sacerdote constituido para la eternidad según
el orden de Melquisedec (Ps.
109, 4), ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y
de vino y bajo los símbolos de esas mismas cosas los dio a sus Apóstoles (a
quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento) para que los
tomaran, y a ellos mismos y a sus sucesores en el sacerdocio les mandó que los
ofrecieran por medio de estas palabras: «Haced esto en conmemoración mía.» (Lc 22, 19; 1Cor 11,24),
como siempre lo entendió y enseñó la Iglesia Católica» (DB ibid.) El celebrante, el oferente,
el sacrificador es el sacerdote, para eso consagrado, pero no el pueblo de
Dios, la asamblea. «Si alguien dijere que con aquellas palabras: «Haced esto en
conmemoración mía.» (Lc
22,19; 1 Cor
11,24) que Cristo no instituyó sacerdotes a los
Apóstoles o que no los ordenó, para que ellos y los otros sacerdotes ofrecieran
su cuerpo y sangre, sea anatema.» (Canon 2; DB 949)

3º: El Sacrificio de la
Misa es un verdadero sacrificio propiciatorio, y no “una mera conmemoración del
sacrificio realizado en la cruz.”

«Si alguien dijere que el Sacrificio de la Misa es
sólo de alabanza y de acción de gracias o una mera conmemoración del sacrificio
realizado en la cruz, pero no propiciatorio; o que sólo aprovecha al que lo
recibe y que no debe ser ofrecido por los vivos y difuntos, por los pecados,
penas, satisfacciones y otras necesidades, sea anatema.» (Canon 3; DB 950)

Recuérdense además. el canon 6: «Si alguien dijere que
el Canon de la Misa contiene errores, y que por lo tanto debe ser abrogado, sea
anatema.» (DB
953); y el canon 8: «Si alguien dijere que las Misas en las cuales sólo el sacerdote
comulga sacramentalmente son ilícitas y que por lo tanto deben ser abrogadas,
sea anatema.» (DB
955)

[4]
Apenas es necesario advertir que si se negase un solo dogma definido, ipso facto se derrumbarían todos los dogmas, porque
se hundiría entonces el principio mismo de la infalibilidad del Magisterio
Apostólico, incluso el supremo y solemne, sea del Romano Pontífice, sea del
Concilio Ecuménico.

[5]
Se debería añadir también la
Ascensión si alguien quisiera retomar aquella oración Unde et Memores. En este texto, sin embargo, no
se expresaba una cierta agrupación equivalente de vocablos, sino una clara y
sutil distinción: «de tan bienaventurada Pasión, como también de la Resurrección de entre
los muertos y también de la gloriosa Ascensión al cielo.» La Pasión se conmemoraba por
sí misma y por la fuerza de la misma Misa; la Resurrección y
Ascensión se presentaban añadidas, por la conexión de la fe.

[6]
De igual modo se cambia la fuerza de la significación también en los tres
nuevos Cánones, en los que sorpresivamente se eliminan por completo el peculiar
Memento de los muertos y la mención
de los sufrimientos de las almas de los fieles difuntos en el purgatorio por
las cuales siempre y universalmente se aplicaba el Sacrificio satisfactorio.

[7]
Véase la encíclica MYSTERIUM
FIDEI,
donde Pablo VI condena no sólo los errores del simbolismo sino también las
nuevas teorías inventadas de la “transsignificación” y de la “transfinalización”: «los que tanto
insisten en el valor del signo como si el simbolismo, que nadie niega existe
con toda certeza en la
Santísima Eucaristía, expresase y agotase toda la medida de
la presencia de Cristo en este Sacramento, o que hablan sobre el misterio de la
transubstanciación sin hacer mención alguna de la admirable conversión de toda
la sustancia del pan en el cuerpo y de toda la sustancia del vino en la sangre
de Cristo, según se expresa el Concilio de Trento, de tal manera que consista
sólo en las que llaman “transsignificación
y “transfinalización
(A.A.S., LVII,
1965, p. 775).

[8]
En la encíclica MYSTERIUM
FIDEI
profusa y extensamente se refuta y condena la introducción de modos nuevos de
hablar o locuciones que, aunque aparezcan en textos de los Santos Padres y de
los Concilios y en documentos del Sagrado Magisterio, se los emplea en un
sentido común y unívoco, sin subordinarlos a la doctrina sustancial, de la
cual, pues, no pueden separarse (por ejemplo, “alimento espiritual”, “comida
espiritual”, “bebida espiritual”, etc.) Pablo VI previene: «Guardada la
integridad de la Fe,
conviene también que se observe un apropiado modo de hablar, no sea que al usar
nosotros palabras impropias, surjan falsas opiniones, ¡lo que no suceda!, sobre
la Fe en cosas
altísimas.» Cita a SAN AGUSTÍN: «Pero nosotros conviene que hablemos según una
regla cierta, para que la licencia en las palabras no genere una opinión impía
incluso de las cosas que por ellas se significan» (La Ciudad de Dios, X, 23, PL
41, 300). Y continúa diciendo: «Por lo tanto, la regla de hablar, que la
Iglesia introdujo en una larga elaboración de siglos y no sin la protección del
Espíritu Santo, y que luego confirmó con la autoridad de los Concilios y que
más de una vez fue contraseña y estandarte de la Fe ortodoxa, debe ser conservada santamente y
nadie presuma cambiarla por capricho o con el pretexto de una ciencia nueva. De
igual modo, no debe tolerarse que cualquiera pretenda derogar por propia
voluntad las fórmulas con las cuales el Concilio de Trento propuso para creer
el Misterio Eucarístico» (A.A.S.,
LVII,
1965, p. 758)

[9]
Esto contradice abiertamente lo que prescribe el Concilio Vaticano II (Sacrosanctum Concilium,
nº 48)

[10]
Una sola vez (nº 259) se reconoce su función principal: «El altar, en el cual
se realiza el sacrificio de la cruz presente bajo los signos sacramentales.»
Pero aún esto no parece ser suficiente para eliminar las ambigüedades del otro
término, que, por el contrario, reaparece constantemente.

[11]
“Separar el Tabernáculo del altar sería lo mismo que separar dos cosas que por
su origen y naturaleza deben permanecer unidas” (Pío XII; Alocución al 18-23 Congreso
Internacional Litúrgico, celebrado en Roma y Cf. Asís, 18-23 de septiembre de
1956). Véase también la encíclica Mediator Dei, I, 5
(cfr. más adelante, nota. 28).

[12]
Rara vez se utiliza en el Novus Ordo la
palabra ‘hostia’, que es tradicional en los libros litúrgicos y que se emplea
con su sentido propio de ‘víctima’. Y esto responde perfectamente a aquella
intención habitual, que en el mismo Novus Ordo procura
poner en evidencia únicamente los aspectos de ‘Cena’ y de ‘comida’.

[13]
Suele ocurrir que se trueque una cosa por la otra. Y de ahí que falsamente se
equipare la Presencia
Real Eucarística con la presencia en la palabra (nº 7; 54)
Pero, sin embargo, esta otra presencia es realidad de una naturaleza totalmente
diversa, ya que sólo existe en el uso; aquélla, en cambio, se da estable y
objetivamente, incluso independientemente de todo uso o comunión sacramental.
Estas fórmulas son propiamente de los protestantes: «Dios habla a su pueblo.
Cristo por su palabra está presente en
medio de los fieles»
(nº 33; cfr. Sacros.
Conc.
, nos. 33 y 7); lo cual hablando con propiedad, no dice nada, puesto
el que la presencia de Dios en la palabra es mediata y está conectada a un acto
del espíritu ya la condición espiritual del sujeto e igualmente circunscrita en
el tiempo. Este error tiene gravísimas consecuencias: en efecto, afirma o
insinúa la opinión de que la
Presencia Real Eucarística está conectada sólo al uso y se
acaba junto con el uso.

[14]
La “acción sacramental” instituida por Cristo es presentada en este Novus Ordo como producida cuando Cristo dio a sus
Apóstoles su Cuerpo y Sangre bajo las especies del pan y del vino, “para que
comieran”; y no en la acción misma de la doble consagración y en la separación
mística del Cuerpo y Sangre, que se produce por esa misma consagración: en lo
cual se tiene la esencia del Sacrificio Eucarístico (cfr. Pío XII, Mediator Dei, todo el capítulo I de la
segunda parte : “Del Culto Eucarístico”).

[15]
Las palabras de la
Consagración, por el modo como se insertan en el contexto del
Novus Ordo pueden ser válidas por
la eficacia subjetiva de la intención del ministro. Pero pueden no ser válidas,
en cuanto que ya no son tales por la fuerza misma de las palabras, o más
exactamente, por la virtud objetiva del modo de significar que tenían hasta
ahora en la Misa. Por
lo cual, los sacerdotes que en un futuro próximo no habrían sido instruidos
conforme a la doctrina tradicional y quienes simplemente se fiarán del Novus Ordo con la intención de “hacer lo que hace la
Iglesia”, ¿consagrarán en realidad válidamente? Es lícito dudar de ello.

[16]
No se diga, según el modo de proceder de los protestantes –como nadie ignora– en su
método crítico, que estas palabras pertenecen al mismo texto de la Sagrada Escritura.
Pues la Iglesia siempre evitó el yuxtaponer estos textos, de manera de disipar
toda confusión entre las diversas cosas y verdades que estos textos expresan.

[17]
Contra los luteranos y calvinistas, que afirman que todos los cristianos son
sacerdotes, y que, por lo tanto, ofrecen la cena, cfr. Concilio de Trento,
Sesión XII
canon 2. Sobre ello, dice A. TANQUEREY en “Sinopsis de teología dogmática”, t. III, Desclée, 1930:
«Todos los sacerdotes y sólo ellos son, propiamente hablando, ministros
secundarios del Sacrificio de la Misa. Cristo es, ciertamente, el ministro principal.
Los fieles sólo mediatamente, pero no en sentido estricto, ofrecen por medio de
los sacerdotes.»

[18]
Adviértase una increíble innovación que conmocionará espiritualmente los ánimos
de los fieles. El Viernes Santo, en la Parasceve,
las vestiduras sacras serán de color rojo (nº 308 b), y no negras o, al menos,
violetas. Lo cual alude más bien a la conmemoración de algún santo mártir antes
que al luto de toda la Iglesia por la muerte de su divino Fundador (cfr.
encíclica “Mediator Dei”, 1,5; ver
más adelante, nota 28).

[19]
P. ROGUET,
O. P., a las Hermanas Dominicas de Betania de Plessis-Chenet.

[20]
En ciertas versiones del Canon Romano se traduce el «lugar del refrigerio, de
la luz y de la paz» como un simple estado (“beatitud, luz, paz”) ¿Qué decir
ahora de la omisión de toda mención explícita a la Iglesia purgante?

[21]
En medio de la fiebre tan grande por abreviarlo todo, sólo hay un caso de
amplificación, a saber, la palabra ‘omisión’ que se añade en la confesión de
los pecados, al recitar el Confiteor.

[22]
En una charla pública con los periodistas, a quienes se presentaba el Novus Ordo, el P. LECUYER, profesando una cierta fe y
una razón totalmente empirista más bien que teológica, recomendó que en la
“Misa sin pueblo” se cambiaran los saludos en “Dominus
te-cum”
, “ora frater”, «a
fin de que no haya nada que no coincida con la verdad.» ¿Acaso el acólito al
responder no representa al “pueblo de Dios” igual que el sacerdote, al
celebrar, ora a Dios por ese mismo “pueblo de Dios”?

[23]
En atingencia a este asunto, señalamos que no parece ilícito que los sacerdotes
asistentes a una concelebración, si estuvieren obligados a celebrar solos antes
o después de la concelebración, reciban por segunda vez la comunión eucarística
bajo ambas especies también durante la misma concelebración.

[24]
Algunos han intentado ineptamente demostrar que este Canon es el “Canon de San
Hipólito”, cuando este Novus Ordo conserva
la reminiscencia de sólo algunas palabras de ese antiguo canon.

[25]
Gottesdienst”, nº 9, 14 de mayo
de 1969.

[26]
Para recordar sólo una, la Liturgia Bizantina, piénsese en las
elocuentísimas, instantes y reiteradas le oraciones penitenciales; en los ritos
solemnes con los que el sacerdote y el diácono revisten sus ornamentos; en la
preparación de las ofrendas en la proscomidia, que
ella misma constituye ya de suyo un rito aparte; en la presencia constante en
las oraciones y hasta en las ofrendas de la Bienaventurada Virgen
María, de los Santos, de la jerarquía angélica (que en la Entrada con el Evangelio
es evocada realmente como concelebrante
en forma invisible y cuya representación asume la schola
cantorum en el Cherubicon);
piénsese en la iconostasis, por la cual se
separan netamente el santuario del templo, el clero del pueblo; en la
consagración a ocultas, que es un símbolo del Misterio del Dios Invisible, al
que alude también toda la
Liturgia; piénsese además en la ubicación del sacerdote
celebrante, que está de pie vuelto hacia Dios y nunca cara al pueblo; en la
Comunión administrada siempre sólo por el sacerdote; en los frecuentes y
profundos signos de adoración exhibidos ante las Sagradas Especies; en la
actitud verdaderamente contemplativa del pueblo. Y estas liturgias, también en
las formas que implican menor solemnidad, se prolongan por más de una hora, y
las frecuentes definiciones (como “tremenda e inenarrable liturgia”; “tremendos,
celestes y nutricios misterios”), que allí se encuentran, manifiestan con
suficiente claridad la dicha mentalidad. Nótese finalmente que en la divina
Liturgia, sea en la de San Juan Crisóstomo como en la de San Basilio, aparece
claramente que el término “cena” o “convivio” está subordinado al de “sacrificio”,
de igual modo como estaba en la
Misa Romana.

[27]
En la SESIÓN XIII
(Decreto sobre la
Santísima Eucaristía), el CONCILIO DE TRENTO manifiesta que
ésta el su intención «que se arranque de raíz la cizaña de los execrables
errores y cismas que el hombre enemigo sembró abundantemente (Mt. 13,25 ss.) en
la doctrina de la Fe,
en el uso y en el culto de la Sacrosanta Eucaristía a la cual, por lo demás,
nuestro Salvador dejó en su Iglesia como símbolo de su unidad y caridad, con la
que quiso que todos los cristianos estuvieran unidos y asociados entre sí.» (D.
873 a;
D- S 1635)

[28]
«El retornar con la mente y el espíritu a las fuentes de la sagrada Liturgia es
ciertamente una cosa sabia y muy laudable, ya que el estudio de esta
disciplina, remontándose a sus orígenes, contribuye no poco a investigar más
profunda y diligentemente el significado de las festividades y el sentido de
las fórmulas en uso en las sagradas ceremonias; sin embargo, no es sabio ni
laudable el hacer volver todas las cosas de cualquier modo a la antigüedad. Así
pues, para usar ejemplos, se apartaría del buen camino quien quiera devolver al
altar su arcaica forma de mesa; quien quiera que las vestiduras litúrgicas carezcan
siempre del color negro; quien prohíba en los templos las imágenes y estatuas
sagradas; quien ordene que las imágenes del divino Redentor crucificado sean
modeladas de tal forma que su cuerpo no reproduzca los acerbísimos suplicios
que padeció. En efecto, esta forma de pensar desea revivir aquella exagerada e
insana pasión por las antigüedades, provocada por el ilegítimo concilio de Pistoya, e
igualmente se esfuerza por restablecer los múltiples errores que fueron la
causa por qué se reunió ese mismo conciliábulo, y los que de allí se siguieron
no sin gran detrimento de las almas, y a los cuales la Iglesia que está siempre
como guardián vigilante del “depósito de la Fe” que le fuera confiado por su Divino Fundador,
reprobó con toda razón y justicia.» (Pío XII: encíclica MEDIATOR DEI, 1,5)

[29]
Pero que a nadie engañe la opinión según la cual el edificio de la Iglesia, que
ha sido convertido en un magnífico, amplio y augusto templo para la gloria de la Divinidad, debe ser
reducido a sus exiguas dimensiones de la antigüedad, como si únicamente esta
forma de indigencia fuese la verdadera y legítima" (PABLO VI: encíclica ECCLESIAM SUAM)

[30]
«Un fermento prácticamente cismático divide, subdivide, despedaza a la Iglesia»
(PABLO VI: Homilía del Jueves Santo, 1969)

[31]
«Hay también entre nosotros aquellos 'cismas', aquellas 'escisiones' que la
primera carta de San Pablo a los Corintios, hoy nuestra lectura instructiva,
denuncia dolorosamente» (PABLO VI: ibid.)

[32]
Es sabido por todos que hoy niegan el Concilio Vaticano II aquellos mismos que
en otro tiempo se atribuían su paternidad; quienes, después de haber declarado
el Sumo Pontífice en la conclusión del Concilio que nada se había cambiado en
él, salieron del Concilio con la deliberada intención de destrozar en el acto
su aplicación, interpretándolo por cuenta propia lo contenido en los textos
auténticos. Se debe lamentar que la Sede Apostólica haya actuado con tal
precipitación –juzgada inexplicable por muchos–,
lo cual permitió, más aún exhortó, bajo la guía del “Consejo para la Ejecución de la Constitución de la Sagrada Liturgia”,
a una infidelidad de día en día creciente al Concilio. Infidelidad, que partiendo
de aspectos sólo en apariencia meramente formales (como son la lengua latina,
el canto gregoriano, la abrogación de venerables ritos, etc.) se extendió a los
aspectos sustanciales que ahora han sido sancionados también en el mismo Novus Ordo. Más
perniciosamente quizás en lo que respecta a las almas de los fieles las
terribles calamidades que hemos intentado interpretar repercutieron incluso
contra la disciplina y el mismo Magisterio eclesiástico, habiéndose debilitado
de un modo terrible, junto con la autoridad, también la debida docilidad a la Sede Apostólica.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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