Panorama Católico

Carta a un joven preocupado por su Fe

Le escribo más animado por razones de edad que de sabiduría.  Recientemente me confesé con un sacerdote que tiene casi la mitad de mis años, y noté en él una lucidez para detectar mis deficiencias espirituales y para aconsejarme que hasta podría haber desmentido el viejo dicho que fundamenta este atrevimiento mío de escribirle. Ese que dice “el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo”.

Y sin embargo… hay cosas que por viejo se saben, aún cuando otros nos superen largamente en sapiencia y santidad.  Pero no “viejo” por el mero paso del tiempo, sino “viejo” en la perseverancia, que es una gracia inestimable.

Escribe el Editor y Responsable

Le escribo más animado por razones de edad que de sabiduría.  Recientemente me confesé con un sacerdote que tiene casi la mitad de mis años, y noté en él una lucidez para detectar mis deficiencias espirituales y para aconsejarme que hasta podría haber desmentido el viejo dicho que fundamenta este atrevimiento mío de escribirle. Ese que dice “el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo”.

Y sin embargo… hay cosas que por viejo se saben, aún cuando otros nos superen largamente en sapiencia y santidad.  Pero no “viejo” por el mero paso del tiempo, sino “viejo” en la perseverancia, que es una gracia inestimable.

Escribe el Editor y Responsable

Por eso, si me permite dirigirme a Ud. bajo este título de viejo fiel católico que ha tenido la gracia de la perseverancia hasta el día de hoy, principio aconsejándole que rece, mucho, pidiendo, precisamente, perseverar en la Fe. Sin la Fe no se puede agradar a Dios.

Sin la Fe no se puede agradar a Dios, dice San Pablo y es como si lo dijera Dios. Porque la palabra de los Apóstoles es palabra revelada e inerrante, y el depósito que nos han transmitido, y que conocemos por “tradición”, es igualmente revelado e inerrante.  Por eso creemos en la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.

Guarde celosamente el depósito de la Fe. Y si no ha sido formado en él, o bien tiene defectos de doctrina que suplir, hágalo con el mayor esmero, si es posible con la guía de un sacerdote. Pero tiene que ser un sacerdote de Fe.

Aprenda y guarde la doctrina de la Fe, que no es un manojo de sentimientos, sino un contenido conceptual misterioso, a la vez oscuro y brillante. Oscuro porque, sin contradecirla, nuestra razón a veces se subleva ante los imperativos de la Fe. Verá, esa no es “la Razón”, que solo puede ser “la recta Razón”. Esa es nuestra inteligencia ofuscada por la doble herida que recibimos del pecado original: la ignorancia y el desorden de nuestros sentidos. Cuando la razón que nos guía es la “recta razón”, jamás sentirá que se riña con la Fe. Creerá para entender y entenderá para creer. Así funciona, así ha funcionado siempre la Fe junto con la razón. Todo a condición de que Ud. se disponga con docilidad a la enseñanza de la Iglesia. Ahí está la parte luminosa…

Dios aborrece al soberbio. La docilidad es señal de predestinación. Si Ud. es dócil a las moniciones de la Fe, brotarán junto a ella en su alma, otros dos tallos majestuosos que viven de la misma raíz, la Esperanza y la Caridad. Porque el justo vive de la Fe. Y el justo es aquel en quien la Caridad se ha hecho carne.

Pero no se llega a la plenitud de la Fe, de la Esperanza ni de la Caridad sino gradualmente, por el ejercicio de las virtudes. La primera, la humildad, por la cual nos abajamos al nivel del suelo y nos hacemos tierra (humus), que eso es lo que somos. Sin embargo, la humildad no le quitará sus bríos, ni su alegría, ni su espíritu batallador. Porque la humildad es andar en la verdad.

Y si bien somos malos transmisores de la Verdad de la doctrina, el hecho de serlo es un privilegio que nos pone por encima de cualesquiera otros que no hayan recibido el carácter bautismal. Y más aún si lo ha completado con el crisma de la confirmación, por lo cual se convierte uno en miles, es decir, en soldado de Cristo, y a causa de lo cual es necesario, -con necesidad filosófica- militar bajo la bandera de la Fe.  Por eso formamos parte de la Iglesia Militante.

Pero no tema, que la Iglesia Purgante y la Triunfante están de su lado, y a ellos, como a los santos ángeles y a todas las benditas almas del purgatorio puede recurrir para defenderse de las tentaciones, pedir luces y gracias, materiales y espirituales. La Iglesia es una sociedad de amigos unidos por la más alta de las amistades, la amistad de caridad.

No tenga reparos humanos, pero sí tenga misericordia. Si debe confesar la Fe, hágalo, recordando que dicha confesión es una obligación y un acto de justicia para con Dios. Pero Dios es el Dios de las misericordias, de modo que su confesión debe estar impregnada de esta misericordia divina. Una misericordia que vivifica la Ley. Si Ud. solo cumple la ley, es judío o musulmán. O cuáquero. Que en cierto sentido son la misma cosa. Si Ud. cumple la Ley vivificada por la misericordia, habita en Ud. el Espíritu, que sopla cuando y donde quiere.

No podemos ponerle límites a la misericordia de Dios. Sí debemos creer  y  predicar (aunque predicar es una misión propia y exclusiva del clero), digo, proclamar y aún enfáticamente las verdades reveladas. Pero así como Dios resucita muertos y suspende la ley de gravedad, también obra de un modo misterioso que no nos es lícito saber. Solo sabemos, y nos debe bastar, que nadie se salva fuera de la Iglesia. Aunque por misterioso designio, la eficacia supletoria de la Iglesia es más abarcativa de lo que nosotros podemos comprobar.

Por lo tanto, no sea rígido con los pecadores, los herejes o los confundidos. Sea fuerte, brioso, y le diría hasta violento. Pero no falte nunca a la caridad, porque la caridad es la otra cara de la verdad. De la verdad de Cristo, que es la que interesa, porque toda la verdad se resume en El. “Yo soy la Verdad”. Está claro.

No menosprecie nunca ni la piedad, ni la oración. Dos misas mejor que una. Tres rosarios mejor que dos. Pero hasta donde el cuerpo lo resista. Contemos con la debilidad de la carne, a la que debemos más de una vez sustentar con un buen vino, una larga siesta, un plácido baño de mar o la charla amable con los amigos.

No se deje engañar por rigurosidades ascéticas, ni sea demasiado indulgente con su lenguaje, sus sentidos externos e internos. Tal vez Dios nos de la gracia del dominio. Tal vez solo podamos pasar por esta vida luchando con el aguijón de la carne. Humildad, perseverancia, prudencia y autocomprensión. También hay que ser misericordioso con uno mismo.

Y siempre el consejo sacerdotal. Porque el sacerdote es otro Cristo, al menos cuando quiere.

No desprecie las rúbricas de la liturgia ni dé por supuesto que a Dios le es indiferente una misa u otra. Dios es un Dios celoso de su nombre y de su gloria. Y la gloria de Dios es su liturgia, es el culto público que le ofrecemos. A Él, pues, lo mejor. Aunque cueste.

Si reza y no obtiene, a pesar de la promesa: “todo lo que pidan en Mi nombre se os concederá”, no es que falle la promesa. Recuerde el sabio apotegma agustiniano: quia malum, quia mala, quia maleDios no nos escucha porque somos malos, o porque pedimos cosas malas, o, porque las pedimos de mala manera. Corrija y persevere. Dios siempre nos da algo cuando le pedimos, aunque no sea lo que le pedimos.

Finalmente, prueba excelsa de la humildad, haga bien lo que debe hacer. Cumpla puntillosamente su deber de estado. Nada santifica más. No sueñe con la gloria, porque, aunque la imagine del modo más noble, casi nunca nos conduce a la Gloria. Mejor una batata bien pelada en cumplimiento del deber, que la más fina oratoria o la más excelsa pluma alimentando nuestra vanidad. (Aunque diéramos nuestro cuerpo a las llamas…).

Si persevera, será coronado con el laurel de la gloria que no tiene mácula de imperfección, y por lo tanto es eterna.

Trate de merecer lo que nunca podremos merecer: la redención, la filiación divina.

Y no olvide que el que se salva, sabe. Y el que no, no sabe nada.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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