Panorama Católico

Crónica de unos días extraordinarios

Después de recopilar impresiones, meditar la propias y tomándonos el tiempo prudente para serenar el ánimo asumimos el deber de cortesía y de justicia para con Mirella Pizzioli, nuestra invitada y para con nuestros lectores de relatar una breve crónica de su visita.

Escribe Marcelo González

Después de recopilar impresiones, meditar la propias y tomándonos el tiempo prudente para serenar el ánimo asumimos el deber de cortesía y de justicia para con Mirella Pizzioli, nuestra invitada y para con nuestros lectores de relatar una breve crónica de su visita.

Escribe Marcelo González

Como ya he dicho en otro artículo, conozco el caso de Mirella desde hace algún tiempo y he sido minuciosamente informado sobre hechos extraordinarios vinculados a ella por personas que merecen confianza. Antes de conocerla personalmente me hizo saber que unas gravísimas dificultades que afectaban a mi familia y por las cuales le había pedido oraciones se resolverían en breve. De verdad, dos de estos problemas mayores se resolvieron esa misma semana, y uno de ellos de un modo sorprendente, casi increíble. En la semana del 21 al 24 de noviembre tuvimos la posibilidad de tener extensas charlas, oír una conferencia y recibir a Mirella Pizziolli en visita como a una antigua amiga.

Su historia está muy bien compendiada en el prólogo del libro “La Gran Puerta está Abierta”, en preparación, que saldrá a la venta a principios de febrero de 2008, Dios mediante. Ahora diremos cuánto de aquello que nos refirieron lo hemos podido constatar por nosotros mismos, además de lo que ya habíamos podido comprobar.

La historia de estas gracias que Dios ha permitido que reciba viene de hace ya unos 20 años. A lo largo de ese tiempo ella ha vivido una enorme cantidad de hechos que apenas si están consignados en un pequeñísimo porcentaje en sus libros.

Conocer a una persona así es, de algún modo, inquietante. Así fue como me sentí el día en que nos encontramos por primera vez, en compañía de algunos amigos, y charlamos no menos de seis y casi siete horas, las cuales pasaron sin ser sentidas, un fenómeno permanente en la relación con Mirella.

Mirella es muy menuda, viste con discreta elegancia a manera tradicional de cualquier señora de su edad, tiene modales muy suaves, se siente más cómoda hablando italiano, a pesar de conocer muy bien el castellano. Es evidente que necesita la mayor capacidad expresiva que maneja en esta su lengua materna. En especial cuando habla de las cosas de Dios.

Tiene una autoridad natural, que por momentos se refleja en algunos gestos suavemente imperiosos. Participa de la conversación, que fluye con naturalidad con un cierto –para ella- incómodo protagonismo, aún sin proponérselo. Cuando se lo propone, es decir, cuando siente que debe decir algo que ve o que debe transmitir, se impone con un gesto.

Tanto ella como su acompañante Marinella extrañaban mucho la lejanía de sus respectivos esposos. Durante esta reunión se comunicaron telefónicamente con ellos a la hora en que deberían estar cenando juntos, y la hora de irse a dormir. La referencia a su hogar es permanente. Mirella va por el mundo sorprendida de la carga que el Señor le ha impuesto, venciendo su timidez y añorando volver a casa.

Mirella ve “criaturas celestes” (almas del purgatorio o del cielo, también ángeles y santos). También a Nuestro Señor y a su Ssma. Madre. La criaturas aparecen ante ella durante la conversación. A veces considera prudente decir algo a los circunstantes, otras calla.


En esta mi primera reunión personal me refiere la imagen de una persona, una señora vestida a lo antiguo. No puedo relacionarla con nadie. Aún no he podido. Luego otra. Es un santo. Tampoco es de mi devoción particular. Esto en medio de una charla por momentos menuda, propia de una reunión de amigos que están comiendo juntos. Nos despedimos pasada la medianoche, ella siempre desborda afecto y cordialidad, aunque el cansancio muestra sus huellas.

El segundo día nos encontramos en la radio para hacer el programa. No suele salir por los medios. Nunca por la TV. Mirella estaba muy temerosa: era casi la primera vez que hablaba en castellano directamente al público, aunque un público invisible. Casi no hubo llamados, luego del programa empezaron a sonar los teléfonos. Pueden escuchar la grabación. Nos acompañó en la mesa de entrevistas un amigo, Luis Seligmann. Algunas de sus afirmaciones al aire nos parecieron que ameritaban ampliación o precisión. Le preguntamos en reunión privada. Mirella siente su limitación expresiva: explica en italiano. Su exposición no es orgánica ni teológica, pero las dudas se van aclarando.

El miércoles nos reunimos para presentarla a sacerdotes amigos. En la charla toma la palabra casi de repente y los conmina a “gastarse las manos bendiciendo”. Luego habla del estado de la Iglesia en Europa, que ella conoce bien. Es triste. Tiene confianza en el Sumo Pontífice, que poco a poco irá volviendo las cosas a su cauce… Les pone por ejemplo de sacerdocio a los “tradicionalistas” (no aclara ni distingue entre grupos o movimientos) “Ellos tienen la iglesias llenas, familias numerosas, dicen la misa con piedad…” Los encomillados reflejan conceptos recordados de memoria, no palabras necesariamente textuales. “No tengáis miedo…” Esto lo repite varias veces, y sí es textual. Parece percibir el temor del clero bajo la tiranía episcopal. Les pide su bendición. “Sin vosotros ¿de que sirve lo que hace Mirella?”. Tiene claro que el ministerio de santificación es sacerdotal. Claro que Dios elige a veces otros medios como auxiliares extraordinarios.

El jueves la Conferencia en el Hotel Intercontinental. Conseguir salones allí, con pocos días de anticipación y a una precio menos que módico es otro hecho extraordinario. Se anotan 120 personas, asisten unas 80 a 85. Antes de comenzar Mirella se muestra ansiosa. Estábamos hablando en el lobby y la cara se le ilumina: llega un sacerdote. Le causa profunda alegría. “En mis conferencias siempre hay un sacerdote”. Ninguno de los invitados fue. El que fue no había sido invitado. Se enteró casi a mediodía de ese jueves y me llamó. No pude atenderlo y dejó mensaje. Contesté su mensaje con otro mensaje, invitándolo a venir porque habría un lugar para él. De hecho es quien rezó antes y después de la conferencia, y dio su bendición, por pedido de Mirella.

La mesa desde donde lee su texto es pequeña, el salón ha quedado chico. A su espalda una bandera argentina y a su izquierda la imagen de la Purísima de Luján, cuyo santuario Mirella visitó al día siguiente de su llegada.

La conferencia es larga, casi tres horas. Ella lee en buen castellano, y refrenda con comentarios parte en castellano, parte en italiano. Sigue necesitando la expresividad de su propia lengua para decirnos, casi como un argumento de autoridad, lo mismo que nos ha dicho en español.

Una amable traductora la asiste por si olvida o no conoce algún giro expresivo. Al menos esa era la idea. A medida que avanza la conferencia, algo tensa al comienzo, se apodera de la gente una fuerte emoción. La traductora llora buena parte del tiempo. Mirella cada tanto la mira tiernamente y le hace un gesto de consuelo. Muchas mujeres lloran. Y varios hombres también. ¿Por qué? ¿Qué está diciendo que conmueve y produce un silencio absoluto? Habla de Dios, de las postrimerías, de las almas del purgatorio, del cielo, de elevar nuestras miras a las cosas celestiales.

Tiene un notable talento para decir estas cosas. Refiere anécdotas de casos que ha vivido, personas que ha asistido en sus problemas, dolores, enfermedades. Y luego reflexiona sobre los que Dios nos pide. Habla mucho sobre “su misión”, no sabe cuando terminará. Por ahora continúa. Habla del origen de sus libros, de sus conferencias, pedidos por el Señor.

Vuelve a referir la crisis de Fe del clero: “Me vienen a ver muchos sacerdotes. Algunos viven en pecado. Les recrimino: deberías sentir vergüenza de tu vida. Otros me preguntan asombrados, después de una larga charla ¿entonces, lo que dice el Evangelio es verdad?”. Así estamos.

Es de notar que en la conferencia enfrenta un auditorio calificado. Muchos de los asistentes son personas sólidamente formadas en la doctrina católica, en teología inclusive. Su modo de exponer es inusual, pero no el contenido sino en el punto de enfoque de los temas. Claro, siempre quedan dudas. En estos casos siempre hay dudas y solo la autoridad de la Iglesia puede dirimir.

¿Ve personas “del cielo”? Sí, niños, siempre hay niños en sus conferencias. También un ángel. Mirella nos invita a pedirle calladamente gracias para que presente ante el Señor. Silencio absoluto. Mira a lo alto. Alguien me señala el rostro de Mirella, la expresión mientras ve algo donde nadie más ve nada. Tenía una expresión muy particular, estaba mirando algo bello y sobrenatural. Baja el rostro pausadamente. El ángel se ha ido. “Alguien será feliz”, dice, sonríe y continúa.

El sábado, estando Mirella en mi casa, recibo un llamado. Es una persona que asistió a la conferencia, persona que yo conozco porque es oyente del programa de radio y llama con cierta regularidad. Me pide le haga llegar su agradecimiento a Mirella. Acaba de reconciliarse con su hija después de un año de distanciamiento. Es la gracia que había pedido al ángel. La iniciativa, me dice, vino de su hija, residente en España. Ella la llamó apenas minutos antes de llamarme a mí buscando a Mirella.

Nadie más me ha referido ninguna gracia vinculada con este momento.

Casi tres horas de conferencia que pasan rápido. Pocas personas se han ido. Algunas porque el horario excedía su tiempo. Una que otra visiblemente disgustada. Mirella lo nota. Hace una pausa para que puedan irse. “Siempre pasa lo mismo, en todas las conferencias. Cuando veo que están muy a disgusto hago una pausa para que se vayan”.

El viernes recibe familiares de amigos. Larga sesión de consultas sobre el destino y las necesidades de los muertos de la familia. Algunos han salido del Purgatorio. Otros necesitan oraciones, misas. Se conmueven corazones poco ligados a la piedad católica. Encargarán misas. ¿Habrá conversiones? Dios dirá.

No se de casos en los que haya visto almas en el Infierno en esta visita. ¿Calla en estos casos? Posiblemente. Al referirse al Infierno en la conferencia (y otras varias veces) ha dicho que para quedar condenadas las almas deben a conciencia rechazar a Dios hasta el último momento. Estas almas a veces se le presentan y le comunican que no recen por ellas. La oración aumenta sus sufrimientos. Están llenas de odio, como que ya son posesión del demonio.

El sábado asiste a misa tradicional. Una misa de requiem ha tocado, providencialmente. El sacerdote habla de la “puerta” que significa la muerte, una puerta hacia la vida eterna. El difunto ha sido vencido por la gracia casi sobre el final de su agonía. Ha recibido los sacramentos, ha muerto con los auxilios de la Iglesia a pesar de que durante su vida no fue dócil al llamado de Dios.

Charla brevemente con el oficiante después de la ceremonia. Luego le pide su bendición que recibe, por primera vez, de rodillas. Siempre parece alegre en compañía de los sacerdotes. A veces los trata con autoridad. Les reconviene no tener miedo. En este caso, el comentario es “qué bella ceremonia. No he traído mi mantilla conmigo, qué pena. Siempre la llevo en la valija porque a muchos lugares donde voy hay misa tradicional.”

Comida en familia y con algunos amigos. Dice a una de mis hijas en un momento: veo un joven muerto en accidente. Está aquí desde que llegué. Nadie sabe dar referencia de ninguna persona recientemente muerta en esas circunstancias. Luego del almuerzo, consultas privadas. En todos los casos ha referido datos de los difuntos que era imposible que conociera. Detalles de familia, de carácter, hábitos, si estaban avenidos o no con su familiares: para estas consultas pide fotos, para identificar a las personas y relacionarlas con lo que ve. Pero los hechos que refiere son imposibles de conocer si no los sabe por vía sobrenatural.

Una visita de última hora: se devela el misterio del joven muerto en un accidente. Quien llega viene a preguntar por un amigo muerto en estas circunstancias hace ya varios años. Mirella comprende y sin ver retrato lo describe exactamente.

Nadie grita, nadie se desmaya, nadie se pone histérico. Todo fluye naturalmente, a pedido de las personas. Todos guardan sus dichos, recibidos en privado, con cierto pudor, y luego, al cabo de las horas o después de varios días van preguntando a los demás. Así surgen estos testimonios.

Ella pone límites. Está muy cansada. Tiene todavía otros compromisos. Pide fotografiarse con todos. Derrama afecto, tanto como gracia Marinella, su fiel asistente en estos viajes. Ambas son bien italianas, pero de modo distinto. Mirella reservada, suave, tímida. Marinella expansiva, espontánea, locuaz. Habla con todos y con todos se entiende (no por don de lenguas sino por su natural comunicatividad y porque el italiano, en la Argentina, es casi segunda lengua).

En fin, caso abierto. Nada hay de Fe. Nadie está obligado.

Vale la pena conocerla porque, quede uno convencido o no de sus gracias o dones gratis datae, ella conmueve toda la visión que tenemos del mundo sobrenatural. Muchas veces lo vemos como demasiado teórico. Son verdades de Fe, pero ¿cuántos de nosotros confiamos en nuestro ángel de la guarda como en un amigo fiel y constante? ¿Cuántos nos ocupamos de nuestros muertos, de su salud espiritual con oraciones, misas, indulgencias…? Hay un fuerte temor a la “beatería”, especialmente en los hombres, especialmente en los más “intelectuales”.

Aun los católicos de misa tradicional, que dominicalmente rezamos los textos litúrgicos ¿cuántas veces somos concientes de que el altar durante la celebración está rodeado de ángeles? ¿Qué cuando el sacerdote envía al ángel a ofrecer la oblación para que sea grata a Dios, realmente lo está enviando, no es una metáfora?

Si fuésemos más sobrenaturales viviríamos con toda familiaridad entre ángeles, santos, almas benditas y ni que decir de la Presencia Real de Nuestro Señor y de la materna protección de la Virgen Santísima. Muchos vemos esto con tibieza, ya sea por debilidad de fe o por cierto prejuicio intelectualista.

Un amigo me decía: “la misión de Mirella es para las almas sencillas”. No estoy del todo seguro. Sin duda en el Juicio Final nos llevaremos muchas sorpresas. Sin la sencillez evangélica ¿será posible la salvación? Esto atañe especialmente a las almas cultivadas y ganadas con no poca frecuencia por cierta “complejidad” de espíritu que los acerca a una suerte de mitigada desesperación bajo forma de resignación: no se puede hacer nada. Y, en realidad, se puede hacer todo.

Consultando sobre este tema a un hombre de Dios, a un sacerdote sabio en teología y en cura de almas, sin más vueltas me dijo: “Estos fenómenos son más comunes de lo que se cree y han ocurrido en todas las épocas de la Iglesia. No todos son reconocidos o recordados y no todos son santos”.

Buscando, pues, transmitir con esa sencillez que añoramos, digo lo que vi. Jamás he cultivado el “aparicionismo”, no pretendo definir nada ni mucho menos fomentar ningún movimiento de seguidores. No tendría sentido alguno. Esto me vino providencialmente y porque me parece valioso lo comunico. Queda en la prudencia de cada uno discernir.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Comentarios

Anónimo
24/07/2009 a las 3:23 pm

Deseo dar Gracias y pedir oracion

Soy Liliana  de un pueblo de Tunuyan. Mendoza, doy gracias de poder haber conocido sus testinonios  a traves de una religiosa que habia estado en una conferencia en Córdoba, nos regalo el Libro " La Gran Puerta esta abierta", mi  marido se enamoró de los relatos y conocimos la importancia de rezar por las almas del purgatorio. Necesitaria oracion por  mi familia. Y si estuviese la posibilidad conocer mas de Ella.



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