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Deus Caritas Est

Todo intento de “liberar” a los pobres en nombre de una sistematización del evangelio constituye un reduccionismo ideológico de éste que olvida que la cautividad de la cual el Señor nos libera es, antes que nada, la del pecado, en tanto éste es negación acabada de la caridad.

Escribe Ricardo Fraga

Todo intento de “liberar” a los pobres en nombre de una sistematización del evangelio constituye un reduccionismo ideológico de éste que olvida que la cautividad de la cual el Señor nos libera es, antes que nada, la del pecado, en tanto éste es negación acabada de la caridad.

Escribe Ricardo Fraga

Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (Jn. 4,16). Con esta cita bíblica del apóstol san Juan comienza la primera carta encíclica del Papa Benedicto XVI. Este documento de profundo contenido teológico y de una insólita versación exegética constituye una pieza clave para comprender la dimensión doctrinal que el nuevo Pontífice quiere dar (y está dando) a su pontificado.

En un mundo cegado por el odio, el lucro, la violencia y la venganza (practicados en tantísimas ocasiones en nombre de la Divinidad) la encíclica resalta la significación esencialmente amante y amorosa de un Dios que, al revelarse en Jesucristo, se ha manifestado como Padre (y así, simplemente, se nos enseña por san Lucas a llamarlo: ” ¡Padre!”, Lc. 11,2) y, por ello, el Papa asienta con énfasis que “en un mundo en el cual a veces se relaciona el nombre de Dios con la venganza o incluso con la obligación del odio y la violencia, éste es un mensaje de gran actualidad y con un significado muy concreto”.

Dios es caridad” y el mensaje evangélico (el kerigma por excelencia) se funda en la comunicación amorosa (verdadera común-unión) del “misterio oculto de Dios” desde todos los siglos (Ef. 3,9) que nos convierte en hijos muy amados, creados, redimidos y santificados por y en el Amor.

Por esto mismo todo intento de “liberar” a los pobres en nombre de una sistematización del evangelio constituye un reduccionismo ideológico de éste (una auténtica dialéctica racionalista sin correlato con lo real) que olvida que la cautividad de la cual el Señor nos libera es, antes que nada, la del pecado, en tanto éste es negación acabada de la caridad. Por ello, señala Benedicto XVI “no han de inspirarse (los colaboradores en el servicio de la caridad) en esquemas que pretendan mejorar el mundo siguiendo una ideología, sino dejarse guiar por la fe que actúa por el amor (Gal. 5,6)”. Y también: “la actividad caritativa cristiana ha de ser independiente de partidos e ideologías. No es un medio para transformar el mundo de manera ideológica y no está al servicio de estrategias mundanas, sino que es la actualización aquí y ahora del amor que el hombre siempre necesita”.

En este mismo plano corresponde notar que los graves problemas que en el mundo de hoy genera una justa y equitativa distribución de los recursos y las riquezas no se solucionarán con “la revolución y la consiguiente colectivización de los medios de producción“. “Este sueño se ha desvanecido afirma con valor y tajantemente el Pontifice. Tampoco es una solución viable la globalización de la economía si ella no se integra en la noción de que “el orden justo de la sociedad y del estado es una tarea principal de la política” ya que (con cita de san Agustín) un Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran “banda de ladrones” (y cualquier parecido con la realidad latinoamericana es pura coincidencia).

Con fina suficiencia filológica (es un hombre de sólida formación clásica) analiza el Papa las diversas significaciones de los nombres que la lengua griega dio al amor (y no, claro está, al devaluado amor de las telenovelas): eros (deseo), philia (amistad) y agapé (entrega) estableciendo las delicadas relaciones que vinculan todos estos aspectos en el puro amor de Dios (“que nos amó primero“) con los hombres y de los hombres con Dios.

El cristianismo no envenenó el eros (según la pretensión de Nietzsche) sino que, por el contrario lo disciplinó y purificó “para dar al hombre, no el placer de un instante, sino un modo de hacerle pregustar en cierta manera lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser”. El eros indisciplinado (ya lo notó el mismo Platón) no es “éxtasis hacia lo divino sino caída y degradación“. El “eros degradado a puro ‘…sexo’… -acota el Papa- se convierte en mercancía, en simple ‘…objeto’… que se puede comprar y vender… más aún el hombre mismo se convierte en mercancía“.

En la línea de un “realismo inaudito“, ya que Cristo “da carne y sangre a los conceptos” (expresión formidable del Pontífice-teólogo), se coloca la noción agustiniense (repetida a lo largo de toda la carta) de la integral unidad del hombre (totus homo), cuerpo y alma y “entendimiento, voluntad y sentimiento” que coloca a Benedicto XVI en el pensamiento y en la misma terminología de los dos grandes maestros bávaros: Romano Guardini y Theodor Haecker.

En esa totalidad humana es propio de la madurez del amor que abarque “todas las potencialidades del hombre e incluye, por así decir, al hombre en su integridad, y oxigenados con este riquísimo consuelo doctrinal que se nos da a todos los que batallamos con energía las variadísimas batallas del amor, el Papa nos recuerda que el núcleo de este amor no es otro que la “semejanza con el otro” que lleva a la identificación plena del amante y el amado (como tan insuperablemente lo expresara san Juan de la Cruz en su “Subida al Monte Carmelo“).

La función esencial del pontificado apostólico ha quedado (una vez más, a lo largo de los siglos, y pese a la precariedad de la condición humana) garantizada: la elección primacial (Mt. 16, 16-19) conlleva al amor perpetuado de Pedro (Jn. 21, 15-17) y a la “confirmación en la fe” de todos sus hermanos.

Ante un mundo (y una Iglesia) expectantes de “novedades” y “estrategias para la acción” Benedicto XVI ha dedicado su primer documento formal como Romano Pontífice a la reflexión del inconmesurable amor de Dios, poniendo con esto el acento en el punto central de la única verdadera salvación que los cristianos pueden ofrecer al mundo: la caridad de Dios, Uno y Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

En fin, que como decía el teólogo mejicano citado por Castellani: “Dios es la mar de raro“.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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