Panorama Católico

Catolicos en estado de perplejidad

Irresolución, confusión, duda. Esto es la perplejidad y, si lo miramos con la cabeza fría y hechos a un cierto hábito de análisis, sin necesidad de transformarnos en filósofos veremos ante nuestros ojos la evidencia: la inmensa mayoría de los católicos, clero y seglares, vive en estado de perplejidad. 

En las últimas décadas se ha intentado explicar de diversas maneras el estado de ánimo de los católicos después del Concilio Vaticano II. Me parece que la expresión más precisa ha sido la de “perplejidad”. 

Irresolución, confusión, duda. Esto es la perplejidad y, si lo miramos con la cabeza fría y hechos a un cierto hábito de análisis, sin necesidad de transformarnos en filósofos, tan solo con un dominio razonable de nuestros sentimientos, tendremos ante nuestros ojos la evidencia: la inmensa mayoría de los católicos, clero y seglares, vive en estado de perplejidad sea por confusión de diverso grado sobre la naturaleza y fines de la Iglesia, por dudas doctrinales y, en los más formados, por irresolución sobre el modo de proceder ante el torrente de sucesos que contrarían de un modo más o menos abierto la doctrina de la Iglesia.

La inteligencia, una facultad desdeñada

En otros tiempos se hablaba a los católicos de proceder según la “recta razón”, y casi ningún fiel tenía dudas sobre la importancia de la inteligencia en la comprensión y la profesión de la Fe. Aún los más simples tenían en claro que la Fe es un conjunto de verdades que se conocen por revelación y a las que la inteligencia da su asentimiento. Los sentimientos, tan importantes en la psiquis humana, tienen un papel secundario. Pueden conducir a la Fe, pueden contribuir a su sostenimiento… o lo contrario. La Fe se asienta sobre esa potencia del alma tan propiamente humana que nos separa, pese a todas las demás semejanzas, del mundo animal: el raciocinio.

 El catolicismo moderno, fundado en una piedad poco habituada a la doctrina –al decir doctrina hablamos de un sólido catecismo para el fiel sencillo, no más-, ha quedado indefenso ante la influencia funesta del Modernismo que parte del siguiente error: la Fe es un sentimiento, no un asentimiento de la inteligencia a verdades reveladas.

La subjetividad es el centro de la vida religiosa, en la que Cristo termina siendo a la medida de cada uno. El Magisterio pierde sentido como tal y se transforma en una corroboración de las tendencias dominantes entre los fieles. Es decir, la verdad no “desciende” de Dios por medio de la Iglesia, sino que “asciende” del “pueblo creyente” a través de la jerarquía, que es meramente una representación de ese pueblo, en la “construcción” del “reino de Dios”, un proceso evolutivo permanente.

El sentimentalismo, degradación de la piedad, sustituye la certeza por al “búsqueda”. Históricamente puede decirse que ha triunfado el pietismo protestante, fundado en una supuesta iluminación personal de cada fiel que derivó necesariamente en el error según el cual la fe es algo meramente “vivido” o “experimentado”, sin contenidos objetivos, sin doctrina, sin un anclaje en la certeza inconmovible: lo que es, lo que era y lo que será

Concilio Vaticano II, oficialización de estas tendencias

Todo esto nos depositó inermes en el atrio del Concilio Vaticano II, que fue dominado por los la secta liberal eclesiástica con maniobras de comité barrial dignas de estudio. Increíblemente, el papa Paulo VI confirmó en casi todo a los usurpadores de una autoridad que no les correspondía: la de sustituir la doctrina. Y convalidó prácticamente los desvaríos, poniendo coto o cierta moderación a pocos. Esto es historia de la Iglesia actual, que está al alcance de quien la quiera comprobar y sorprenderse, en numerosos documentos, testimonios y recientemente también obras exhaustivas de historia.

Cayó así, pues, por vez primera en la historia de la Iglesia la frontera infranqueable, la doctrina, fundamento de la Fe.

Alguien dirá que se exagera al decir “cayó”. Otro que al decir “por primera vez”. Bien es cierto algunos papas en el pasado permitieron, por debilidad o falso espíritu de conciliación, fórmulas doctrinales ambiguas. Hubo concilios írritos, prelados genuflexos ante el poder temporal.

Es verdad también que “cayó” parece implicar un hecho irreversible, que contradice las promesas de Nuestro Señor sobre la pervivencia de la Iglesia hasta el fin de los siglos. Pero lo primero es historia, y lo segundo, que no contradice las promesas de Cristo sino que confirma sus profecías, es una realidad a ojos vista. Podemos comprobarlo, no es nuestra obligación adivinar por qué camino se impedirá que las puertas del Infierno prevalezcan.

Malos papas y papas de mala doctrina

Pero los papas y concilios aludidos hicieron dichas concesiones por presión, no por fascinación ante el error. Honorio quiso evitar un conflicto grave con las iglesias de oriente, ganadas por la herejía.

Algunos de esos concilios se convocaron como medida desesperada (y equivocada) ante lo que parecía una situación insoluble, como era el Cisma de Occidente. Todavía no se había condenado en todas sus implicancias heterodoxas el “conciliarismo” hoy lamentablemente redivivo.

Los papas que cedieron a los poderes temporales han sido cobardes o han creído que la astucia podía sustituir a la providencia divina. No se han creído refundadores de la Iglesia.

El Vaticano II es un caso único: los padres conciliares masivamente fueron abdicando ante las presiones de una secta, un grupo minoritario en número pero eficacísimo en su operatividad, trabajados como estaban por el liberalismo y encantados ante la perspectiva de adaptarse de algún modo a las ideas dominantes del siglo, es decir, ganados por un irenismo que aparece cuando decae el espíritu de combate.

El papa Paulo VI, él mismo irresoluto y contradictorio, lleno de ilusiones de entendimiento cordial con los enemigos de la Iglesia, muchos de los cuales eran sus amigos personales, la embarcó en un experimento del que cada vez parece más difícil salir.

Y los fieles, lo mismo que el bajo clero, por un lado se contagiaron de las ilusiones propaladas por el aparato publicitario que rodeó al Concilio. Y por otro, llevados por los aires del mundo, la ley del menor esfuerzo y sobre todo la fuerza de la autoridad, cedieron con conciencia ligera a tales ideas.

Fue una debacle. Miles y miles de sacerdotes y religiosos se fueron, en masa.  Millones de fieles adoptaron sin remordimientos las costumbres del mundo en temas fundamentales de la fe y la moral: perdieron la noción de Dios único y verdadero, aceptaron que fuera de la Iglesia hay salvación… que se puede prescindir de los sacramentos y buscar por otros medios la santificación.

Se volvieron no solo tolerantes, sino defensores y practicantes no pocas veces de aberraciones morales: la contracepción, el divorcio… y pasado el tiempo, el aborto y la homosexualidad, no ya como “males inevitables” sino como “derechos”: el colmo de la prevaricación. Mientras otros, bajo apariencia de “piedad” piden ser admitidos a los sacramentos de vivos en pecado mortal… y la jerarquía les da esperanzas. Una situación tenebrosa.

La frontera doctrinal y el bastión moral

La primera frontera sobrepasada fue la transgresión de ciertos dogmas en nombre de la paz y concordia con el mundo. El atavismo moral, como suele ocurrir, resistió más tiempo, aunque con un fuerte deterioro progresivo. Paulo VI fue a saltos por sobre el “extra ecclesiam nulla salus”, pero se mantuvo firme en la indisolubilidad del matrimonio y la ilegitimidad de la contracepción. Aunque ya había firmado la defunción del matrimonio al aprobar ciertos documentos conciliares.

Hoy estamos frente a una batalla que parece amenazar la última de las fronteras o dicho de otro modo, el último de los bastiones de la Iglesia. No ya tolerar indebidamente, cosa que viene de lejos y se atribuye a la permisión del mismo Paulo VI,  aconsejar cierta manga ancha en el confesionario sobre lo condenado en la encíclica) sino oficializar una nueva doctrina legitimadora de lo que se ha venido tolerando en materia tan grave como la moral sexual y familiar.

Pero el germen de esta derrota que se cierne sobre la Iglesia -que será una herida sin precedentes- la semilla de estos males radica en la concesión hecha en los principios doctrinales dogmáticos, esos que pocos clérigos y fieles supieron defender, siquiera advertir que estaban en riesgo en medio de la revolución de optimismo de los años 60. Y la otra causa, secundaria por derivada del entusiasmo ecumenista, pero fundamental en la destrucción de la fe y las costumbres es la reforma litúrgica. Lex orandi, lex credendi… Así estamos.

Importancia y percepción

El orden de importancia es inverso al de percepción. Para el fiel de a pie, flojo de catecismo, con una piedad lacrimosa y sentimental, lo peor era la transgresión moral; menos espanto le causaban los cambios litúrgicos y sería casi insensible a las formulaciones ambiguas del dogma, centro de la doctrina de la fe.

Por eso se tragará el ecumenismo indiferentista con entusiasmo, protestará un poco porque no lo dejan comulgar de rodillas (o porque la liturgia es ruidosa) y saldrá a la calle con pancartas contra el “matrimonio gay”. Pero dados los tiempos y el desarrollo natural de estos cambios, cuando esté en la protesta pública contra esto último, sus jefes naturales, los obispos, ya habrán cedido demasiado en todo lo demás y no solo omitirán respaldarlo sino que hasta se burlarán de él a causa de esta lucha.

¿Parece  imposible? Pues ya ha sucedido.

Hace pocos días Mons. Nunzio Galantino, designado por el papa Francisco como secretario de la Conferencia Episcopal Italiana, siendo Francisco su presidente natural, ha dicho estas increíbles palabras en vísperas de la reunión inaugural:

“En el pasado nos hemos concentrado exclusivamente en el no al aborto y a la eutanasia. No puede ser así, en el medio está la existencia que se desarrolla. No me identifico con los rostros inexpresivos de quienes recitan el Rosario fuera de las clínicas que practican la interrupción del embarazo, sino con esos jóvenes que son contrarios a esta práctica y luchan por la calidad de las personas, por su derecho a la salud y al trabajo”. Y deseó luego que la CEI hiciera propios estos asuntos en sus discusiones:  “Que se pueda hablar de cualquier tema: de los sacerdotes casados, de la Eucaristía a los divorciados, de la homosexualidad, sin tabúes, partiendo del Evangelio y dando razón de las propias posiciones”. (cfr. Chiesa)

Canonización de Paulo VI, pirómano y bombero

En octubre, según parece, se beatificará a Paulo VI. Para endulzar una decisión tan desdichada al paladar de los más conservadores, se recuerda la firmeza con que el papa Montini defendió el vínculo familiar con motivo de la ratificación del divorcio en Italia, y también la doctrina matrimonial de la Iglesia, condenando nuevamente la contracepción en su Humanae Vitae.

Ninguno de los endulzadores recuerda la confusión que introdujo el Concilio en materia de fines del matrimonio, desdibujando la jerarquía que el Magisterio estableció, conforme a la verdad revelada por Nuestro Señor. Esa confusión no solo se produjo bajo las narices del papa que ahora se quiere canonizar como defensor de la familia, sino que fue refrendada con su firma. Firma que fue, como se ha dicho, el certificado de defunción del matrimonio.

Ya no serán los hijos el fin principal(Creced y multiplicáos), sino lo que San Pablo recomienda para encausar las pasiones de la naturaleza humana caída, y la Iglesia llama delicadamente “remedio de la concupiscencia”. Lo demás vino por desgraciada añadidura. Ahora los hijos apenas si se “toleran” y lo que crece y se multiplica es el divorcio y las relaciones extramaritales.

Resulta como alabar al pirómano que, por rara veleidad, quisiera ser a la vez bombero. Lo canonizamos porque echó agua sobre el fuego que él mismo inició o al menos alimentó con abundante combustible. Y sin que haya mediado un razonable mea culpa por lo primero. No, con espíritu verdaderamente liberal, alabamos las dos cosas, el incendio y su intento, tardío y fallido, de sofocación.

Para comprender esto, que es evidente y no necesita demostración, hay que hacer un ejercicio mínimo de la inteligencia, es decir, volver a aceptar que hay cosas que se excluyen mutuamente, y no se puede estar a favor de ambas al mismo tiempo. 

Hay que volver al Catecismo Mayor, o mejor al de Trento. Si es posible, a la Pascendi. Y hacer una desintoxicación de misa nueva con asistencia exclusiva a la misa tradicional en su debido contexto doctrinal.

Si no se dan estos pasos se seguirá lamentando la caída de lo que parecía inexpugnable, reduciendo más el círculo de los “principios no negociables” (¿es posible ya?) y finalmente, entregánse mansamente al enemigo.

Viena a la mente una imagen de hace tantísimos años, una película sobre la obra de Orwell, 1984. El protagonista, finalmente, después de una resistencia inútil se une a la masa gritando “¡Viva el hermano mayor!”.  ¿A cuánto estamos de esto si no tomamos los medios para salir de la perplejidad?

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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