Panorama Católico

Carta del Párroco de San Ildefonso, Madrid, al Nuncio Apostólico ante España

¿Por qué el Vaticano promueve una película que proviene del mundo protestante y por tanto, con toda lógica, la visión sobre María sería completamente distinta de la que la Iglesia Católica ha defendido con sus dogmas y con su doctrina?

¿Por qué el Vaticano promueve una película que proviene del mundo protestante y por tanto, con toda lógica, la visión sobre María sería completamente distinta de la que la Iglesia Católica ha defendido con sus dogmas y con su doctrina? ¿Por qué comprometer su autoridad como nunca lo había hecho con ninguna otra película al permitir “la premiere” en la sala Pablo VI, cuando a todas luces es al menos equívoca y discutible –cuando no herética- sobre la figura de María?

Madrid, 19 de diciembre de 2006

Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Manuel Monteiro
Nuncio de su Santidad en España

Querido D. Manuel Monteiro:

El Señor ha puesto sobre sus espaldas un alto honor que es al mismo tiempo una pesada carga: la de representar al vicario de Cristo en esta amada, y en estos momentos tan problemática, España. Con esta carta no quisiera sobrecargar más la pesada cruz que lleva, pero créame que no es por gusto, sino por deber de conciencia.

El motivo fundamental está referido a lo que rodea a la película de la Natividad, de Catherine Hardwicke, recién estrenada en nuestras pantallas.

Fui a verla junto con otros sacerdotes con la ilusión de que sería una joya más en honor a la Sagrada Familia ya que estaba bendecida por el mismo Vaticano de una forma que jamás lo habían hecho con ninguna otra película en la ya centenaria historia del cine mundial.

Mi sorpresa fue inaudita y asombrosa al comprobar que de la primera escena a la última era una mirada sobre los acontecimientos que narra completamente “protestante” y para nada “católica”.

Se ve en toda la película un afán por acercar a María a la mentalidad moderna haciendo de ella una niña y adolescente completamente igual a cualquiera de las chicas de nuestras ciudades: con los mismos “juegos” (primeras escenas) con los mismos deseos (no casarse con San José porque “no lo amaba”, no le gustaba; irse a otras ciudad “porque en Nazaret no había futuro”; con unos padres –San Joaquín y Santa Ana- que buscan para su hija “lo que más le conviene económicamente hablando, no que se cumpla sobre ella el plan de Dios; con una fe dubitativa –nada que ver con la de Abraham- con una esperanza más humana que divina; con una caridad poco sensible –escena del borrico que cae con toda una familia y ella permanece impasible; incluso –muy al gusto de nuestro tiempo de Nueva Era- con una escena más que dudosa y sin venir a cuento donde una mujer le lee la mano, cuando todos sabemos lo que la Biblia dice al respecto sobre ese asunto. Estos y otros “detalles” de diálogos y de imágenes culminan con la escena del parto donde la Virgen da a luz con dolor –aunque mitigado- y San José,”oh, asombro”, hace de comadrona.

En la escena del anuncio del Ángel, parece como si María en vez de ser su reina fuera una simple adolescente ¡qué diferencia con Fray Angélico y tantos y tantos cuadros sobre el mismo tema!

Además de todo esto la grandeza de María, su singularidad, sus prerrogativas de Inmaculada, su virginidad antes, en y después del parto quedan en entredicho. Para nada la actriz que la representa sabe transmitir a la “llena de gracia” que –dicho de paso en la película queda reducida a simplemente “elegida”- como tantos otros a través de la historia bíblica; para nada transmite la alegría de la esposa del Espíritu Santo que canta a pleno pulmón las maravillas que el Todopoderoso ha hecho “en” ella, no sólo en la creación –como aparece en la película. Podríamos seguir pero creo que es suficiente.

¡Qué contraste con todo lo que nos dice la tradición cristiana y católica de siglos y tantos y tantos místicos sobre los padres, la infancia, la educación en el Templo y la singularidad y grandeza de María! En un instante se echa por tierra todo el tesoro mariano de siglos.

Ante todo esto es inevitable preguntarse. ¿Cómo y por qué el Vaticano ha hecho con esta película lo que no ha hecho con ninguna otra, ni siquiera con la “Pasión de Cristo” de Mel Gibson, tan reciente y tan fiel a la fuente de inspiración católica?

¿Por qué, además, lo hace con una película que proviene del mundo protestante y por tanto, con toda lógica, la visión sobre María sería completamente distinta de la que la Iglesia Católica ha defendido con sus dogmas y con su doctrina?

¿Por qué comprometer su autoridad como nunca lo había hecho con ninguna otra película al permitir “la premiere” en la sala Pablo VI, cuando a todas luces es al menos equívoca y discutible –cuando no herética- sobre la figura de María?

Pero he de decir que si esta actitud del Vaticano ha producido en mí asombro y estupor y otros sentimientos parecidos, más preocupación me provoca la escasa y casi nula reacción del pueblo católico.

Casi todo lo que he leído sobre esta película ha sido positivo –desde el Secretario de medios de Comunicación Social de la Conferencia Episcopal Española a las revistas y periódicos más sensibles a la ortodoxia. Ha sido inevitable para mí recordar aquella época en que la Iglesia toda se despertó siendo arriana. El Papa Pablo VI ya dijo que un problema gravísimo de la Iglesia Católica es que en ella estaba dominando un pensamiento protestante más que católico. Él esperaba que eso fuera para menos, pero por lo comprobado ha ido a mucho más. En la mayoría de las críticas que he leído del mundo católico favorables al film me ha parecido como argumento de fondo “la teoría del mal menor”. Es una filosofía que a mí modo de ver está haciendo estragos en la Iglesia y en su nombre estamos justificando errores y pecados que jamás aceptaría Jesucristo aún a riesgo de quedarse solo. La misión de la Iglesia es ser “sal y luz del mundo” y nunca debe caer en lo políticamente correcto y en la doctrina del mal menor –una forma de relativismo- si con ellos se conculcan principios y valores inalienables por los que tantos mártires han dado su vida. Ni el “ecumenismo”, ni la “unidad”, ni la “fraternidad universal” por muy hermosos que sean nos pueden hacer ceder ni un ápice en la verdad de Jesucristo y de su Iglesia. Jamás en toda su historia lo ha hecho así la Iglesia, desde los tiempos apostólicos hasta hoy. Esperamos que tampoco esta noche en que estamos sumergidos pueda apagar la luz de la Verdad sin la cual todo se corrompe –hasta lo más sagrado como puede ser la fe, la esperanza y el amor-.

A este respecto no podemos olvidar que una gota de veneno puede hacer mortal muchos litros de la mejor bebida.

La Iglesia siempre ha soportado mejor el pecado que el error, por mínimo que este fuese. ¿Seremos hoy dignos herederos de esa Iglesia que ha sabido compaginar en todos sus santos el amor a la humanidad y al mismo tiempo a la Verdad?

En fin, Excelencia, esta carta escrita a los pies del Santísimo expuesto en la custodia, para nada quisiera ser causa de fricción o de división en la Iglesia, como no lo era la recriminación de S. Pablo a S. Pedro. Pero si por defender lo que la Iglesia ha defendido sobre María recibo incomprensiones, incluso por parte de muchos de mis hermanos católicos más santos y sabios que yo –y para esto se necesita poco- lo recibiré con gusto si eso vale para cantar las glorias y maravillas que el Señor hizo en María. Ella vale más que todos los títulos honoríficos juntos que hay en la Iglesia, por muy importantes que éstos sean.

Sea alabado Jesucristo y su Santísima Madre, la siempre Virgen y creyente sobre todos los creyentes, la Inmaculada María. En su honor y para su gloría escribo esta carta. Que ella la acepte como un sacrificio de alabanza.

Suyo afectísimo.

Fdo: Pedro Muñoz
Párroco de San Ildefonso (Madrid)

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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