Panorama Católico

¿Cuál es el problema?

El problema es que nadie entiende el problema. Como en el famoso relato, cinco ciegos palpando diversas partes de un elefante no llegarán nunca a entender lo que es un elefante. Para uno será un trompa larga, para otro un colmillo gigantesco, o una pata como columna, un rabo corto nervioso o una superficie enorme cubierta de cuero duro y pelos hirsutos. Todos tienen razones, pera nadie tiene la razón.

Durante los debates que ocurren en torno a los artículos publicados por Panorama Católico, a veces ciertos comentarios dan pie a la discusión de cuestiones fundamentales. El que reproducimos abajo nos parece uno de ellos.

Dice uno de los polemistas:

¡Mmmmm! Como diría el grande P. Castellani, Jesús murió condenado por el FARISEÍSMO que en este caso, de no arreglar con Roma, estaría del lado de la Fraternidad, por lo tanto no es válida su victimación. Esperemos que Fellay no responda con el fariseísmo empedernido que lo caracteriza y tenga alguna dosis de humildad que tanto falta le hace a la Fraternidad San Pío X. Me parece que si no arregla con Roma se le cumplirá en el futuro aquel famoso refrán: «el cismático termina siendo hereje»… Muchos de los planteamientos de los lefebvristas sobre la realidad de la Iglesia son ciertos, pero el fin no justifica los medios, y su proceder INFLEXIBLE a no acordar no es señal de la acción del Espíritu Santo. DIOS QUIERA QUE ARREGLEN CON ROMA, repito, pero mmm… INTUYO que la soberbia lefebvrina se impondrá y terminará todo en la nada. Espero que mi intuición falle, realmente lo deseo y tengamos de una vez por todas este problema zanjado.

Intrigado por cierta oscuridad en el remate del comentario, le pregunté al polemista:

-¿Cuál sería para Ud. «el problema»?

 A  lo que se me respondió con un vínculo de Internet, que remite a una nota de ACI Prensa donde se pretende sintetizar la situación de la FSSPX en vísperas de la reunión del 14/9. El vínculo es este: “Lefebvristas: no tenemos intención de aceptar el Concilio Vaticano II”.

Me parece que el polemista acierta sin querer. Al remitirnos a un artículo tan poco objetivo, de una fuente a todas luces hostil al tradicionalismo, demuestra que el problema es que casi nadie entiende el problema, pero además lo ve con malos ojos.

Para comprobar esta afirmación, sugiero a los lectores que vean la entrevista que ACI pretende resumir y saquen sus propias conclusiones. La fuente francesa original puede consultarse al pie de la traducción que hemos publicado.

El problema, en síntesis

1) El problema es que nadie entiende el problema. Como en el famoso relato, cinco ciegos palpando diversas partes de un elefante no llegarán nunca a entender lo que es un elefante. Para uno será un trompa larga, para otro un colmillo gigantesco, o una pata como columna, un rabo corto nervioso o una superficie enorme cubierta de cuero duro y pelos hirsutos. Todos tienen razones, pera nadie tiene la razón.

Así, para los modernistas y conservadores, en grados distintos de hostilidad, el tradicionalismo será un acto de desobediencia, un desafío al papa, una rebelión contra el concilio, la encarnación de la nostalgia, un conjunto de planteamientos soberbios y autosuficientes. Hasta una buena causa mal defendida o la aplicación de medios malos a fines buenos.

Percepciones de ciegos, incapaces de ver el conjunto.

2) Pero estos ciegos no carecen del sentido de la vista por razones ajenas a su voluntad: no ven lo que no quieren ver. Por eso el problema es también la negación del problema.

Si no vemos el problema, no podemos entender el sentido que tiene la lucha tradicionalista y entonces cada uno ensayará la explicación que mejor le cuadre para calificar hechos tanteados desde una mera exterioridad. Pero si no queremos ver el problema, las explicaciones serán algo más que un disparate: serán un disparate malicioso.

3) El fenómeno tradicionalista, escindido de la historia de la Iglesia, en particular de la historia moderna y reciente, produce una forma particularmente eficaz de incomprensión. Para entender el tradicionalismo, hay que entender la Iglesia como se la conocía antes del Concilio, de un modo serio y en profundidad. Lo que hoy vemos en los juicios de los opinantes es una notable ignorancia sobre el tema.

Ignorancia y desinterés, apenas si disimulados por un repertorio de condenas dogmáticas tales como: “¿O acaso vamos a volver a la Iglesia de antes del Concilio?”.  A lo que un coro de personas perplejas y suficientemente asustadas por una posibilidad tan amenazadora responde: “Por supuesto que no”, sin mayor idea sobre lo que acaban de negar, pero ciertamente aliviados de no ser partícipes de tal desatino.

¿Y si consideraramos seriamente la posibilidad no ya de volver sino al menos de “ver” como era la Iglesia antes del Concilio?

4) Desobediencia y soberbia: la fórmula de la condena. El curioso recurso a categorías preconciliares no deja de sorprender. Desde la apertura de la magna asamblea, el papa Juan XXIII anunció que ya no se utilizaría la medicina de la condena sino la de la misericordia.

Desde los albores del Concilio se ha preconizado el diálogo, la apertura y la comprensión. Yo estoy absolutamente de acuerdo con estas propuestas en tanto no constituyan categorías ideológicas sino realidades metodológicas, actitudes intelectuales y disposiciones morales. Pero una mirada inclusive ligera sobre la historia reciente demuestra que de todos los múltiples beneficiarios del estos nobles propósitos, los únicos excluidos (¿discriminados?) han sido los tradicionalistas, para quienes se han reeditado las categorías preconciliares de la condena canónica y social a las que, nos decían, acababa de renunciarse en el concilio.

5) La obediencia como fin en sí misma. Dejemos de lado la cuestión tan penosa de la desobediencia como norma general de la conducta posconciliar, porque parece a algunos que se pretende justificar una falta argumentando la generalización de la misma. Tratemos de desentrañar el sentido de la obediencia haciendo distinciones, función primera de la inteligencia.

5.1 La primera falta de distinción es entre la obediencia a la doctrina y la obediencia a la autoridad.  La primera es absoluta, la segunda es relativa, porque la autoridad es un medio para preservar y asegurar la pureza de la primera. A la primera llamamos Fe. A la segunda, disciplina. La disciplina sirve a la Fe, no al revés. Para el católico moderno promedio la autoridad es un privilegio con fin en sí mismo, así lo ven quienes no entienden el problema. Lo cual produce dos reacciones diversas, dos errores igualmente graves: el de los modernistas, rechazándola. Y el de los conservadores, aceptándola ciegamente, sin reserva alguna.

5.2 La segunda ausencia de distinciones es entre la doctrina y su expresión cultual, la liturgia, a cuyo servicio está la autoridad de la Iglesia y a cuyo fin se ordena la potestad propia de la autoridad. Así, se cree que la autoridad, legítima, puede hacer del culto lo que quiere en virtud de su privilegio de autoridad. No se tiene noción de que el culto es también divinamente revelado y transmitido por la Tradición. Por lo cual, «inventar» un rito litúrgico y abolir de hecho otro, (o pretender abolirlo) nada menos que el romano, el de San Pedro, es una enormidad de consecuencias tales como las que estamos viviendo.

La autoridad sirve a la Fe, se justifica por su preservación.  Es la razón de ser y el fundamento de su legitimidad. Cuando la autoridad no sirve a la Fe, sino que se aplica a su destrucción, ha de ser resistida, cuando es posible, al menos en los puntos en que notoriamente obre de manera opuesta a su fin.

Es frecuente que los tradicionalistas reciban, a modo de recriminación, ejemplos en que los santos obedecieron con prescindencia del contenido de la orden. O aparente prescindencia del contenido de la orden. Porque ningún santo obedeció una orden contra la Fe o las buenas costumbres, así viniera del papa mismo. Así San Pablo resistió a San Pedro cuando por debilidad permitió costumbres judaizantes. Y dice San Pablo: “yo le resistí en la cara”. Y si un ángel de cielo nos predicara otro evangelio, sea anatema

Se suele confunde el plano de la obediencia personal a una orden moralmente indiferente o injusta, por la cual el santo preserva la autoridad a costa de su sacrificio personal, con la falsa obediencia a una orden contraria a la Fe,  por la cual el presunto santo que tal cosa hiciera no preservaría ni la autoridad ni la Fe. Al contrario, sacrificaría la razón de ser del cristiano, de la autoridad y de la Iglesia misma. “Sin la Fe no se puede agradar a Dios”, dice San Pablo.

Quien no tenga en claro el sentido de la Fe, la subordinación de la autoridad a la Fe, no entiende ni entenderá nunca el problema tradicionalista, porque no entiende ni entenderá la sumisión de todo poder humano y hasta divino a la Fe. «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán». Hoy en día parece aplicarse esta interpretación a las palabras de Cristo: «el evangelio y mi doctrina pasarán, pero el Concilio no pasará». 

Y sin embargo, hasta en la promulgación del dogma de la infalibilidad pontificia se aclara con un énfasis no careciente de interés, que dicho privilegio le es dado al Soberano Pontífice no para inventar una doctrina nueva sino para preservar la Fe revelada.

Por eso ser tradicionalista no significa tener nostalgia de lo pasado, ni bronca contra tal o cual pontífice, ni desacuerdos ideológicos con las medidas tomadas por la autoridad eclesiástica; ni creerse en capacidad intelectual de juzgar a un concilio ecuménico, a un papa o tan siquiera a un obispo, ni suponerse más virtuoso que el resto de los católicos en orden a las virtudes personales.

Ser tradicionalista supone adherir a la razón de ser misma del legado de Nuestro Señor al fundar la Iglesia, que es preservar su doctrina, los medios de santificación y el culto divino por Él revelados e instituidos. De donde nace su intransigencia en materia de Fe.

Así pues, cuando los ciegos que palpan el tradicionalismo ven soberbia, o rebeldía, o fariseísmo… pueda ser que vean un aspecto personal de algunos tradicionalistas, que como humanos, son pecadores. Pero no pueden ver la totalidad de la causa que defienden.

 Así, seguirán confundiendo al elefante con la trompa del elefante. Y seguirán diciendo que el elefante es una trompa, una pata o un rabo. Y conforme a esta percepción, seguirán pidiendo que la trompa se acorte, o el rabo deje de menearse. Inclusive pedirán que corten la pata. Pero nunca entenderán qué están pidiendo. Ni las intenciones del elefante, ni la importancia de su existencia y su misión.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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