Panorama Católico

Descubrimientos, piedras, sogas y mares. Y lápidas.

El sufrimiento sin poder siquiera aspirar a la muerte martirial, es el modo que tiene hoy el Maldito de atormentar a los justos; el martirio silencioso del que ve ruina moral por todo su derredor sin poder tampoco, como el pastor del cuento que se ha vuelto proverbio, dar la alarma y ser escuchado. Y ni siquiera proteger a los suyos; horrenda situación ésta.

 

Escribe Fermín Lozano

El sufrimiento sin poder siquiera aspirar a la muerte martirial, es el modo que tiene hoy el Maldito de atormentar a los justos; el martirio silencioso del que ve ruina moral por todo su derredor sin poder tampoco, como el pastor del cuento que se ha vuelto proverbio, dar la alarma y ser escuchado. Y ni siquiera proteger a los suyos; horrenda situación ésta.

 

Escribe Fermín Lozano

Meses atrás, un atrabiliario gobernante sudamericano encendió su fácil y estudiada cólera contra un anciano obispo de la Iglesia romana por el infame delito de recordarle a un ministro del futuro enfadado que, según sentencia del Divino Fundador contenida en el Evangelio, todo aquel que intentase, siquiera, escandalizar “a uno de estos” niños, más la valdría atarse al cuello una piedra de molino y ser arrojado con dicho infalible lastre a las aguas de la mar (la cita es casi idéntica en los tres sinópticos: San Mateo, 18, 6; San Lucas 17, 2; San Marcos 9, 42). El texto dice “ser arrojado”, en crudo, y otros traducen “ser anegado” o ahogado; pero en ninguno se lee, como escucháramos en aquel momento de confusas disculpas, que el interfecto debía arrojarse al mar por sí mismo con semejante carga, cosa por demás ardua de ejecutar; por otro lado, la elegante aunque algo infiel traducción luterana de Casiodoro de Reyna–Valera no dice exactamente “escandalizar”, pero sí “hacer tropezar” en su fe, a los niños que creen en Cristo; es lo mismo al final, sino más extenso. Las piedras de molino no son fáciles de portar uno mismo; ni de encontrar ni, consiguientemente, verlas por los días automatizados que corren, donde todo se realiza con mucho ingenio y poco apego a los suministros naturales que el mismísimo Autor de la sentencia puso en la naturaleza para nuestro auxilio. Pero ha de saberse que los antiguos molinos, los de mi tiempo, tenían dos piedras, denominándose propiamente “muela” –que es la que se cita concretamente en el texto sagrado– aquella superior, que es móvil y gira en torno a un eje sobre otra piedra inferior, y cuya cara de ataque tiene estrías radiales que, a la vez que muelen, expulsan lo molturado hacia la circunferencia, hacia fuera, hacia lo desconocido, digamos con algo de poesía. Su peso, en molinos de pequeño porte, no bajará de unos 500 kilos.

La elección del aparejo no es caprichosa; el Divino enseñante, creador de todas las cosas, sabía bien qué Se decía y por qué, y pensó al decirlas en todos aquellos que las oirían alguna vez. Es esa analogía eterna y misteriosa que posee la Palabra Divina, que se refiere siempre en un sentido literal y espiritual (no alegórico: espiritual) a todo lo imaginable y más aún, a todo lo posible, por lo que estaba también comprendido el caso del obispo castrense que menciono y del gobernante atrabiliario, que no menciono por ser olvidable –por mí, no por Dios.

Lo cierto es que del asunto se hizo un escandalete internacional y casi, casi, un casus belli con la jerarquía romana del dicho vigilante obispo –si me permiten la redundancia– que no llegó a mayores porque, ahora recién lo vemos, todo era artificial. preparado y mendaz, como ahora explicaré, y los tunantes no tenían interés en ser descubiertos por entonces, como lo han sido ahora. Podemos, pues, adelantar que el enojo oficial nada tuvo que ver realmente con la supuesta y forzada alusión a los alucinantes “vuelos de la muerte”, especie particular de homicidios cometidos, según parece, con la particularidad de ser arrojadas las víctimas desde aviones en vuelo, otro horror más de una guerra que nadie entiende pero nunca termina. La cita, pues, no encajaba con la supuesta realidad relacionada, y por que la verdad, es que no se quiso dejar a las Fuerzas Armadas de aquel desdichado país sin obispo, sino, y en verdad, desacreditar la cita evangélica para un futuro muy cercano. El conato era, pues obscurecer la propia Palabra Divina, vanalizarla. “Vanalizar” una cosa es dejarla vana, vacía o sin contenido, sin efecto alguno.

Vamos, un simple sacrilegio más, otro atentado terrorista contra el segundo mandamiento de la ley de Dios, pero bien armado a escondidas de una jerarquía eclesiástica poco ducha en materia de interpretación bíblica y en demonología, ejecutado con destreza innegable y con inteligente y previsora velocidad de reacción.

¿Su finalidad? Dejar asustados a los ya de por sí asustadizos obispos de aquel –otra vez– desdichado país, para que no invocaran la Palabra Divina cuando se realizara el hecho propio que la divina sentencia condena, a saber: Cuando se intentase públicamente escandalizar a los niños, hacerlos tropezar en la fe. Algo así como cuando el que piensa delinquir relativiza su futura falta, pensando en el momento en que será descubierto.

Ese momento ha llegado; ya existe y es oficial en aquel desdichado pueblo, que posee un inmenso e inútil aparato de enseñanza oficial que encuadra también a la enseñanza privada, una ilegítima disposición jurídica que manda corromper la honestidad a los más pequeños, desde que adquieren su primer conato de racionalidad consciente. Nadie ha levantado la voz evangélica, la tronante voz profética de los antiguos enviados de Dios, que se le atrevían a reyes, emperadores, presidentes (con o sin doble vuelta) y ministros, y al mismo diablo si se ponía delante, para decirles que era preferible que les ataran una piedra de molino al cuello y fuesen arrojados al mar, antes que intentar, siquiera, mancillar las inocentes mentes de nuestros hijos, “hacerlos tropezar” en su fe, como dice la traducción luterana. El momento ha llegado y, hasta cierto punto, pasado, en ominoso silencio de parte de los vigilantes, que ahora parecen dormir, o seguir durmiendo o, por lo menos, haber perdido los feroces dardos divinos con que los dotó la Divina Providencia para casos como éstos y que, en mis tiempos, eran un mero anticipo del porvenir o un adorno en la poderosa mano de Zeus. El sentido más pleno, prístino, de la frase de aquel abandonado obispo castrense, que se atrevió ¡insensato! a citar a Jesucristo, el Señor Dios, ha quedado patente; y la finalidad oculta de la entonces desproporcionada reacción y rabieta oficial contra la cita, y no en realidad contra el memorioso, totalmente descubierta.

Diabólica cosa es todo esto en su origen, planificación y ejecución porque, nos consta, a quienes conocemos aquel desdichado país –en realidad, para el que conoce a cualquier político moderno– el menos que modesto alcance de la imaginación y despeje intelectual de los autores materiales de este singular hecho religioso. Porque religioso, y religioso católico, es el fondo, la superficie y el contenido de todo este caso, como lo prueban abundantemente la materia misma: la enseñanza, donde se disputan hace tres siglos la primacía la Iglesia, depositaria de un mandato divino expreso, y la Revolución, depositaria del non serviam del “otro”, así como la invariable irascibilidad oficial frente a todo ensayo de argumento evangélico, y como afirman con no poca picardía, los propios oficialistas opugnadores de los escasos defensores de la verdad que todavía quedan, quienes pese a todo, porfían tontamente en negarse a admitir el carácter sacrílego, esto es: religioso, de todo este emprendimiento, sin ver que en este instante supremo, el demonio no quiere ya matar a los buenos: quiere corromperlos, y que solamente la Voz de Cristo es eficaz contra él. Es decir, es un supremo instante religioso y lo que se disputa es la salvación eterna, directamente y sin vueltas.

Las consecuencias fatales y perniciosas se dan aquí de dos maneras, sea que se mire desde la perspectiva de los niños o de los padres. La primera, anulando o torciendo la vida moral del hombre al comienzo de su vida racional, cuando es más pequeño e inexperimentado, reemplazándola por un naturalismo ramplón, animalesco sino bestial, y prescindente de toda valoración eterna y moral de los actos humanos, rebajados así y en este “esquema educativo” a una escala tal, que avergonzaría al mismísimo reino mineral si, por un instante, fuese capaz de vida consciente; los niños “educados sexualmente” de hoy, serán los no–padres del mañana, pues la fecundidad como fin próximo específico de la vida marital y sexual, habrá sido reemplazada por la pura auto gratificación hedonista, de modo tal que la educación sexual naturalista es en realidad el método antinatalista por excelencia, digan lo que digan, porque anula toda posibilidad de discernimiento futuro. Y el segundo efecto, relativo a los padres, es cosa diabólica no solamente en su enunciación sino por su doble secuela, pues mientras por una parte se debilita la resistencia de los progenitores, inermes frente al despótico totalitarismo del inmenso aparato estatal que los ha cercado por todos los medios a su alcance, impidiéndoles todo movimiento de resistencia y defensa propia, por la otra, desalienta a los jóvenes sanos a traer hijos a este mundo en estas horrendas condiciones, donde el riesgo afectivo, el esfuerzo, el sacrificio, la ternura, y los bienes lo ponen los padres, para que el gobierno, transfiriéndose a sí mismo la patria potestad, les arranque los hijos y forme libertinos, calaveras, homosexuales, onanistas y “haciendas” humanas disponibles para cualquier uso imaginable; un antinatalismo espectacular, nunca soñado ni siquiera por los más audaces e imaginativos militantes de “Pro Life”, y consistente en desalentar a los padres bondadosos de traer hijos a un mundo tan espantoso, así tal, que el control de la natalidad venga a ser la herramienta de los buenos para hacer el bien … ¡Excelsa jugada! Ni una voz ha recordado al Gobierno su obligación, de divina factura, de hacerse ahorcar a una piedra de molino, y ser arrojados al mar para mayor seguridad. La neutralización de la Palabra de Dios del pasado fue exitosa. Y a los sonsos que todavía crean que no puede ser todo tan malo, sugerímosles se hagan presentar los vídeos que se piensa utilizar en esta campaña de "educación sexual obligatoria" y recién después opinen; o que se informen sobre cómo se ha llevado a cabo en otros países y qué resultados (nefastos) ha tenido, y hasta tanto no la favorezcan con la presunción de bondad.

Este es el panorama que Panorama Católico les ofrece hoy, queridos padres de aquella desdichada Nación.

El demonio ha sido arrojado de la Divina Presencia hacia la tierra, donde persigue a los hijos de la Mujer, y a los hijos de los hijos, hasta que sea precipitado para siempre al infierno; la persecución es hoy cruel y despiadada –siempre lo fue, si vamos al caso– pero hoy, como se ha dicho arriba, no busca el maligno matar a los buenos sino que dejen de serlo, que se corrompan; hoy quiere las almas no de los pecadores sino de los santos, antes que sus vidas. Hoy, atenta más contra la virtud teologal de la Esperanza, por que la Fe no ha podido quebrarla del todo y le molesta más la “pequeña grey” que resiste y puede ser fermento y sal del mundo, que la inmensa mayoría que sigue viviendo como si el mundo fuese a durar cien mil años más. No quiere esto decir que el mundo no dure todo eso, o más, o menos: Quiere decir que hay, además del fin final total, un fin personal, que suscita el Juicio, la Gloria o el Infierno según se haya vivido en este mundo. El sufrimiento sin poder siquiera aspirar a la muerte martirial, es el modo que tiene hoy el maldito de atormentar a los justos; el martirio silencioso del que ve ruina moral por todo su derredor sin poder tampoco, como el pastor del cuento que se ha vuelto proverbio, dar la alarma y ser escuchado. Y ni siquiera proteger a los suyos; horrenda situación ésta.

Y esto, más que piedra de moler, es lápida, porque en la piedra atada al cuello, aunque no le guste al gobierno, hay al menos dolor y posibilidad de arrepentimiento de las propias faltas y, en fin, una ventana a la vida eterna como no podía ser de otro modo en las Palabras de Jesús; pero una sociedad que renuncia a la lucha por su futuro, que son sus hijos, está más muerta que … póngase aquí el nombre que se quiera. Esto lo entienden mejor los poetas que los políticos, como uno famoso de aquel desdichado país, desgraciado él también, que cantó así, tal vez pensando en los hijos que no tuvo jamás, porque no se los habría confiado a la desdichada época en la que vivía él mismo:

«Pero, Dios te trajo a mi destino
sin pensar que ya es muy tarde
y no sabré cómo quererte…

Déjame que llore
como aquel que sufre en vida
la tortura de llorar su propia muerte…»

A ver, pues, si nos ponemos a rezar (y mucho y bien, que con ir el domingo a Misa ya no alcanza) porque los recursos judiciales, las reuniones y los inútiles debates televisivos de nada sirven para impedir una decisión ya tomada en estratos más altos (en realidad, más bajos, mucho más bajos) que el gobierno local, y le pedimos a Dios cosas serías y buenas y no estupideces escandalosas que en el Cielo no escuchan por hacernos un bien, que así el Padre Eterno nos ayudará y nos sacará de este pozo de malignidad inaudita en que se encuentra esta desdichada nación. Pidamos a Dios que nos libre, como Nación y como personas, de los pecados más graves que hay en la Sagrada Escritura y que atraen la desgracia de las sociedades: el pecado contra el Espíritu, el escándalo de los niños –que hoy se llama “educación sexual”–, el homicidio (especialmente el aborto), la sodomía, el robo del salario del pobre y el despojo de las viudas. Y que Ella, la Mujer, la Madre de Dios, levante la lápida y desate el nudo de la piedra, mientras pisa la cabeza de la serpiente.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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