Panorama Católico

Decíamos ayer…

Hace un año, con ocasión de la muerte de Juan Pablo II hacíamos un balance “en caliente” de su pontificado. Hoy, pasado el año y releyéndolo “en frío” no podemos sino suscribir lo que dijimos entonces.

Hace un año, con ocasión de la muerte de Juan Pablo II hacíamos un balance “en caliente” de su pontificado. Hoy, pasado el año y releyéndolo “en frío” no podemos sino suscribir lo que dijimos entonces.

La catarata de alabanzas que la prensa mundial destina al pontífice fallecido huele a rancio. Son los mismos medios que denostaban su "extremo conservadurismo", los que exigían su renuncia tildándolo de incapaz de gobernar a causa de su decaimiento físico. Los mismos que -en complicidad con sectores liberales de la Iglesia- pergeñaron operaciones de prensa para confundir a los fieles y al propio clero sobre la doctrina moral de la Iglesia, tratando de imponerle al Papa lo que siempre y con justa razón se negó a cambiar, porque hubiera traicionado en este aspecto el mandato del Magisterio inmutable..

Escribe Marcelo González

…entre los aplausos o entre los desdenes,
y entre las coronas y los parabienes
y las tonterías de la multitud!

Rubén Darío,
Letanías de Nuestro Señor Don Quijote

No hay nada más penoso para un gran hombre que el elogío y la adulación de los necios. Sin duda le resultan más gratas la críticas de mentes lúcidas o los embates de corazones que lo interpelen con sincero fervor, movidos por la perplejidad ante sus dichos y sus hechos, antes que la alabanza huera o el sentimentalismo efímero de los que nunca han estado dispuestos a tomar en serio su pensamiento ni su ejemplo. Presentimos que Karol Woytila preferiría, en las instancias de su muerte, esta segunda postura antes que la primera, la cual más parece una impostura, aunque no necesariamente culpable, tal vez ni siquiera consciente.

Aclaremos los términos. Respetamos y adherimos profundamente a la piedad filial de todos los católicos, aunque pueda manifestarse, a veces, de un modo simple y con el cual no necesariamente hemos de simpatizar, si bien es justo reconocer que -subjetivamente- se busca honrar al Padre de los cristianos, como dictamina el mandamiento y el afecto natural. Pero tocar la guitarra y cantar bajo la ventana de un agonizante, dar saltos y vivas no parece un modo "natural" de velar la agonía de un Patriarca, ni de un ser querido. No entre los hombres de la cultura occidental al menos… Sin embargo, son tiempos de confusión extrema. Podemos atribuir a ella esta forma un poco grotesca de adherirse a las súplicas por tan ilustre moribundo.

Podemos, incluso, sufrir frases cursis, alabanzas hiperbólicas, confusiones casi vergonzantes, pronunciadas en medio de una verborragia tan ilógica como incorrecta la sintaxis con que está estructurada, resignados a una realidad insoslayable: la incultura es general, también y especialmente entre los católicos. También y especialmente en el clero.

Pero no respetamos el incienso quemado en el altar de una figura mediática -figura a la que, penosamente, tantos simples terminan confundiendo con el Papa- quemada por aquellos que no solo han ignorado muchas de las admoniciones pontificias en materia litúrgica, moral, etc. sino que han menospreciado, o hecho escarnio de su "posición ultraconservadora". Y ahora se anegan en lágrimas o prorrumpen en alabanzas torpes, insinceras o meramente sensuales.

Porque no debemos olvidar que hay una sensualidad mediática que atrapa al que pasa horas hipnotizándose o hipnotizando desde una pantalla. Diciendo u oyendo frases de ocasión dichas ante un micrófono, para llenar espacios políticamente correctos y económicamente rentables. Para los que leen o miran "informes especiales", refritos indigestos de palabras e imágenes con música de fondo. La muerte de un hombre popular es siempre rentable y el merchandising sobre su figura, lucrativo.

Tampoco podemos respetar el incensamiento desmesurado de la figura del Pontífice por parte de los "periodistas católicos", cuya actitud acrítica frente a las realidades dolorosas de la Iglesia nos mueve a pensar en una cierta obsecuencia hacia el sistema en el que mantienen sus canonjías a buen resguardo. Leemos con respeto las alabanzas de Vittorio Messori, porque en el 2000 Messori apuntó su crítica dura y afilada al "pedido de perdón" de su amigo personal, el Papa Woytila. Y respetamos, aunque no compartimos sin reservas, su juicio respecto al pontificado que acaba de finalizar. Pero no podemos respetar el llanto oficial de los que son instrumentos habituales de las "operaciones de prensa" de los núcleos episcopales en los que se esperaba "con ansiedad" la muerte del Papa. Ni los dichos melifluos y laudatorios de algunos de sus miembros eméritos.

Ni la insincera tristeza de los "hermanos mayores", de los "hermanos separados" y de las "iglesias hermanas". Los primeros no dejaron de denostar a la Iglesia ni de acusarla de antisemitismo. Los segundos, de exigir reparaciones históricas. Los ortodoxos, más allá del protocolo, lo han recibido con frialdad, y ni siquiera le han permitido visitar Rusia y apenas Ucrania. Tampoco dejan de perseguir al renaciente catolicismo en la ex Unión Soviética.

No podemos sino lamentar la exhumación repentina de presuntos "milagros" y la pretendida la "canonización mediática". Esta apoteosis pseudopopular disparada por los medios -que impacta en lo popular desviando la verdadera piedad filial hacia una fantasía sentimental- nos parece una falta de respeto hacia el pontífice muerto y hacia el pueblo fiel. Y un nuevo engaño al que parte importante de la jerarquía de la Iglesia se somete por temor a aparecer como la única voz discordante.

La Iglesia de principios del 2005 ¿está mejor o peor que la de mediados del 1978? Quizás no sea todavía el momento de la evaluación, porque estamos en tiempo de duelo y porque muchas cosas se verán más claramente a la luz del próximo pontificado. Pero sin duda el estado de la Iglesia hoy dista de ser esplendoroso. El solo hecho de que la muerte de este hombre carismático haga temer por la unidad de la Iglesia, es un síntoma de que esta estrategia de la "unidad por la popularidad", que ha sido la herramienta de conducción más utilizada por Papa fallecido, no ha estado quizás afirmada en roca firme, sino en motivos más humanos que sobrenaturales.

Sin duda el Pontífice ha querido el bien de la Iglesia y ha puesto toda su vigorosa personalidad en servicio de los medios que eligió para ello. Suprimidas las causales humanas veremos qué queda del edificio construido en los últimos 26 años. Y para nuestra sorpresa, sin duda, veremos caer cosas que creíamos inconmovibles y sostenerse otras que considerábamos perdidas.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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