Panorama Católico

Conejos y Huérfanos

Como mínimo hemos de sentir orfandad, y normalmente la traición que se nos hace. Sentimientos razonables y bien fundados, porque son la consecuencia natural de otras orfandades y traiciones que parece no todos han llegado a percibir en su debido momento, y tal vez sin culpa en muchos casos.

Se percibe un gran desconsuelo entre los fieles más fieles. Entre los que, en tanto padres –o hijos-, de familias numerosas, de hecho o de deseo, sienten el reproche de su padre que les recrimina hacer lo que la Dios y la Iglesia mandan.

No es novedad, porque ese reproche ya lo hemos oído cuando, sin discriminar, nos cargó a todo los que cumplimos los preceptos de la Iglesia con el sambenito de “hipócritas”.

Ahora nos tocó a estos mismos bajo un tema en particular: la familia. No era suficiente que bautizáramos a nuestros hijos a poco de nacer, los nombráramos atentos a la protección de los santos, los adoctrináramos e hiciéramos los mayores esfuerzos para que reciban la comunión tempranamente, o la confirmación. Los encamináramos en el rezo diario. Nos detuviéramos para reunirlos, bendecir las comidas, invocar a la Santísima Virgen en el rosario junto con ellos. Los preserváramos, hasta donde nuestros esfuerzos alcanzan, de la impureza y los errores del mundo.

No es suficiente que nos sometiéramos a una vida de privación para que el Padre común de los católicos, el Doctor universal de la Iglesia, el Vicario de Cristo en la tierra nos preserve del escarnio. No pidamos una palabra de aliento. No, solamente que se abstenga de recriminarnos por hacer lo que la institución divina cuya máxima autoridad humana inviste, preceptúa. Para que deje de burlarse de nosotros.

Como mínimo hemos de sentir orfandad, y normalmente la traición que se nos hace. Sentimientos razonables y bien fundados, porque son la consecuencia natural de otras orfandades y traiciones que parece no todos han llegado a percibir en su debido momento, y tal vez sin culpa en muchos casos.

Cada vez que un Padre común de los católicos, Doctor universal, etc. puso en juicio algún punto de la doctrina o bien trabajó en contra de las más sagradas tradiciones heredadas de los apóstoles, como la liturgia, arrancándola contra derecho a quienes la amaban y negándosela a quienes justamente la requerían, hemos sentido ya, desde hace muchas décadas la orfandad y la traición.

Cada vez que un Padre común de los católicos, un Doctor universal de la Iglesia ha dicho que todos adoramos al mismo Dios, o que todas las religiones son vías de salvación, con justicia hemos sentido la orfandad y la traición.

Y quien se atreve a decir que no hay un solo Dios verdadero, ¿por qué se abstendría de decir que no hay una sola moral verdadera? Lo segundo es consecuencia de lo primero. Hay tantas morales como “dioses” en los que cada uno cree, o mejor dicho, inventa a su gusto.

¿Por qué los que fuimos tildados de retrógrados, enemigos de la Iglesia, cismáticos, y últimamente “neopelagianos”, sea esto lo que fuere, habríamos hoy de sorprendernos de que se nos llame más suavemente “conejos”.

Y sin embargo hay en esta forma de tildar a las familias numerosas, que Pío XII llamó “tesoros de la Iglesia”, una renovada malicia objetiva.

Cuando se pretende escandalosamente apartar a los fieles de los deberes a los que han consagrado sus vidas con tanto sacrificio, o reducirlos a un acto irresponsable y –digámoslo francamente- estúpido (porque qué cosa puede ser más estúpida que cargarse de hijos si con aportar a la tasa de repoblación ya complacemos a Dios); cuando se pretende quitarle a padres y madres, a las familias, que son lo más importante que la Iglesia tiene por fuera de su jerarquía, el cometido de santuario donde se coopera en la salvación de las almas y desde donde se nutre a la Iglesia misma de sus miembros, se ataca directamente la razón de ser del Cuerpo Místico de Cristo.

¿Para qué, para quienes se ha encarnado y entregado Nuestro Señor en el Santo Sacrificio; para quienes se renueva ese Sacrificio en el altar sino para los que Dios ha destinado a la salvación eterna, que dilectamente son los hijos de esas familias católicas, numerosas en los hechos o en los deseos? Más almas, más gloria para Dios, más participantes en la visión del cielo. Esto es sentir con la Iglesia, lo otro, sabe Dios qué es, pero no es de Dios.

Hay una malicia objetiva en el hecho de dificultar a las almas los instrumentos de salvación, como ha sido el destrozo litúrgico. Pero hay una malicia particularmente grave en el hecho de desanimar a quienes tienen por misión traer al mundo más almas destinadas a la visión de Dios. El segundo consecuencia del primero.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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