Panorama Católico

Card. Merry del Val: Memorias de San Pío X

Nos proponiamos comentar el libro cuando lo vimos comentado y por hombres sabios. De modo que doble alegría: un buen comentario, y menos trabajo para nosotros.

 

Nos proponiamos comentar el libro cuando lo vimos comentado y por hombres sabios. De modo que doble alegría: un buen comentario, y menos trabajo para nosotros.

 

Cardenal Rafael Merry del Val,
«El Papa San Pío X: Memorias»,

Ediciones Fundación San Pío X,
Buenos Aires, 2006; 200 páginas
21 x 15 cm., ISBN 950-99434-6-0

Nos habíamos hecho solemne compromiso de no transgredir el receso navideño, por varias razones poderosísimas: La primera, que por una suerte de pacto implícito entre todos nosotros, la noticia que todo el mundo espera no debería ser reemplazada por ningún artículo de blog, ni bueno ni malo, y esperarla en santa espectación no se veía nada mal. La segunda, que por estos días, los atareados habitantes del hemisferio Sur (que no son nuestro únicos lectores pero sí los más concernidos) se encuentran cerrando su año laboral, familiar, militar y social, para dedicarse a sus vacaciones anuales … con buenas noticias.

En general, este mundo puerco no ofrece muchas oportunidades de recibir buenas noticias; queremos decir buenas en serio. Así que preferíamos dejar correr estos días de amable trajín.
Sin embargo, una mano amiga nos ha acercado un libro de reciente publicación que no hemos podido resistir la tentación de criticar, en el mejor sentido de la palabra. Parecía un desafío en el Día de los Santos Inocentes, que son los primeros Mártires
El librito se llama «El Papa San Pío X: Memorias», y su autor es el cardenal Rafael Merry del Val, quien habiendo nacido español en el Londres de los primeros años de Disraeli, escribió esta obra en inglés, hasta que fue publicada en castellano en Madrid, en 1946, poco más de 15 años después del fallecimiento del cardenal. La presente, parece ser la primer edición argentina, realizada sobre esta otra anterior en castellano.
Rafael Merry del Val murió en 1930 también con fama de santo, y su causa de beatificación está iniciada. Conoció al cardenal Giuseppe Sarto recién en el Cónclave de 1903 —el mismo en el cual fue vetado el cardenal Rampolla del Tindaro por decisión del Emperador de Austria y del cual saldría Papa el cardenal Sarto— mientras oficiaba de Secretario. León XIII lo había hecho Arzobispo apenas pasados los 30 años de edad y lo había conservado como funcionario en el Vaticano, apreciando de esta forma sus inmensas dotes de trabajador fiel, incansable e inteligente. Antes de la elección de José Sarto para ocupar la Silla de Pedro, había intercambiado con él solamente unas diez palabras en la propia capilla del Cónclave, donde el adolorido cardenal pedía al Señor que el cáliz que se le venía, pasara de largo … Merry del Val, por encargo del Decano del Colegio de Cardenales, se acercó a Sarto para pedirle que lo autorizara a anunciar que jamás aceptaría el Solio Pontificio; decisión que, gracias a Dios, esa misma mañana revocó ante la insistencia de sus pares. Merry del Val, concluido el Cónclave, corrió a despedirse del nuevo Papa, quien con una sonrisa triste, algo burlona también, y no exenta de reproche, le pidió que se quedara con él como Pro Secretario de Estado, hasta tanto resolviera qué hacer.
El gesto intuitivo fue definitivo; el arzobispo Merry fue creado cardenal poco tiempo después y confirmado como Secretario de Estado en un emocionante episodio, conservando el cargo durante los once años del pontificado de Pío X. Lo cual es un caso casi único en la Historia del papado.
No era posible imaginar dos vidas más opuestas: el cardenal, descendiente de nobles españoles e ingleses, hombre de vastísima cultura y hasta de notable erudición, empeñoso trabajador y acostumbrado ya a todos los ronroneos de la vida. El Papa Sarto, hijo de un modesto funcionario imperial de familia italiana y de una bondadosísima mujer analfabeta, pobre desde siempre, cura rural, obispo de a caballo y Patriarca de Venecia: una inteligencia despierta, diríase aún preclara, dueña de esa exacta comprensión instantánea de situaciones, hombres y cosas, que le permitía un ejercicio preciso, caritativo y humorístico de la autoridad, que era irresitible. Les unía, eso sí, una fe indoblegable, un amor a la Iglesia parejo y esa sincera, franca y masculina atracción mutua de lo que es opuesto, pero afín. En el Cónclave, el cardenal Sarto halló un amigo y una columna de sostén, no teniendo cómo consolarse de esa impactante novedad que era el Papado. El aristócrata Merry del Val, al fin y al cabo de la raza del Cid, encontró un Señor a quien servir hasta el final.
Fue tal la compenetración de los ideales y de la comprensión del mundo, que pocos podrán jamás explicar de cuál de los dos, del rey o de su ministro, eran las medidas y acciones de gobierno que electrizaron a una Iglesia con casi centenarios prejuicios de derrota, al compás desacorde de los sonsonetes de modernidad. ¡El Modernismo … ! Algunos, creyeron ver en el nuevo Papa un hombre de aspecto físico semejante a Pío IX, de quien temían hasta el nombre. Su advenimiento no fue bien recibido por todos; más bien, algunos de sus actos de gobierno fueron repudiados y comentados con odio en las Logias que circundaban al Pontífice. Pío X temía a los enemigos de fuera, pero más le preocupaban los de adentro, lo que maquinaban desde la sombre de algún despacho vaticano. Y en esta lucha tremenda, contabilizada por algunos escritores como semejante a la del Gran Pedro Fundador, se encontraron dos almas de gemelas espadas.
El Modernismo, ahora llamado Progresismo, y la gran Guerra (“il guerrone”) fueron los dos grandes tormentos de Pío X; el sabía que no vería la segunda, sobre cuya vecindad estaba completamente seguro. Y conocía el satánico carácter del primero, que también sabía no sería vencido en sus días.
La biografía de Pío X escrita por Merry del Val no puede ser sino apasionada, compuesta durante los varios años en que el autor sobrevivió a su Papa, con los aportes documentales e historiográficos propios, y aquellos que le fueron allegando todos los que conocieron al santo Papa.
Pío X fue una personalidad excepcional, cautivante en extremo, como atestiguara la totalidad del cuerpo diplomático acreditado en el Vaticano durante sus años; y, acaso, poseedora de esa extraña fascinación que ejercen sobre sus contemporáneos aquellos que tienen, junto a una vida psíquica, moral e intelectual excepcional y atractiva por sí misma, una santidad notoria que agrega vuelo sobrenatural a las más elevadas dotes terrenales. Es un hecho conocido que muchos diplomáticos, aún de naciones no católicas, pidieron ser removidos del Vaticano tras la muerte del Papa Sarto; tal era su estado de ánimo.
El libro incluye las versiones castellanas de los discursos y homilía del Papa Pío XII, en ocasión de beatificar primero, y canonizar finalmente en 1954, a su admirado Papa San Pío X, en cuyo homenaje tomó ese nombre al ser aclamado pontífice él mismo.

Fuente: El Ultimo Alcázar

 

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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