Panorama Católico

De Aquellos Polvos, Estos Lodos

Todo el tema Obispo Castrense queda en una nebulosa confusión. Sin duda los asesores clericales del Presidente le aseguraron que el Vaticano no se molestaría por Baseotto y que el resto de los obispos lo iban a dejar solo. Esto último tal vez hubiera ocurrido si Kirchner hubiese negociado una salida silenciosa y de bajo perfil. Acostrumbrado a las estridencias, se vio entrampado en su propio griterío. Al Vaticano no se lo amenaza impunemente. Suaviter in modo, siempre contesta fortiter in re cuando se lo atropella en sus fueros. El gobierno y algunos obispos se proponen una “salida elegante” de Baseotto. Pero el Vaticano ve las cosas de otra manera y no se descarta que considere roto unilateralmente -por parte del Estado argentino- el acuerdo de 1957.

Escribe Marcelo González

La Argentina mantuvo el derecho de Patronazgo heredado de España hasta casi los años ’70, cuando se comenzó a renegociar concordatos bajo el espíritu del post Vaticano II, iniciando el proceso de laicización de los Estados católicos que culmina ahora en lo que el Santo Padre ha dado en llamar “la apostasía silenciosa” de Europa, cuando el antiguo continente cristiano se unifica bajo un orden político que niega hasta la mera palabra “Dios” en los textos de su Constitución.

El Estado, los Estados antes católicos fueron invitados, inclusive presionados por la nueva política de concordatos de la Santa Sede bajo Paulo VI, a laicizarse. Lamentablemente el nuevo pontificado no pudo o no vio la necesidad de corregir esta tendencia y así, en las vísperas del tercer milenio, el Papa Juan Pablo debió admitir con dolor el resultado de tanta insistencia en la separación de la Iglesia y el Estado.

Simultaneamente vivimos en Hispanoamérica un asalto masivo contra el catolicismo, en todos los frentes. Hubo persecusiones, mártires, atropellos en diversos países. Pero hasta el momento nunca se había llegado en la Argentina a un deconocimiento de la potestad de jurisdicción espiritual de la Iglesia, negación tácita pero real, producto de la reacción destemplada e ideológica del Presidente Kirchner contra la carta de Mons. Baseotto.

El estado laico es antinatural.

Hay algo contranatura en un estado aconfesional. La leyes deben tener un sustento moral que no puede ser simplemente una declaración de principios o de “derechos”. Debe ser algo esencial a la naturaleza humana, con una raíz sacra, o en su defecto dogmática, aunque laica. Sacros o religiosos fueron todos los estados paganos precristianos y los actuales. Dogmáticos han sido los estados totalitarios, fundados en sus cuerpos doctrinarios ideológicos.

Solo el Occidente ex cristiano ha pretendido sostenerse sobre la ilusión del pluralismo, que viene a sustituir por la inversa la sabia prática cristiana de la “tolerancia”. Si el estado no es confesional, pero tampoco persigue sangrientamente a la religión, se vive una situación híbrida, precaria, un equilibrio en el que el fiel de la balanza se inclina hacia uno u otro lado según la fortuna de cada parte. Pero siempre se buscará –por una tendencia natural- la estabilidad de la coherencia. Dos tendencias estarán en pugna durante un tiempo hasta que una de ellas se imponga. Esto significa que el estado laico será un estado ateo o antiteo. Y que el ejercicio de la fe religiosa ya no podrá realizarse ni siquiera en el ámbito de las Iglesias o templos, porque todo precepto, cita o afirmación doctrinal será pasible de caer bajo la lupa antidiscriminatoria del Gran Hermano laico. Francia y España son dos claros ejemplos actuales de este caso.

La Argentina: ¿Estado católico o Estado Laico?

En la Argentina, desde la primera constitución que rigió hasta la reforma de 1994, el presidente debió de ser católico. Y sus ministros jurar sobre los Santos Evangelios. Asimismo en muchas provincias de nuestro sistema federal, la Fe Católica era hasta hace muy poco “culto oficial” y la educación religiosa en las escuelas públicas sostenida por el Estado. En lo que respecta a la Nación, el artículo 2º de la Constitución Nacional ha permanecido intacto: el Estado “sostiene” a la Iglesia Católica, lo que en la interpretación minimalista de moda significa que “aporta subsidios”, (magros por cierto) pero en la realidad tiene una trascendencia mucho mayor. Esto significa que la Iglesia Católica es la única que el Estado reconoce sin más trámite, es decir, que tiene personería jurídica ipso facto, por el hecho de estar unida a Roma. Y es a la única que otorga la capellanía de sus fuerza militares, de seguridad y policiales. No a otra. Los demás son “cultos” que deben inscribirse en un registro y solicitar autorizaciones.

Este es un tema de fondo. Ya van para cinco los intentos de reformar este estátus constitucional por medio de una “Ley de Cultos” que ponga a todos en pie de igualdad, contrariando la historia y el espíritu fundacional de la Nación Argentina. Y se trabaja fuertemente en el sexto proyecto de Ley. Inclusive laicos católicos prominentes. Se pretende que todas las confesiones, debidamente reconocidas por el Estado tengan una igual “personería religiosa”. Es decir, echar a la Iglesia de la casa y ponerla con todas las demás en el “cuarto del fondo”.

La lucha por el Obispado Castrense

Los motivos profundos que desataron el conflicto con Mons. Baseotto constituyen una batalla clave de esta lucha. Si bien el tema en cuestión es la defensa de la vida, porque este fue el punto que Mons. Baseotto recriminó al Ministro de Salud y en él al Gobierno todo, el de fondo, es la política anticatólica de gobierno actual, y del régimen liberal vigente. La respuesta del Presidente –por diplomáticamente torpe que haya sido- no es más que un acto de coherencia, que impulsa a un gobierno radicalizado a imponer una legislación acorde con el dogma socialdemócrata que sustenta. Lo mismo que la defenestración de la Corte Suprema de Justicia, las purgas militares y tantas otras cosas. El laicismo busca un sustento doctrinal para legislar y lo encuentra en los principios anticatólicos que históricamente ha sostenido.

Por torpe y mal manejado que haya sido el asunto, la realidad es que Kirchner es “coherente” con sus principios al propiciar la expulsión de la Iglesia de su puesto privilegiado de “culto oficial”. No midió bien su capacidad de maniobra, dará marcha atrás, pactará alguna salida… todo es posible. Pero no es solo él, es todo el Régimen, que mediante el gobierno de turno, con la interesada ayuda de los “otros cultos”, pelean sordamente por esta expulsión, cuyo instrumento es la llamada “Ley de Libertad Religiosa” que prepara su pronto regreso parlamentario.

Dos obispos lúcidos

Y es notable que dos obispos hayan visto este tema con lucidez y lo hayan expresado con claridad en sus homilías del Domingo de Ramos. Dos hombres de líneas de pensamiento eclesial bien diversas, paradójicamente. Los adalides de lo que se llama el pensamiento progresista enarbolan reiteradamente los derechos humanos, el pluralismo y la democracia, pero en la realidad, la atmósfera se torna opresiva, discriminatoria, intolerante, siempre en sentido anticatólico. Se comprueba con cuánta razón el Papa Juan Pablo II ha dicho que una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto (Enc. Centesimus annus, 46). Hace muy poco, en un país europeo, un pastor luterano fue procesado por el delito de repetir los pasajes donde la Sagrada Escritura declara la malicia moral de la sodomía. ¿Llegará el día en que marcharemos presos por leer la Biblia en nuestras iglesias?”, ha dicho Mons. Aguer, Arzobispo de La Plata. Y Mons. Stíeckler, obispo de Quilmes: “No nos debe extrañar que los discípulos de Jesús se encuentren con la resistencia y el rechazo de los que no aceptan la ley de Dios como norma básica para el orden público”.

Aquí está la clave del tema: la ley de Dios como norma básica para el orden público. Porque por más declamaciones que se escuchen, los adalides de lo que se llama el pensamiento progresista enarbolan reiteradamente los derechos humanos, el pluralismo y la democracia, pero en la realidad, la atmósfera se torna opresiva, discriminatoria, intolerante, siempre en sentido anticatólico. Por eso no es viable el estado laico. Y por eso la Iglesia siempre ha exigido “libertad” para el ejercicio de su función pastoral y ha demandado a los gobiernos la “tolerancia” para con los no católicos en los países católicos, pero nunca ha admitido que se suprima la ley de Dios como norma básica del orden público. Esta es la respuesta doctrinal de la Iglesia al laicismo.

Y es la razón por la que la carta de Mons. Baseotto ha adquirido una relevancia extraordinaria y providencial. Con o sin intención consciente, el autor ha precipitado la definición de posiciones, ha obligado al Episcopado a tomar partido claramente sobre esta cuestión de fondo, a saber: ¿será la Iglesia Católica respetada como institución fundacional de la Argentina, tanto en los honores y libertades cuanto en lo más importante, la aceptación de la ley de Dios como norma básica para el orden público?

Y en caso negativo, ¿asumirá el Episcopado “la libertad total de hablar, una libertad interior, que se manifiesta aun cuando las condiciones del ambiente son desfavorables, porque procede de la constancia de ánimo y de la firme persuasión de la verdad. Por esa libertad no se teme decir con claridad lo que corresponde; es lo opuesto a callar por timidez o a expresarse crípticamente, con disimulo”, como reclama Mons. Aguer en su homilía citada.

Lo que puede venir

El riesgo que cualquier negociación entraña para los intereses de la Iglesia radica en volver sobre una solución de armisticio, un cese el fuego sin exigir a las autoridades públicas la reparación de los derechos de la Iglesia conculcados. Sin que quede claramente descartado todo precedente de imposición o deposición de obispos a gusto de un gobierno, en particular de uno anticatólico. La Iglesia debe exigir, como muestra de buena fe, que se expulse del entorno presidencial al ideólogo de esta persecución y a la vocera del resentimiento, que ha insultado escandalosamente al Santo Padre. Debe pedir la renuncia de un ministro que hace gala de su fe abortista y sugiere que luego vendrá por la eutanasia. Y reclamar un cambio de política sobre el tema. Sin esto, no se reparará el honor de la Iglesia y tan solo le quedará el camino de considerar roto el  concordato y retirar su nuncio apostólico.

Ninguna pérdida será más grave que una negociación donde la Iglesia se comprometa al silencio y ate las manos de éste o del futuro Obispo Catrense, o de cualquier otro obispo. Un acuerdo en términos confusos, crípticos. Cualquier solución que se encuentre al conflicto debe estar inspirada por la constancia de ánimo y de la firme persuasión de la verdad, destinada a fortalecer la posición de la Iglesia a fin de que exprese la doctrina católica con libertad y sin disimulo y trabaje oportuna e inoportunamente para que la ley de Dios sea la norma básica para el orden público.

Aunque esto fastidie a algunos obispos que viven en una callada timidez doctrinal o se expresan crípticamente a la hora de hablar como pastores. O enmudecen como poseídos por un demonio del silencio.

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