Panorama Católico

Decíamos ayer… sobre el pontificado de Benedicto

Casualmente tropezamos con un artículo de 2006 publicado en Panorama Católico. Parece interesante reeditar como recapitulación lo que intuíamos en su momento como posibilidad.

Con el debido respeto y agradecimiento a Benedicto XVI por lo que hizo y por lo que quiso hacer en bien de la Iglesia, con un fuerte desencanto, en particular por su abdicación en manos de las sectas más ferozmente enemigas de la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo tal cual El la fundó e insufló el Espíritu Santo en aquel primer, único e irrepetible Pentecostes, recordamos lo dicho tiempo atrás.

 

——————————

 

Los católicos conservadores están felices con Benedicto. Desde una óptica tradicionalista de estricta observancia, sin embargo, el nuevo pontífice tiene solo dos posibles actitudes a adoptar: renegar de su pasado y convertirse en el nuevo Pío IX, o perseverar en los errores conciliares, que en el particular estilo ratzingeriano consistirían en lamentar las consecuencias pero persistir en las causas. A lo cual se sumará un peligro mayor, a saber: la “bonapartización” de la revolución conciliar, es decir, la estabilización de principios subversivos bajo formas más ordenadas y de corte moderado. Dicho de otro modo, desjacobinizar la revolución concliar.

 

Escribe Agustín Moreno Wester

Accende lumen sensibus
Infunde amorem cordibus
(Himno Veni Creator Spiritus)

En el plano estrictamente “oficial”, en los ámbitos tradicionalistas se ha recibido con “beneplácito” la elección del Card. Ratzinger para el Sumo Pontificado. Sin embargo en las capillas y corros a salida de misa las opiniones se dividen. Entre el clero hay cautela en las expresiones públicas. El Pontificado apenas si acaba de estrenarse…… Sin embargo no es preciso ser demasiado perspicaz para ver en muchos un cierto desencanto.

Para el católico conservador, a quien podríamos reconocer por su ardiente deseo de que vuelvan el “orden” y la “piedad” al seno del clero y la feligresía, estas reservas tradicionalistas resultan incomprensibles y con frecuencia irritantes. Después de 26 años de reinado “conservador” de Juan Pablo, un papa conservador de su propio riñón…… ¿Se puede pedir más?

Un diálogo aparentemente imposible

El diálogo entre “conservadores” y “tradicionalistas” es, con frecuencia, imposible. Y nótese que no digo el “acuerdo”, sino meramente el intercambio de ideas. Los separa la hermandad, el ser astillas del mismo palo. Y allí está el problema: el palo se ha hecho astillas y cada uno ha resuelto las angustiosas perplejidades a las que fue sometido por el Concilio y el postconcilio de un modo muy diferente. No obstante lo cual hay muchas astillas con el conflicto sin resolver, y otras que lo van comenzando a ver recién ahora.

Para los primeros, los conservadores, el gran revuelo posconciliar y la crisis evidente que sufre la Iglesia han sido producto de las libertades que el clero liberal y muchos fieles se tomaron, usando la excusa del Concilio “renovador”. Crisis hay, sin duda, pero también es producto de la decadencia general de la humanidad, que afecta tanto a los católicos como a quienes no lo son. El “sarao” posconciliar es, en todo caso, un conjunto de “excesos”, que ameritan castigo y rigor. Todo es cuestión de poner las cosas en su quicio. No es malo el cambio litúrgico per se sino -nuevamente- los “abusos” que se han hecho de la libertad otorgada por nuevo rito.

Tienen en gran estima el pontificado de Juan Pablo II, del que aprecian su firmeza en cuestiones morales y (aunque miran con recelo) prestan poca relevancia a sus experiencias ecuménicas e interreligiosas. Tal vez no les haya gustado el “mea culpa”. O en todo caso, si les disgustó, resuelven el tema bajo el recurso expeditivo: “el Papa sabrá lo que hace”.

Para los tradicionalistas el Concilio ha sido una “revolución” y el posconcilio su consecuencia natural. La decadencia estrepitosa del mundo, ha ido a la cola de la prevaricación masiva del clero. Los enfoques pastorales y la ambigüedad de los textos conciliares han contribuido a la confusión doctrinal, la desacralización litúrgica, el relajamiento moral. El único camino es de regreso a la pureza doctrinal (un nuevo Syllabus anticonciliar) y litúrgica (volver al rito latino tradicional).

Dos novedades conciliares particularmente nefastas han de ser excomulgadas: la concepción moderna de la “libertad religiosa” y el neoecumenismo o falso ecumenismo, que no pretende la conversión de los demás sino integrar la Iglesia a una especie de ONU de las religiones. Consideran que Juan Pablo ha sido un hombre bien intencionado, pero obnubilado por sus ideas ecuménicas. Para ellos Ratzinger ha sido el cerebro estabilizador del anterior pontificado. Y aunque tenga matices, no hará sino poner orden externo en el intrínseco desorden teológico y litúrgico que conlleva el espíritu conciliar……

Un universo más complejo

Esta síntesis de posiciones es un simple esquema que no contempla matices tales como conservadores blandos y conservadores duros… tradicionalistas que miran a Roma como la casa en la que son habitantes apenas tolerados (“legales”), y los que la que la observan desde lejos, como una tierra prometida a la que añoran volver aunque sospechan que esto no ocurrirá demasiado pronto porque hay allí demasiados infieles que les niegan la entrada (“canónicamente sancionados”).

Hay también otros que ignoran a Roma y a la jerarquía de la Iglesia como si no existiera, o se ocupan de ella solo para ponderar “lo peor de sus desvaríos”, dando por sentado que si no suenan nuevamente las trompetas de Jericó, nada bueno podrá salir de allí.

Y todos los grados intermedios que puedan imaginarse.

Si esta descripción de los puntos de vista es relativamente fiel a la realidad, como creemos, comienza a entenderse el porqué de las apreciaciones tan dispares sobre el nuevo pontificado. El porqué del “desencanto” de muchos tradicionalistas frente a la exultante alegría de los conservadores.

Los hechos

Pero yendo más allá de la sociología eclesial y sin pretensión alguna de hacer juicios de valor sobre las posiciones (lo cual sería difícil puesto que son tantas y tan matizadas) hagamos, como aporte, una reflexión de simple sentido común.

Guste o no guste, las cosas están como están. La masa de fieles católicos tiene una fe confusa, individualista, falta de sustento doctrinal, una mera “religiosidad”. No hablemos de lo moral, que se sustenta en lo anterior. Para empeorar las cosas, clero y feligresía han adquirido una forma mental acostumbrada al cambio. De donde cualquier novedad, por espantosa que sea, suele ser aceptada sin protesta. Son los conservadores y los tradicionalistas quienes tienen, en mayor o menor medida, consciencia de que hay una verdad dogmática inmutable que es punto de referencia de la Unidad de la Iglesia, de su Santidad y de su Catolicidad.

Cualquier movimiento de restauración parece -humanamente hablando- encontrar un obstáculo monumental: la inercia desacralizadora de las últimas décadas y la ruptura de la “cadena de mandos” de la jerarquía. Esto es, a saber, que ni la Dominus Iesus, ni la Ecclesia de Eucharistia ni la Pascendi serán estudiadas, predicadas ni aplicadas sino por un pequeño porcentaje del clero y aceptadas por otro tanto de la feligresía, por más que el Papa lo ordenara bajo pena de excomunión. El deterioro intelectual del catolicismo nos hace temer que, tal vez, ni siquiera serían comprendidas, lo cual agrega lluvia a lo mojado.

Una restauración posible

Sin duda la restauración debe comenzar por la cabeza, pero a paso gradual, porque la gracia supone la naturaleza, y en este momento tenemos problemas en el orden de la naturaleza, además de la tremenda crisis que se padece en el orden de la gracia. Antes que una guerra entre conservadores y tradicionalistas -siempre hablando entre personas de buena voluntad y rectitud de intención- parece más adecuado asumir la situación como un gran naufragio en el que los viajeros deben trabajar en el salvataje de lo que puedan, en especial de las almas. Dios hará el resto.

Pero, por el contrario, no parece inútil ni temeraria una sana polémica doctrinal. O mejor, un debate, al estilo escolástico, de los temas y de las posibles soluciones. Un intercambio de información y documentación. Esto es lo que se promueve desde estas páginas. Si no es posible convivir en un clima de caridad fraterna, sin exclusiones mutuas a priori, por bien fundadas certezas que cada uno pueda tener respecto a los errores de apreciación del otro, la pars sana de la Iglesia, encerrada en posiciones que muchas veces tienen más de personal que de católico, contribuyen al hundimiento y se desentienden del salvataje.

Habiendo errores, ¿qué mejor obra católica, que la obra de misericordia espiritual de corregir al que yerra? Porque la fe sin obras es fe muerta. Pero, en todos los casos, pidiendo la suave inspiración del Espíritu Santo, cuya fiesta hemos celebrado el pasado domingo. Para que El, tal cual imploramos en la secuencia de la misa de Pentecostés, doblegue lo rígido, caliente lo frígido, y corrija lo descaminado.

Flecte quod est rigidum
Fove quod es frigidum
Rege quod es devium

Y estas operaciones de la Tercera Persona trinitaria las necesitamos todos, tanto conservadores como tradicionalistas para no ser, en la práctica, inconscientemente, parte de la acción autodemoledora que denunciamos y deploramos.

Volver a la Portada

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *