Panorama Católico

Cuando las Palabras se Divorcian de las Realidades

El Card. Darío Castrillón Hoyos ha difundido, en declaraciones al Canal 5 de la televisión francesa el concepto que predomina hoy en la Santa Sede, entre los cardenales más conservadores respecto a la cuestión de la FSSPX: “Están dentro de la Iglesia”. Por otro lado, el Card. Kasper se retracta de sus dichos sobre la comunión a los divorciados, pero no tanto, porque inmediatamente pone dudas sobre el asunto.

El Card. Darío Castrillón Hoyos ha difundido, en declaraciones al Canal 5 de la televisión francesa el concepto que predomina hoy en la Santa Sede, entre los cardenales más conservadores respecto a la cuestión de la FSSPX: “Están dentro de la Iglesia”. Por otro lado, el Card. Kasper se retracta de sus dichos sobre la comunión a los divorciados, pero no tanto, porque inmediatamente pone dudas sobre el asunto.

Escribe Marcelo González

Diplomacia, romanitá, verdad.

Es necesario que todo observador de las realidades eclesiales sepa distinguir, en el lenguaje eclesiástico, aquello que define o reafirma la doctrina de lo que es manifestación de deseos y buena voluntad o simplemente declaración de carácter diplomático.

Lógicamente no se deberían observar incoherencias entre unas y otras formas expresivas, no obstante del nivel jerárquico. Una solemne declaración doctrinal no tiene por qué colisionar con un discurso de buenos deseos sobre temas variados, o una respuesta diplomática a alguna cuestión que la Santa Sede mantenga con autoridades civiles.

Sin embargo una larga práctica del oficio eclesiástico ha hecho costumbre, en especial entre personas de rango episcopal para arriba, el uso de un lenguaje sumamente cauto. La razones de este modo de expresarse -o de callar a veces- son varias y bien fundadas. Cierta “majestad” que debe rodear a una persona que tiene el carácter de sucesor de los Apóstoles. La influencia de su palabra, que excede lo que el propio obispo puede mensurar, más aún si es un hombre de cierta jerarquía por sus funciones o por el prestigio de su Sede. Muchísimo más si se trata del propio Papa. Han de ser cautelosos en las palabras y hasta los gestos. Los fieles leen en los gestos las respuestas a sus preguntas. Y si es frecuente que entiendan mal las palabras, más frecuente aún es que malinterpreten los gestos. Ninguna prudencia es suficiente en este orden que llamaríamos modernamente “comunicativo”.

Toda palabra salida de una boca episcopal produce un eco espiritual, para bien o para mal. Así pues, se cultiva un lenguaje medido, términos estudiadamente precisos (o a veces, estudiadamente ambiguos), cierta gestualidad (que no debemos confundir con el amaneramiento clerical -ese desgraciado sucedáneo tan penoso-) sino que es, por el contrario, el modo de ser propio del varón prudente, cuya actitud debe guardar un aplomo imperturbable, una mesura estricta. Más allá de los propios sentimientos y opiniones… tanto ante el halago como ante la insolencia… ya sea bajo presión o por inclinación natural a la locuacidad.

¿Dónde están estos obispos de porte y dignidad episcopal? Los hay, no tanto como quisiéramos, porque la vulgaridad campea en muchos prelados, pero los hay. En especial en Roma. Y especialísimamente entre los de alto rango. Así pues, en la práctica, los hechos y los gestos nos informan más sobre las realidades que las palabras. Y las palabras requieren con frecuencia una lectura fina.

¿Qué queda del “sí si, no no” evangélico? De un modo misterioso, cuando hay rectitud de intención y razones graves de prudencia -como hemos de presumir en principio en todo eclesiástico de alto rango- misteriosamente se pueden fusionar ambas cosas. Mas cuando la diplomacia pasa a ser más importante que la Fe y el ser bien visto por los medios pesa más la verdad, allí estamos frente a un burócrata, a un funcionario antes que a un pastor. Alguien que no ha logrado evitar que el funcionario absorba y a veces ahogue al pastor.

¿Ser o no ser cismático?

Este largo exordio apunta a contextualizar dos declaraciones recientes. Una del Card. Darío Castrillón Hoyos, Prefecto del Clero y Secretario de Eclesia Dei. Otra del Card. Walter Kasper, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos.

El cardenal colombiano ha dicho a la TV francesa respecto de la situación canónica de la FSSPX estas palabras. “No estamos frente a una herejía. Ni se puede decir en términos correctos, exactos, precisos, que haya cisma. Hay, en el hecho de consagrar obispos sin el mandato pontificio, una actitud cismática. Están dentro de la Iglesia. Existe solamente el hecho de que falta una plena, más perfecta, una más plena comunión, como se ha dicho durante el encuentro con Mons. Fellay, porque la comunión existe“.

Destaquemos que en 1988, Mons. Lefebvre, después de negociaciones arduas con la Santa Sede, consagró cuatro obispos sin el mandato canónico de uso. Esta falta, que era penada con la suspensión a divinis hasta Pío XII, fue agravada con la excomunión cuando el cisma de la “Iglesia Patriótica China”. En tiempos más remotos los obispos “informaban” a Roma la consagración de nuevos obispos. Luego por razonables motivos de orden se estableció la necesidad de pedir un “mandato pontificio”. Cuando los chinos comenzaron a consagrar obispos para cismatizarse, el Papa consideró necesario poner una pena drástica dado que el hecho era, hasta el momento, en el sentido que los chinos lo hicieron, algo infrecuente.

Claro que ni Mons. Lefebvre ni los obispos consagrados admitieron jamás haber cometido un acto cismático. Ni puede presumirse razonablemente que sus intenciones tuviesen algo que ver con las maniobras de los comunistas chinos. Cuando la Santa Sede redacta el decreto de excomunión, la palabra se usa un poco ambiguamente, porque, más allá del delito tipificado, el hecho se produce en un contexto novedoso. Y como se sabe, la calificación moral de los actos que no son malos per se tienen estrecha vinculación con las circunstancias.

Así pues, muchos obispos habían sido consagrados en la Iglesia del Silencio, tras la Cortina de Hierro, sin mandato pontificio. Aún en la propia China. Estas consagraciones siempre se consideraron actos prudenciales por razón de necesidad y nunca fueron reprobados, antes bien confirmados, por la Santa Sede. Esta misma razón argumentó Mons. Lefebvre, pero fundándola en una persecución intraeclesial. Menuda novedad. Difícilmente Roma aceptase un argumento así, al menos públicamente, pero tampoco podía argumentar con fundamentos canónicos claros para establecer la existencia de un cisma. Más aún cuando los obispos, lejos de arrogarse jurisdicción territorial, se han declarado y han actuado como auxiliares de la feligresía y del clero que forma la Fraternidad. Por eso la expresión “actitud cismática” cumplió la función de sacar del apuro a las autoridades romanas, sin zanjar la cuestión, bastante más compleja.

La declaración reciente del Card. Castrillón, un paladín de la causa de la reconciliación, pone el pensamiento oficial de la Santa Sede suficientemente claro. “Ellos están en dentro de la Iglesia. (…) La comunión existe”, claro que “imperfecta”. A casi 20 años del hecho, con la misma mesura, emerge de a poco la realidad. Hechos así históricamente han sido regularizados por la potestad pontificia de declarar una “sanatio” o suerte de amnistía que implica la aceptación de lo actuado, sin más discusión. Este parece el remedio más probable al intríngulis canónico que desvela al Papa Benedicto respecto a la FSSPX. Y esto sugiere la lectura entre líneas del texto del Card. Castrillón.

Kasper, hábil diplomático.

Por otra parte hemos leído las desmentidas del Card. Kasper sobre sus decaraciones respecto al tema de los divorciados vueltos a casar, o como ha dicho el Card. López Trujillo al salirle al paso de tales declaraciones, “mal llamados vueltos a casar”, puesto que no puede haber tal segundo casamiento.

En su momento el Card. Kasper dijo a un diario italiano -generando el antedicho cruce con López Trujillo- que el tema del acceso de los divorciados a la eucaristía quedaba abierto. El Sínodo acababa de concluir en lo contrario, y, por si esto no bastase, las directivas papales presentadas por uno de los relatores antes de las reuniones sinodales fueron muy claras en tal sentido. No hay discusión posible.

Más allá de la pena y la preocupación pastoral que puedan manifestar legítimamente los obispos y sacerdotes, la cuestión no tiene vuelta, porque es de derecho divino. Es doctrina explícita de Jesús. No hay divorcio canónico en la Iglesia Católica. El vínculo se rompe solo con la muerte de uno de los cónyuges o bien -en los casos de nulidad- se demuestra su inexistencia por defectos, engaños, etc, en el consentimiento de los esposos, que son los que se suministran mutuamente el sacramento.

Por lo tanto, quienes conviven en pareja habiéndose divorciado civilmente o no, si están canónicamente casados con otra persona, viven en adulterio, lo cual es un pecado grave, una actitud condenada expresamente por Nuestro Señor en los evangelios. Acercarse a comulgar, incluso diríamos, participar en las actividades de la comunidad católica son motivo de grave escándalo y producen en el alma de los que comulgan la terrible comisión del sacrilegio. Porque el que come el cuerpo del Señor y bebe su sangre indignamente es reo de condenación eterna, como advierte San Pablo.

Benedicto y Kasper

Sin duda el Papa ha exigido al Card. Kasper de algún modo que no dejara dudas sobre este punto. Y el Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, diplomático hábil, salió a desmentirse, cargando a la “prensa escandalosa” el confundir sus dichos con títulos erróneos y reproducciones tendenciosas de sus palabras. Un poco tarde, puesto que el tema tiene su tiempo, el Cardenal aclaró los términos de lo que habría dicho:

“No existe en efecto una fácil solución. Todo teólogo católico bien sabe que la respuesta puede encontrarse sólo sobre la base de las enseñanzas de Jesús y de la doctrina de la Iglesia a propósito de la indisolubilidad del matrimonio. Si queremos permanecer fieles a las palabras de Jesús, sólo podemos decir que, cuando se ha contraído un matrimonio con valor sacramental, mientras el cónyuge viva no puede haber un segundo matrimonio sacramental reconocido por la Iglesia. El matrimonio civil de un divorciado objetivamente está en contradicción con las enseñanzas de Jesús”.

Esta frase es claramente ortodoxa. Pero ¿desdice lo afirmado por él mismo anteriormente? El tema de la indisolubilidad matrimonial “no está abierto” sino concluido desde hace casi dos mil años. Pero las palabras de Kasper fueron otras no mentadas aquí. El habló de la posibilidad de admitirlos a la comunión.

“No puedo imaginar que la discusión esté cerrada: es una realidad que existe y se debe reflexionar sobre cómo responder” (…) “Los divorciados vueltos a casar son un candente problema pastoral. Yo he sido obispo por 10 años y todo obispo, en cualquier país de Occidente sabe que este es un problema grave”

Por eso, tras el distractor párrafo ortodoxo viene en suite lo que sí estuvo en discusión, y sobre lo cual no se retracta. Existen sin embargo casos complejos desde el punto de vista pastoral: por ejemplo, cuando el primer matrimonio, por más que sea válido, se contrajo de forma superficial y, al final, fracasa, mientras que el segundo se vive de manera conscientemente cristiana y resulta feliz y armonioso. Algunos padres de la Iglesia griegos, en tales situaciones, ciertamente imposibles en sí, han recomendado emplear indulgencia. El entonces profesor Joseph Ratzinger en 1972 interpretó tales afirmaciones en modo de ejemplo. El Concilio de Trento se atuvo a la más rígida tradición latina, pero sin rechazar del todo la más apacible respuesta de la Iglesia greco-ortodoxa”.

Además, la tan inopinada cita del actual Papa de 1972, cuando como teólogo privado dio pie a atender los motivos que los ortodoxos aducen para aceptar el divorcio vincular (en casos particularísimos) no es inocente. Sabemos que lo “oriental” ha influenciado el pensamiento a los pensadores progresistas, en cuyas líneas el actual Pontífice formó en un puesto destacado.

El Card. Kasper se somete materialmente al presunto mandato pontificio, pero tuerce su sometimiento repitiendo, a renglón seguido de una afirmación doctrinal neta y clara, su opinión propia, inadmisible, de que “casos complejos” harían lícitas ciertas excepciones. Y ejemplifica con la extraña paradoja siguiente: “cuando el primer matrimonio, por más que sea válido, se contrajo de forma superficial y, al final, fracasa, mientras que el segundo se vive de manera conscientemente cristiana y resulta feliz y armonioso”.

Nuevamente habla de “dos matrimonios” de los cuales el “válido” sería “superficial” ( ¿?) y el concubinario y adulterino vivido “de manera conscientemente cristiana”… (es decir ¿con la certeza de estar en pecado mortal?) y resulta “armonioso y feliz”. ¿Cómo puede una persona conscientemente cristiana vivir feliz y armoniosamente en pecado mortal? Sin duda habrá de sufrir tremendos dolores y tensiones espirituales, que son precisamente los invocados por los defensores de esta novedosa “indulgencia” para movernos a compasión. O bien dichas personas serán inconscientes de la gravedad de su falta y por lo tanto no se ajustarán a lo descripto por el Cardenal, en su idílico ejemplo.

Pero agrega una cereza a la torta, recordándole al Papa Benedicto -habría que buscar la cita y ver hasta qué punto viene al caso (*)- que en otro tiempo solía ser más flexible en el tema. Lo cual, en los modos eclesiásticos de los que hablábamos al comienzo y con la cautela y mesura propia de un prelado de alto rango, no deja de ser un desafío y hasta una sutil mofa.

Así pues, leyendo entre líneas vemos la misma delicada y suave forma de expresarse con tan opuestos propósitos. Una sobre un tema discutible, cual es el estatus canónico de una congregación religiosa. En este caso el tema no toca de pleno lo doctrinal, sino lo disciplinario eclesiástico, y hay argumentos atendibles en ambos sentidos. Es una cuestión abierta.

La otra, sobre un tema cuyo doctor y definidor fue Nuestro Señor mismo al dar una doctrina clara e irrevocable en los evangelios, es, en cambio, puesta en entredicho. Porque, sin decirlo, el Card. Kasper sigue manteniendo “abierta” la cuestión de los divorciados, y sus impredecibles implicancias, aunque con más cautela por el momento.

Este es el mal más grave que los fieles hemos de temer de nuestros pastores: que en ellos se produzca un cisma o un divorcio entre las palabras que dicen y las realidades que evocan.

Aquí es cuando, más allá de las formas, debe brillar claro y nítido el sí, sí… no, no que exige Cristo a los que por oficio tienen la obligación de transmitir el magisterio de la Iglesia.

(*) “Conocemos no sólo el problema de las comunidades protestantes sino también de las Iglesias ortodoxas que son presentadas a menudo como modelo en el cual se tiene la posibilidad de volverse a casar. Pero sólo la primera boda es sacramental: también ellos reconocen que los otros no son sacramento, son matrimonios en modo reducido, redimensionados en una situación penitencial: en cierto sentido pueden ir a la comunión pero sabiendo que ésta es concedida «en economía » -como dicen- por un acto de misericordia que, sin embargo, no quita el hecho de que su boda no es un sacramento”.

“Otro punto que afecta a las Iglesias orientales sobre estos matrimonios es que han concedido la posibilidad de divorcio con gran ligereza y, por lo tanto, el principio de la indisolubilidad, verdadera sacramentalidad del matrimonio, queda gravemente herido”.

Alocución del Papa Benedicto XVI a los sacerdotes de la Diócesis de Aosta, 29-07-05

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