Panorama Católico

Después de larga ausencia…

Poco es una semana de inactividad periodística (suspensión del
seguimiento de noticias e intercambio de informaciones con diversos
observadores de la realidad, escaso contacto con los ojos virtuales de
la internet) y al retomar parece que hemos sufrido una larga ausencia.

Escribe Marcelo González

Poco es una semana de inactividad periodística (suspensión del
seguimiento de noticias e intercambio de informaciones con diversos
observadores de la realidad, escaso contacto con los ojos virtuales de
la internet) y al retomar parece que hemos sufrido una larga ausencia.

Escribe Marcelo González

Para evitar equívocos, nos referimos a la sensación de que en pocos días aparecen novedades relevantes, indicios de que hay cambios en proceso. Particularmente en el ámbito eclesiástico, que en definitiva es clave en la marcha del mundo. Y también, al salirnos de la rutina, vemos con ojos distintos evidencias que antes pasábamos por alto, porque de tanto estar allí no las notábamos.

El 24, colegio cardenalicio completo, con las designaciones ya conocidas. El papa preside la ceremonia de imposición de los birretes con una mitra que perteneció a Pío IX y una magnífica capa pluvial, recamada en oro y otros ricos paramentos. Ya hemos visto el altar mayor de San Pedro con seis magníficos candelabros y el crucifijo en medio. El altar vuelve a ser altar y se va la mesa.

¿Vuelve la Iglesia “triunfalista”? O, mejor dicho, ¡vuelve la Iglesia triunfalista! (cierto pánico clerical).

Los mismos que se disfrazan de jubilados de camperita en las diócesis argentinas, pero visten correctísima sotana y faja cuando pisan el Vaticano, esos que dieron tan penoso espectáculo en la beatificación de Ceferino Namuncurá, se espantan de la “riqueza” con que el Papa reviste las ceremonias olvidándose con prudente amnesia de las “riquezas” que desde sus diócesis van y vienen con destino incierto, o cierto pero inconfesable.

Tirón de orejas por la desobediencia al motu proprio Summorum Pontificum. Parece que ya hubo. ¿Causa ciatalgia? Y está en ciernes el documento aclaratorio, porque ya la arbitrariedad ha llegado al punto de generar interesantes reacciones.

La Stampa (noticia universalizada por la CWNews de los EE.UU.) informa que tres sacerdotes de la diócesis italiana de Novara se “autosuspendieron” cuando su obispo, Mons Corti, les prohibió rezar en sus parroquias la misa tridentina los domingos. Los padres Alberto Secci, Stefano Coggiola y Marco Pizzocchi dijeron que si no les permitían la tridentina, no iban a celebrar ninguna.

Es interesante destacar que al menos uno de ellos tiene un pedido de los fieles de su parroquia avalado por 600 firmas. Mons. Corti les hizo el favor de suspenderlos canónicamente (error que no cometen los obispos de acá, porque eso abre un camino legal que llevará inexorablemente a darle la razón al párroco, conforme a la legislación vigente).

Por acá simplemente usan el “terrorismo episcopal”. Y los fieles y sacerdotes que han pretendido la misa trindentina lo saben. Hay muchos modos de “castigar” sin usar el derecho canónico. Quitar el oficio, matar de hambre, convertir al clérigo en un paria… la Iglesia es jerárquica, algo de lo que se acuerdan solo para abusar del poder, poder que –en su mente clerical, en el peor sentido del término- parece venir de ellos y acabar en ellos.

Hace poco le decía a un amigo, afligido por la suspensión sin causa y por medios puramente verbales e intimidatorios de una exitosa misa tridentina en Buenos Aires: “Creo que el cura debe encadenarse en la puerta de la Iglesia y llamar a los canales de TV”. Tal vez el método sugerido haya sido algo impropio de la dignidad sacerdotal, pero es que no se me había ocurrido la solución italiana: autosuspenderse.

El Espíritu Santo actúa e inspira nuevas ideas a sus fieles servidores.

Claro que el maligno inspira las propias. A los malos, para proceder con astucia, y a los buenos para olvidar la evangélica prudencia. Logra apichonarlos lamentablemente. Triunfa la desconfianza en la Providencia y un aferramiento casi obsesivo a la falsa obediencia.

Es que el terrorismo episcopal es efectivo, en especial en estas latitudes donde la Iglesia está demasiado lejos de Roma (y de Dios) y demasiado cerca del Rotary Club, para ser benevolentes.

En los días pasados, con ocasión de la visita de Mirella Pizzioli a la Argentina, que terminó siendo más pública de lo previsto en un comienzo (reuniones, conferencia, entrevista radial) le hemos oído hablar mucho de la necesidad de que el clero “santifique”. No en estos términos, pero claramente este es el concepto: “Los sacerdotes deben gastarse las manos bendiciendo”, repitió varias veces, con un énfasis esclarecedor. De esta sencilla frase puede deducirse un mundo de reflexiones teológicas, que no intentaremos hacer, porque el zapatero debe ir a sus zapatos.

Pero en tanto que fiel católico y periodista dedicado al tema creo posible decir, sin usurpar títulos ni honores, que ésta es la clave de la restauración de un clero santo: recuperar su identidad sacerdotal.

Si el sacerdote no enseña (munus docendi) ni es guía en el camino de la santidad (munus regendi) ni es puente entre el cielo y la tierra (munus sanctificandi), entonces, no sabe lo que es. Al menos no sabe bien lo que es.

Como persona poco habituada a rito nuevo me he sorprendido de este hecho con una sorpresa pueril, lo cual no está mal para quien avanza por la década de los cincuenta: los sacerdotes del novus ordo, cuando bendicen, introducen la bendición con una suerte de discursillo piadoso, o minisermón que parece pretender “reforzar” el simple acto, como si una bendición sin discursito no fuera tan efectiva.

Yo, troglodita tridentino estoy acostumbrado a que cuando el sacerdote bendice, bendice. Sus manos consagradas, siguiendo el rito litúrgico, tras una breve invocación a Dios, trazan la señal de la cruz con la certeza de que eso es suficiente para que la bendición de Dios nos llegue.

Podríamos mencionar mil otros casos. Pero este es emblemático. El sacerdote ya no está seguro de ser otro Cristo, y por eso agrega cosas de su cosecha, que por piadosas no dejan de delatar esta carencia.

Y esto no puede ser sino efecto de una formación deficiente y de una liturgia deficiente. Treinta y tres bendiciones realiza el sacerdote en una misa tridentina ordinariamente. Es mucha evidencia de la sacralidad de sus manos, lo cual ayuda a que esas manos no se profanen y que no sean retiradas cuando los fieles las quieren besar. No sienten el falso pudor moderno de creer que besan “sus” manos, sino que saben que besan “las” manos ungidas del representante de Cristo.

He percibido en los buenos sacerdotes del novus ordo, en fin, temor, dolor, esperanza. Temor de algo desconocido pero grandioso que se percibe escamoteado. Temor a ceder a la “tentación” y dar un paso sin retorno. Temor comprensible humanamente, pero que esteriliza. No vivirán en paz sino cuando asuman su sacerdocio.

Dolor, porque son almas sufrientes. Están solos, angustiados, no tienen en quien confiar. Sus pastores se han vuelto lobos…

Esperanza: la sobrenatural no ha de faltarles. Pero no vendrá ese tiempo de restauración que todos anhelamos sin batalla y la batalla deben darla ellos, los sacerdotes, insustituibles, porque se han consagrado sin regateos, no pueden ahora regatear las consecuencias de su consagración.

Dios lo haga.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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