Panorama Católico

Desmitificar la democracia para servir a la República

Los asistentes al II Congreso Latinoamericano y del Caribe sobre Doctrina Social de la Iglesia no podían encontrar en el discurso del poderoso Cardenal-Presidente del Pontificio Consejo «Justicia y Paz» y del Pontificio Consejo para la Pastoral de Emigrantes e Itinerantes, una invitación a la lucha por los derechos de Dios en el campo político sino una blanda tentación de continuar con el nefasto colaboracionismo que tan útil le ha resultado a las democracias ateas.

Por Cosme Beccar Varela

Los asistentes al II Congreso Latinoamericano y del Caribe sobre Doctrina Social de la Iglesia no podían encontrar en el discurso del poderoso Cardenal-Presidente del Pontificio Consejo «Justicia y Paz» y del Pontificio Consejo para la Pastoral de Emigrantes e Itinerantes, una invitación a la lucha por los derechos de Dios en el campo político sino una blanda tentación de continuar con el nefasto colaboracionismo que tan útil le ha resultado a las democracias ateas.

Por Cosme Beccar Varela

La insistencia de los voceros del "Pensamiento Único" en propiciar la democracia como la mejor forma de gobierno, excluyendo indirectamente cualquier otra hipótesis, tiene una explicación: es la que más fácilmente permite prescindir de toda verdad absoluta e inmutable ya que toda afirmación, toda norma, inclusive moral, está supeditada a lo que digan las mayorías.

Todo el mundo sabe que la formación de las mayorías se efectúa mediante un procedimiento espúreo en el cual los corruptos y los cínicos llevan la batuta. Todo el mundo execra a "los políticos"; pero todo el mundo acepta ese dogma inventado por la "modernidad" del cual es imposible apartarse sin incurrir en las iras de los inquisidores democráticos, mil veces más severos que los de la Edad Media e infinitamente menos justificables.

Los peores delincuentes, siempre que estén cubiertos por el manto santificante de la "democracia" (o sea, de los "democráticos reconocidos") se tornan aceptables para cualquier cargo público. Peor aún: todos admiten que esos delincuentes, obviamente coaligados en una conjura atroz contra el bien común, monopolicen todas las candidaturas.

La única forma de contrarrestar esta constante nefasta de las democracias modernas, sería que surgiera un movimiento republicano sí, pero no democrático, que se opusiera a esas corruptelas con energía y clarividencia. Una pléyade de patriotas bien inspirados, justos y decididos que, con el apoyo de un pueblo "digno de ese nombre", como decía Pio XII en su discurso de la Navidad de 1944, podría romper el yugo de los perversos y dar vida a una republicana sana. Pero para eso es necesario desmitificar la democracia.

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Desgraciadamente, esa posibilidad es cada vez más remota puesto que hasta los altos dignatarios de la Iglesia rinden tributo a este ídolo moderno. Por ejemplo, el Cardenal Martino ("papabile" en el último Cónclave) dijo en su discurso ante el II Congreso Latinoamericano y del Caribe sobre Doctrina Social de la Iglesia, el 12/9/2006:

"El Compendio ("Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia", documento vaticano publicado en el año 2006) entiende y propone la democracia como un sistema político de protección y desarrollo de la persona humana".

O sea, las otras dos formas de gobierno clásicas (monarquía y aristocracia) no serían aptas para "proteger y desarrollar la persona humana". Es decir, el Cardenal Martino, invocando la autoridad del "Compendio" vaticano, da por sentado que los pueblos deben aceptar la democracia o perder su capacidad de desarrollo y quedar desprotegidos frente a los avatares de la vida.

Con esta frase que el Cardenal pronunció sin siquiera intentar justificarla, contradijo cien años de doctrina social de la Iglesia. Contradice, por ejemplo, la Encíclica "Inmortale Dei" de Leon XIII que admite las tres formas de gobierno como legítimas, siempre que cumplan con la ley de Dios. Y la contradice en cuanto a nadie se le oculta que las democracias modernas -que resultan convalidadas indirectamente por el Cardenal- violan esa ley, entre otras razones, porque prescinden de toda norma moral que esté por encima de la voluntad de las mayorías.

O sea, el prelado no sólo falsea la teoría al elogiar exclusivamente la democracia, sino que también ignora el hecho de que las democracias, desde hace dos siglos, han sido liberales, socialistas o comunistas, pero siempre ateas.

Además, ni siquiera son "democracias" porque no gobierna el pueblo ni tampoco los auténticos representantes del pueblo, sino minorías de usurpadores encaramados al poder y en él se mantienen por el fraude, la violencia o el soborno.

El Cardenal mismo lo dice: "El Compendio reflexiona ampliamente sobre la democracia, el sistema político que, mejor que otros, favorece la participación y por lo tanto la solidaridad recíproca y la colaboración en el ámbito de la comunidad política. La Iglesia sabe de los peligros y riesgos que enfrenta hoy la democracia: las oligarquías, «que consideran indiscutible el núcleo de su supremacía/privilegio… grupos que se concentran en torno a un poder de hecho, olvidadizo de la libertad de los ciudadanos»; la «democracia de Pilatos que, en manera más o menos clara, trata con escéptica ironía la cuestión de la verdad; o la democracia de Nerón o de Barrabas, que pretende someter a votación la verdad, confiándola al consenso vociferado de masas acéfalas» . El Compendio afirma que la democracia auténtica «no es sólo el resultado de un respeto formal de las reglas, sino que es el fruto de la aceptación convencida de los valores que inspiran los procedimientos democráticos» y, continuando con la cita de Juan Pablo II, nos invita a tomar conciencia que «si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia»".

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Quisiera saber adonde hubo, en los últimos docientos años, una democracia que no incurriera continuamente en alguno de esos vicios. Si no la hubo, eso quiere decir que son inseparables de las democracias modernas y, por lo tanto, el elogio del Cardenal en su importante discurso, induce a error.

Hay muchos eclesiásticos que murieron por combatir al comunismo, entre los que se destacan los ilustres Cardenales Midszenty y Stepinac. En cambio, la gran mayoría del clero ha contemporizado con las tiranías liberales que impusieron su laicismo agnóstico y relativista en todo el mundo occidental. Las magníficas encíclicas de Pio IX, Leon XIII y San Pio X que condenan todos y cada uno de los errores en que se basan esas democracias, quedaron como letra muerta y "las oligarquías, «que consideran indiscutible el núcleo de su supremacía/privilegio… grupos que se concentran en torno a un poder de hecho, olvidadizo de la libertad de los ciudadanos" -como dice el Cardenal Martino- no encontraron ninguna oposición digna de ese nombre proveniente de las filas eclesiásticas. Si esa oposición hubiera existido, las democracias ateas jamás hubieran podido imponerse ni transformar la antigua civilización cristiana en una anti-civilización de la mentira, de la injusticia, del error, del vicio y de la guerra (las dos más crueles de la Historia son fruto de esas democracias).

Hubo algunas gloriosas y aisladas excepciones a esta regla general del abstencionismo colaboracionista. Por ejemplo, Monseñor Moreno, Obispo de Pasto, Ecuador y San Antonio María Claret, Arzobispo de La Habana, ambos del siglo XIX. Hubo polemistas brillantes en el clero y en el laicado entre los que se destacan el Padre Sardá y Salvany, español y el gran periodista francés Luis Veuillot. Pero estaban casi solos en medio de un catolicismo acomodaticio.

Por eso no me convencen las salvedades del Cardenal Martino para matizar su elogio a la democracia. Lo que queda de su discurso es un apoyo al movimiento democrático mundial fomentado por los enemigos de la Iglesia, apoyo éste que es útil al mantenimiento de la tiranía de las perversas y corruptas "oligarquías" dominantes.

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Los asistentes al II Congreso Latinoamericano y del Caribe sobre Doctrina Social de la Iglesia no podían encontrar en el discurso del poderoso Cardenal-Presidente del Pontificio Consejo «Justicia y Paz» y del Pontificio Consejo para la Pastoral de Emigrantes e Itinerantes, una invitación a la lucha por los derechos de Dios en el campo político sino una blanda tentación de continuar con el nefasto colaboracionismo que tan útil le ha resultado a las democracias ateas.

Lo peor es que, como dijo el orador, esto es un anticipo de lo que serán "los trabajos de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que se llevarán a cabo el año próximo en Aparecida, Brasil", ante cuyo sólo anuncio, tiemblan los católicos fieles de este Continente.

Si bien me he referido aquí al democratismo del discurso debo decir que, para colmo de males, está también plagado de insinuaciones favorables al socialismo, cuyo máximo exponente es hoy la secta marxista. Ella domina en varias naciones de América y del mundo y reina en los medios de difusión que influyen poderosamente en la formación de la opinión pública lo cual le permite aspirar a nuevas conquistas políticas. El democratismo está a su servicio.

Fuente: La Botella al Mar

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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