Panorama Católico

Carta de San Gregorio Magno

Sigo recibiendo correspondencia desde el más allá, y me gustaría compartirla con Uds.

 

Estimado Editor y Responsable,

Me dirijo a ti por pedido de un colega de aquí, de los que estamos en la Iglesia Triunfante. Con perdón, porque se que ahora esto del triunfo ya no les gusta a muchos. Y pensar que en mi tiempo solo conocimos el fracaso, la destrucción, la peste, la barbarie y, por si fuera poco, de parte de los bizantinos, prósperos y poderosos, la traición. ¡Qué no hubiéramos dado por el triunfo de la Iglesia y de la Patria ante los bárbaros! Bueno, ese triunfo llegó, pero varios siglos después, y gracias al trabajo que hicimos en nuestro época, tan terrible.

Todo nos salía mal, justo a nosotros, herederos de una milenaria tradición de señorío sobre el mundo. Nosotros, que fuimos educados leyendo los versos del maestro Virgilio, en que  nos exhortaba a cumplir nuestro destino imperial:

Tu, regere imperio populos, Romane, memento

Me disculparás si parezco algo nostálgico. Y si notas algo que pueda parecer crítico hacia los bizantinos.. En mi tiempo todo el mundo sabía que yo les tenía una gran admiración y de hecho cuando fui delegado papal en Bizancio estudié profundamente su divina liturgia, que me pareció bellísima y apta para enriquecer la nuestra, la austera liturgia romana. Por ejemplo, el Kyrie lo introduje yo, siendo papa luego, en el rito romano. También admiré mucho su canto. Y de allí que cuando me tocó ser papa instalé en todas la Scholae Cantorum (en las que ya existían y en la creadas por mí ) verdaderos seminarios de formación sacerdotal, en lo litúrgico y en lo teológico, que bien visto, es casi lo mismo. Lex orandi… lex credendi..

A tal punto llegaba la bronca que tenían los romanos contra los bizantinos por las perradas que nos hacían permanentemente, que hubo quienes me acusaron de “bizantinizar” la liturgia. Yo les respondí lo que corresponde a toda persona de bien formada en el espíritu evangélico: así como debemos condenar sus malas obras, así podemos imitar lo que hacen mejor que nosotros. Puro sentido común romano.

Te decía esto de los bizantinos para que no creas que me mueven resentimientos personales contra ellos cuando digo que nos traicionaron: mientras la Roma Eterna estaba postrada por las invasiones, hacinada de refugiados, castigada por el hambre, las inundaciones, la peste y el saqueo, los bizantinos nos exigían concesiones para ayudarnos a cuentagotas contra los lombardos, tipos fieros, más malos que la injusticia. Y no concesiones cualquiera, que ya estaría bastante mal. Nos pedían que renunciáramos a los derechos de la Sede Petrina, querían que nos calláramos ante el Patriarca de Constantinopla, Juan “el Ayunador”, un tipo soberbio que se atribuía jurisdicción ecuménica, o sea, universal, como si fuera el papa de Roma. Somos la nueva Roma, tenemos ahora al papa, pensaba como si la soberbia hubiese sido más fuerte que la razón en él.

Nosotros estábamos con el agua por el cogote, pero eso no se lo podíamos permitir. Yo había sido gobernador de la ciudad, diplomático, jurisconsulto: digamos que de trucos políticos la sabía lunga. Pero luego me hice monje, hijo de San Benito, como casi todos los religiosos de esos años. Cuando me tocó lidiar con él y no podía manejar el asunto meramente como si fuera un político o hacer demagogia con los romanos consiguiéndoles ayuda –que necesitábamos desesperadamente- a cambio de renunciar a los derechos divinos de la Iglesia romana. Con los poderes mundanos no se negocia, se los enfrenta.

Por eso cuando me hicieron papa -medio a la fuerza- una vez que decidí asumir el cargo porque ya no me quedaba otro remedio, lo hice tomando todas las cargas del oficio pero reivindicando también  todos los privilegios de la Sede para la que fui elegido.

De paso te cuento, con cierta nostalgia de esos tiempos que para mí fueron angustiosos aunque ahora los recuerdo con cariño y una sonrisa: a mí me eligieron, tras la muerte de Pelagio II, de santa memoria (no confundir con el Pelagio de los pelagianos, que ahora veo está muy mentado entre Uds.).  Me eligieron, según la forma de la época, el clero, el Senado y el pueblo romano. Y me tenía que confirmar el emperador bizantino.

Yo no quería ser papa ni por casualidad, así que lo primero que hice, después de negarme, fue escribir al Emperador para que vete mi elección. Me había heco medio amigo de él y de su corte y confiaba en que me me podía negar la gauchada. ¡Pero estos romanos son astutos!, me interceptaron la carta y nunca llegó a destino. Entonces traté de huir a las montañas. No hubo caso, me encontraron cada vez que quise escaparme. Al final, tuve que ver en todas estas peripecias dignas de la Eneida la voluntad de Dios. Yo realmente NO quería ser papa, pero en serio. Yo quería seguir siendo religioso en el monasterio que fundé en el palacio de mi familia, que no me dejará falsear los hechos, porque están aquí todos presentes. Mi padre y mi madre, mis hermanas y algunas tías son santas también.  Y los santos no podemos mentir.

Pero Dios tiene sus caminos, de modo que cuando  se manifestó claramente su voluntad, me dije, bueno, si vamos a ser papa, vamos a ser papa en serio, ¡qué tanto! Voy a hacer un par de cosas mientras esperamos el fin del mundo…. Sí, no me mires con esa cara, yo estaba convencidísimo de que el fin del mundo estaba a punto de llegar.  Te sorprenderá. Será porque no viviste en mi tiempo. Es que las cosas en Europa eran una catástrofe tras otra. Recuerdo haber escrito una homilía donde decía más o menos eso:

¿Qué hay ya, os pregunto, que pueda agradar en este mundo? Doquiera vemos llanto, doquiera oímos gemir; las ciudades destruidas, desechos los campamentos, los campos desiertos, desolada ha quedado la tierra, no hay quien cultive los campos, apenas si ha quedado algún habitante en las ciudades; y, sin embargo, esas pequeñas reliquias de género humano a diario y sin cesar van siendo heridas. Y no tienen fin los azotes del cielo, porque ni en medio de los azotes se corrigen las acciones culpables. Vemos que unos son llevados cautivos, otros quedan mutilados y otros muertos. ¿Qué es, pues, lo que en esta vida puede agradar, hermanos míos?

Pero si todavía amamos en este mundo, no son ya gozos lo que amamos, sino llagas. Viendo estamos cuál ha quedado Roma, la misma que en otro tiempo parecía señora del mundo: quebrantada multiplicadas veces con inmensos dolores, con la desolación de sus ciudadanos, con los ataques de sus enemigos y las frecuentes ruinas…

¿Dónde está ya el senado? ¿Dónde ya el pueblo? Quedaron quebrantados los huesos, hanse consumidos las carnes, toda clase de dignidades seculares hase extinguido en ella; toda ella ha hervido a borbotones; y a nosotros, los pocos que quedamos todavía, nos cercan diariamente las armas y cada día nos rodean tribulaciones sin cuento.
Dígase, pues: Pon también sobre las brasas la olla vacía; o sea, que, como falta el senado, el pueblo perece, y, no obstante, en los pocos que restan se multiplican a diario los dolores y los gemidos; Roma, ya vacía, arde.

Sí, tal cual. Yo estaba convencido de que lo que le restaba al mundo para que llegara el juicio de las naciones era muy poco. Pero, me dije, convencido o no, mientras tenga vida tengo el deber de cumplir con mis funciones. Así que me tracé un plan de acción. Te cuento los principales lineamientos:

Reorganizar y administrar bien el Patrimonium Petri (que eran las propiedades recibidas en donación por la Sede Romana en toda Europa) para reunir una renta que iba cuatro veces al año a los necesitados. Era para Pascua, San Pedro y San Pablo, para San Andrés, mi apóstol preferido, y el día de mi cumpleaños. Allí se vaciaban los graneros pontificios para aliviar las necesidades de los romanos, que eran casi todos pobres en esos tiempos.

Reorganizar la liturgia, que estaba muy desordenada y llena de vicios. Por aso ahora dicen algunos que la Misa Romana se debe llamar Misa Gregoriana, pero yo no pretendo competir con mi colega de santa memoria, que por ahí anda, San Pío V. El fue quien le puso el toque final. Yo hice lo mío, sobre todo iniciando el canto, que también le pusieron mi nombre, gregoriano.

Defender los derechos de la Sede Petrina, así que lo puse en caja al Emperador bizantino y a ese Juan, que sería muy ayunador pero era un pescado demasiado espinoso. Las iba de papa, el caradura. Por suerte pudimos pararle el carro. Claro, la gente decía: “pero Santidad, no va a pelearse con los bizantinos por un quita de aquí esos privilegios cuando estamos en el horno: nos sacuden los lombardos, nos morimos de hambre, se nos inunda Roma y se nos muere la población en masa por la peste bubónica…negociemos, santidad. No irritemos a la opinión pública. ¿No puede hacer como que se olvida del tema por un tiempito?”.

Yo les dije: “Buscar primero el Reino de Dios y su Justicia”. Lo demás viene por añadidura.  Poco va a bendecir Dios lo que hagamos por los pobres si lo hacemos en desmedro de su honor. Así fue que defendimos su honor, y ayudamos a los pobres. Porque esto de ayudar a los pobres, he sabido, se cuenta como una novedad en tu tiempo, pero viene más o menos desde los apóstoles. Además, “a los pobres siempre los tendréis con vosotros”. Uno los ayuda, en todo lo que puede, pero eso de “erradicar la pobreza” va definitivamente contra el Evangelio. Hay que santificar la pobreza, y hacer obras de misericordia. El paraíso terrenal ya pasó, y solucionaremos el problema solo aquí, en el cielo.

Como sea… Te estaba diciendo, la iglesia era un caos: simonía, herejía, malas costumbres, cisma, desobediencia generalizada. Primero fui formando al clero y asignando responsabilidades, en especial a mis monjes benedictinos, a los cuales mande por todas partes a poner orden, predicar el Evangelio y re-civilizar lo que fue durante siglos el imperio más civilizado de la tierra. Para nosotros nada de ecumenismo ni diálogo interreligioso ni inculturización. Eso es pura sanata, como dicen en el Trastévere. Para nosotros, santificación, oración, y naturalmente, porque sale del alma, misión.

Y, disculpa si me detengo en este detalle, cierta vez, antes de ser papa, vi unos niños anglos que habían traído a Roma. Eran como unos angelitos, rubios y graciosos. De allí que me propuse hacer de estos anglos, ángeles. Y en cuanto pude mandé a Agustín, uno de mis monjes, con cuatro docenas de compañeros a evangelizar la Gran Bretaña. La verdad, nos fue muy bien:  en seis meses se contaban por miles los bautizados y Agustín no paraba de pedir refuerzos. Y en poco tiempo, fue la Isla de los Santos. Allí lo veo, a Agustín, sonriendo, se puso colorado. No le gusta que lo elogien. Es San Agustín de Cantorbery, un romano como yo.

También me propuse acabar con el problema del arrianismo en España. Con lo cual mi viejo amigo San Leandro, obispo de Sevilla, me dio una gran mano, pudimos educar a Hermenegildo, el príncipe heredero de los Visigodos, enseñándole las ventajas de la Fe. Pero Dios hace lo que quiere, y el pobre Hermenegildo terminó mártir. ¡Pucha, digo!, me comentaba un colaborador en su momento ¡Tanto trabajo y nos lo matan! Hay que tener una visión más sobrenatural, le decía yo. Dios sabe lo que hace.

Tal cual, su muerte sirvió para convertir a su padre, Leovigildo en su lecho de muerte (Leovigildo lo quería a Hermenegildo muchísimo, y solo la pertinacia herética pudo hacer que autorizara su ejecución). Y el caso de Recaredo, hermano queridísimo de Hermenegildo, mostró que Dios tiene otros caminos: se rindió a la Fe, y con él toda España. A poco reunimos el Concilio de Toledo y condenamos el arrianismo, decretando la unidad religiosa de España.

Después de San Leandro, vino su hermano San Isidoro, gran civilizador. Todos andan por aquí, lo mismo que sus hermanas. Son todos santos. No te cuento lo de Africa para no aburrir, pero estuve ocupado mientras fui papa, 14 años. Y eso que para aquel entonces no tenía que ir a la JMJ. Bastante con educar al clero joven en la santidad.y enseñarles a rezar bien la misa. Y a tratar correctamente a los fieles. Por eso escribí la Regula Pastoralis y mis sermones, que son como 800, y mis cartas que ya ni se cuantas escribí. Porque había muchos que estaban por el mal camino y debía reprender, exhortar y alentar a la virtud.

Bueno, no quiero cansar. Lo que sí, necesito decir, y me pide este colega mío te señale, el que te mencioné antes, es que aún cuando parece que los tiempos están cumplidos y ya solo queda esperar el toque de las trompetas, aún así, hay que trabajar por la restauración de la Iglesia, (con perdón por lo de restauración, que parece ahora no se puede decir).

Yo no se, porque es un dato que ni los ángeles tienen, si ahora sí viene el fin del mundo, pero, nada de andar endechándose y lamentando la suerte. A trabajar, a restaurar, a reorganizar. A mi no me fue mal. Lo que empecé dio origen a mil años de Cristiandad. Y, sin presunción, no es poco.

Me voy  porque llaman a vísperas.
Te mando mi bendición apostólica.

Gregorius, pp. Servus servorum Dei

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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