Panorama Católico

¿Cómo Será Elegido el Próximo Papa

La elección del Romano Pontífice conforme con el Derecho Canónico es reseñada aquí por el autor, Juan Manuel Gramajo, a partir de los diversos documentos pontificios que regulan el acto jurídico. En particular la Constitución Apostólica “Universi Dominici Gregis”, de S.S. Juan Pablo II. Es de tener en cuenta que muchos pontífices han introducido algunos cambios a las normas que regulan la elección pontificia, siendo sin embargo los documentos Motu Proprio Ingravescentem aetatem de Pablo VI (21 de noviembre de 1970) y la Constitución Apostólica Romano Pontifici eligendo, del mismo Pontífice (1 de octubre de 1975) las que han alejado el procedimiento del Cónclave de un modo sustancial de la tradición de 1200 años que se observó, incluso en la propia elección del Papa Montini.

Por Juan Manuel Gramajo *

SUMARIO: I. INTRODUCCION.- II. LA SEDE VACANTE.- 1. Consideraciones Generales.- 2. Facultades de los Dicasterios de la Curia Romana durante la Sede Vacante.- III. LA ELECCION DEL ROMANO PONTIFICE.- 1. Consideraciones Generales.- 2. El Cónclave y la Elección del Romano Pontífice.- 3. Prohibiciones y Otras Disposiciones.- 4. Aceptación, Proclamación e Inicio del Ministerio del Nuevo Pontífice.

I. INTRODUCCION:

Esta breve reseña se refiere a la normativa vigente en el derecho canónico sobre la elección del Romano Pontífice, conforme con las disposiciones de la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis, promulgada por Su Santidad Juan Pablo II, el 22 de febrero de 1996[1]. Esta Constitución, que codifica las normas relativas a la vacante de la Sede Apostólica y la elección papal, es la última de una serie de disposiciones análogas promulgadas a lo largo de los siglos por sus predecesores en la Cátedra de San Pedro. Entre las más recientes, se destacan la Constitución Apostólica Vacante Sede Apostolica, de San Pío X (25 de diciembre de 1904)[2]… el Motu Proprio Cum proxime, de Pío XI (1 de marzo de 1922)[3] y la Constitución Apostólica Quae divinitus, del mismo Pontífice (25 de marzo de 1935)[4]… la Constitución Apostólica Vacantis Apostolicae Sedis, de Pío XII (8 de diciembre de 1945)[5]… el Motu Proprio Summi Pontificis electio, del Beato Juan XXIII (5 de septiembre de 1962)[6]… el Motu Proprio Ingravescentem aetatem del Siervo de Dios Pablo VI (21 de noviembre de 1970)[7] y la Constitución Apostólica Romano Pontifici eligendo, del mismo Pontífice (1 de octubre de 1975)[8].

Juan Pablo II, recordando las normas dadas por sus predecesores en el proemio de la Constitución Universi dominici gregis, afirmó que “(…)los Sumos Pontífices, en el curso de los siglos, han considerado como su deber preciso, así como también su derecho específico, regular con oportunas normas la elección del Sucesor. Así, en los tiempos cercanos a nosotros, mis Predecesores(…)cada uno con la intención de responder a las exigencias del momento histórico concreto, proveyeron a emanar al respecto sabias y apropiadas reglas para disponer la idónea preparación y el ordenado desarrollo de la reunión de los electores a quienes, en la vacante de la Sede Apostólica, les corresponde el importante y arduo encargo de elegir al Romano Pontífice”. El Papa, pues, animado por el mismo propósito de adecuar el procedimiento de elección a las exigencias de los tiempos actuales y a la revisión general de la ley canónica, consagrada en el Código de Derecho Canónico, el Código de los Cánones de las Iglesias Orientales y la Constitución Apostólica Pastor Bonus, sobre la reforma de la Curia Romana[9], estableció la actual normativa vigente. No obstante, afirma el Pontífice “En la formulación de la nueva disciplina, aun teniendo en cuenta las exigencias de nuestro tiempo, me he preocupado de no cambiar sustancialmente la línea de la sabia y venerable tradición hasta ahora seguida”.

En este orden de ideas, el Papa ha confirmado la norma del Código de Derecho Canónico, que recoge la “milenaria praxis” de la Iglesia, conforme a la cual el Colegio de electores del Sumo Pontífice está constituido sólo por los Padres Cardenales de la Santa Iglesia Romana[10], así como también la regla instituida por el Siervo de Dios Pablo VI, conforme a la cual no participan en la elección los Cardenales que hayan cumplido los ochenta años[11]. Asimismo, el Pontífice confirmó y renovó la “antiquísima institución” del Cónclave, afirmando que “una atenta investigación histórica confirma no sólo la oportunidad contingente de esta institución(…), sino también su constante utilidad para el desarrollo solícito, ordenado y regular de las operaciones de la elección misma(…)”. Por este motivo, “aun consciente de la valoración de teólogos y canonistas de todos los tiempos, los cuales de forma concorde consideran esta institución como no necesaria por su naturaleza”, el Papa confirmó y mantuvo esta institución, con algunas modificaciones adecuadas a los tiempos actuales (residencia de los cardenales fuera del Palacio Apostólico, en el cual se encuentra la Capilla Sixtina, donde tiene lugar la elección, reforma del procedimiento de elección, manteniendo exclusivamente el escrutinio secreto). Al contrario, se confirmaron las exigencias del más riguroso secreto en lo que hace a la elección.

II. LA VACANTE DE LA SEDE APOSTOLICA:

1. Consideraciones Generales:

De conformidad con la normativa canónica, la vacante de la Sede Apostólica se produce con la muerte o renuncia válida del Pontífice[12]. Mientras subsista esta situación, conforme a la Constitución Universi dominici gregis, el gobierno de la Iglesia está confiado al Colegio de los Cardenales[13], “solamente para el despacho de los asuntos ordinarios o de los inaplazables y para la preparación de todo lo necesario para la elección del nuevo Pontífice”[14]. No obstante, el Colegio no tiene potestad o jurisdicción sobre las cuestiones que corresponden al Sumo Pontífice en vida o en el ejercicio de las funciones de su misión, las cuales deben quedar reservadas exclusivamente al nuevo Pontífice. Cualquier acto de dicha potestad o jurisdicción que el Colegio de los Cardenales decidiese ejercer, como no sea en la medida consentida en la Constitución Apostólica, es declarado por ésta “nulo e inválido”[15]. Desde el punto de vista de la potestad legislativa, mientras dure la Sede Vacante, las leyes emanadas por los Romanos Pontífices no pueden ser corregidas, modificadas o ser objeto de dispensas, especialmente en lo que se refiere a la elección papal, siendo igualmente nulo e inválido todo acto en contrario[16]

De la misma forma, se establece que el Colegio no podrá disponer nada sobre los derechos de la Sede Apostólica y de la Iglesia Romana, así como tampoco permitir que los mismos sufran menoscabo “aunque fuera con el fin de solucionar divergencias o de perseguir acciones perpetradas contra los mismos derechos después de la muerte o la renuncia válida del Pontífice”[17].

En lo que respecta al modo en que el Colegio de los Cardenales ejercerá sus funciones durante la Sede vacante, la Constitución Apostólica establece dos clases de Congregaciones de los Cardenales: la Congregación general, presidida por el Decano del Colegio, en la que deberán participar todos los Cardenales no impedidos legítimamente, en cuanto sean informados de la vacante de la Sede Apostólica (salvo los mayores de ochenta años, que pueden abstenerse de participar), y la Congregación particular, constituida por el Cardenal Camarlengo de la Santa Iglesia Romana[18] y tres Cardenales, uno por cada orden (obispos presbíteros y diáconos), denominados Asistentes, extraídos por sorteo para un mandato de tres días, al cabo de los cuales se realiza un nuevo sorteo. Las Congregaciones particulares tratan exclusivamente los asuntos de menor importancia, mientras que aquellas más importantes o que requieran un examen más profundo deberán ser sometidas a la Congregación general. Una vez iniciada la elección del Pontífice, las cuestiones de mayor importancia serán tratadas por la asamblea de los Cardenales electores[19].

Apenas recibida la noticia de la muerte del Romano Pontífice, y comprobada la misma conforme a las disposiciones de la Constitución Apostólica, el Cardenal Camarlengo debe sellar el estudio y habitación del difunto Pontífice… comunicar el fallecimiento al Vicario General de Roma, quien dará noticia al pueblo de la Urbe, así como también al Arcipreste de la Basílica Vaticana… tomar posesión del Palacio Apostólico Vaticano y de los Palacios de Letrán y de Castelgandolfo y disponer todo lo necesario para la sepultura del difunto Pontífice. Conforme con la Constitución Apostólica “(…)es competencia del Camarlengo de la Santa Iglesia Romana, durante la Sede vacante, cuidar y administrar los bienes y los derechos temporales de la Santa Sede, con la ayuda de los tres Cardenales Asistentes, previo el voto del Colegio de los Cardenales, una vez para las cuestiones menos importantes, y cada vez para aquéllas más graves”[20].

Le corresponde, en cambio, al Decano del Colegio de los Cardenales, apenas haya sido informado por el Camarlengo o el Prefecto de la Casa Pontificia, dar noticia a todos los Cardenales, convocándolos para las Congregaciones del Colegio. Asimismo, deberá comunicar la muerte del Pontífice al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede y a los Jefes de Estado de sus respectivos Estados. En el plano de las relaciones diplomáticas, el cese en su cargo del Cardenal Secretario de Estado no implica el cese del Sustituto para los Asuntos Generales, ni del Secretario para las Relaciones con los Estados, los cuales continuarán, en sus cargos, al igual que los Representantes Pontificios[21] y los Secretarios de los demás Dicasterios de la Curia Romana, quienes conservan la dirección de sus respectivas oficinas y responden de ello ante el Colegio de los Cardenales[22].

En el caso de que la Sede Apostólica quedara vacante durante la celebración de un Concilio Ecuménico o de un Sínodo de los Obispos, la elección del nuevo Pontífice debe ser hecha única y exclusivamente por los Cardenales electores, indicados en el número precedente, y no por el mismo Concilio o Sínodo de los Obispos. Su Santidad Juan Pablo II declara “nulos e inválidos los actos que, de la manera que sea, intentaran modificar temerariamente las normas sobre la elección o el colegio de los electores”. Reafirmando lo dispuesto por el Código de Derecho Canónico y por el Código de los Cánones de las Iglesias Orientales[23], el Concilio o el Sínodo de los Obispos, sea cual sea el estado en el que se encuentren, deben considerarse inmediatamente suspendidos ipso iure, apenas se tenga noticia cierta de la vacante de la Sede Apostólica. Por consiguiente, “deben interrumpir, sin demora alguna, toda clase de reunión, congregación o sesión y dejar de redactar o preparar cualquier tipo de decreto o canon o de promulgar los confirmados, bajo pena de nulidad… tampoco podrá continuar el Concilio o el Sínodo por ninguna razón, aunque sea gravísima y digna de especial consideración, hasta que el nuevo Pontífice canónicamente elegido no haya dispuesto que los mismos continúen”[24].

2. Facultades de los Dicasterios de la Curia Romana durante la Sede Vacante:

A la muerte del Sumo Pontífice, cesan en su cargo todos los Jefes de los Dicasterios[25] de la Curia Romana (Secretaría de Estado, las Congregaciones, los Tribunales, los Consejos y las Oficinas -la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica, la Prefectura de los Asuntos Económicos de la Santa Sede-). No cesan, en cambio, el Camarlengo de la Santa Iglesia Romana y el Penitenciario Mayor[26]. Tampoco cesan en su cargo el Cardenal Vicario General de la Diócesis de Roma y el Cardenal Arcipreste de la Basílica Vaticana y Vicario General para la Ciudad del Vaticano[27].

Durante la vacancia de la Sede Apostólica, los Dicasterios de la Curia Romana conservan las facultades ordinarias que les son propias, si bien deberán hacer uso de ellas “sólo para conceder gracias de menor importancia”, mientras que las cuestiones más graves o discutidas, si pueden diferirse, deberán ser reservadas exclusivamente al futuro Pontífice. Las cuestiones que no admiten dilación, podrán ser confiadas por el Colegio de los Cardenales a quien era Jefe del Dicasterio (Prefecto, Presidente, etc.) hasta la muerte del Pontífice y a los otros Cardenales del mismo Dicasterio a cuyo examen el Sumo Pontífice las hubiera confiado probablemente[28]. Al contrario, los Dicasterios no tienen ninguna facultad en las materias que, Sede plena, no pueden ser tratadas o realizadas sino facto verbo cum SS.mo, o ex Audientia SS. mi o vigore specialium et extraordinarium facultatum, que el Romano Pontífice suele conceder a sus Prefectos, Presidentes o Secretarios[29]. El Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica y el Tribunal de la Rota Romana, continúan con el tratamiento de las causas según sus propias leyes[30].

III. LA ELECCION DEL ROMANO PONTIFICE:

1. Consideraciones Generales:

El derecho de elegir al Romano Pontífice corresponde únicamente a los Cardenales de la Santa Iglesia Romana[31], con excepción de aquellos que, antes del día de la muerte del Sumo Pontífice o del día en el cual la Sede Apostólica quede vacante, hayan cumplido 80 años de edad[32]. El número máximo de Cardenales electores no debe superar los ciento veinte[33]. Recogiendo una norma constantemente reafirmada por los Pontífices, la Constitución dispone que “Queda absolutamente excluido el derecho de elección activa por parte de cualquier otra dignidad eclesiástica o la intervención del poder civil de cualquier orden o grado”[34]. Ningún Cardenal elector podrá ser excluido de la elección, activa o pasiva, por ningún motivo o pretexto[35]

Todos los Cardenales electores, convocados por el Decano, o por otro Cardenal en su nombre, para la elección del nuevo Pontífice, están obligados a acudir al lugar designado al respecto, a no ser que estén imposibilitados por enfermedad u otro impedimento grave, que deberá ser reconocido por el Colegio de los Cardenales[36]. No obstante, si algunos Cardenales electores llegasen antes de que se haya procedido a la elección, serán admitidos a los trabajos de ésta en la fase en que los mismos se hallen[37]. Si, al contrario, algún Cardenal con derecho al voto se negase a entrar o permanecer en la Ciudad del Vaticano para participar en la elección o, a continuación, después que la misma haya comenzado, sin una razón manifiesta de enfermedad reconocida bajo juramento por los médicos y comprobada por la mayor parte de los electores, los otros procederán a realizar la elección, sin esperarle ni readmitirlo. En cambio, si un Cardenal elector debiera salir de la Ciudad del Vaticano por sobrevenirle una enfermedad o por otra causa grave, se puede proceder a la elección sin pedir su voto… pero si quisiera volver a la citada sede de la elección, después de la curación o incluso antes, debe ser readmitido[38].

La elección del Pontífice deberá tener lugar quince días después de que se haya producido la vacante de la Sede Apostólica, durante los cuales los Cardenales electores deberán esperar a los ausentes. El Colegio de los Cardenales está facultado para extender dicho plazo hasta un máximo de veinte días, al cabo de los cuales se deberá proceder a la elección[39].

En cuanto al Cónclave, la Constitución establece que el mismo “se desarrollará dentro del territorio de la Ciudad del Vaticano, en lugares y edificios determinados, cerrados a los extraños, de modo que se garantice una conveniente acomodación y permanencia de los Cardenales electores y de quienes, por título legítimo, están llamados a colaborar al normal desarrollo de la elección misma”[40]. De manera específica, se dispone que los Cardenales electores deben alojarse en la Domus Sanctae Marthae, mientras que los trabajos de la elección tendrán lugar en la Capilla Sixtina[41]. Tales lugares quedarán, durante el desarrollo de la elección, cerrados a todas las personas no autorizadas y, además, se establece la necesidad de realizar precisos y severos controles, incluso con la ayuda de personas de plena confianza y probada capacidad técnica, para que en la Capilla Sixtina y los locales adyacentes no sean instalados dolosamente medios audiovisuales de grabación y transmisión al exterior, lo que está terminantemente prohibido[42].

Sólo podrán estar alojados dentro de los límites del Cónclave el Secretario del Colegio Cardenalicio, que actúa de Secretario de la asamblea electiva… el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias con dos Ceremonieros y dos religiosos adscritos a la Sacristía Pontificia… un eclesiástico elegido por el Cardenal Decano, o por el Cardenal que haga sus veces, para que lo asista en su cargo. Además, deberán estar disponibles algunos religiosos de varias lenguas para las confesiones, y también dos médicos para eventuales emergencias. Asimismo, debe admitirse un número suficiente de personas, adscritas a los servicios de comedor y de limpieza. Todas estas personas están obligadas bajo juramento a guardar el más estricto secreto respecto de toda la información que llegue a su conocimiento respecto de las votaciones o escrutinios de la elección del Pontífice[43].

En todo el tiempo que dure el proceso de la elección, los Cardenales electores están obligados a abstenerse de correspondencia epistolar y de conversaciones incluso telefónicas o por radio con personas no debidamente admitidas en los edificios reservados a ellos, salvo por razones gravísimas y urgentes, comprobadas por la Congregación particular[44]. Por ello, los Cardenales electores, antes de iniciar los actos de la elección, deben proveer a que se disponga todo lo referente a las exigencias de su cargo o personales y no aplazables. Asimismo, los Cardenales electores deberán abstenerse igualmente de recibir o enviar cualquier tipo de mensajes fuera de la Ciudad del Vaticano, así como tampoco recibir prensa diaria y periódica de cualquier tipo, así como escuchar programas de radio o televisión[45]. También está prohibido a los Cardenales electores revelar a cualquier otra persona noticias que, directa o indirectamente se refieran a las votaciones, como también lo que se ha tratado o decidido sobre la elección del Pontífice en las reuniones de los Cardenales, tanto antes como durante el tiempo de la elección[46]. Finalmente, se dispone que nadie podrá acercarse a los Cardenales electores durante su traslado de la Domus Sanctae Marthae al Palacio Apostólico Vaticano[47].

Asimismo, las personas enumeradas más arriba que prestan su servicio en lo referente a la elección, y que directa o indirectamente violen el secreto incurrirán en la pena de excomunión latae sententiae[48] reservada a la Sede Apostólica.

2. El Cónclave y la Elección del Romano Pontífice:

Celebradas las exequias del difunto Pontífice, según los ritos prescritos, y preparado lo necesario para el desarrollo regular de la elección, el día establecido, los Cardenales electores se reunirán en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, o donde la oportunidad y las necesidades de tiempo y de lugar aconsejen, para participar en una solemne celebración eucarística con la Misa votiva Pro eligendo Papa. Tal celebración deberá tener lugar, en la medida de lo posible, a una hora adecuada de la mañana, de modo que en la tarde pueda tener lugar el inicio de los trabajos de la elección[49].

Llegados los Cardenales electores a la Capilla Sixtina, en presencia aún de quienes han participado en la solemne procesión, emitirán el juramento de respetar las disposiciones de la Constitución Universi Dominici gregis, de guardar secreto sobre la elección y el escrutinio y de no apoyar interferencias de autoridades seglares u otro grupo de personas que quisieran interferir en la elección del Pontífice[50]. Después que haya prestado juramento el último de los Cardenales electores, el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias pronunciará el extra omnes y todos los ajenos al Cónclave deberán salir de la Capilla Sixtina, salvo el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas y un eclesiástico designado para realizar una meditación a los Cardenales electores. Terminada la misma, ambos eclesiásticos también se retirarán y el Cardenal Decano, o quien haga sus veces, someterá al Colegio de los electores, con carácter previo, la cuestión de si se puede ya proceder a iniciar el proceso de la elección, o si fuera preciso aún aclarar dudas sobre las normas y las modalidades establecidas en la Constitución Apostólica. Si, según la mayoría de los electores, nada impide que se proceda a las operaciones de la elección, se pasará inmediatamente a ellas[51].

En cuanto al desarrollo de la elección, la Constitución Apostólica de Juan Pablo II redujo los modos de elección de tres a uno, aboliendo los modos per acclamationem seu inspirationem (por aclamación o inspiración)[52] y per compromissum (por compromiso)[53]. La única forma de elección del Romano Pontífice es ahora per scrutinium (por escrutinio), que las anteriores normas para la elección del Pontífice consideraban “el modo ordinario” de proceder a la misma. Para la elección válida del Romano Pontífice se requieren los dos tercios de los votos, calculados sobre la totalidad de los electores presentes. En el caso en que el número de Cardenales presentes no pueda dividirse en tres partes iguales, para la validez de la elección del Sumo Pontífice se requiere un voto más[54].

Si el comienzo de las operaciones de elección tuviera lugar en la tarde del primer día, se realizará un solo escrutinio… en los días sucesivos si la elección no ha tenido lugar en el primer escrutinio, se deberán realizar dos votaciones tanto en la mañana como en la tarde[55]. El procedimiento del escrutinio se desarrollará en tres fases:

I) El pre-escrutinio, que comprende: 1) la preparación y distribución de las papeletas por parte de los Ceremonieros, quienes entregan por lo menos dos o tres a cada Cardenal elector… 2) la extracción por sorteo, entre todos los Cardenales electores, de tres Escrutadores, de tres encargados de recoger los votos de los enfermos, llamados Infirmarii, y de tres Revisores[56].

II. El Escrutinio propiamente dicho, que comprende: 1) la introducción de las papeletas en la urna apropiada… 2) la mezcla y el recuento de las mismas… 3) el escrutinio de los votos. Cada Cardenal elector, por orden de precedencia, después de haber escrito y doblado la papeleta, teniéndola levantada de modo que sea visible, la lleva al altar, delante del cual están los Escrutadores y sobre el cual está colocada una urna cubierta por un plato para recoger las papeletas. Llegado allí, el Cardenal elector pronuncia en voz alta el juramento prescripto por la Constitución Apostólica[57]. A continuación deposita la papeleta en el plato y con éste la introduce en la urna. Hecho esto, se inclina ante el altar y vuelve a su sitio[58].

Una vez que todos los Cardenales electores hayan introducido su papeleta en la urna, el primer Escrutador la moverá varias veces para mezclar las papeletas e, inmediatamente después, el último Escrutador procederá a contarlas, extrayéndolas de manera visible una a una de la urna y colocándolas en otro recipiente vacío, ya preparado para ello. Si el número de las papeletas no corresponde al número de los electores, hay que quemarlas todas y proceder inmediatamente a una segunda votación… si, por el contrario, corresponde al número de electores, se continúa el recuento como se dice más abajo. Concluido el escrutinio de las papeletas, los Escrutadores deberán sumar los votos obtenidos por los varios nombres y los anotan en una hoja aparte[59].

III. Post-escrutinio, que comprende: 1)el recuento de los votos… 2) su control… 3) la quema de las papeletas. En el mismo, los Escrutadores harán la suma de todos los votos que cada uno ha obtenido, y si ninguno ha alcanzado los dos tercios de los votos en aquella votación, el Papa no ha sido elegido… en cambio, si resulta que alguno ha obtenido los dos tercios, se tiene por canónicamente válida la elección del Romano Pontífice[60].

Inmediatamente después de la revisión, antes de que los Cardenales electores abandonen la Capilla Sixtina, todas las papeletas son quemadas por los Escrutadores, ayudados por el Secretario del Colegio y los Ceremonieros, quienes son llamados por el último Cardenal Diácono. En el caso de que se debiera proceder inmediatamente a una segunda votación, las papeletas de la primera votación se quemarán sólo al final, junto con las de la segunda votación[61].

Al finalizar la elección, el Cardenal Camarlengo de la Santa Iglesia Romana redactará un escrito, el cual deberá ser aprobado también por los tres Cardenales Asistentes, en el cual declare el resultado de las votaciones de cada sesión. Este escrito, que será entregado al Papa que resulte electo, se conservará en el archivo correspondiente, cerrado en un sobre sellado, que no podrá ser abierto por nadie, a no ser que el Sumo Pontífice lo permitiera explícitamente[62].

En el caso de que los Cardenales electores encontrasen dificultades para ponerse de acuerdo sobre la persona a elegir, entonces, después de tres días de escrutinios sin resultado positivo, éstos se suspenderán por un plazo no mayor a un día, a fin de realizar una pausa de oración, de libre coloquio entre los votantes y de una breve exhortación espiritual hecha por el primer Cardenal del Orden de los Diáconos. A continuación, se reanudarán las votaciones según la misma forma y después de siete escrutinios, si no ha tenido lugar la elección, se hace otra pausa de oración, de coloquio y de exhortación, hecha por el primer Cardenal del Orden de los Presbíteros. Se procede luego a otra eventual serie de siete escrutinios, seguida, si todavía no se ha llegado a un resultado positivo, de una nueva pausa de oración, de coloquio y de exhortación, hecha por el primer Cardenal del Orden de los Obispos. Después, según la misma forma, siguen las votaciones, las cuales, si no tiene lugar la elección, serán siete[63].

Si las votaciones no tuvieran resultado positivo, después de proceder según lo establecido en el número anterior, los Cardenales electores serán invitados por el Camarlengo a expresar su parecer sobre el modo de actuar, y se procederá según lo que la mayoría absoluta de ellos establezca. Sin embargo, no se podrá prescindir de la exigencia de que se tenga una elección válida, sea con la mayoría absoluta de los votos, sea votando sobre los dos nombres que en el escrutinio inmediatamente precedente hayan obtenido el mayor número de votos, exigiéndose también en esta segunda hipótesis únicamente la mayoría absoluta[64].

Si la elección se hubiera realizado de modo distinto a como ha sido prescrito en la presente Constitución o no se hubieran observado las condiciones establecidas en la misma, la elección se considerará nula e inválida, sin que se requiera ninguna declaración al respecto y, por tanto, no da ningún derecho a la persona elegida[65].

3. Prohibiciones y Otras Disposiciones:

Si en la elección del Romano Pontífice se perpetrase el delito de simonía[66], se dispone que los culpables incurrirán en la excomunión latae sententiae. No obstante, no se establece la sanción de nulidad o no validez de la provisión simoníaca, a fin de evitar que, por invocación de esta causal, pueda impugnarse la validez de la elección del Romano Pontífice. En este aspecto, Juan Pablo II ha reafirmado las disposiciones ya establecidas por sus Predecesores[67]. Se reafirma, además, la prohibición general, extensiva a los Cardenales, de realizar, mientras viva el Pontífice, y sin haberlo consultado, pactos sobre la elección de su Sucesor, prometer votos o tomar decisiones a este respecto en reuniones privadas[68]. De la misma manera, se prohíbe a los Cardenales electores realizar pactos, acuerdos, promesas u otros compromisos de cualquier género, que los puedan obligar a dar o negar el voto a uno o a algunos, bajo pena de nulidad de tales pactos y de excomunión latae sententiae para quienes lo realicen. Finalmente, se prohíbe a los Cardenales tomar compromisos de común acuerdo (las denominadas “capitulaciones”), con la obligación de llevarlos a cabo en el caso de que uno de ellos sea elevado al Pontificado. Dichos compromisos, aún realizados bajo juramento, son sancionados con la nulidad e invalidez[69]. No obstante, no está prohibido que, durante la Sede vacante, se realicen intercambios de ideas sobre la elección[70].

Juan Pablo II ha ratificado las normas dictadas por sus Predecesores, en el sentido de excluir toda intervención externa en la elección del Sumo Pontífice. En cumplimiento de esta regla, ha reafirmado la prohibición, bajo pena de excomunión latae sententiae, a todos y cada uno de los Cardenales electores y a todos los que toman parte en los trabajos de la elección “(…)recibir, bajo ningún pretexto, de parte de cualquier autoridad civil, el encargo de proponer el veto o la llamada exclusiva[71], incluso bajo la forma de simple deseo, o bien de manifestarlo tanto a todo el Colegio de los electores reunido, como a cada uno de ellos, por escrito o de palabra, directa e inmediatamente o indirectamente o por medio de otros, tanto antes del comienzo de la elección como durante su desarrollo”. Dicha prohibición se extiende a todas las posibles interferencias, oposiciones y deseos, con que autoridades seculares de cualquier nivel o grado, o cualquier grupo o personas aisladas, quisieran inmiscuirse en la elección del Pontífice[72].

4. Aceptación, Proclamación e Inicio del Ministerio del Nuevo Pontífice:

Realizada la elección canónicamente, el último de los Cardenales Diáconos llama al aula de la elección al Secretario del Colegio de los Cardenales y al Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias. Una vez ingresados dichos dignatarios, el Cardenal Decano, o el primero de los Cardenales por orden y antigüedad, en nombre de todo el Colegio de los electores, pide el consentimiento del elegido con las siguientes palabras: ¿Aceptas tu elección canónica para Sumo Pontífice?. Después de la aceptación (basta decir la palabra “acepto”), el elegido que ya haya recibido la ordenación episcopal, se convierte inmediatamente en “Obispo de la Iglesia romana, verdadero Papa y Cabeza del Colegio Episcopal… el mismo adquiere de hecho la plena y suprema potestad sobre la Iglesia universal y puede ejercerla”[73]. En cambio, si el elegido no tiene el carácter episcopal, será ordenado Obispo inmediatamente[74].

Una vez recibida la aceptación del neo-elegido, el Cardenal decano le preguntará: ” ¿Cómo quieres ser llamado?”, debiendo el Papa elegir entonces su nuevo nombre[75]. Entonces el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, actuando como notario y teniendo como testigos a dos Ceremonieros, labrará un acta de la aceptación del nuevo Pontífice y del nombre que ha tomado[76].

Cumplidas las otras formalidades previstas en el Ordo rituum Conclavis, los Cardenales electores se acercarán para expresar un gesto de respeto y obediencia al neo-elegido Sumo Pontífice. A continuación, el primero de los Cardenales Diáconos (llamado “Cardenal Protodiácono”) anuncia al pueblo, que está esperando, la elección y el nombre del nuevo Pontífice[77], el cual inmediatamente después imparte la Bendición Apostólica Urbi et Orbi desde el balcón de la Basílica Vaticana. Si el elegido reside fuera de la Ciudad del Vaticano, deben observarse las normas del mencionado Ordo rituum Conclavis.

El Cónclave concluirá inmediatamente luego de que el nuevo Sumo Pontífice elegido haya dado el consentimiento a su elección, salvo que él mismo disponga otra cosa. Desde ese momento podrán acercarse al nuevo Pontífice el Sustituto de la Secretaría de Estado, el Secretario para las Relaciones con los Estados, el Prefecto de la Casa Pontificia y cualquier otro que tenga que tratar con el Pontífice elegido cosas que sean necesarias en ese momento.

Transcurridos algunos días luego de la elección del nuevo Papa, tiene lugar la solemne ceremonia de inauguración del pontificado, en la Basílica de San Pedro[78]. Posteriormente, y dentro de un tiempo conveniente, tomará posesión de la Patriarcal Archibasílica Lateranense (catedral de la Diócesis de Roma), según el rito establecido.

Indice de los Símbolos y Abreviaturas:

AAS, Acta Apostolicae Sedis.
c./cc. Canon/es
c.a. Constitución Apostólica.
CIC, Codex Iuris Canonici, 1983.
CCEO, Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium, 1990.

m.p. Litt. Ap. Motu proprio datae.

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* Abogado (UCA). Doctor en Ciencias Jurídicas (UCA). Doctor en Utroque Iure (Pontificia Universidad Lateranense).

[1] AAS 88 [1996] 341.
[2] Pii X Pontificis Magni Acta, III (1908), 239-288.
[3] AAS 14 (1922), 145-146.
[4] AAS 27 (1935), 19-113.
[5] AAS 38 (1946), 65-99.
[6] AAS 54 (1962), 632-640.
[7] AAS 62 (1970), 810-813.
[8] AAS 67 (1975), 609-645.
[9] AAS 80 (1998), 841-912.
[10] CIC 349.
[11] mpr. Ingravescentem aetatem (21 de noviembre de 1970), II,2: AAS 62 (1970), 811.… c.a. Romano Pontifici eligendo (1 de octubre de 1975), 33: AAS 67 (1975), 622.
[12] CIC c. 332 § 2. CCEO c. 44 § 2. c.a. Universi dominici gregis, 3. La posibilidad de que el Romano Pontífice pueda renunciar a su oficio fue establecida por San Celestino V, por medio de una bula del 13 de septiembre de 1294. Desde entonces, empero, tal facultad prácticamente nunca ha sido ejercida por un Papa. En efecto, luego de Celestino V, el único caso de renuncia de un Pontífice válidamente elegido se produjo en el difícil contexto del cisma de occidente: se trata de la renuncia del Papa Gregorio XII (Angelo Correr) quien, con ánimo de contribuir al fin de la fractura de la cristiandad, renunció en 1417 (cf. SABA, A. y CASTIGLIONI C. Historia de los Papas. Tomo Segundo. Segunda Edición Revisada. Editorial Labor. Barcelona, 1964. Pág. 110).
[13] Conforme con el Código de Derecho Canónico “Los Cardenales de la Santa Iglesia Romana constituyen un Colegio peculiar, al que compete proveer a la elección del Romano Pontífice, según la norma del derecho peculiar… asimismo, los Cardenales asisten al Romano Pontífice tanto colegialmente, cuando son convocados para tratar juntos cuestiones de más importancia, como personalmente, mediante los distintos oficios que desempeñan, ayudando al Papa sobre todo en su gobierno cotidiano de la Iglesia universal” (CIC, c. 349). El c. 350, por su parte, establece la composición del Colegio, en los siguientes términos:
§ 1. “El Colegio cardenalicio se divide en tres órdenes: el episcopal, al que pertenecen los Cardenales a quienes el Romano Pontífice asigna como título una Iglesia suburbicaria, así como los Patriarcas orientales adscritos al Colegio cardenalicio, el presbiteral y el diaconal.
§ 2. A cada Cardenal del orden presbiteral y diaconal el Romano Pontífice asigna un título o diaconía de la Urbe.
§ 3. Los Patriarcas orientales que forman parte del Colegio de los Cardenales tienen como título su sede patriarcal.
§ 4. El Cardenal Decano ostenta como título la diócesis de Ostia, a la vez que la otra Iglesia de la que ya era titular.
§ 5. Respetando la prioridad de orden y de promoción, mediante opción hecha en Consistorio y aprobada por el Sumo Pontífice, los Cardenales del orden presbiteral pueden acceder a otro titulo y los del orden diaconal a otra diaconía, y, después de un decenio completo en el orden diaconal, pueden también acceder al orden presbiteral.
§ 6. El Cardenal del orden diaconal que accede por opción al orden presbiteral, precede a los demás Cardenales presbíteros”
[14] c.a. Universi dominici gregis, 2. En el punto 23 de la misma norma se establece, además, que corresponderá al Colegio de los Cardenales todo el poder civil del Sumo Pontífice concerniente al gobierno de la Ciudad del Vaticano. No obstante, el Colegio no podrá emitir decretos sino en caso de necesidad y durante la vacancia de la Sede Apostólica. Tales decretos deberán ser confirmados por el nuevo Pontífice.
[15] c.a. Universi dominici gregis, 1.
[16] c.a. Universi dominici gregis, 4.
[17] c.a. Universi dominici gregis, 3.
[18] Las atribuciones del Cardenal Camarlengo están definidas en la Constitución Apostólica Pastor Bonus, del 28 de junio de 1988 (AAS 80 (1988) 841-912), en cuyo Artículo 171 se dispone lo siguiente:
§1. “La Cámara Apostólica al frente de la cual está el cardenal Camarlengo de la Santa Iglesia Romana, con la ayuda del Vice-Camarlengo junto con los demás prelados de la Cámara, realiza sobre todo las funciones que le están asignadas por la ley peculiar sobre la Sede Apostólica vacante.
§2. Cuando está vacante la Sede Apostólica, es derecho y deber del cardenal Camarlengo de la Santa Iglesia Romana reclamar, también por medio de un delegado suyo, a todas las administraciones dependientes de la Santa Sede las relaciones sobre su estado patrimonial y económico, así como las informaciones sobre los asuntos extraordinarios que estén eventualmente en curso, y a la Prefectura de los Asuntos Económicos de la Santa Sede el balance general del año anterior, así como el presupuesto para el año siguiente. Está obligado a someter esas relaciones y balances al Colegio de Cardenales”.
[19] c.a. Universi dominici gregis, 7, 8 y 9.
[20] c.a. Universi Dominici gregis, 17.
[21] El régimen jurídico de los Representantes Pontificios está contenido en el m.p. Sollicitudo omnium Ecclesiarum del Siervo de Dios Pablo VI (24 de junio de 1969) AAS 61 [1969] 468-469, se entiende por “Representantes Pontificios” a aquellos eclesiásticos normalmente elevados a la dignidad episcopal, que reciben del Romano Pontífice el encargo de representarlo ante las naciones o regiones del mundo (núm. I,1). Los Representantes Pontificios con carácter diplomático pueden tener tres clases: Nuncio (asimilado a Embajador Extraordinario y Plenipotenciario, al que se le reconoce el decanato del Cuerpo Diplomático), Pro-Nuncio (asimilado a Embajador Extraordinario y Plenipotenciario, al que no se le reconoce el decanato del Cuerpo Diplomático) e Internuncio (asimilado a Ministro Plenipotenciario). Los representantes pontificios sin carácter diplomático, que ejercen su función sólo ante las Iglesias locales, se denominan Delegados Apostólicos. También están previstos, siguiendo la regla del derecho diplomático, los Encargados de Negocios con Cartas de Gabinete (cf. núm. I, 3). También están previstos los Representantes de la Santa Sede ante los Organismos Internacionales y los Encargados de Negocios ad interim (cf. núm. 2).
[22] c.a. Universi Dominici gregis, 19-20.
[23] CIC, c. 340… CCEO, c. 347 § 2.
[24] c.a. Universi Dominici gregis, 34. El antedicho c. 340 establece que, una vez elegido el nuevo Pontífice, le corresponderá a él la decisión de continuar o disolver el Concilio o Sínodo.
[25] cf. c.a. Pastor Bonus, 2 y 6.
[26] c.a. Universi Dominici gregis, 14.
[27] c.a. Vicariae potestatis, (6 enero 1977), 2 § 4 : AAS 69 (1977), 10. c.a. Universi Dominici gregis, 14.
[28] c.a. Universi Dominici gregis, 25.
[29] c.a. Universi Dominici gregis, 24
[30] c.a. Universi Dominici gregis, 26 y c.a. Pastor Bonus, art. 18, puntos 1 y 3.
[31] La Constitución Apostólica dispone que “Un Cardenal de, que haya sido creado y publicado en Consistorio, tiene por eso mismo el derecho a elegir al Pontífice según el n. 33 de la presente Constitución, aunque no se le hubiera impuesto la birreta, entregado el anillo, ni hubiera prestado juramento. En cambio, no tienen este derecho los Cardenales depuestos canónicamente o que hayan renunciado, con el consentimiento del Romano Pontífice, a la dignidad cardenalicia. Además, durante la Sede vacante, el Colegio de los Cardenales no puede readmitir o rehabilitar a éstos” (c.a. Universi Dominici gregis, 36…).
[32] c.a. Universi Dominici gregis, 25… mpr. Ingravescentem aetatem, II,2… c.a. Romano Pontífici eligendo, 33).
[33] El número máximo actual reproduce el establecido en el núm. 33 de la c.a. Romano Pontífici eligendo. Cabe destacar, sin embargo, que el Pontífice puede, derogando la regla establecida en la Constitución Apostólica, crear un número de Cardenales superior a dicho tope. Su Santidad Juan Pablo II, en diversos consistorios, ha hecho uso de esta facultad.
[34] c.a. Universi Dominici gregis, 33… c.a. Romano Pontífici eligendo, 33
[35] c.a. Universi Dominici gregis, 33. La norma anteriormente vigente especificaba que ningún Cardenal elector podía quedar excluido de la elección activa y pasiva del Sumo Pontífice, por causa o con el pretexto de cualquier excomunión, suspensión, interdicto u otro impedimento eclesiástico. Estas censuras debían considerarse suspendidas sólo a los efectos de la elección (cf. c.a. Romano Pontífici eligendo, 35).
[36] c.a. Universi Dominici gregis, 38.
[37] c.a. Universi Dominici gregis, 39.
[38] c.a. Universi Dominici gregis, 40.
[39] c.a. Universi Dominici gregis, 37.
[40] c.a. Universi Dominici gregis, 41.
[41] Esta disposición constituye una significativa innovación, respecto de las normas anteriores, conforme a las cuales el Cónclave se realizaba en determinados ambientes cerrados del Palacio Apostólico Vaticano, donde los Cardenales electores y algunos otros asistentes vivían día y noche hasta la elección. Gregorio XV había establecido la nulidad de la elección realizada fuera del Cónclave, norma que se mantuvo hasta la Constitución Romano Pontífici eligendo, de Pablo VI, quien eliminó esta causal de nulidad (núm. 41).
[42] c.a. Universi Dominici gregis, 51 y 61.
[43] c.a. Universi Dominici gregis, 44.
[44] c.a. Universi Dominici gregis, 56.
[45] c.a. Universi Dominici gregis, 57.
[46] c.a. Universi Dominici gregis, 59. Tal obligación del secreto concierne también a los Cardenales no electores participantes en las Congregaciones generales según la norma del n. 7 de la misma Constitución.
[47] c.a. Universi Dominici gregis, 43.
[48] Las penas latae sententiae son aquellas que no requieren ser declaradas o impuestas por un tribunal, sino que se aplican desde el mismo momento en que se produce el delito canónico. Las excomuniones reservadas a la Santa Sede sólo pueden ser levantadas por la misma Sede Apostólica.
[49] “Desde la Capilla Paulina del Palacio Apostólico, donde se habrán reunido en una hora conveniente de la tarde, los Cardenales electores en hábito coral irán en solemne procesión, invocando con el canto del Veni Creator la asistencia del Espíritu Santo, a la Capilla Sixtina del Palacio Apostólico, lugar y sede del desarrollo de la elección” (c.a. Universi Dominici gregis, 50). En las normas de Pablo VI no se disponía desde qué lugar se realizaba la procesión, limitándose a indicar que, luego de la S. Misa, se realizaba la entrada al Cónclave.
[50] Según lo dispuesto en el número 53 de la Constitución, el Cardenal Decano, o el primer Cardenal por orden y antigüedad, pronunciará la siguiente fórmula de juramento: “Todos y cada uno de nosotros Cardenales electores presentes en esta elección del Sumo Pontífice prometemos, nos obligamos y juramos observar fiel y escrupulosamente todas las prescripciones contenidas en la Constitución Apostólica del Sumo Pontífice Juan Pablo II, Universi Dominici Gregis, emanada el 22 de febrero de 1996. Igualmente, prometemos, nos obligamos y juramos que quienquiera de nosotros que, por disposición divina, sea elegido Romano Pontífice, se comprometerá a desempeñar fielmente el « munus petrinum » de Pastor de la Iglesia universal y no dejará de afirmar y defender denodadamente los derechos espirituales y temporales, así como la libertad de la Santa Sede. Sobre todo, prometemos y juramos observar con la máxima fidelidad y con todos, tanto clérigos como laicos, el secreto sobre todo lo relacionado de algún modo con la elección del Romano Pontífice y sobre lo que ocurre en el lugar de la elección concerniente directa o indirectamente al escrutinio… no violar de ningún modo este secreto tanto durante como después de la elección del nuevo Pontífice, a menos que sea dada autorización explícita por el mismo Pontífice… no apoyar o favorecer ninguna interferencia, oposición o cualquier otra forma de intervención con la cual autoridades seculares de cualquier orden o grado, o cualquier grupo de personas o individuos quisieran inmiscuirse en la elección del Romano Pontífice”.A continuación, cada Cardenal elector, según el orden de precedencia, prestará juramento con la fórmula siguiente: “Y yo, N. Cardenal N. prometo, me obligo y juro, y poniendo la mano sobre los Evangelios, añadirá: Así Dios me ayude y estos Santos Evangelios que toco con mi mano”.
[51] c.a. Universi Dominici gregis, 52 y 54. En este último punto, ratificando el principio general conforme al cual el Colegio de los Cardenales no puede modificar las normas pontificias, en particular, las relativas a la elección, agrega que a nadie le esté permitido “modificar o sustituir alguna de ellas, referente sustancialmente a los actos de la elección misma, aunque se diera la unanimidad de los electores, y esto bajo pena de nulidad de la misma deliberación”.
[52] Este modo se producía en el caso en que los Cardenales electores, “como inspirados por el Espíritu Santo”, proclamaran libre y espontáneamente Sumo Pontífice a uno de ellos, por unanimidad y de viva voz. Esta forma de elección podía ser utilizada sólo en el Cónclave y después de que el mismo era cerrado, y debía realizarse mediante la palabra eligo (elijo), pronunciada de manera inteligible o expresada por escrito, si alguien no podía expresarla verbalmente. Se pedía, además, que tal forma de elección fuera aceptada por todos y cada uno de los Cardenales electores presentes en el Cónclave, incluidos los enfermos que se encontraban en sus celdas, sin el disenso de ninguno de ellos. Se requería, además, la precaución de que no haya habido con anterioridad ninguna especial tratativa sobre el nombre de la persona a elegir. La Constitución de Pablo VI Romano Pontífici eligendo, última norma pontificia que contempló este modo de elección, daba el siguiente ejemplo de su aplicación: Si algún Cardenal elector, espontáneamente y sin precedentes y especiales tratativas dijera “Eminentísimos Padres: en atención de la singular virtud y probidad del Reverendísimo N.N., lo juzgo digno de ser elegido Romano Pontífice, y desde ahora lo elijo Papa”, y todos los presentes, sin excepciones, accediesen a su parecer, repitiendo de modo inteligible la palabra eligo o, de estar imposibilitado, expresándola por escrito, la persona así indicada de manera unánime y sin una tratativa anterior, sería el Papa canónicamente elegido según esta forma de elección (cf. núm. 63).
[53] Este modo, que también estuvo vigente en la Constitución Apostólica Romano Pontífice eligendo, se producía cuando, en ciertas circunstancias particulares, los cardenales electores confiaban a un grupo de ellos el poder de elegir, en lugar de todos, el Pastor de la Iglesia Católica. También en este caso se exigía el asentimiento de todos y cada uno de los Cardenales electores presentes en el Cónclave ya cerrado, sin ninguna disidencia, para proceder per compromissum. En este caso, confiaban la elección a algunos Cardenales (denominados “compromisarios”), elegidos por unanimidad en un número impar que no podía ser inferior a nueve, ni superior a quince. Al determinar el compromiso, todos los Cardenales electores debían indicar claramente el modo y la forma según la cual los compromisarios debían proceder a la elección y los requisitos para su validez (p. ej. si se requiere unanimidad o mayoría de dos tercios de los compromisarios, si debe o no ser elegido necesariamente un miembro del cuerpo electoral… si los compromisarios estaban facultados para proceder a la elección o debían someter el nombre propuesto al cuerpo electoral, etc.). Luego de recibir el mandato, los compromisarios debían dirigirse a un lugar separado y cerrado y, una vez realizada la elección según la forma prescripta, la cual debía ser promulgada en el Cónclave, la persona elegida era considerado canónicamente Papa (cf. núm. 64).
[54] c.a. Romano Pontífice eligendo, 65.
[55] c.a. Universi dominici gregis, 63.
[56] c.a. Universi dominici gregis, 64. En esta fase de escrutinio hay que tener en cuenta las siguientes disposiciones: 1) la papeleta ha de tener forma rectangular y llevar escritas en la mitad superior, a ser posible impresas, las palabras: Eligo in Summum Pontificem, mientras que en la mitad inferior debe dejarse espacio para escribir el nombre del elegido… por tanto, la papeleta está hecha de modo que pueda ser doblada por la mitad… 2) la compilación de las papeletas debe hacerse de modo secreto por cada Cardenal elector, el cual escribirá claramente, con caligrafía lo más irreconocible posible, el nombre del que elige, evitando escribir más nombres, ya que en ese caso el voto sería nulo, doblando dos veces la papeleta… 3) durante las votaciones, los Cardenales electores deben permanecer en la Capilla Sixtina solos y por eso, inmediatamente después de la distribución de las papeletas y antes de que los electores empiecen a escribir, el Secretario del Colegio de los Cardenales, el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias y los Ceremonieros deben salir de allí… después de su salida, el último Cardenal Diácono cerrará la puerta, abriéndola y cerrándola todas las veces que sea necesario, como por ejemplo cuando los Infirmarii salgan para recoger los votos de los enfermos y vuelven a la Capilla (cf. Universi dominici gregis, 65).
[57] “Pongo por testigo a Cristo Señor, el cual me juzgará, de que doy mi voto a quien, en presencia de Dios, creo que debe ser elegido”.
[58]c.a. Universi dominici gregis, 66. Conforme con dicha disposición, si alguno de los Cardenales electores presentes en la Capilla no puede acercarse al altar por estar enfermo, el último de los Escrutadores se acerca a él, previo el mencionado juramento, entrega la papeleta doblada al mismo Escrutador, el cual la lleva de manera visible al altar y, sin pronunciar el juramento, la deposita en el plato y con éste la introduce en la urna .
[59] c.a. Universi dominici gregis, 68.
[60] c.a. Universi dominici gregis, 70.
[61] Idem. Conforme con una antigua práctica, cuando no fue elegido el pontífice, las papeletas son quemadas junto con paja mojada, a fin de que la canna fumaria, emita humo negro (fumata nera), de modo tal que los fieles que esperan congregados en la Plaza San Pedro sepan que aún no ha sido elegido el nuevo Pontífice. Cuando, finalmente, se realiza la elección, se queman sólo las papeletas, a fin de que el humo sea blanco (fumata bianca), para anunciar a los fieles la elección del Vicario de Cristo.
[62] c.a. Universi dominici gregis, 71.
[63] c.a. Universi dominici gregis, 74.
[64] c.a. Universi dominici gregis, 75.
[65] c.a. Universi dominici gregis, 76.
[66] Conforme con el Catecismo de la Iglesia Católica, “La simonía (cf Hch 8, 9-24) se define como la compra o venta de cosas espirituales. A Simón el mago, que quiso comprar el poder espiritual del que vio dotado a los apóstoles, Pedro le responde: ?Vaya tu dinero a la perdición y tú con él, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero? (Hch 8, 20). Así se ajustaba a las palabras de Jesús: ?Gratis lo recibisteis, dadlo gratis? (Mt 10, 8… cf Is 55, 1)]. Es imposible apropiarse de los bienes espirituales y de comportarse respecto a ellos como un poseedor o un dueño, pues tienen su fuente en Dios. Sólo es posible recibirlos gratuitamente de El” (núm. 2121).
[67] c.a. Universi dominici gregis, 78. La nulidad de la elección simoníaca, que había sido establecida por Julio II, fue suprimida por San Pío X (c.a. Vacante Sede Apostolica, 239-288), norma ésta que fue reafirmada por las sucesivas normas sobre la elección del Pontífice.
[68] c.a. Universi dominici gregis, 79.
[69] c.a. Universi dominici gregis, 81.
[70] Idem.
[71] La exclusiva era un antiguo privilegio atribuido a los soberanos católicos de Europa (Austria, España, Francia), que les permitía proceder al veto de un cardenal elegido en el Cónclave, impidiéndole acceder al Pontificado. Según lo afirman los historiadores, la última vez que un soberano temporal quiso hacer valer la exclusiva fue en ocasión del Cónclave que siguió a la muerte de León XIII. En esa oportunidad, el Cardenal Jan Puzyna, Arzobispo de Cracovia, habría pronunciado, en nombre del Emperador de Austria-Hungría, Francisco José, el veto de exclusión contra el Cardenal Mariano Rampolla del Tindaro, Secretario de Estado del difunto Papa León. Según algunos autores, la fórmula utilizada, dirigida al Cardenal Decano Orelia habría sido: “quisiera enterarse para gobierno suyo y declararlo de modo oficial, en nombre y por la autoridad de Francisco José, Emperador de Austria y Rey de Hungría, que su Majestad, entendiendo hacer uso de un derecho y de un privilegio antiguos, pronuncia el veto de exclusión contra el Eminentísimo Señor Cardenal Mariano Rampolla del Tindaro” (SABA, A. y CASTIGLIONI C., Op. cit. Pág. 694). No obstante, otras versiones más recientes afirman que tal afirmación del Cardenal Puzyna sólo habría tenido carácter oficioso, y habría constituido una expresión de deseos (cf. TORNIELLI, A. Quella volta che il veto dell?Imperatore favorᬠl?elezione di un Papa santo” (30 GIORNI, N. 7, 2003). La definitiva supresión de este privilegio fue confirmada por San Pío X, finalmente elegido en aquél Cónclave, quien estableció la pena de excomunión para quien, en lo futuro, pretendiese hacerlo valer.
[72] c.a. Universi dominici gregis, 81.
[73] Usualmente, el neo-elegido realiza un breve discurso, en el marco del cual dice la palabra “acepto”, momento éste en que, jurídicamente, deja de ser un Cardenal para pasar de ser el Sumo Pontífice. Antiguamente, cuando el número de Cardenales era más reducido, cada uno de los sitiales donde se sentaban estaba cubierto con un dosel. En el momento en que el elegido decía “acepto” y se convertía en Papa, todos los purpurados inclinaban sus respectivos doseles, quedando levantado sólo el del nuevo Pontífice. Ello, como afirmación simbólica de que, luego de la aceptación, ya no eran sus iguales.
[74] c.a. Universi Dominici gregis, 88… CIC, c. 332 § 1. La ordenación episcopal del Pontífice que, al ser elegido, no tuviera tal carácter corresponderá al Cardenal Decano o, en su defecto, al Subdecano o al Cardenal más antiguo del orden episcopal (c.a. Universi Dominici gregis, 90… CIC, c. 354 § 1).
[75] El primer Papa que eligió un nombre compuesto fue Juan Pablo I, en homenaje a sus dos predecesores, el Beato Juan XXIII y el Siervo de Dios Pablo VI.
[76] Conforme con los usos, una vez aceptada la elección y elegido el nombre, el nuevo Pontífice se despoja del hábito cardenalicio y reviste los hábitos pontificales. A tal fin, se tienen listos hábitos de diversas medidas, en previsión de las requeridas por el Papa. Una vez revestido, el Pontífice procede a recibir la obediencia de los Cardenales.
[77] Cf. CIC, c. 355 § 1. La formula del anuncio, realizada en lengua latina es la siguiente: “Nuntio vobis gaudium mágnum: habemus Papam!. Eminentissimus ac Reverendissimus Dominus N., Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalis N., qui nomen sibi imposuit N.”
[78] Hasta el pontificado de Pablo VI, se realizaba la antigua ceremonia de la coronación, en la cual el Pontífice recibía la triple tiara (“triregno”). Luego de la elección de Juan Pablo I, esa ceremonia fue sustituida por una Misa de Iniciación del Pontificado, ceremonia ésta que también fue realizada en ocasión de la elevación al Pontificado de Juan Pablo II.

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