Panorama Católico

Carta a un tradicionalista perplejo

Querido amigo,

Nos conocemos hace ¿cuántos años? Allá por los ’70 cuando nos echaban
de las parroquias por protestar contra la guitarra eléctrica en la
misa… Cuando los benedictinos de Los Toldos nos querían obligar a
comulgar en la mano, y nos daban una galletita de arroz en lugar de
hostia de pan ácimo. Cuando nos recriminaban por arrodillarnos durante
la consagración porque “faltábamos el respeto a la asamblea”.

Recordarás nuestra sorpresa cuando fuimos a pasar unos días de retiro a

Querido amigo,

Nos conocemos hace ¿cuántos años? Allá por los ’70 cuando nos echaban
de las parroquias por protestar contra la guitarra eléctrica en la
misa… Cuando los benedictinos de Los Toldos nos querían obligar a
comulgar en la mano, y nos daban una galletita de arroz en lugar de
hostia de pan ácimo. Cuando nos recriminaban por arrodillarnos durante
la consagración porque “faltábamos el respeto a la asamblea”.

Recordarás nuestra sorpresa cuando fuimos a pasar unos días de retiro a
la trapa de Azul y veíamos a los monjes meditando “zen” en posición
flor de loto, ante una mesa que oficiaba de altar.

Allí se forjó nuestra militancia por la misa tradicional. Veíamos con
claridad que la misa nueva era el “caballo de Troya” en la Iglesia, y
éramos apenas unos muchachos.

Recordarás amigos comunes que se aferraban al cura más viejo, al que
rezaba la misa con más decoro, al que –ante nuestras angustias- decía "… sí, tienen razón… pero hay que obedecer. Es preferible condenarse con el Papa que salvarse sin él…” Pobres
buenos viejos curas. Dios los tendrá en el cielo, porque no sabían qué
decir ni qué hacer ante los argumentos de unos mocosos que veían mejor
que sus colegas tamaña demolición de los cimientos mismos de la Iglesia.

Recordarás a los que se fueron, arrastrados por escrúpulos y terminaron
perdiendo la Fe o adhiriendo sin el menor reparo crítico a cualquier
novedad. Recordarás a los que vivieron esa espantosa situación de
asistir a misa como quien es condenado a un espectáculo obsceno:
renegando de la homilía insustancial o pérfida, mordiéndose la lengua
al oír algunas “peticiones de los fieles”, cambiando de fila para
recibir la comunión de manos de un sacerdote y no de un laico, hombre o
mujer; siendo humillados públicamente por querer comulgar con devoción,
en la boca y –los más audaces- de rodillas.

Recordarás a los que se convencieron viajando por Europa y asistiendo a
las ¿misas? "de allá", que solo se verían por estas tierras 20 años
después. Los que vivieron los “recuerdos del futuro”, cuando la gracia
les puso ante los ojos cuál era el término del camino, cada vez más
estrecho, el destino inexorable del clero y los fieles si no
rectificaban el rumbo…

Ha corrido mucho agua bajo los puentes

Eran tiempos de persecución, es cierto, y constituíamos una pequeña
grey de apestados que nadie quería. Los progresistas porque no podían
siquiera concebir que veinteañeros activos, vivaces, atrevidos no se
sumaran a su “nueva Iglesia”. Los conservadores, porque éramos los
“desobedientes”, los infieles a Roma… A lo sumo un “¡qué lástima!”
piadoso nos reivindicaba las intenciones.

Recordarás el vacío que sentíamos en los medios católicos donde nuestra presencia era tolerada a canje de ¡no hablar de temas religiosos! En
nuestra propia familia, donde los divorciados y amancebados eran
recibidos con alegría o al menos con respetuosa "tolerancia", y
nosotros mirados como personas patéticas. Las miradas desdeñosas o
compasivas de tantos buenos católicos, apenas si morigeradas por algún
guiño, alguna palabra cautelosa de ánimo de los nicodemos, que nunca faltaron, dicha en la más recóndita intimidad de alguna charla ocasional.

Recuerdo cuando Mons. Bonamín me citó al entonces Vicariato Castrense.
La carta, con todos los sellos institucionales (estábamos en pleno
proceso militar) parecía una conminación a presentarse voluntariamente
o ser sustraído por algún grupo de tareas…

Recuerdo el susto antes esa entrevista. Entro por la puerta, me decía, pero no se por donde salgo…
Yo apenas si pasaba los 20 años. Monseñor era un viejo obispo
venerable. Con cara de enojo me reprochó haberlo incluido en una de
nuestras publicaciones entre los “obispos cobardes” que sabiendo la
doctrina se callaban la boca…

Teníamos la audacia de mandárselas y luego de hacernos cargo de lo que
decíamos, con la imprudencia propia de la edad, quizás, y con algo de
la desmesura de cuando éramos más vigorosos que ilustrados militantes
de la tradición de la Iglesia. Más ardientes polemistas que
experimentados en el juicio de las personas.

El buen obispo, a mis lamentaciones por el estado de la Iglesia (bajo Paulo VI entonces) me decía: “Cuando el padre, como Noé ebrio, se desnuda en público, los hijos deben cubrirlo…” Tengo grabada su sonrisa indefinible cuando le respondí: “el problema es cuando se emborracha todos los días…”.

Recuerdo que me miraba con ojos de sorpresa, contrariedad y -me
animaría a decir- una chispa de esperanza. Intuía que de alguna manera,
esos jóvenes extraños, rebeldes en nombre de la obediencia intemporal e
innovadores en nombre de la Tradición podrían ser de algún modo,
misteriosamente, instrumentos de Dios. Me bendijo con cariño. Nunca más lo volví a ver.

Hoy creo que él intuyó el futuro. Vio la esperanza y los peligros.
Sabía que el Pastor estaba herido y el rebaño disperso. La restauración
de la paz dentro de la Iglesia sería obra de Dios, obra obrada por
medio de causas segundas, que éramos nosotros, él mismo, y miles más.
Miles a los que entonces no les hubiéramos dirigido la palabra sino
para regañarlos … y viceversa.

Corrió mucho agua bajo los puentes.

Habrás lamentado, como yo lamenté luego, nuestro desdén hacia los que
en su momento llamamos “obispos cobardes” y a quienes besaríamos no ya
los anillos sino las manos y los pies si gobernaran la Iglesia
argentina hoy, cautiva como está de una jerarquía casi sin excepciones
–casi- aplebeyada, canallesca o venal. Hace 30 años habríamos llamado
“cobarde” a Mons. Baseotto…

 

Muchos años después nos fuimos reencontrando con
aquellos con quienes antes no habríamos cruzado más que reproches
mutuos, esta vez para coincidir en los males de la Iglesia y disentir
seguramente en los remedios. No los de fondo, sino en los prudenciales.
¿Podíamos ya negar que aquellos adversarios habían sido tan soldados
como nosotros, en otra trinchera, tan soldados de la Fe de Cristo como
hubiéramos querido serlo nosotros? ¿Podían ellos negarnos nuestra
militancia y nuestro renunciamiento y, acaso, nuestros logros? Nosotros
fuimos obreros en la construcción de templos en el yermo, mientras los
templos se convertían en yermos.

Además, ¿podríamos reprocharles defecciones en sus filas sin que ellos
pudieran con igual derecho recriminarnos las nuestras propias? No te
estoy hablando de cuestiones teológicas. Te hablo de los motivos por
los cuales un católico decide prudencialmente defender una plaza a un
costo que otro considera imposible de pagar. Te hablo de esa
camaradería de viejos soldados que han combatido en frentes opuestos,
para llegar a enterarse finalmente como en alguna paradoja
chestertoniana, que estábamos todos –según nuestro leal entender-
peleando bajo la misma bandera.

Hoy el Papa toma la de la Misa y la sube al tope del mástil. A su modo,
pero sin duda con valentía y sincero deseo de salvar las almas y
restablecer la justicia. Esto nos confunde. Hace 30 años que nos
preguntamos ¿acaso de esta Roma puede salir algo bueno?
Nos preguntamos como se resolverán temas gravísimos como la concepción
neomodernista de la libertad religiosa. En qué pararán los delirios
ecuménicos. Quién pondrá freno al clero licencioso y pervertido. Cuándo
la Liga Antidifamatoria dejará de censurar la doctrina y la historia
sagrada…

Ha corrido mucha agua bajo los puentes

Hace ya años que sabemos in pectore que las tan temidas “misas de indulto” son un bien para la Iglesia.
Que si fueron concebidas como trampas, la presa fue el propio cazador.
Podremos masticar muchos resentimientos personales contra los que
“arreglaron” por el “celebret”. Podemos tener agravios bien fundados.
Pero lo cierto es que Dios saca nuevo árboles de las astillas y hoy
entre todos somos muchos más. Y El discernirá por los frutos la calidad
de la semilla. ¿Nos corresponde y nos conviene espiritualmente ponernos
a buscar cizaña en el trigal apenas en brote cuando ya nos ha advertido
el Divino Maestro que ese juicio queda para el Segador?

¿No es hora de romper el cascarón? Van pasando los tiempos de
catacumbas internas. Al menos empiezan a alborar otros días. Nosotros,
sobre todo nosotros, los que quemamos las naves hace 30 años, los que
no tenemos nada que perder ¿podemos arrogarnos el derecho de oponer una
ciega cerrazón cuando desde la más alta instancia de la Iglesia se reivindica nuestra más preciada bandera
y se presenta batalla con cierta timidez y en un lenguaje nebuloso,
concedo, pero de manera progresiva e insistente, en algunos puntos de
la doctrina que más fieramente habían sufrido el embate del error y la
confusión?

Querido amigo, no te estoy diciendo que sea hora de acuerdos. Te digo
que es hora de sentir a Roma como nuestro hogar, al Papa como a nuestro
padre, a los católicos perplejos como nuestros hermanos. Y obrar en
consecuencia. Sé que nunca dejamos de rezar por el Santo Padre ni por
la Iglesia. Pero tal vez dejamos de sentirla como nuestra propia casa o
llegamos a ilusionar que la Iglesia está confinada a los límites de
nuestra mirada y a los juicios de nuestras opiniones.

Hemos peleado el buen combate, hemos conservado la Fe.


Hemos hecho la experiencia de la tradición bajo fuego graneado.
Hoy las circunstancias nos invitan a hacerlo si no bajo una paz sólida
y bien fundada, al menos bajo la protección de un cierto armisticio
esperanzador. ¿Hay mejor esfuerzo en qué emplear nuestra energía que en
mostrar la belleza del tesoro litúrgico que hemos sabido defender a tan
alto precio, ahora que la única autoridad en la tierra que podía
hacerlo, el Papa, nos ha bendecido la causa?

Te preocupa la lex credendi. No somos teólogos ni doctores. Apenas modestos militantes de la fe. ¿Podemos hacer mejor servicio a la lex credendi que promover y alentar la forma litúrgica que más perfectamente la trasunta?
Toda reconstrucción comienza inevitablemente entre los escombros. Y en
toda reconstrucción, de los mismos escombros sale material valiosísimo
para la restauración del edificio.

 

Te invito a ponernos al servicio de nuestros hermanos católicos en una
cruzada por la reconstrucción de la liturgia. Te invito a esta cruzada
por la lex orandi, portadora auspiciosa de la lex credendi.

 

Firma real…

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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