Panorama Católico

Cosas de Parroquia

Don Alberto Usieto Gavín y doña Teresa Catalina Mosca Descalzi, mis abuelos paternos, se casaron civilmente en La Banda el 15 de diciembre de 1920. Por eso sus descendientes Usieto Blanco hemos recordado hace unos años, en familia, el 80º Aniversario de este compromiso matrimonial. Don Alberto tenía entonces 28 años y doña Teresa había cumplido los 25.


In memoriam, don Alberto Usieto Gavín (1892-1954) 
y doña Teresa Catalina Mosca Descalzi (1895-1981)

Don Alberto Usieto Gavín y doña Teresa Catalina Mosca Descalzi, mis abuelos paternos, se casaron civilmente en La Banda el 15 de diciembre de 1920. Por eso sus descendientes Usieto Blanco hemos recordado hace unos años, en familia, el 80º Aniversario de este compromiso matrimonial. Don Alberto tenía entonces 28 años y doña Teresa había cumplido los 25. La programada posterior celebración sacramental del matrimonio religioso fue un fracaso y el cuento de su frustración pertenece a la antología de lo más grotesco de lo clerical que haya sucedido en la ciudad de La Banda. En síntesis, pasó lo siguiente: el cura de la parroquia Santiago Apóstol les cerró la puerta de la iglesia en las narices y no los casó .

La relación con la parroquia por parte de los Mosca Descalzi, la familia de la novia, era muy cordial. Habían contribuido con donaciones a la edificación del templo, ayudaban con el lavado y almidonado de la mantelería – en aquel tiempo, semanalmente los tres manteles del altar mayor, según contaba mi bisabuela, doña Clelia Descalzi de Mosca – y mantenían una relación amistosa con los párrocos, los que solían pasar y ser invitados con una copa en la antigua Casa Mosca, en la esquina de Comercio y Matará (hoy Av. Belgrano y Urquiza Norte), que era el negocio de mi bisabuelo, don Antonio Mosca: bazar, almacén y despacho de bebidas. 

Esto es válido tanto para el primer párroco, el presbítero Roqueta , como para el presbítero Feijoo , quién años después también se desempeñó en esa función. Lo mismo sucedía con el presbítero Prudencio Areal , el que había renunciado como presidente de la entonces Comisión Municipal de La Banda unos años antes por denuncias sobre desprolijidades contables en su gestión política y, con el presbítero Farías Leal , sucesor en la parroquia años después. Estos dos últimos son descriptos por un autorizado vecino de La Banda, Ricardo R. Suárez: «como confesores y administradores de las indulgencias despertaban en damas y niños, más que respeto, algo de temor, porque tenían la palabra, hacían la liturgia y disciplinaban con rituales» .

El presbítero Adolfo Villoria, párroco entre agosto de 1912 y agosto de 1921, es el clérigo involucrado en esta singular historia del casamiento .

Los novios

Doña Teresa Catalina Mosca, la novia, nació en La Banda y concurrió a la escuela Libertad. Era la mayor de ocho hermanos, cinco mujeres y tres varones, uno de los cuales murió párvulo. Para el tiempo del Centenario estudió corte y confección en Buenos Aires. Alguna vez dio clase en la escuela profesional de mujeres. Las fotos de su juventud la muestran siempre como portadora de elegancia. Se consideró muy responsable de sus hermanos, a los que criaba y ayudaba como hermana mayor. Se la contó entre las entusiastas que fundaron la Sala de Primeros Auxilios de La Banda . Y sin duda, era muy cercana a participar de la liturgia en la parroquia. El casamiento con un español no era extraño en la familia Mosca Descalzi. Ya lo había hecho Adela, la segunda de las niñas Mosca con el andaluz don Juan Giménez García en 1919 e Ive Luisa, la tercera de las mujeres, lo haría con el soriano Francisco Péres Rupéres en 1931. Doña Teresa eligió a don Alberto.

Don Alberto Usieto Gavín, el novio, era español y catalán de nacimiento pero, de linaje aragonés, sastre de profesión y emigró a la Argentina en 1912. Después de dar vueltas por «las pampas» se instaló en La Banda en 1914. En su niñez en Sant Andreu de Palomar, Barcelona, fue cercano a la iglesia y durante años ofició de monaguillo. Alguna vez cometió el error de pisarse el hábito y rodar por el suelo durante una procesión y entonces nada de ganas le quedaron para seguir con tan piadoso oficio. Mantenía sus prácticas litúrgicas con particular discreción, como era lo habitual entre los hombres librepensantes de principios de siglo.

Varios de sus amigos y miembros de la colectividad española, y también de la italiana, participaban de las reuniones de la Logia Masónica 23 de Febrero que actuaba en La Banda, en donde su más público conocido integrante era don Bernardo Irurzun, el maestro de la escuela . Esto era sabido por el cura de la iglesia y sin duda le molestaba bastante porque constituían todo un desafío a su imperio espiritual. Suponía, con razón, que su persona, su autoridad y lo que representaba era el centro de la crítica y de la burla en las tertulias de esos encuentros. Seguramente estaba convencido que Usieto también era miembro pleno de ella, lo cual no era cierto.

Comprender la situación

Para entender la crítica que provenía de extranjeros afincados en La Banda, hay que saber que los italianos tenían una experiencia anticlerical fuerte debido a la unificación de Italia en 1871, que bien pudo haberla hecho el papa Pío IX, y que finalmente fue conquista de las tropas piamontesas con Garibaldi y con la Casa de Saboya a la cabeza. Por lo que respecta a los españoles, su severa antipatía clerical venía de ver al clero español aprovechar de odiosas prerrogativas en la Península que se ligaban con la política militar del gobierno y de la monarquía española de entonces. Ello motivó, entre otros hechos, la quema de iglesias y conventos durante la Semana Trágica de Barcelona de 1909 dentro de una ola de protestas contra el envío de tropas a África. Otro elemento masón anticlerical eran algunos ingleses anglicanos, los anarquistas y los socialistas que eran empleados del ferrocarril y a esto, se le sumaba que las escuelas privadas bandeñas también eran socialistas.

Para que el lector se arme una imagen de la situación y de la crítica al clero, tiene que imaginar circunstancias como la siguiente: el presbítero Roqueta, español, vivía en la parroquia con su hermana y su cuñado que hacía de sacristán y, todo se pagaba de la mesa parroquial. De tal manera que, un bandeño normal debía trabajar de sol a sol para mantener su familia Hay que recordar que aún no había horario tarifado de trabajo, las ocho horas, ni descanso de sábado inglés. El cura, por solo celebrar la liturgia y enseñar la catequesis, tenía casa, comida y un ingreso con el que podía pagar lo que llamaríamos una «pyme», que era precisamente su propia familia. Esto disgustaba a los «librespensantes», progresistas, positivistas bandeños. Se formulaban quejas y réplicas. Así una relacionada con los festejos parroquiales de agosto de 1904 aparecida en El Siglo, tenía su contestación por El Liberal el día 5: «Con extrañeza se han leído conceptos que el corresponsal de «El Siglo» transmite a su diario. Seguramente él no frecuenta la iglesia, porque de otro modo hubiera escuchado desde un mes atrás al cura – refiriéndose a Roqueta – recomendando la unión de los fieles católicos para dar solemnidad al acto». Y recrimina: «Llama la atención la crítica que hace el corresponsal mientras que en otras oportunidades en asuntos muy serios en que debió intervenir, no lo hizo». Preguntándose: «¿Será que la autoridad eclesiástica de la localidad, le importa menos a él, que la amistad y parecer de las autoridades civiles?». Si a esto le agregábamos el carácter español del párroco, es decir: fuerte y autoritario, no es lejano imaginar que había chispazos por incomprensiones mutuas.

Y si además, al imperio sacerdotal del cura, le agregamos la fuerza de autoridad política, como el caso del presbítero Areal, que fue intendente, el chispazo se podía convertir en gresca en cualquier momento. El presbítero Areal describía por escrito al Vicario General de la Diócesis, Tirso Yañez, la siguiente situación social y espiritual de la Banda: «… b) El pueblo está dominado por el socialismo y el anarquismo. c) En educación existen dos escuelas socialistas subvencionadas por la Provincia y la Nación. g) Muchos de los casados por civil no lo hacen por la iglesia. Ellos aducen con ignorancia o perversidad que no tienen dinero para adquirir el traje blanco de la novia, los cohetes, la música y el brebaje para el baile, que debe durar uno o más días. h) En la Banda la logia masónica «Voluntad» busca adherentes. i) La nueva generación da perniciosos ejemplos y se manifiesta contra el evangelio y contra el clero. j) En la población domina el elemento extranjero».

Pública era la posición del cura Areal en muchos puntos de la discusión social. En mayo de 1902 escribía: «Conocidos son, por desgracia, las declaraciones de los órganos autorizados de las logias». Y luego les hacía decir en el artículo: «Emprendamos, dicen, corrupción en grande escala, corrompamos al pueblo y al clero por medio de la prensa y esto nos permitirá conducir un día la Iglesia al sepulcro». Así pintaba el presbítero Areal al enemigo y proseguía: «Tal es el desideratum de los fines masónicos, y descubierta queda esa clerofobia que tanto los regocija a los diarios impíos, prestos al servicio de los hermanos del Gran Arquitecto» . Y así como había discusiones, en lo privado y en lo público, había reconocimientos mutuos entre los contrincantes. Este autor ha revisado documentación interna de la Logia 23 de Febrero y encontró en un informe interno, donde se criticaba duramente al cura Areal pero se le reconocía su saber y su cultura, y agregaba «si la verdad debe ser dicha, que sea dicha toda». Y similar actitud puede leerse en «El Figaro», periódico dirigido por Areal, en mayo de 1919, sobre la muerte de Irurzun, maestro socialista y masón, a quien combatió políticamente: «Sus equivocaciones y pequeñeces inherentes a la condición humana, no merman su gran obra y el pueblo de La Banda ha de recordar con gratitud su nombre, ligado a todo lo que de cinco lustros a esta parte implica cultura y positivo progreso a esta ciudad» .

Así era la situación con el primer párroco, presbítero Roqueta, español y catalán. También lo era con el segundo, presbítero Areal, español, gallego y probablemente simpatizante de una restauración carlista. Con el tercero, presbítero Villoria, español y gallego, se agravaba la tensión. La mejora vendría para 1932 cuando se nombra párroco al padre Genaro Tobías Ibarrola . Pero, prosigamos con los sucesos del casamiento de don Alberto y doña Teresa.

Confesión como exigencia

El cura Villoria puso como condición a don Alberto para celebrar el casamiento que debía confesarse. A lo cual, don Alberto aceptó entendiendo por la instrucción cristiana que había recibido y, reafirmada por el catecismo de Pío X, el papa Giuseppe Sarto, que se difundía con mucho celo en la segunda década del siglo pasado, que el sacramento del matrimonio se orientaba a la eucaristía y que ésta como sacramento de vivos debía ser anterior al sacramento del matrimonio. Así lo prescribían también los cánones del reciente sancionado Codex Iuris Canonici de 1917. Por lo tanto: confesión, matrimonio y eucaristía se correspondían.

Hay que imaginarse que la cuestión del sacramento del matrimonio era muy litigioso en ése tiempo entre la autoridad bandeña civil y la religiosa. Lo prueban documentos eclesiásticos incuestionables del tiempo del tercer párroco. El cura Villoria informa al Obispado por escrito el 20 de junio de 1918. «Debido a la campaña en contra del matrimonio religioso por parte del Intendente Municipal y el Jefe del Registro Civil de La Banda, este sacramento poco se imparte». Comunicaba además que, «en el Registro Civil de La Banda cobran cuarenta pesos para dar el certificado correspondiente si se casan por la iglesia, caso contrario se otorga gratis. Lo hacen para perseguir a la religión, porque el Intendente es masón y furioso anticlerical y, el jefe del Registro Civil un degradado por el alcohol», textual en Entre cien Navidades y cien Pascuas, página 82. Y naturalmente que había contestación por la otra parte. Contra el cura Villoria se escribían artículos muy críticos que se publicaban en «El Intransigente», periódico fundado y dirigido por Bernardo Irurzun y Juan Carmona.

De como siguió la causa del matrimonio de mis abuelos, hay dos cuentos que se complementan.

Dos relatos de la huéspeda

El primero relatado por mi abuela Teresa que decía que el abuelo Alberto efectivamente fue a confesarse pero, no con el párroco de La Banda, sino con un cura de la Catedral, en Santiago. De esta manera evitaba toparse con el cura de la iglesia de La Banda en su fuero interno y, que su confesión, que debía ser integral en género, especie y número, no se convirtiera, por preguntas curiosas del eclesiástico, en una ventana abierta a la vida privada de los demás. Una tía abuela mía, Adela Mosca de Giménez, hermana segunda de doña Teresa, me contó, que las mujeres de ese tiempo de La Banda confesaban todo y se extendían a «todo de todos». Así el cura no solo tenía la información pública común, sino que se enteraba además, de la vida íntima del confesante, de la de sus otros feligreses y también de la de los que no lo eran, antes de pronunciar la fórmula sacramental de la absolución: «Ego te absolvo…». Hay que imaginarse también que el traslado a Santiago era por tren a horas determinadas cruzando el Puente Negro. Pero lo importante es que el abuelo Usieto fue y se confesó.

El abuelo Alberto explicó luego a la abuela Teresa, que el cura confesor de la Catedral le había dado como penitencia, que no repitiera oraciones, sino que al salir hiciera una obra de misericordia. La obra de contrición, satisfacción y reparación de sus faltas consistía en dar con espíritu de caridad una limosna al primer pobre que encontrara inmediatamente al abandonar la iglesia. Impuesta y aceptada la penitencia, el abuelo Alberto salió de la Catedral por el atrio y ya en la vereda de la calle 24 de Septiembre, serían las cuatro de la tarde del mes de diciembre con un calor que partía la tierra, miró a la derecha, miró a la izquierda y no vio a nadie, ningún pobre a la vista; así que se volvió a La Banda y ya se sentía justificado y perdonado, porque con certeza moral, buena intención había tenido .

El otro cuento pertenece a mi tía Derna Mosca de Santucci, hermana menor de mi abuela Teresa, testigo presencial de aquel frustrado casamiento religioso y que tiene gran memoria a sus juveniles 90 años sobre las historias de principios de siglo de La Banda, y que completa al anterior. Los novios y el cortejo fueron a la iglesias y allí pasó lo que pasó. Ella dice que el cura interrogó a mi abuelo directamente sobre si se había confesado. Don Alberto contesto que sí, que lo había hecho. Entonces el cura arremetió con inquisitorial estilo: «¿Dónde se confesó Usted?». Don Alberto dijo que fue en la Catedral, a lo que el cura inmediatamente comenzó a los gritos de escándalo manifiesto: «Miente, miente … !!! Usted miente !!! Usted no se confesó nada, … porque allí, en la Catedral, el cura confesor también soy yo; el que se sienta en el confesionario siempre soy yo, y a Usted, no le he visto, no le he escuchado, ni me he enterado de sus pecados. Así que aquí, no hay casamiento. Así que aquí, se acabó el casamiento, y con esto: basta !!!». … y de este modo, ipso facto, quedo pronunciado y ejecutado el anatema. Parece ser que en ese entonces, parafraseando una conocida sentencia latina, era de una eficacia absoluta en La Banda aquello de: «cuando el cura locuta, causa finita…»

Consecuencias

Para dar color e indignación a esta escena, hay que figurarse que el clérigo cerró las puertas del templo, las rejas de ingreso al jardín y las puertas y ventanas de la casa parroquial y, que la discusión se hizo con los novios, padrinos y todos los invitados a la boda situados de pie frente a la iglesia. El sacerdote, al principio, sentenciaba de pie tras las rejas y luego, trepó a la torre de las campanas para seguir vociferando. De nada valió la intervención intercesora de doña Mercedes de Arzuaga, gran dama bandeña, también importante colaboradora de la parroquia y muy amiga de la familia Mosca Descalzi y por ello madrina en la ceremonia religiosa ni la oferta de su marido, Cirilo de Arzuga, que se ofrecía trepar a la torre, bajar al cura a patadas y obligarlo a celebrar el matrimonio .

El grupo tuvo que volverse a casa de los Mosca con el enojo a cuesta para, por lo menos, salvar la fiesta que tenían preparada, la que se hizo a pesar del clima anímico de la situación. La tía Derna Mosca recuerda aún los sollozos de mi abuela Teresa durante el banquete de boda que se entremezclaban con improperios por parte de algunos invitados contra el cura y la madre que parió al cura, sin olvidar a los demás ascendientes en el árbol genealógico del mentado clérigo. Numerosos eran también los brindis, las libaciones y las expresiones de buenos deseos y augurios para los solo civilmente casados. Don Luis Andreoli, fotógrafo de La Banda y, en particular de la colectividad italiana, hizo un registro del momento.

Los nuevos esposos viajaron de luna de miel a Tucumán y durante los treinta y tres restantes años que duró el matrimonio, finalizado por la muerte de don Usieto en febrero de 1954, mantendría doña Teresa Mosca de Usieto la ilusión de casarse regularmente por la iglesia .

Desenlace de la historia

¿Y cómo fue el desenlace de esta bandeña singular historia de casamiento de hace más de 80 años? La historia terminó así:

El cura se salió con la suya, no los casó, pero Dios, Padre de bondad y también de la Vida, bendijo a los nuevos esposos con la alegría de la llegada del primer hijo, exactamente nueve meses después de esa tan, pero tan accidentada liturgia. Y uno podría decir, que aquel día funesto concibió la abuela. Esa fue la gran bendición de Dios. Carlos Usieto Mosca, mi padre, primogénito del matrimonio de don Alberto Usieto Gavín y doña Teresa Catalina Mosca Descalzi, nació el 15 de septiembre de 1921 a los nueve meses del frustrado casamiento religioso . Y este es el motivo de nuestra alegría.

«A.M.D.G. (Ad maiorem Dei gloriam)», agregaría intencionalmente y con picardía San Ignacio de Loyola, lo que debe entenderse, como que Dios sabe manifestarse a su tiempo con sobreabundante generosidad. Así lo interpretaron mis abuelos y así, lo comprendimos nosotros, y por eso, celebramos familiarmente su 80º Aniversario. Deo gratia.

¿Y el cura Villoria?

Finalmente el lector querrá saber, ¿qué fue de la vida del cura Adolfo Villoria? La versión popular cuenta que «Poco tiempo después de lo de tu abuelo, colgó los hábitos, se instaló en una finca en las afueras de La Banda, se incorporó a la tropa política irigoyenista, tomó mujer y dejó descendientes…», relato de un destacado vecino bandeño hecho al autor hace algún tiempo.

De allí, que se lo adjetivó como «sacerdote apóstata». Así, por ejemplo, Ricardo Rogelio Suárez, en Imágenes de mi aldea dice: «El padre Villoria, sacerdote apóstata de su ministerio, por violar su voto de celibato y aún a pesar de haber sido anatemizado por la Santa Iglesia de Roma, continuó suministrando algunos sacramentos: bautismos pero con fiestas, confirmaciones pero de la misma manera, unciones pero con agua ardiente…» en pág. 141.

La verdad tiene otros matices y recién ahora es conocida. En 1921 el presbítero Villoria pidió permiso para viajar a España, ya que su madre se encontraba enferma. El permiso le fue negado por la autoridad competente. Villoria desobedeció y se embarcó igual. A la muerte de la madre regresó a Santiago. Aparentemente la autoridad eclesiástica de entonces no le dio la incardinación ni tampoco la missio canónica, la licencia sacerdotal para ejercer en la diócesis, por lo tanto, todo lo que hiciera en adelante podría ser válido pero, seguro que ilícito.

Villoria se instaló entonces con una finca en La Banda. Contrató a José Agostiñho Da Silva para trabajar en su parcela rural y, luego de un cambio de finca, lo hizo su socio, y así se integró a la familia Da Silva haciendo de sus miembros sus protegidos y herederos. «En la finca «Doce Quebrachos» de su propiedad, impartía catecismo a los niños y reunía a los mayores en el rezo diario del rosario. Se convirtió en la zona en el requerido asesor espiritual y, por su clara inteligencia, era consultado también por problemas legales y de otro orden». Enfermó de cáncer en 1950 y falleció en marzo de 1951. Así se cuenta en: Entre cien Navidades y cien Pascuas, pág. 79-81.

Reflexión final

Aproximarse a estas historias de vida es un trabajo de investigación interesante, porque son ventanas que se abren a ideas, mentalidades, situaciones personales, circunstancias fácticas e históricas que vivieron otros. El ejercicio de describir el mapa de donde se dieron es, ya de por sí, un ejercicio de comprensión, un ejercicio de caridad. Sobre todo se palpan los límites personales. La verdad de una vida solo la dice Dios en la vida eterna, a nosotros solo nos queda acercarnos a lo que podamos, a esbozarlas como las vemos. La sociedad bandeña es muy rica en estas historias y es trabajo de bandeños identificarlas y recuperarlas. Los bandeños mencionados en las notas hacen de esta labor un ejemplar testimonio de su cariño por La Banda. Todos somos conscientes que en este trabajo surgen siempre malentendidos y enojos. A los primeros se los puede superar con buena voluntad y diálogo, a los segundos se impone el famoso personal doble trabajo: «enojarse y desenojarse», si se puede. Alegrías abundan. Tengo la seguridad de la fe que los implicados en esta historia: mi abuelo Alberto, mi abuela Teresa y el cura Villoria junto a mi padre Carlos se sonríen desde la eternidad por ver como pude reconstruir los hechos y pude contarlos. Eso me da paz. Hasta la próxima.

Nota: Profesor de Propiedad Intelectual de grado y posgrado en la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires. UCA. Este relato lo he publicado en el número de Navidad de 2000 del diario El Liberal

Autor

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