Panorama Católico

Curia romana: la reforma que no se da

Nombramientos hechos a cuentagotas. Documentos inútiles o continuamente aplazados. Por qué la renovación de la burocracia vaticana no es una prioridad para Benedicto XVI

por Sandro Magister

Nombramientos hechos a cuentagotas. Documentos inútiles o continuamente aplazados. Por qué la renovación de la burocracia vaticana no es una prioridad para Benedicto XVI

por Sandro Magister

ROMA, 28 de junio del 2007 – La última gran reforma de la curia vaticana la hizo Pablo VI en el quinto año de su pontificado. Benedicto XVI está en el tercero, pero nada hace presagiar que esté preparando algo semejante.

Los pocos nombramientos que hasta ahora se han hecho en la curia del Papa Ratzinger, interpretados por casi todos como el preanuncio de una revolución integral, se quedaron en lo que eran: pocos y aislados. La más extraordinaria de las decisiones iniciales ha sido incluso revocada.

Ella se refería al pontificio consejo para el diálogo interreligioso. El 15 de febrero del 2006 Benedicto XVI lo decapitó. Exilió a El Cairo, como nuncio, a su presidente, el inglés Michael Fitzgerald, considerado demasiado remisivo con el Islam. Y delegó la dirección del consejo para el diálogo interreligioso al presidente del consejo de la cultura, el cardenal Paul Poupard.

Aparte de una corrección de la línea, casi todos vieron en esta decisión del Papa el preludio de la disminución en el número de las oficinas curiales, eliminando algunas, unificando otras.

La despedida paralela del cardenal Stephen Fumio Hamao y la consiguiente unificación de la oficina que presidía, el pontificio consejo para los inmigrantes y los itinerantes, con el consejo para la justicia y la paz dirigido por el cardenal Renato Martino parecieron confirmar esa voluntad de quitar lo no esencial.

Pero las cosas no prosiguieron así. Al inicio de mayo, este año, los nuncios vaticanos en el mundo informaron a los episcopados de varios países que el pontifico consejo para el diálogo interreligioso volvería a ser autónomo y a tener un presidente. Este fue nominado el 25 de junio en la persona del cardenal Jean-Louis Tauran, ex ministro de asuntos exteriores de Juan Pablo II.

Respecto al pontificio consejo para los emigrantes e itinerantes, quedará unificado con “Iustitia et Pax”, pero continúa como antes producir simposios y documentos que puntualmente caen en el saco del olvido: todo lo opuesto a la esperada simplificación. Su último producto es una especie de catecismo sobre el reglamento de tránsito, presentado a la prensa el 19 de junio.

Joseph Ratzinger ha vivido en la curia 24 años, antes de ser elegido Papa. La conoce más que cualquier otro. Llegó con la desconfianza antiromana típica de los alemanes. Pero después confesó haber cambiado de idea. “Una de las cosas que en Roma he entendido bien es a saber diferir”, dijo en un libro-entrevista del 1985. “Saber diferir puede revelarse como positivo, puede permitir a la situación decantarse, madurarse, por tanto aclararse”.

Quizá es precisamente así que Benedicto XVI pretende disciplinar a la curia. Para los dos nombramientos cruciales al inicio de todo pontificado, el de secretario de estado y el de sustituto, temporizó hasta que las resistencias y las rivalidades abandonaron por cansancio.

Después, desde que el secretario de estado es el cardenal Tarcisio Bertone, el Papa parece muy feliz de que la opinión corriente atribuya ya no a él sino al emprendedor cardenal la tarea real o presunta de reformar la curia.

Otro cardenal al cual el Papa le abría dado el mandato de rediseñar la burocracia vaticana es Attilio Nicora, presidente del APSA, Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica, además superintendente de la gobernación de la Ciudad del Vaticano y del IOR, Instituto para las Obras Religiosas, el banco pontificio.

Nicora era reconocido experto en ciencias administrativas, mientras que Bertone tiene fama de grande organizador. De hecho, ni uno ni otro ha resuelto nada.

En el tercer año del reino, ya es evidente que en al agenda de Benedicto XVI la reforma de la curia no figura entre las prioridades.

También a causa de su avanzada edad el Papa Ratzinger ha seleccionado drásticamente las cosas a las cuales dedicarse en cuerpo y alma: a la cabeza de todas la predica, las celebraciones litúrgicas y el libro “Jesús de Nazaret”, del que está escribiendo el segundo volumen, sobres su pasión y resurrección.

Sobre estas prioridades suyas absolutas Benedicto XVI no “difiere”, más bien se dedica a ellas con pasión que no se cansa, a la par de la clareza cristalina con la cual fórmula sus tesis. Sobre cuestiones controversiales que le importan el Papa Ratzinger jamás es equívoco. Dice claramente que cosa es preciso hacer: en el campo de la liturgia como en el campo de la ética pública, por ejemplo recibir o no la comunión cuando al mismo tiempo se sostiene la licitud del aborto. Pero al final el Papa quiere que sean las conciencias quienes decidan. Más que emitir órdenes y conminar sanciones, apunta a educar, a convencer.

Con una curia no dócil ni amiga a él, Benedicto XVI adopta en cambio el otro estilo: precisamente el de “saber diferir”.

El nuevo sustituto Fernando Filoni, el hombre de curia con más contacto con el Papa, fue colocado el 9 de junio de este año después de una larguísima gestación que sirvió para hacer regresar a sus puestos a los excesivos aspirantes al cargo.

No sólo los nombramientos, también los documentos pueden sufrir retrasos orientados a limar las resistencias.

La carta del Papa a los católicos chinos que había sido prometida para la Pascua se ha deslizado hasta el verano, para encontrar una formulación que contentase a los diplomáticos “realistas”, más condescendientes con la autoridad de Pequín, como a los “neoconservadores” tipo el cardenal Hong Kong, Joseph Zen Ze-kiun, mucho más batalladores.

Otro documento repetidamente anunciado y más veces pospuesto es el que autoriza un uso más largo del misal romano en latín, en vigor hasta 1969. Aquí los opositores están dentro y fuera de la curia, y todos han sido escuchados por el Papa.

Le aconsejan también esta cautela preventiva las andanadas de críticas que ciertas osadas innovaciones de Pablo VI en materia de curia y de conclave siguen sufriendo después de cuarenta años.

En vez de agredir el aparato, Benedicto XVI se limita a colocar aquí y allá en la curia hombres fieles a él: desde el singalés Albert Malcolm Ranjith Patabendige Don, hecho secretario de la congregación para el culto divino, a su ex brazo derecho en la congregación para la doctrina de la fe, Bertone. O llama de fuera personalidades sobresalientes: como el cardenal brasileño Cláudio Hummes y el ex arzobispo de Bombay, Ivan Dias.

Pero mientras tanto, sectores enteros de la curia siguen a la deriva, incluido el neurálgico despacho de las comunicaciones. La oficina que debería ocuparse de ello tiene desde el 27 de junio un nuevo presidente, Claudio Maria Celli, que ha tomado el puesto del americano John P. Foley, que es ahora pro-gran maestro de la orden ecuestre del Santo Sepulcro. Pero el cambio no promete nada de bueno: el pontificio consejo de las comunicaciones sociales es campeón de improductividad y desde hace años tiene sin cubrir el cargo de secretario. También “L’Osservatore Romano” es una sombra de sus glorias pasadas y se arrastra en espera de un nuevo director que no llega nunca.

Pero más que los nombramientos en la curia, a Benedicto XVI le importan los nombramientos de obispos.

A los mismos dedica una atención largamente mayor a la que le dedicaba Juan Pablo II. Antes de dar luz verde el Papa detiene sobre su propio escritorio incluso dos o tres semanas los dossier de los designados. Y a veces los rechaza, sin dar explicaciones al dicasterio curial competente presidido por el cardenal Giovanni Battista Re.

Papa Ratzinger es muy exigente, quiere obispos de calidad y no siempre los encuentra. Con él, el ritmo de los nombramientos ha descendido un cuarto respecto al precedente pontificado.

Para decir a la curia romana qué cosa no debía hacer, Pablo VI la describió en el año 1967, el año de su reforma, como “una burocracia pretenciosa y apática, sólo canonista y ritualista, un ejercicio de escondidas ambiciones y de sordos antagonismos”

Pero ni siquiera Benedicto XVI es tierno. El 7 de mayo del 2006, ordenando en San Pedro 15 nuevos sacerdotes de la diócesis de Roma, en la homilía recordó que Jesús dice de sí, poco antes de definirse buen pastor: “Yo soy la puerta”. Y sigue:

"En el servicio de pastor hay que entrar a través de él. Jesús pone de relieve con gran claridad esta condición de fondo, afirmando: 'El que sube por otro lado, ese es un ladrón y un salteador' (Jn 10, 1). Esta palabra 'sube' (anabainei) evoca la imagen de alguien que trepa al recinto para llegar, saltando, a donde legítimamente no podría llegar. 'Subir': se puede ver aquí la imagen del arribismo, del intento de llegar 'muy alto', de conseguir un puesto mediante la Iglesia: servirse, no servir. Es la imagen del hombre que, a través del sacerdocio, quiere llegar a ser importante, convertirse en un personaje; la imagen del que busca su propia exaltación y no el servicio humilde de Jesucristo. Pero el único camino para subir legítimamente hacia el ministerio de pastor es la cruz. Esta es la verdadera subida, esta es la verdadera puerta".

Fuente: Chiessa

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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