Panorama Católico

¿Como Deberá Ser el Próximo Papa?

La consigna nuclear del próximo y de todos los papados que vengan está recogida en las palabras de San Pedro “convertíos y haceos bautizar en el nombre de Jesucristo”. Esto es todo, éste es el mensaje que la Iglesia tiene el deber de transmitir y el mundo el derecho a recibir y a cuya luz habrá de reverse, si se actúa por amor, toda la vocación ecuménica y dialoguista que asaltó a la Iglesia posconciliar: no se trata de dialogar sino de convertir, no se trata de convivir sino de que reine la verdad. Todo lo demás, por prioritario y acuciante que resulte, es secundario (“Buscad el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura”), está dependiendo de esa conversión sin la que es inviable y herético proponer soluciones que no tienen raíces ni proyecciones sobrenaturales.

Por Víctor Eduardo Ordóñez

Insolencia parece tratar semejante cuestión, como si el Espíritu Santo fuese sordo y ciego a las necesidades de su Iglesia y a los requerimientos mundanos. Pero la misma resulta prioritaria para la salud de aquélla: en rigor siempre la designación de un nuevo Sumo Pontífice fue un hecho de la mayor trascendencia para la cristiandad y para su contemporaneidad… pero pocas veces (piénsese en los concilios de Jerusalén, Nicea o Trento) se discutió como hoy una problemática intereclesial que plantea una “reconversión” de la Iglesia, una reparación profunda de su propia constitución, una revaloración de sus métodos apostólicos, una concepción crítica de lo actuado en las últimas décadas. Hoy parece estarse a la espera de una intervención providencial, si se quiere, incluso, una “reactualización” de la Iglesia, en relación con esta época del tercer milenio, en el nombramiento del vicario en la tierra de su Fundador.

Para no extraviarnos en disquisiciones que nos sacarían de la reflexión que ensayamos -limitada de un modo concreto a la sucesión de Juan Pablo II- sentaremos nuestros puntos de vista acerca de lo que se ha dado en llamar -con cierto equívoco tono historicista- “el perfil del nuevo Papa”. Y antes que nada hay que convencerse que el carácter de transición que se le adjudica no es más que una especulación no del todo honesta porque insinúa que la orientación definitiva que ha de tomar la Iglesia en lo que resta del siglo y más allá aun, se posterga para más adelante (como si esto fuera posible o conveniente), para dentro, por ejemplo, de diez años. Esta mirada mundana y temporalista de la realidad que estamos considerando impide una postura providencialista (siempre presente) de la misma y ciega el renacimiento que esperamos y propugnamos.

En términos crudos se podría decir que la Iglesia de Cristo ha llegado a una situación en que las dos grandes, inmensas, definitivas preguntas vuelven a replantearse casi como en la primitiva: ¿porqué la Iglesia, para qué la Iglesia? Y no tanto ¿cómo la Iglesia? o sea cómo ha de proceder para que el mundo no la rechace sino que, al contrario, la vuelva a escuhar y a dejarse enriquecer con su mensaje de salvación.

Sobre el particular la inmensa mayoría de las páginas que se han escrito acerca del tema dan por sentado que el próximo Pedro debiera continuar la personalidad y el magisterio del recientemente fallecido. Hay que detenerse en esto porque el problema es mucho menos simple y mucho más delicado de lo que se deja entender, en especial para la misma Iglesia y para sus fieles. ¿Hemos nacido y crecido en la Verdad o no?

No se nos escapa el riesgo a correr. Preguntarse cómo debe ser el futuro Papa equivale, aunque no se quiera, a preguntarse por cómo fue el que acaba de desaparecer que, para complicar más su consideración, aparece deformado tanto en su personalidad como en su gestión apostólica y de gobierno, por los procedimientos mediáticos con que fue tratada su prolongada y ejemplar agonía. Baste la suposición de la presunta superchería del reclamo popular que exigía la canonización inmediata de Juan Pablo -aun calientes sus restos- para medir el grado de exageración a que se puede llegar. ¿Con qué propósito?: sería materia de una investigación posterior.

Estas líneas, importa destacarlo, están redactadas prácticamente en las vísperas de la elección cardenalicia y no están inspiradas en la preocupación por la designación de uno u otro candidato. Ya muchos se han dedicado a sopesar y especular con eventualidades y posibilidades, desde dentro y desde fuera de la Iglesia y no siempre con buena intención. Lo que nos proponemos, asumiendo nuestras debilidades y limitaciones, es determinar -según nuestra óptica que confiemos se encuentre avalada o, por lo menos, acompañada por otras coincidentes- las necesidades de la Iglesia a satisfacer, una vez producido el vacío dejado por la muerte de un pontífice con confusos tintes de conservador y de renovador (en una síntesis no bien ni claramente explicitada), de una fe profunda, de una sensible conciencia histórica y sometido a las herencias de un Concilio, el Vaticano II, cuyo balance final aun se halla pendiente y cuyos resultados siguen siendo inciertos, equívocos y discutibles. Y también de temer. En otras palabras, ver qué hay que continuar y qué corregir del reinado que acaba de finalizar.

Vislumbramos dos, por lo menos, enfoques de determinar “el perfil” del próximo titular del Vaticano. Uno es desde el interior de la propia Iglesia y otro desde fuera, aquel propiamente cristiano y éste mundano y los dos atendibles. El primero se centra en la necesidad de replantearse los cambios legítimos a introducir en su organización y en sus relaciones con el mundo, fundamentalmente en torno al mantenimiento íntegro e impecable de la Verdad Revelada, tal como fuera recibida por los apóstoles hace más de dos mil años. El otro pone el acento &#8211…con esperable despreocupación por la conservación y vigencia del Mensaje inalterable- en un humanismo inmanentista que tiende a confundirse con un pelagianismo nunca muerto y aun con una forma del arrianismo que, como dijera Hilaire Belloc, cada tanto se actualiza porque tampoco nunca desapareció sino que reaparece bajo diferentes aspectos, nombres y discursos. En estas pretensiones al hombre le es lícito prescindir de Dios y no servirle aunque se crea en El: Su libertad está por encima de su dependencia, careciendo de solución para superar el conflicto que proviene, como lo tienen dicho hasta la saciedad los doctores de la Iglesia, del orgullo transmitido por el ángel rebelde, señor de esta tierra.

Para la primera visión el problema o la necesidad de enfrentar la modernidad revolucionaria, es gravísimo, trascendental, esencial, casi excluyente de cualquier otro. Se trata, ni más ni menos, que de saber si la Iglesia, Esposa de Cristo y custodia de su palabra, puede modificarla así sea en su transmisión a un mundo secularizado hasta lo más profundo de sí… acallarla o disimularla o, si se prefiere, adecuarla para oídos poco o nada dispuestos a escucharla en su integralidad y en su severa exigencia. En la primera carta a los corintos el Apóstol dice… “Hacemos apostasía de la fe cuando nos olvidamos que es preciso que Cristo reine”.

Se trata, en otros términos, de contemplar, considerar y amar a la Iglesia tal como ella es y tal como se vio siempre, con sus deberes de continuadora y custodia del Cristo que mostró el camino de salvación y con sus derechos de predicar libremente ese magisterio. Libremente aquí se refiere no sólo a la ausencia de una presión policial sino, principalmente, la ausencia de una presión (y opresión) cultural que contemporáneamente nos invade por todos lados. Esto, los católicos de los siglos XX y XXI. lo sabemos muy bien, lo percibimos pegado a nuestra inteligencia y trabando nuestra voluntad, cerrando nuestros ojos y sellando nuestras bocas ¡Cuántos hermanos en la fe &#8211…sacerdotes y laicos, teólogos y hombres sencillos, por su ciencia o por sus costumbres- no han caído en las tentaciones de esa cultura relativista y democrática! ¡Cuántos herejes y pecadores se sostienen en el interior de la Iglesia en un pensamiento equívoco y en una espiritualidad laxa y abierta, omnicomprensiva, que todo lo permite, lo legaliza y lo incorpora! ¡Cuántos se dan por satisfechos con conseguir que la católica sea una religión más y aceptada como tal,, sin aspiraciones, derecho ni títulos de ser la única verdadera y cayendo, entonces, en un agnosticismo que necesariamente termina matando toda convicción!

Para la segunda visión, la que proviene del mundo y que limita las exigencias requeridas al próximo pontífice a las necesidades de una convivencia incondicionada, el tema no va más allá de esperar que el elegido atienda las necesidades y reclamos de este tiempo: el racismo, la intolerancia, los totalitarismos, el terrorismo, predicar la paz “como la da el mundo” que no es, en la voz del propio Jesús, la que El vino a traernos. Estos tales querrían una paz horizontal, consistente en lo básico en que no haya guerras y en una mayor igualdad económica.

La Iglesia precisa de muchas renovaciones que no han de ser novedades sino, de algún modo, retorno a la tradición de la que siempre vivió, en las catacumbas y en el poder, en la persecución y en el reconocimiento político o social. Para lo que, antes que nada, el timonel de esta barca que a cada momento &#8211…quizá desde el estallido renacentista y sus ulteriores consecuencias (la Reforma, el Iluminismo, el racionalismo, el positivismo y una serie interminable de males)- tiene que encarar es, para decirlo sin ambages y aun a riesgo de escandalizar, dar un salto atrás por sobre el Vaticano II (asamblea convocada para pronunciarse sobre los problemas del mundo moderno y que se abstuvo de hacerlo sobre el comunismo entonces en pleno vigor) y recomenzar su magisterio, su prédica y su apostolado &#8211…su lícita e impostergable renovación- desde el fin y a partir del pontificado de Pío XII, casi medio siglo atrás… allí cuando aun era posible revivir a la Iglesia y resucitar a la cristiandad sin alteraciones mundanas ni concesiones a la desacralización ni adaptaciones a la modernidad ni adopciones indiscriminadas de sus valores y finalidades ni imposiciones de reformas traumáticas y desconcertantes como las litúrgicas. La Iglesia, por supuesto, no debe ni puede cerrarse al hombre ni desconocer sus apetencias y expectativas (lo cual sería desconocer e incumplir su misión constitutiva) pero sí debe y puede protegerlo de sí mismo, de sus fantasmas y utopías, de sus virtudes invertidas (como sugería Chesterton), de sus desordenadas búsquedas racionalistas y vitalistas, de sus extravíos detrás de un imposible paraíso terrenal y de un mítico hombre nuevo para cuya confección se autoriza la muerte del enemigo, un enemigo tan abstracto que puede ser visto y ubicado donde se quiera.

Ha hecho muy bien Juan Pablo en defender la dignidad humana agredida por experimentos genéticos, por la práctica de la falsa caridad de la eutanasia (entre paréntesis, habría que reivindicar en su acepción auténtica, el concepto y la expresión de caridad, hoy malamente sustituida, incluso por algunos obispos, por los de solidaridad), por el apoyo y justificación del crimen del aborto, por la exaltación de la homosexualidad y por tantos desvíos que arrastraron al hombre al borde de su deshumanización o, se podría decir si se nos entiende correctamente, a clausurar la obra creadora de Dios, suprema blasfemia y última rebelión, eco lejano pero directo de la primera que tuvo lugar al comienzo de los tiempos.

Lo mismo cabe decir de su oposición a la aberrante pretensión del sacerdocio femenino y de la “democratización” del gobierno de la Iglesia o propuestas similares.

Hay que tener en cuenta que si bien nada de lo humano le es ajeno, la Iglesia no puede inmiscuirse, como lo tienen declarado los Papas en un magisterio unánime, en aspectos que la sociedad y los gobiernos pueden resolver por sí mismos, como las formas de gobierno… lo que de manera alguna significa que ella no tenga fueros para hacerse escuchar sobre materias que en determinada medida le corresponden porque son de su incumbencia y jurisdicción, como resguardo de la moral natural iluminada por la Revelación que se extiende a toda realidad humana.

La consigna nuclear del próximo y de todos los papados que vengan está recogida en las palabras de San Pedro “convertíos y haceos bautizar en el nombre de Jesucristo”. Esto es todo, éste es el mensaje que la Iglesia tiene el deber de transmitir y el mundo el derecho a recibir y a cuya luz habrá de reverse, si se actúa por amor, toda la vocación ecuménica y dialoguista que asaltó a la Iglesia posconciliar: no se trata de dialogar sino de convertir, no se trata de convivir sino de que reine la verdad. Todo lo demás, por prioritario y acuciante que resulte, es secundario (“Buscad el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura”), está dependiendo de esa conversión sin la que es inviable y herético proponer soluciones que no tienen raíces ni proyecciones sobrenaturales.

Permítasenos finalizar este nuestro razonamiento con una salvedad para que todo quede descubierto y con todos los términos expuestos con las debidas claridad y precisión. Tal vez tropiece con objeciones la proposición de centrar la problemática del catolicismo actual en la derogación o suspensión del Vaticano II. Estamos ciertos que los textos finales del mismo -multívocos y de hermenéutica abierta- pueden todavía ser interpretados, como lo dijera en cada ocasión propicia Juan Pablo, a la luz de la tradición. Si esto es posible -recalcamos la expresión “todavía” que acabamos de utilizar- es imperioso que se encare esa labor como una empresa suprema, de primera importancia, empresa que incluye, por supuesto, la virtualidad de volver a redactarlos, es decir de llevar adelante una revisión de los textos y, en especial, de su espíritu. Y, como otorgándole la trascendencia que ha de serle reconocida a esa empresa teológica y pastoral, no vacilamos en ubicarla en la dialéctica de las Dos Ciudades que, como enseñara San Agustín, atraviesa desde comienzo hasta su fin, la historia. Lo que no pudieron &#8211…por distintas causas- los papas que siguieron al Concilio (Paulo VI espantado por las nubes de Satanás que habían invadido el espacio sacro que le había sido confiado, lamentándolo y denunciándolo con expresiones cargadas de patetismo) lo debe hacer el que venga. Recordemos que entre las propuestas condenadas por Pío IX, magisterio del que nadie puede apartarse, se encuentra la de la reconciliación de la Iglesia con el mundo moderno. El gran cardenal Pie fue igualmente contundente: “Podeís amar la Verdad pero si no odiais el Error vuestro amor por la Verdad es falso”. La Verdad es única e inalterable y nuestro goce y salvación está en anunciarla, en especial cuando los que deben hablar callan, olvidando lo de San Pablo: “Predica la verdad, a tiempo y a destiempo”.

Para decirlo todo en una frase: esperamos y necesitamos una Iglesia que, vuelta a sí misma, se abra al mundo para convertirlo, no para insertarse en él como si le fuera ajena.

P.S. Habiéndonos anoticiado de la designación del nuevo Papa, Benedicto XVI -San Benito es el patrono y, según algunos, el fundador de la Europa cristiana, la misma que está desfalleciendo en nuestros brazos y ante nuestra pasividad, entendemos que el colocarse bajo su advocación adoptando su nombre equivale a asumir su empresa de los “años oscuros”, empresa que ha de entusiasmar hasta el paroxismo a los buenos creyentes- tenemos las más fervientes esperanzas en este Benedicto XVI que enfrenta también los años oscuros posmodernos, y a quien acompañaremos con nuestra fidelidad y nuestras oraciones… un nuevo Sumo Pontífice que se nos presenta como el hombre designado por Dios para empuñar y hacer girar el timón de la Nave, en medio de las peores aguas.

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