Panorama Católico

Desde las cercanías del Papa, se ensalza la Misa en Latín

No es novedad la preocupación pontificia por el tema litúrgico. Sin embargo no siempre se comprende bien el tema ni su importancia. Y hasta se ve como un acto de altanería la insistencia de muchos católicos en que se de libertad completa al rito Tridentino. A propósito de una noticia de Le Figaro, unas reflexiones sobre la cuestión litúrgica.

No es novedad la preocupación pontificia por el tema litúrgico. Sin embargo no siempre se comprende bien el tema ni su importancia. Y hasta se ve como un acto de altanería la insistencia de muchos católicos en que se de libertad completa al rito Tridentino. A propósito de una noticia de Le Figaro, unas reflexiones sobre la cuestión litúrgica.

Escribe Marcelo González

Dice la noticia: El número dos del “ministerio” de Culto de la Santa Sede, estima que es necesario devolver solemnidad a la Liturgia. Un nuevo gesto hacia los tradicionalistas.

La Misa en latín recupera el favor de la Santa Sede. Restablecer algunos aspectos de la Misa a sus formas anteriores al Concilio Vaticano II “es una urgencia”. Cuarenta años después es necesaria una verdadera reforma de la reforma, que devuelva solemnidad a la  Santa Misa y remarque las diferencias entre el rol de los laicos y el los presbíteros.

Estas son, en sustancia, las declaraciones de Mons. Malcom Ranjith Patabendig a la agencia 1.Media que deleitarán a tradicionalistas y lefebristas.

El diplomático de Sri Lanka y número dos de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, comparte la línea conservadora de Benedicto XVI quien lo ha designado en ese cargo.

Luego del Concilio Vaticano II, y “debido al entusiasmo y rapidez con que se actuaba, se hicieron algunos cambios sin la debida reflexión”, llegándose “a una situación opuesta a la deseada originalmente”, estimó el antiguo nuncio en Indonesia. En definitiva, una traición al espíritu de los reformadores.

La Misa de espaldas a los fieles

Emprendiendo una cruzada contra los abusos litúrgicos, habló sin eufemismos contra “estos cambios erróneos como la desacralización, la confusión de roles entre presbíteros y laicos, y más aún ciertos cambios que protestantizaron y vaciaron las iglesias. Cambios de mentalidad que en vez de realzar el rol de la liturgia, lo debilitaron favoreciendo el secularismo”.

Por eso, la Iglesia habría perdido grandemente a los ojos de muchos jóvenes y de numerosos presbíteros.  Dice Mons. Ranjith Patabendig ”que ella debe ser sensible a las necesidades de los fieles y restaurar ciertos aspectos de la liturgia del pasado”. Por eso la Santa Sede pide a los Obispos que refuercen “los logros del pasado” preservando lo bueno que hay en las reformas del Concilio (la utilización de la lengua vernácula en particular). En efecto “el antiguo misal de la misa  llamada de San Pío V jamás a sido abolido”. Una afirmación que no es nueva.  Para el antiguo nuncio, es injusta la imagen negativa que suele darse a la misa reivindicada por los tradicionalistas.  Debe, por el contrario, perfeccionar el misal actual.

Estas palabras reflejan el pensamiento del Papa. En Abril pasado, la reedición de un libro del entonces Cardenal Raztinger recuerda su posición favorable a la Misa en Latín,  de espaldas al pueblo, de acuerdo al viejo misal. Hace tres años, el futuro Papa, expresó su deseo de reabrir estas cuestiones, lamentando los “fanatismos” del debate litúrgico posconciliar. Benedicto XVI se ocupa del asunto y, sabiendo que ha multiplicado sus gestos de consideración hacia la franja tradicionalista de la Iglesia Católica y hacia la Fraternidad San Pío X, se esperan sus directivas. Pero mientras que la “querella de los ritos” no es más que un punto de controversia, las diferencias sobre las enseñanzas doctrinales del Concilio Vaticano II parecen de muy difícil superación. Y mientras Benedicto XVI vuelve a poner a prueba el antiguo misal, abre una brecha en la que podrán caer muchos fieles por consideración a Roma.

Le Figaro, 23 de junio de 2006

Hasta aquí Le Figaro. Es evidente que el tema litúrgico está en marcha. Hay, sin duda, una resistencia muy fuerte de una gran parte del clero, particularmente los más viejos y los de más jerarquía. Son los hijos del Concilio y de los cambios litúrgicos que se hicieron en su nombre (excediendo el mandato conciliar largamente). Salvo excepciones, el interés por una liturgia más digna se concentra en los sacerdotes y fieles más jóvenes, los que no conocieron el Antiguo Rito. Ellos, cuando tienen Fe (¿cuántos sacerdotes y fieles con Fe católica nítida quedan?) no dejan de buscar una liturgia en la que la identidad sacerdotal quede claramente expresada. Ese es el punto de toque, el ancla del sacerdote a su ministerio: saber por qué es distinto de los demás católicos. Y solo una liturgia más tradicional puede sustentar la vida sacerdotal. Y también el punto de referencia del fiel, el puerto seguro de su Fe, expresada sin ambigüedades por la liturgia.

Por otro lado, y dadas las enormes dificultades que supone una reconquista masiva de feligresía para el rito latino tradicional (porque supone un aprendizaje a veces lento y no siempre bien encarado por los sacerdotes que lo celebran, más allá de los “tabúes”  “prohibiciones” y persecuciones) el Rito Tridentino seguirá siendo por un tiempo, Dios sabe cuanto, el de la elite católica, el de la fuerza de combate formada por hombres de todo andamiaje cultural, pero tocados por la gracia de una sensibilidad a la sacro, que  abunda copiosamente en el Santo Sacrificio según la forma latina más tradicional. Normalmente este “descubrimiento” del Rito Tradicional viene precedido de lecturas y estudio, aunque a veces tan solo por una desazón angustiosa que causa en muchos fieles el Novus Ordo, en especial cuando es abusado. Sin embargo no es una mera cuestión intelectual. Es un toque de la Fe, una gracia. El descubrimiento de un tesoro que se nos había escondido. No es un rito para teólogos, sino para los católicos que sienten con el sentir de toda la Iglesia, de todos los tiempos y de todos los lugares.

El asistente habitual al Rito Tridentino “no soporta” el Nuevo Rito. Lo siente ajeno a la Fe católica. Y viceversa, el católico de mentalidad posconciliar, no entiende que el santo sacrificio excluya elementos profanos, “participación” directa de los laicos en funciones sacerdotales o al menos propias de clérigos… silencios, música sacra, solemnidad, etc. También ha perdido el hábito de usar misal (no podría hacerlo porque ya casi no hay dos misas iguales). Seguir los textos del antiguo rito es rezar junto con el sacerdote, no solo las partes comunes sino también el canon, en el que vamos descubriendo uno a uno todos las preciosas verdades de la fe, expresadas con una sencillez, belleza y claridad que solo pueden ser el producto de siglos de meditación sobre los sagrados misterios.

Por eso, toda reforma de la reforma –camino aparentemente inevitable para mejorar la práctica de la liturgia en la iglesia occidental- ha de ser un conjunto de retoques que la asemejen más a la antigua. Que expurgue al Novus Ordo de sus elementos incrustados de contrabando para propiciar un ecumenismo el cual a ojos vista nos viene llevando al indiferentismo y la confusión. Unos cambios que devuelvan precisión a los textos del rito, (preferiblemente mayor cantidad de ellos en latín, para zanjar el laberinto de las “traducciones tendenciosas”) y en la rúbricas… una “gestualidad” inspirada en lo sacro. Por ejemplo, devolver a la misa el mal llamado y peor interpretado modo de celebrar ad orientem, es decir, mirando al este (cuando es posible), manifestado mediante el gesto del sacerdote dirigiéndose al Sagrario, que debe estar sobre el altar, puesto que el altar es el Gólgota. Esto no significa “dar la espalda a la gente…”: el antiguo rito prescribe que el sacerdote gire hacia los fieles para dirigirse a ellos cuando los saluda, los bendice, los absuelve o dialoga con ellos y cuando les predica, naturalmente. Mirar al sagrario es ponerse in persona Christi, como pontífice, en representación del pueblo fiel, pero en un nivel sacerdotal que está muy por encima del pueblo fiel. El sacerdote es un elegido y consagrado de entre el pueblo fiel para dispensar las gracias de Cristo y hacer las veces de su persona cuando celebra la misa, perdona los pecados, etc. No un mero “presidente de asamblea”.

Todas estas consideraciones y mucha que exceden esta nota hemos de tener en cuenta a la hora de reconsiderar la necesidad de volver a las fuentes de la liturgia latina.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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