Panorama Católico

Cristo es Rey y debe Reinar

En 1925 el Papa Pío XI sacaba a la luz su Encíclica Quas Primas, sobre el reinado de Cristo.  Esta gran Fiesta (se celebró este año el domingo 26 de octubre.

En 1925 el Papa Pío XI sacaba a la luz su Encíclica Quas Primas, sobre el reinado de Cristo.  Esta gran Fiesta (se celebra este Domingo 26 de octubre en el Vetus Ordo y el 23 de noviembre en el Novus Ordo) nos debe hacer pensar sobre el tema.

Reinado de Cristo y discernimiento de espíritus

La Encíclica empieza afirmando que la paz verdadera existe cuando Cristo reina (n. 1). La misma Sagrada Escritura nos lo enseña cuando nos muestra los frutos de los que siguen a Cristo: “el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fidelidad,  mansedumbre, templanza. Contra tales cosas no hay ley. Los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y las concupiscencias” (Gal 5, 24). Ciertamente, los problemas del mundo y la Iglesia actual tienen que ver con que Cristo no reina y Cristo debe reinar.

El Papa Pío XI afirma “no sólo exhortamos entonces a buscar la paz de Cristo en el reino de Cristo, sino que, además, prometimos que para dicho fin haríamos todo cuanto posible nos fuese. En el reino de Cristo, dijimos: pues estábamos persuadidos de que no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración del reinado de Jesucristo”. El Papa escribía en esos años luego de la tremenda experiencia de la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra, había sido llamada. Jamás en la historia de la humanidad se había visto semejante espectáculo de destrucción, de muerte, de terror. Todas las ilusiones del progreso se habían derrumbado ante la cruda realidad. Sin embargo, el mundo no aprendió y sobrevino una experiencia peor que fue la Segunda Guerra donde la muerte y la destrucción adquirió proporciones gigantescas. En nuestros días, marcados por la guerra y la persecución en algunos lugares, por el asesinato de inocentes en otros ¿no sería hora de levantar fuerte la voz que repita esas sabias palabras? “no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración del reinado de Jesucristo”. Lamentablemente hoy se hace lo contrario. Se esconde esta enseñanza de la Iglesia, se renuncia a la figura de Cristo Rey, se la esconde detrás del Buen Pastor. Ambos son figuras de Cristo, Hijo de Dios, Verbo eterno, Pastor de las almas y también Rey de los corazones y las naciones, que tiene que reinar.

Además la Quas primas nos recuerda que “Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así, se dice que reina en las inteligencias de los hombres, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia cuanto porque Él es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de Él y recibir obedientemente la verdad. Se dice también que reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque en Él la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la santa voluntad divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres porque, con su supereminente caridad (Ef 3,19) y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie —entre todos los nacidos— ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús. Mas, entrando ahora de lleno en el asunto, es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de Él que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino (Dan 7,13-14); porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con Él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas” (n. 6). Como afirma entonces el Papa, Cristo no es Rey sólo en sentido metafórico o simbólico sino en “sentido propio y estricto”. Cristo es Rey por su naturaleza, por derecho. Cristo es Rey y tiene que reinar.

Ámbitos del reinado de Cristo

¿En qué ámbitos se da el reinado de Cristo? En todos. Cristo es Rey en el ámbito de lo espiritual (en la inteligencia, en la voluntad, en el corazón), en el ámbito de lo temporal, en el ámbito de los individuos y en la sociedad (sobre todos los hombres, incluso sobre los no católicos). En los tiempos actuales, en los que tenemos temor de hablar del reinado de Cristo aún entre los católicos ¡qué decir de hablar del Reinado de Cristo sobre los no católicos! Pero eso es lo que dice el Santo Padre “a todos los hombres se extiende el dominio de nuestro Redentor, como lo afirman estas palabras de nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII, las cuales hacemos con gusto nuestras: El imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano” (n. 15. Cfr.León XIII, Enc. Annum sacrum, 25 mayo 1899). ¿Quiénes son los que deben hacer posible el reinado de Cristo? Nosotros, sus discípulos, soldados de su reino. Porque Cristo es Rey y tiene que reinar.

Cristo rey contra el moderno laicismo

 Uno de los grandes males de los tiempos que corren es esta suerte de reedición de la antigua herejía arriana, resignificada por el modernismo o progresismo. No en vano San Pío X enseña que “Abrazando con una sola mirada todo el sistema [del modernismo], ¿quién podrá asombrarse de que Nos. lo definamos como el conglomerado (collectum) de todas las herejías? Pues a la verdad, si alguien se hubiera propuesto reunir en uno, el jugo y como la esencia de cuantos errores existieron contra la fe, nunca lo habría logrado más perfectamente de lo que lo han hecho los modernistas” (Pascendi, n° 53). Así pues, si la herejía arriana negaba la divinidad de Cristo, el modernismo o progresismo ha retomado esta herejía aunque de un modo más sutil: no niega, en muchos casos, abiertamente y directamente la divinidad de Cristo, sin embargo enfatiza tanto su humanidad que desdibuja y oculta completamente su divinidad. En ese marco conceptual hablar de la reyecía de Cristo acerca nuetro pensamiento a la divinidad de Cristo, de allí que para el modernismo lo políticamente correcto sea hablar de Jesús el Buen Pastor y no de Cristo Rey. Y sin embargo, Cristo es Rey y debe reinar.

El laicismo moderno ha tenido un plan y una estrategia que el Papa desnuda en la Quas Primas cuando afirma: “Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad. Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios” (n. 23). El Papa con absoluta claridad denuncia los pasos del laicismo: 1°- negación del imperio de Cristo, 2°- negación a la Iglesia del derecho de enseñar, 3°- igualamiento de la religión cristiana a las demás y rebajamiento, 4°- sometimiento de la Iglesia al poder civil, 5°- sustitución de la religión de Cristo por una religión natural, religión del hombre.  Si observamos con atención estos pasos, hoy se pretende incluso dentro de la Iglesia de Cristo llevar adelante este proceso. Pero esto no tendrá éxito porque Cristo es Rey y debe reinar.

La fiesta de Cristo Rey y el Cardenal Pie

Finalmente, el Santo Padre establece en la Quas primas la celebración litúrgica de Cristo Rey con algunas precisiones al respecto: “Por tanto, con nuestra autoridad apostólica, instituimos la fiesta de nuestro Señor Jesucristo Rey, y decretamos que se celebre en todas las partes de la tierra el último domingo de octubre, esto es, el domingo que inmediatamente antecede a la festividad de Todos los Santos. Asimismo ordenamos que en ese día se renueve todos los años la consagración de todo el género humano al Sacratísimo Corazón de Jesús, con la misma fórmula que nuestro predecesor, de santa memoria, Pío X, mandó recitar anualmente” (n. 30).

Como observa el P. Alfredo Sáenz, el gran predicador contemporáneo del Reinado Social de Cristo fue el Cardenal Pie, Obispo de Poitiers. Pues bien, el triunfo más espléndido para la doctrina que el Cardenal había enseñado a fines del siglo XIX fue la encíclica Quas primas y la fiesta litúrgica que el Papa Pío XI estableció .

El ejército del Anticristo enseñaba el Cardenal Pie está formado por distintos tipos de soldados: los enemi­gos declarados de Jesucristo, los neutrales, y los cristianos “has­ta cierto punto”. Todos ellos, son los que se creen exentos de in­clinarse ante Aquel frente al cual “ha de doblarse toda rodilla”. Los primeros son los que militan activamente contra la Realeza de Cristo, tratando de sustraerle los individuos y las naciones. Los segundos, son los que pos­tulan, en vez de la doctrina enseñada por Cristo, una ciencia in­ventada por los hombres, autónoma y subversiva, olvidando aquello que escribía el mismo Apóstol: “Dios nos ha dado armas poderosas para destruir esta fortaleza filosófica donde te refugias, para derrocar toda altanería que se eleve contra la ciencia de Dios, y para cautivar toda inteligencia bajo el yugo de Jesucristo” (2 Cor. 10, 4-5). Los terceros, son quienes están dispuestos a acep­tar tan sólo a un Jesús restringido, limitado, a pesar de que, como enseña la Escritura, “plugo a Dios restaurar todas las cosas en Jesucristo… a quien puso por cabeza de todas las cosas” (Ef. 1, 10-22), y someterle de tal manera la naturaleza entera que nada escapase a su imperio (cf. Hebr 2, 8); no existe un cristianismo a medida del hombre, con márgenes y reservas. Por desgracia, el “no queremos que Cristo reine sobre no­sotros” es un grito que encuentra eco en no pocos católicos, es­pecialmente aquellos que integran el llamado “catolicismo liberal”. Pie aludirá a ellos ampliamente en sus homilías y otros documentos, como expone el P. Alfredo Sáenz .

¿Cómo pudo darse el proceso por el cual el hombre, que comenzó sustrayéndose a la soberanía de Dios, acabaría por declararse a sí mismo soberano, proclamando luego la soberanía del pueblo? Así lo explica Pie: “Era fácil preverlo. El hombre no había cumplido una obra abstracta al proclamar sus derechos y al decretar su soberana in­dependencia; una apoteosis puramente metafísica, no lo hubiese satisfecho por largo tiempo. Es propio de Dios amarse a sí mis­mo, dirigir todo hacia Él. El hombre, convirtiéndose a sí mismo en su Dios, sólo fue consecuente al encauzar todo hacia él mis­mo como a su fin último. La moral y el culto debían constituirse en armonía con el dogma; y, una vez admitido el dogma de la deificación del hombre, la idolatría de sí se convertía en un culto racional, y el egoísmo era elevado a la dignidad de religión” .

Sin embargo, debemos estar ciertos de que el clamor de los que gritan “No queremos que Este reine”, eco del satánico “Non serviam”, por resonante que sea, nunca será capaz de destronar a Jesucristo. Porque todos somos súbditos de Dios, ya reconozcamos su autoridad, ya rechacemos su soberanía. El mundo fue creado para su gloria. La soberbia del hombre nada puede contra el imperio del Señor . Por eso es que, lo quiera el mundo o no, Cristo es Rey y ha de reinar.

Sáenz, Alfredo. El Cardenal Pie. Bs. As., Gladius: 2007, p. 75.

Ibídem, p. 87.

Oeuvres, T. I, p.598-599, en: Ibídem, p. 88.

Ibídem, p. 89.

 

Autor

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