Panorama Católico

Cruzada y Jihad: ¿el mismo concepto?

Una de las calumnias más difundidas contra las Cruzadas de reconquista de Tierra Santa consiste en afirmar que los cristianos en armas, los cruzados, fueron una fuerza de "…conquista"… para la imposición de la Fe cristiana.



Escribe Agustín Moreno Wester.

Una de las calumnias más difundidas contra las Cruzadas de reconquista de Tierra Santa consiste en afirmar que los cristianos en armas, los cruzados, fueron una fuerza de "…conquista"… para la imposición de la Fe cristiana.



Escribe Agustín Moreno Wester.


Las naciones que han perdido sus territorios a manos de invasores entienden bien el concepto de "…reconquista"…. Los argentinos lo teníamos bien sabido desde las invasiones Inglesias de 1806 y 1807, y lo hemos recordado a partir de Malvinas.

Siempre que una verdadera nación combatió por expulsar a invasores, lo hizo amparada en un derecho natural. No siempre estos combates fueron victoriosos y ocasionalmente de la sumisión de la derrota se siguieron bienes que los propios invadidos no hubieran sospechado siquiera. Así, los pueblos bajo el Imperio Romano recibieron una herencia cultural y luego religiosa que constituyó un bien largamente mayor que la autonomía perdida, o relativamente perdida, dado el particular sistema de gobierno que Roma imponía sobre aquellos a los que conquistaba.

En otros casos, por ejemplo el de los pueblos bárbaros que destruyeron el Imperio de Occidente, después de un interregno de oscuridad, fueron lentamente asimilados por la cultura superior a la que pudieron arrasar materialmente, pero jamás reemplazar en lo esencial. Así se forjó la extraordinaria, riquísima y variada sociedad medieval que denominamos Cristiandad. Los conquistadores fueron conquistados por una cultura superior y una Fe poderosa por la firmeza de sus fieles y la mansedumbre sobrenatural de sus procedimientos.

Esa sociedad de hombres imperfectos, la Cristiandad, fue convocada por el Papa Urbano II en el 1095 a deponer sus rivalidades feudales y dinásticas, en pos de un ideal alto y noble. Exhortó a los cristianos, porque los Santos Lugares, permanentemente visitados por peregrinos desde siempre, habían sido invadidos, hollados, execrados y los fieles católicos que allí habitaban, reunidos en innumerables comunidades, las primeras, las más antiguas, muchas de ellas fundadas por los apóstoles mismos, eran víctimas de una persecución brutal. De hecho muchas iglesias particulares desaparecieron en el norte de Africa, allí de donde provenía, por ejemplo, San Agustín y tantos padres de la Iglesia, tantos mártires y santos gloriosos.

Los pueblos que han emprendido guerras de reconquista de sus territorios o de defensa de sus compatriotas oprimidos por invasores en dichos territorios muchas veces han tenido una motivación religiosa. La hermandad que los unía era de orden superior, la propia de los hijos de un mismo Padre, además de hijos de la misma patria. Esto nada tiene que ver con el concepto de Jihad que -sea originario o adenda posterior al Corán de la época en que Mohamed se entronizó de Medinah- figura en él con el sentido específico de "…conquista y sometimiento por la fuerza de los "…infieles"… a la fe islámica, instauración de un gobierno teocrático, y muerte, reducción a esclavitud o en el mejor de los casos a la servidumbre -bajo fuerte tributo- en la categoría de habitantes despreciables. "…Perros cristianos"…, por ejemplo, ha sido un apelativo común para referirse a nuestros hermanos en la Fe. Es verdad que corrientes dentro del islamismo interpretan las suras que aluden a ellas en un sentido místico, de lucha interior. Pero es también una verdad histórica aplastante que la expansión del Islam la histórica y la actual se realiza bajo esta consigna.

La Iglesia prohibe expresamente la conversión forzosa y consecuentemente el bautismo de los hijos de judíos, paganos o infieles, contra la voluntad de sus padres (salvo casos excepcionales). Inclusive lo prohibe si sus padres consienten en este bautismo por otros motivos que no sean los legítimos, es decir, hacerlos miembros de la Iglesia y educarlos en la Fe católica. Hablar de la imposición de la Fe por la fuerza como práctica doctrinalmente aceptada y normalmente realizada por los cristianos, es una calumnia solo fundada en la ignorancia y el prejuicio, en la deformación o generalización de hechos históricos ocasionales, poco frecuentes, casi siempre vinculados a cuestiones de Estado de algunas naciones cristianas que hay que analizar con más fineza.

La Iglesia ha practicado siempre la "…evangelización"…. Su mandato es "…id y predicad"…. Ha llamado, sí, a la defensa y reconquista de los lugares sagrados y de los cristianos sometidos al yugo de los seguidores del Corán, de los estados cristianos amenazados. No otra cosa fueron la Cruzadas propiamente dichas. No otra cosa fue la reconquista de España. No otra cosa fue la defensa de Viena. Las campañas contra bereberes y ottomanos con frecuencia herían profundamente intereses comerciales o políticos de algunas naciones europeas, o sus ambiciones geopolíticas. Algunas repúblicas italianas y la misma Francia han traicionado a Europa cristianan no pocas veces. Y por la inversa, durante largos períodos la reconquista española avanzó sobre los reinos moros imponiéndoles tributo y a veces alianza militar contra los "…fundamentalistas"… coránicos que cruzaban el Mediterraneo para reavivar la ansias de conquista de Europa, aplacadas en aquellos islámicos que, sensuales y ávidos de buena vida, preferían llevarse bien con los cristianos y olvidar la difusión del Corán por la espada.

Cuando San Pío V propiciaba la batalla de Lepanto estaba salvando a Europa, frenando la piratería y el pillaje de los musulmanes y redimiendo a millares de cautivos. Cuando el beato Marco d'…Aviano cabalgaba con el estandarte de la cruz entre las tropas que libraron la batalla de Viena, impedía la caída de la Europa cristiana en manos de los tremendamente crueles turcos, del imperio otomano, islámicos de los más crueles, que, como era de práctica entre ellos, mandaban en la avanzada de sus ejércitos, a guisa de carne de cañón, a los genízaros. Los genízaros eran cristianos que habían sido secuestrados cuando niños y educados como soldados en el odio a la Cruz de Cristo. De este modo tenían una fuerza de bautizados involuntariamente apóstatas para abrir brecha contra los ejércitos cristianos a quienes les espantaba la idea de atacar a los propios tanto como la ferocidad de su odio contra la Cruz. Una práctica, ésta, que no deja de pintar a lo vivo el carácter de los seguidores de Islam inspirados por la Jihad, el mismo que ahora forma escuelas donde instruyen desde niños a los palestinos, -esas víctimas de los horrorosos campos de concentración israelíes que son los asentamientos de refugiados- para ponerse un cinturón de explosivos y hacer volar cualquier objetivo. Porque todo resulta lícito para los predicadores de la Jihad.

Por eso no debemos ni avergonzarnos de que nos llamen cruzados ni engañarnos sobre cualquier posible complicidad con las acciones de Bush y su entorno pro sionista. Sus motivos espurios solo han causado el sufrimiento de los cristianos en Israel, en Irak, en el Líbano y en tantos lugares remotos, y espantosas injusticias contra los pueblos islámicos que merecen justicia y caridad. Ningún cristiano bien nacido dejará de reconocer la razonabilidad de los reclamos palestinos sobre su tierra y el derecho a una vida digna. Pero tampoco deberá olvidar o desconocer el carácter fácilmente fanatizable de la mentalidad islámica, religión gregaria, que pervive por la fuerza del poder político, como lo han demostrado las numerosas imigraciones de islámicos que hemos vivido en América Hispana. La mayoría de ellos, -y sinó ellos, sus hijos- se convirtieron al catolicismo. Sin la presión de la Sharia, bien poca sustancia tiene la Fe islámica para el individuo musulmán.

No debemos avergonzarnos de defender al Papa, quien tampoco debe pedir perdón por haber aludido a una verdad histórica evidente para todos los que la quieren comprobar.

Salvo para los países occidentales, que han decidido suicidarse.

Bibliografía para ampliar

Nueve siglos de Cruzadas, Crítica y Apología, de Luis María Sandoval

Las Grandes Herejías, de Hillaire Belloc

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Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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