Panorama Católico

Dadme almas, ¿quedáos con lo demás?

No podemos olvidar que muchos de los buenos ejemplos que recibieron
nuestras hijas en este colegio pudieron haber fructificado más si ellas
hubiesen venido mejor preparadas en las virtudes de piedad, respeto,
obediencia, estudiosidad, espíritu de oración, de recogimiento, gusto
por lo bello, hábitos de lenguaje pulcro, modestia…

No podemos olvidar que muchos de los buenos ejemplos que recibieron
nuestras hijas en este colegio pudieron haber fructificado más si ellas
hubiesen venido mejor preparadas en las virtudes de piedad, respeto,
obediencia, estudiosidad, espíritu de oración, de recogimiento, gusto
por lo bello, hábitos de lenguaje pulcro, modestia… virtudes que
todas ellas, las egresadas de hoy, tienen en un grado por el que
debemos dar gracias a Dios, pero que siempre puede ser mucho mayor, más
cercano al ideal heroico de la santidad. Discurso de un padre de familia con motivo del egreso de su hija y compañeras de un colegio católico.

Hoy se gradúan las primeras chicas de la escuela. Primera promoción femenina. Un pequeña victoria en la batalla de reconstrucción de la Cristiandad, de la restauración de todas las cosas en Cristo.

Don Bosco tenía por lema de su apostolado esta frase: dadme almas, tomad lo demás. Da mihi animas, caetera tolle. La frase es ciertamente un poco tramposa. Las almas siempre vienen con lo demás, con la añadidura, por eso al pedirnos las almas de nuestros hijos, nos pide también lo demás. Tal vez pueda entenderse así: dadme almas libres de lo demás, o aligeradas de lo demás. Esta exhortación y precepto del gran educador católico nos parece digno de una reflexión detenida.

La persecuciones del mundo anticristiano actual, que ha saltado por sobre los muros de la propia Iglesia, nos han empujado fuera de los templos, fuera de la sociedad, y asaltan ferozmente el último bastión de la vida cristiana, la familia.

El heroísmo de un obispo nos ha restablecido cientos y miles de santuarios de la Fe, como este bendito lugar. Pero como el bien es naturalmente difusivo y la vida humana se desarrolla en sociedad, nada de lo humano es ajeno a la Fe ni la Fe puede dejar de impregnar todo lo humano.

Por eso, junto con los templos se han reedificado esos otros santuarios que son los hogares, lugares también de algún modo sagrados. Como la familia antigua con sus penates, también nosotros hemos perimetrado sus límites, material y espiritualmente para que nada viole su sacralidad.

¿Los hemos consagrado al Sagrado Corazón, hemos puesto medallas, crucifijos e íconos benditos en sus paredes, tenemos una pila de agua bendita, bendecimos los alimentos que Dios nos envía con su mano generosa y providente, invocamos a la Purísima con la oración que le es más grata, el Santo Rosario, y la saludamos en el Angelus? ¿Ponemos en el alma ávida de nuestros hijos los nutrientes de la piedad, de la cultura, de la lengua, de las buenas costumbres. Los preservamos de la impureza, de la vulgaridad, del espíritu mundano? ¿Veneramos a nuestros muertos ancianos, a nuestros muertos y cooperamos en la continuidad de las generaciones?

Este es el mandato sagrado que impone la Iglesia a los padres por el sacramento del matrimonio, yugo suave que aceptamos voluntariamente, tanto más suave cuanto más dócilmente lo llevamos. Yugo pesado, tanto más, cuanto lo vamos descuidando requeridos por la urgencias del mundo.

De hecho lo intentamos y es nuestra batalla cotidiana como padres, mucho más dura –si se quiere- que la del sustento material. La del sustento espiritual.

De ahí que se haya concebido y dado a luz esta escuela, una inspirada simbiosis entre padres y madres espirituales (sacerdotes y religiosas) y padres biológicos y del corazón, responsables directos de la educación de sus hijos.

La caridad de la Iglesia se ha extendido cuan lejos fue necesario hasta asumir una función instrumental al servicio de la educación de nuestros hijos, una cooperación activa y cotidiana, amplia y profunda, espiritual y material con la tarea que es derecho y deber exclusivo de los padres de familia. Este acto de caridad -que Dios premiará a cada uno con el céntuplo- posibilitó que hoy tengamos esta escuela y despidamos, bien preparadas, a las primeras jóvenes que se inician en la vida adulta.

Esta escuela es una extensión de la mano paterna que disciplina y de la materna que acaricia. Es un suplemento de la ciencia que los padres no pueden prodigar, y un perfeccionamiento de la educación de su espíritu y de su intelecto, de sus virtudes naturales y sobrenaturales. Por eso hoy celebramos esta primera promoción de Santa Teresita.

Y a pesar de que hoy celebramos un logro tan importante, no podemos dejar de preocuparnos por todo aquello que nos faltó.

No podemos olvidar que muchos de los buenos ejemplos que recibieron nuestras hijas en este colegio pudieron haber fructificado más si ellas hubiesen venido mejor preparadas en las virtudes de piedad, respeto, obediencia, estudiosidad, espíritu de oración, de recogimiento, gusto por lo bello, hábitos de lenguaje pulcro, modestia… virtudes que todas ellas, las egresadas de hoy, tienen en un grado por el que debemos dar gracias a Dios, pero que siempre puede ser mucho mayor, más cercano al ideal heroico de la santidad.

Y ese déficit no es de ellas, es nuestro: de los padres de familia.

Es difícil educar hijos hoy. Sobre todo si no nos consagramos a ellos como el sacerdote o el religioso se consagra al servicio divino, porque nuestro deber de estado de padres de familia, que es nuestro modo de servir a Dios, consiste en dar la vida natural y en educar a nuestros hijos para alcanzar, por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, la vida eterna.

Esto por encima de cualquier otra preocupación. Especialmente por encima de las preocupaciones materiales, que tanto afligen a las familias numerosas. Dios no nos pedirá cuenta por el modelo del teléfono celular, la marca de las zapatillas, o el esplendor de la fiesta de los 15 años. O mejor dicho, sí nos pedirá cuenta de la importancia que hemos dado a estas cosas en desmedro de las esenciales.

Dios nos pedirá cuenta de lo que hemos hecho del alma de nuestros hijos. ¿Qué has hecho de tus hijos?

Educar es una tarea para almas magnánimas, porque es una tarea ardua. Dice Santo Tomás que de las dos manifestaciones de la virtud de la fortaleza, acometer y resistir, esta segunda es la más meritoria. A veces es fácil acometer. Lo difícil es resistir, perseverar. Y en la educación debemos resistir perseverantes todos los ataques que desde fuera y el demonio, el mundo y la carne nos dirijen para desanimarnos, confundirnos, hacernos creer que hay un camino alternativo posible. No es posible pactar con el mundo. La opción de todos los tiempos, pero en especial la de estos tiempos, es la santidad o el riesgo cierto de condenación eterna. Cuando acometimos esta escuela lo sabíamos. Resistir, perseverar, perfeccionar es el desafío que ahora debemos enfrentar.

Queridos amigos, regocijémonos, demos gracias a Dios y a todos los que han hecho posible este pequeño milagro, esta escuela, esta promoción de jóvenes, señaladas por virtudes extraordinarias hoy en día, virtudes que casi no se encuentran fuera de los recintos preservados de nuestras escuelas y familias.

Y velemos y oremos para que el divorcio entre el espíritu del mundo y el espíritu de la Fe de Cristo que anima nuestros hogares y escuelas sea cada vez mayor, mas hondo, más irreversible.

Esto empieza y termina en nuestras familias.

Tolo lo que nuestra escuela cultive dará los frutos que la virtud de la tierra le permita. Esa tierra se prepara en el hogar. La gracia obra milagros de fecundidad aún en terrenos mal preparados, pero los responsables del cultivo somos los padres de familia.

Por eso, padres y escuela cooperando juntos y cordialmente somos imbatibles. Y de allí, por irradiación natural, esta obra se proyectará en la sociedad, que aspiramos a restaurar en Cristo.

En este espíritu florecerán las vocaciones, religiosas y seglares, cuya principal y más urgente preocupación será engendrar y concebir, natural y sobrenaturalmente almas para Dios. Lo demás, lo que con prudente picardía Don Bosco nos invitaba a quedarnos, será la añadidura, pura, limpia, ligera y radiante de los bienes naturales ordenados a la salvación eterna. La corona que aún en este mundo impío luce sobre ellas, las hace distintas, produce admiración y demuestra que, aunque ardua y difícil, vivir y educar cristianamente hoy y siempre será posible.

Que Dios lo haga.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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