Panorama Católico

Cuando los socialistas españoles vaticinaron el Concilio Vaticano II

Pero sí esta reacción no merece comentario mayor, lo merece en cambio, o da pretexto para él, la complacencia con que la duquesa parlamentaria ha registrado el hecho de que en Valencia y en Madrid, estén abiertas al culto y funcionen normalmente las capillas protestantes. Este detalle —es un detalle realmente dentro del agitado panorama español— tiene un valor expresivo de primera fuerza y aclara uno de los problemas que en España y fuera de ella producen más angustia. Nos referimos al problema religioso. ¿Por qué en el territorio dominado por la República no hay ninguna iglesia católica abierta al culto y siguen abiertas las protestantes? Si fuera verdad que la revolución española tuviera un fondo decididamente antirreligioso, tan enemigas suyas habrían sido unas Iglesias como otras. No es así. ¿Por qué? Sencillamente porque en las iglesias católicas se hacía política contra el pueblo y en las protestantes, no.

 No es un problema de religión o de dogma el que se ventila; es un problema político. El País Vasco es un ejemplo clarísimo. La religión católica está amparada en él porque sus miembros se han puesto al lado del Gobierno y del pueblo de tal modo que allí quienes no vacilan en asesinar unos católicos son los facciosos declarados por sí mismos, defensores máximos de la religión y que encontraron en las supuestas persecuciones que la religión sufría bajo los Gobiernos republicanos una de las razones con que pretenden justificar su rebeldía.

Pero sí esta reacción no merece comentario mayor, lo merece en cambio, o da pretexto para él, la complacencia con que la duquesa parlamentaria ha registrado el hecho de que en Valencia y en Madrid, estén abiertas al culto y funcionen normalmente las capillas protestantes. Este detalle —es un detalle realmente dentro del agitado panorama español— tiene un valor expresivo de primera fuerza y aclara uno de los problemas que en España y fuera de ella producen más angustia. Nos referimos al problema religioso. ¿Por qué en el territorio dominado por la República no hay ninguna iglesia católica abierta al culto y siguen abiertas las protestantes? Si fuera verdad que la revolución española tuviera un fondo decididamente antirreligioso, tan enemigas suyas habrían sido unas Iglesias como otras. No es así. ¿Por qué? Sencillamente porque en las iglesias católicas se hacía política contra el pueblo y en las protestantes, no.

 No es un problema de religión o de dogma el que se ventila; es un problema político. El País Vasco es un ejemplo clarísimo. La religión católica está amparada en él porque sus miembros se han puesto al lado del Gobierno y del pueblo de tal modo que allí quienes no vacilan en asesinar unos católicos son los facciosos declarados por sí mismos, defensores máximos de la religión y que encontraron en las supuestas persecuciones que la religión sufría bajo los Gobiernos republicanos una de las razones con que pretenden justificar su rebeldía.

Religión y Política, editorial de La Vanguardia

La duquesa de Atholl, conservadora parlamentaria inglesa, y algunas compañeras suyas en las tareas legislativas han estado en España, como nuestros lectores saben. Visitaron los frentes de Madrid y de regreso, en Valencia, la duquesa ha hecho unas declaraciones en las que resume su impresión. No hemos de comentarlas porgue vienen a ser, poco más o menos, las mismas declaraciones que todos los espíritus veraces y honestos que se asoman a nuestro campo se ven obligados a hacer. Todo extranjero que nos visita, llega, quiérase o no, con la imaginación cargada de truculencias disparatadas. ¡Qué no ha oido contar durante nueve meses del país delirante donde mandan los rojos! Ha oído contar tanto y con tales visos de verosimilitud —puestos a mentir los enemigos de la República, de aquí y de allá, no se paran en barras— que aunque por reflexión y cautela reduzca a la mitad, a la cuarta parte, a la vigésima parte las monstruosidades que se nos atribuyen, lo que resta es suficiente para que llegue a España preparado a sufrir las conmociones más extraordinarias. Cuando frente a la realidad española se convence de qus ha sido víctima de una estafa, se produce en él una reacción de simpatía hacia nuestra causa, que es parte reconocimiento de su justicia y parte desquite, compensación a las injurias recibidas. Así les ha ocurrido a las parlamentarías inglesas que hasta ayer han sido nuestras huéspedes.

Pero sí esta reacción no merece comentario mayor, lo merece en cambio, o da pretexto para él, la complacencia con que la duquesa parlamentaria ha registrado el hecho de que en Valencia y en Madrid, estén abiertas al culto y funcionen normalmente las capillas protestantes. Este detalle —es un detalle realmente dentro del agitado panorama español— tiene un valor expresivo de primera fuerza y aclara uno de los problemas que en España y fuera de ella producen más angustia. Nos referimos al problema religioso. ¿Por qué en el territorio dominado por la República no hay ninguna iglesia católica abierta al culto y siguen abiertas las protestantes? Si fuera verdad que la revolución española tuviera un fondo decididamente antirreligioso, tan enemigas suyas habrían sido unas Iglesias como otras. No es así. ¿Por qué? Sencillamente porque en las iglesias católicas se hacía política contra el pueblo y en las protestantes, no.

 No es un problema de religión o de dogma el que se ventila; es un problema político. El País Vasco es un ejemplo clarísimo. La religión católica está amparada en él porque sus miembros se han puesto al lado del Gobierno y del pueblo de tal modo que allí quienes no vacilan en asesinar unos católicos son los facciosos declarados por sí mismos, defensores máximos de la religión y que encontraron en las supuestas persecuciones que la religión sufría bajo los Gobiernos republicanos una de las razones con que pretenden justificar su rebeldía.

Recordamos a este propósito una anécdota poco conocida. Llegó a Madrid hacia mediados de agosto pasado un gran personaje extranjero que por circunstancias especiales estaba asistido de singular autoridad moral. Este personaje, celebró algunas entrevistas y entre ellas, una con Ossorio y Gallardo. "—Señor Ossorio y Gallardo—dijo el extranjero al hoy embajador en Bélgica—, es usted hombre que goza de consideración y respeto en todos los sectores antifascistas. ¿Por qué no los pone usted a contribución para conseguir que se abran dos o tres iglesias al culto católico? Seria una medida muy bien vista fuera de España".

Ossorio y Gallardo respondió:

—"No conoce usted nuestro país. Los antifascístas no me harían ningún caso, porque están demasiado recientes, sangrantes, los motivos que obligaron al cierre de las iglesias, pero si me lo hicieran y las iglesias abrieran sus puertas, automáticamente los católicos españoles las convertirían en centros de conspiración, y acabarían de muy mala manera. Soy católico y lo siento con toda mí alma, pero es forzoso que pase el tiempo y que los católicos se convenzan por la fuerza, de que sufrieron error grave, y se muestren dispuestos a la enmienda y den garantías flrmes, antes de que puedan volver a expresar sus sentimientos religiosos da una manera activa.”

Durante la Guerra Civil, y sólo en la archidiócesis de Barcelona, cuarenta iglesias fueron totalmente destruidas y otros quinientos templos parcialmente dañados, profanados o saqueados. Esta faceta de la dura realidad de la memoria histórica, la de la cruel ola de anticlericalismo que desde el verano de 1936 arrasó con todo lo que oliese a religión católica en Barcelona y que acabó con la vida de 300 sacerdotes -1.500 en toda Cataluña-, es el eje de una exposición inaugurada en el Museo Diocesano de la Ciudad Condal bajo el expresivo título de «El martirio de los templos». Innumerables obras de arte perdidas para siempre, enseres religiosos de incalculable valor y la tragedia de la destrucción guiada por el odio irracional son las guías de esta exposición, muy ilustrativa (como muestra la imagen) de que la memoria histórica no es sólo un camino de ida o una moneda de una sola cara. ABC

 

Así hablaron, poco más o menos, el personaje extranjero que venía de Europa y el personaje español, hace unos ocho meses. La cuestión sigue planteada en los mismos términos. La Iglesia católica española se hizo beligerante, tomó las armas —y esto no en un sentido metafórico— y sufre las consecuencias lógicas e inherentes a todo beligerante. No ha habido persecución del sentimiento religioso, descondas las extralimitaciones naturales en todo movimiento popular. Dicen, dicen. ¿Qué no dirán hoy los que decían que desde Dioclecíano y Nerón no se había desencadenado persecución religiosa más tremenda que la que desarrolló Azaña en el primer bienio? Peor que Dioclecíano y que Nerón se escribió en las páginas del ABC que era el señor Azaña. ¿Podrá tratarse con gentes que desorbitaban las cosas y mentían de esta manera? ¿Eran religión las manifestaciones de las colgaduras?

Eran política y política a favor de una clase social y contra el pueblo, política a favor de los salarios de hambre y contra toda libertad política negadora, además, para colmo y sarcasmo de todas las doctrinas de Cristo.

El deán de Canterbury, visitante nuestro también, no ha vacilado en afirmar que ha encontrado ahora en España, un espíritu social más cercano de las palabras de Cristo que el obtervado por él en viajes anteriores a nuestro pais, afirmación que le ha valido, por cierto, insultos atroces por parte de los periódicos facciosos. Nosotros la recogemos simplemente para subrayar el sentido inicial de este comentario.

Llegará un día en que las iglesias católicas volverán a abrirse al culto. Que esa fecha se acerque o se retrase depende de los católicos exclusivamente. Estamos seguros que ningún partido, ni ninguna organización se opondría hoy mísmo a que funcionaran las iglesias católicas como nadie se ha opuesto a que funcionen las iglesias protestantes. A los católicos toca imitar su espíritu de inhibición. Probablemente les será difícil amoldarse, porque han sido muchos siglos de mando y señorío, pero hasta que no lo logren, no avanzarán un paso. La República no puede consentir que otra vez le pongan plome en las alas.

Fuente: Religión y Política, editorial de La Vanguardia de España, 23 de abril de 1937, citado por el sitio Lupa Protestante, de España.

Comentario Druídico: Evidentemente, los deseos del editorialista de la Vanguardia se han cumplido con el advenimiento del Concilio Vaticano II. Las opiniones de los protestantes y masones han prevalecido e inclusive la destrucción de las iglesias, aunque esta vez no debido a "las  extralimitaciones naturales de todo movimiento popular", sino a la iniciativa de los clérigos…

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