Panorama Católico

Discurso Final de la Cabalgata por los Mártires de la Tradición

Queridos amigos,

Hemos venido en peregrinación durante estos días hasta el pie de la sierra, bajo la protecciá²n de Nuestra Señora de Las Pampas, reflexionando sobre la figura del Quijote.

Queridos amigos,

Hemos venido en peregrinación durante estos días hasta el pie de la sierra, bajo la protecciá²n de Nuestra Señora de Las Pampas, reflexionando sobre la figura del Quijote.

Cuando mentamos al Quijote, una de las primeras ideas que viene nuestra cabeza de hombres modernos es la de la LOCURA. El Quijote esta LOCO. Y de verdad, eso nos dice Cervantes, expresamente. Sin embargo debemos considerar lo que nos quiere decir. Qué clase de locura es esta que anida en el alma de Don Quijote y qué relación tiene esta locura con aquello que es esencial a su figura: el ser un caballero español.

El diccionario de la Real Academia define así la palabra LOCO: Aquel que ha perdido la razón. “De poco juicio, disparatado e imprudente”. Y LOCURA como “privación del juicio o del uso de la razón. Acción inconsiderada o gran desacierto”. Hay, pues una acepción meramente psiquiátrica del LOCO y de la LOCURA, que es la primera que viene a la mente del que no ahonda en el sentido profundo de las cosas.

Pero hay en el ánimo de Cervantes, en su pluma que escribe con sangre de soldado veterano de Lepanto, de cautivo en Argel, de hombre que ha dado su vida a dos grandes ideales, las armas y las letras, una concepción distinta de la LOCURA y del LOCO. Y es ese tipo de LOCURA el que queremos desentrañar aquí, porque tiene mucho que ver con nosotros, con este lugar, con esta cabalgata y con estos huesos molidos.

Consideremos, pues, este otro género de locura según la visión de tres autores de épocas muy distintas pero de idéntica afinidad espiritual.

El primero de ellos, San Pablo, que en su primera epístola a los Corintios (14, 22-24) afirma

Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría…
pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente escándalo, y para los gentiles locura…

El apostol de los gentiles, tan desacreditado hoy por los progresistas, nos invita a abrazar la Cruz, que es LOCURA para los gentiles y escándalo para los judíos.

Ya vemos que en la antigüedad misma, en momentos que el apóstol llamó “La plenitud de los tiempos”, es decir, la época que Dios eligió para la Encarnación del Hijo, la cumbre de todo lo que el hombre podía hacer por sus propias fuerzas naturales en el orden del espíritu: la filosofáŒa, el arte, el derecho, la política… en ese tiempo de esplendor máximo de la humanidad irredenta en la que Dios injertó la tierra con el cielo y nos devolvió la posibilidad de ser rescatados por la sangre de Cristo derramada en la Cruz, en ese tiempo, la idea de un Dios pendiente en una Cruz era LOCURA para los hombres sabios.

Y sin embargo hubo y hay todavía, sacramentalmente, un Dios pendiente de la Cruz.

¿Qué suerte de insensatez divina hizo que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se encarnase para REDIMIR a la humanidad, esclavidaza por el Principe de este mundo?

¿Qué desvarío es este de un hombre-Dios escarnecido y humillado, muerto del modo más oprobioso para RECONQUISTAR a los hombres?

Porque el acto sublime de la Encarnación y todas las consecuencias que Dios previó se seguirían de él son el mayor rescate que se haya pagado jamás en toda la historia de la creación. Todas las almas, desde Adán hasta el último hombre que viva, han sido rescatadas, RECONQUISTADAS, al precio de la sangre de Cristo, que se vertió hasta su última gota cuando el Centurión lanceó el costado del cuerpo divino, momento en que fluyó sangre y agua. La sangre del rescate y el agua de la humanidad rescatada.

Quienes hemos visto esa escena en la película “La Pasión de Cristo” nos hemos sorprendido por la fuerza de esa ablusión, de ese violento asperges que santificó al soldado y confirmó en la santidad a las piadosas mujeres y a San Juan. Esa efusión casi violenta de un cuerpo sin vida, que es fisiológicamente posible, está allí subrayada para señalar el efecto purificador y santificante de esa sangre redentora.

¿Qué suerte de locura divina, decíamos, nos erigió en ese momento LA CRUZ como supremo modelo de la vida cristiana, nos señaló indeleblemente que la entrega con dolor hasta el derramamiento de la sangre son el precio del rescate, de la RECONQUISTA de las almas? Pues esa es la enseñanza de la Cruz. La locura de la Cruz. No nos hagamos ilusiones. No habrá salvación nuestra ni RECONQUISTA de almas sin CRUZ y sin DOLOR. No habrá talento natural, oratoria o trabajo que suplan el poder de conmover las almas que Dios pone allí donde Él quiere, solo al precio del dolor y de la CRUZ.

Los padres de nuestra civilización creían en la oratoria, en las ciencias, en la belleza, en la potestad del gobernante. Nosotros también. Pero para ellos no quedaba sino la nostalgia de ver que todos estos esfuerzos eran insuficientes por sí solos. Necesitaban de un elemento santificador, una elevación al orden sobrenatural. Eso fue lo que San Pablo les explicó en el Agora cuando les habló del “Dios desconocido”. Y los atenienses lo echaron por LOCO.

Entonces el Apóstol siguió con su aventura de Caballero andante de Cristo, y encontró a otros gentiles, otros griegos que entendieron el mensaje. Y de allí que en pocos años toda la Grecia Magna fue una constelación de iglesias. De nada sirvió la oratoria, sin la fecunda acción de la Cruz.

PASCAL

Siglos más tarde, otro autor profundamente católico, Blas Pascal, ya en pleno auge del “racionalismo” acuñó una frase célebre que cuestiona la RAZÓN. ¡Pero, cuidado! No la recta razón, a la que nos remite siempre la teología sana, la de los doctores de la Iglesia, la de Santo Tomás, la del Magisterio inmutable. Sino la razón según Descartes, es decir, la razón humana rebelada, amotinada contra los sentidos, en particular contra el sentido común, por un lado. Y amotinada contra la Fe, contra todo aquello que esté por encima (no en contra sino por encima) de la razón. Cuando se cree que la razón es fuente y principio de todas las cosas se termina en el manicomio.

Contra eso dice Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”. ¿Cuales son esas razones del corazón sino las que movieron a millones de hombres al martirio, o al monasterio, o a la Cruzada? Son las razones que impulsaron a millones de españoles durante ocho siglos a resistir la invasión musulmana, y a perseverar en la recuperación, en la RECONQUISTA de España para la Fe de Cristo. Son las razones de la Cruz, esas que la razón no entiende.

La razón entiende la negociación, la componenda, la rendición ante un enemigo superior en fuerzas. Incluso ante el enemigo inferior en fuerzas, porque es la razón del pacifista, del falso tolerante, del que quiere que lo dejen tranquilo. El corazón tiene otras razones. El corazón no quiere que lo dejen tranquilo. Quiere meterse en problemas. Busca hacerse caballero de las causas que traen muchas preocupaciones y ningún rédito. El corazón nos invita a cabalgar cinco días por el desierto para ganar quebrantos de huesos, posaderas ardientes, sed, calor… Y todo por nada. Por nada que la razón entienda.

El corazón tiene las razones que Don Pelayo razonaba en las cuevas de Covadonga. Las razones que usaría para arengar a sus soldados e invitarlos a la muerte por la causa de la Vida. Las razones del general, del rey que arenga a los suyos para la batalla sin esperanza, sin esperanza según la razón, pero con la Esperanza sobrenatural, que es la gran razón del corazón.

Nos imaginamos que los arengaría diciéndoles palabras parecidas a las que Shakespeare pone en boca de Enrique V, hablando a sus soldados antes de la batalla de Agincourt. “Quien muera hoy conmigo, campesino, hidalgo, vasallo o señor, será mi hermano. Porque ¿qué es este ejército sino un grupo de amigos, una banda de hermanos?” Y esta invitación “disparatada e imprudente” a morir para obtener como premio el ser hermano del rey, amigo del rey, suena como un eco de las palabras de Nuestro Señor cuando nos invita a seguirlo cargando su cruz, ya no como siervos sino como amigos, como hermanos.

Estas razones de las causas perdidas para la razón son las razones del corazón, las razones del caballero, que no defiende otras causas que las causas perdidas. Sin embargo, ¡cuidado!, las causas perdidas según la razón del racionalista, pero las causas de la victoria prometida por el Maestro Divino, por Aquel que no puede engañarse ni engañarnos.

Las causas de Aquel que excitó el furor del Sanedrín cuando, a punto de ser convertido en gusano, su cuerpo arado por los flagelos, respondiendo majestuosamente a la pregunta de Caifás: ” ¿Eres tú el Cristo?”, respondió afirmando, “Si, lo soy. Y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Padre, venir sobre las nubes del Cielo”. ¡Qué respuesta tan insensata según la razón! ¡Qué respuesta tan esperanzadora según las razones del corazón!

Si, somos caballeros de las causas perdidas, como la de Aquella que ha dicho “Finalmente, mi Corazón Inmaculado triunfará”.

Por eso luchamos por las causas perdidas, perdidas según la razón de los racionalistas, las causas que son locura para los hombres modernos y escándalo para los progresistas católicos. Para los que están hundidos en el hedonismo embrutecedor o en la comodidad de conciencia. Porque -es doloroso pero verdadero- somos soldados de causas perdidas, inclusive para aquellos de nuestros hermanos católicos que tienen un pie en la Iglesia y otro en el mundo. Los que nos llaman “exagerados”, y hasta “fundamentalistas” sin darse cuenta de que quienes militamos debajo de esta bandera no podemos dormir, debemos estar siempre en vela, siempre de guardia, siempre con nuestras lámparas provistas de aceite, siempre listos para subir al caballo.

CHESTERTON

Finalmente, un tercer autor nos habla de la LOCURA. Chesterton, ese caballero andante, como lo definió sutilmente Miguel Ayuso. Ese gigante que se batió con la pluma y la palabra para deshacer entuertos en favor de la verdad y el sentido común, en bien de todas y cada una de las almas que se cruzaron en su camino…

¿Qué nos dice Chesterton de la LOCURA? Hablando del hombre mentalmente insano, nos dice que tal género de persona ha perdido todo, menos la capacidad de razonar. Lo característico del loco, dice Chesterton, es que lejos de haber perdido el raciocinio, vive esclavo de él. Vive dentro de la esfera perfecta del racionalismo, es un racionalista puro. Solo que razona en el vacío, sin referencias con la realidad. Razona como Descartes, partiendo de la duda sobre todo y afirmando como única certeza de su propia existencia, su propio pensamiento. No le basta el gusto de la cerveza o del vino, el olor del asado ni dolor de posaderas y de huesos para creer en su existencia. No le basta lo que sus ojos ven, lo que sus oídos oyen, lo que puede oler y palpar.

El racionalista odia la cruz porque encierra un misterio y una contradicción que no puede resolver. Por eso ama la esfera, que le da una ilusión de perfección. Sin embargo la esfera de su razón lo encierra y lo enloquece mientras que la Cruz libera. Libera porque supone un misterio a partir del cual todo el universo se hace luminoso y amable. El hombre que ama la cruz acepta que hay cosas que no puede comprender y a partir de allí todo se vuelve comprensible. El racionalista, por el contrario, encerrado en su esfera, trata de comprender todo y termina no comprendiendo nada. Hoy deja de creer en Dios y mañana ya no cree ni en el vaso de vino que está sobre su mesa.

Como contrafigura del LOCO quijotesco que veneramos se alza el loco moderno, el hombre de los siglos iluminados. Profundamente anticristiano porque está profundamente deshumanizado. Es el hombre del nuevo régimen y de la ciudad moderna. Carcomido por el virus del individualismo. No concibe la dignidad sino como la emancipación de todo mandato que no sea su propia voluntad. El es la medida de todas las cosas. No tiene padres, no tiene patria, no tiene tradición. Es un hombre que no se debe a nadie y no debe nada.

En uno de sus tantos pasajes brillantes, Chesterton nos dice del filósofo moderno, del teórico del pensamiento moderno: “Afirmamos que el criminal más peligroso es el criminal culto… que, hoy por hoy, el más peligroso de los criminales es el filósofo moderno que ha roto con todas las leyes. En comparación con él, los ladrones y los bígamos casi resultan de una moralidad intachable, pues, aunque por caminos equivocados, aceptan el ideal humano fundamental. Los ladrones creen en la propiedad, por eso procuran apropiársela. Los bígamos creen en el matrimonio… Pero al filósofo, la idea misma de la propiedad le disgusta y le repugna el matrimonio”. (El Hombre que fue Jueves).

Chesterton nos dice que este hombre, en su locura, no se siente deudor insolvente sino acreedor absoluto. Tolo le es debido y nada debe él a nadie. Ni siquiera la vida. Es más, abomina de la vida. ¿Por qué me trajeron al mundo sin consultarme si yo quería venir?” es su gran reproche. ” ¡Déjenme en paz!”, su divisa de armas. “El camino más fácil”, su método de vida. “Yo, yo y solo yo” su concepción del universo.

Es la antítesis del espíritu caballeresco: es interesado, egoísta, pusilánime, cruel, despiadado e impío. Es el hombre que no acepta el orden natural, el hombre capaz de matar a sus hijos con el aborto y a sus padres con la eutanasia, tan pronto sean un estorbo para su vida placentera. Y a sí mismo, porque, a la vez, es el hombre profundamente insatisfecho, amargado, desesperado, que busca enajenarse porque no puede convivir consigo mismo.

Es el hombre que odia el silencio, la luz del sol, el esfuerzo. El hombre de la droga para dormir y la droga para despertar. El que aplasta cráneos para llegar al éxito, que traiciona amigos y familia para alcanzar sus metas, y una vez que las ha alcanzado (o si no ha logrado alcanzarlas) se hunde en el hastío y la desesperación. Es el hombre que produjo Descartes junto con Lutero.

Por eso Descartes es el patrono de los locos del manicomio. Así como Don Quijote es el santo patrono de los locos que estamos hoy aquí y en otros lugares como este, con este mismo espíritu. No tengo la menor duda de que si el Quijote hubiera existido como persona física, sería hoy un santo en los altares. Porque ha existido y aún existe como persona colectiva. Porque es la encarnación del Espíritu de España, que es esencialmente un espíritu de locura, de locura de heroísmo y de locura de santidad. De caballeros andantes que defienden causas perdidas.

Y que de tanto defender causas perdidas y hacer locuras, reconquistaron España de los infieles musulmanes… Y en tren de hacer más locuras rumbearon a la mar océano y descubrieron un continente, la Nueva España, que conquistaron con un puñado de espadas y una tropilla de caballos. Con un puñado de frailes y unas cruces de palo. Y le ofrecieron al mundo una hazaña única, nunca antes vista: pocos cientos de locos de la Cruz ganaron en los campos de combate de las armas y de las almas millones de hombres para la Iglesia de Cristo. ¡No, no fue, ciertamente, una conquista! ¡Fue una magnífica RECONQUISTA!, un gigantesco rescate por la sangre de la Cruz y para Cristo de millones que aún no conocían que ya había llegado, muchos siglos atrás el tiempo del rescate.

El Quijote es un santo porque resume en él toda la santidad de España, de la España eterna, y de la Españas que la sucedieron. Es caballero, es casto, es piadoso. Es sabio, es desintersado. Tiene el corazón en el cielo, donde está su tesoro y vaga por el mundo para imponer la justicia de Cristo, por la fuerza de las armas y por la fuerza de las palabras.

Es caballero reconquistador cuando embiste molinos, cuando se bate con el vizcaíno, cuando libera galeotes, pero también cuando ataca la procesión de frailes al grito de: ” ¡Bien os conozco, gente endiablada y descomunal!” ¿Qué mejor prueba de su santidad cristiana que esta arremetida contra los falsos hijos de la Iglesia, contra los lobos con piel de oveja, contra los falsos pastores, contra la Iglesia de Judas?

¡Qué necesitados estamos de estas embestidas! ¡Qué carecientes de Quijotes que enfrenten a los malos pastores! Que enarbolen la bandera de la verdad de Cristo -no la propia, no la opinión personal sino la de Cristo- para que los fieles la reconozcan y la sigan. ¡Y que inviten a todos a regresar al buen camino! Para ello se necesita la fuerza de la Verdad y la mansedumbre de la Caridad, porque son tiempos de tinieblas y todos estamos de algún modo confundidos en ellas. Y los tiempos que vienen amenazan ser peores. Ya nos lo advierte San Pablo en su carta 2 ª a Timoteo:

También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos.

Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella… a éstos evita…

Pero además el Quijote es santo porque ha abrevado en la sabiduráŒa cristiana, que trasmite a sus amigos en sus discursos que embelezan a los oyentes con tal género de sabiduría que ninguno de ellos podría sino creer que escucha a un hombre agraciado con los siete dones del Espíritu Santo. En particular en los consejos que da a Sancho para el gobierno de su áŒnsula, el primero de los cuales reza: “Primeramente, ¡oh hijo! Has de temer a Dios, porque en el temerle está la sabiduría y siendo sabio no podrás errar en nada!” Y luego “pon los ojos en lo que eres, procurando conocerte a ti mismo que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse”. ¡Cuánta falta hace al hombre moderno temer a Dios y conocerse a sí mismo!

Finalmente, queridos amigos, a la vez que los invito, en especial a estos jóvenes caballeros que han cruzado heroicamente durante cinco días, en dura peregrinación, que fue como una metáfora de la vida cristiana que los espera, los caminos más difíciles, sin otro interés que el acometer empresas arduas, lo que es una señal indiscutible de espíritu quijotesco, a estos jóvenes y a todos Uds. a rogar al Cielo por intercesión de Nuesta Señora de las Pampas y -si me permiten la libertad poética- por la de Don Quijote, ruego que será recogido por todos los santos hispanos en su nombre y presentado ante el trono celestial en manos de los santos ángeles.

Y vamos a rogar por la Iglesia y por la nación que fue su espada más fiel, España. Y por Hispanoamérica, primogénita de España. Para que Dios Nuestro Señor sacuda los gusanos que las corroen, despierte el espíritu quijotesco de sus hijos y nos conduzca -siempre fieles a Cristo- a la gloria del cielo por los caminos que El disponga.

Y roguemos pues con estas Letanías que Rubén Darío dedicó a el más noble caballero de los caballeros y el más santo peregrino de los peregrinos, porque en él se resumen todos los que fueron, son y serán.

Letanía de nuestro señor Don Quijote

Rey de los hidalgos, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión…
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón.

Noble peregrino de los peregrinos,
que santificaste todos los caminos
con el paso augusto de tu heroicidad,
contra las certezas, contra las conciencias
y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad…

¡Caballero errante de los caballeros,
varón de varones, príncipe de fieros,
par entre los pares, maestro, salud!
¡Salud, porque juzgo que hoy muy poca tienes,
entre los aplausos o entre los desdenes,
y entre las coronas y los parabienes
y las tonterías de la multitud!

¡Tú, para quien pocas fueron las victorias
antiguas y para quien clásicas glorias
serían apenas de ley y razón,
soportas elogios, memorias, discursos,
resistes certámenes, tarjetas, concursos,
y, teniendo a Orfeo, tienes a orfeón!

Escucha, divino Rolando del sueño,
a un enamorado de tu Clavileño,
y cuyo Pegaso relincha hacia ti…
escucha los versos de estas letanías,
hechas con las cosas de todos los días
y con otras que en lo misterioso vi.

¡Ruega por nosotros, hambrientos de vida,
con el alma a tientas, con la fe perdida,
llenos de congojas y faltos de sol,
por advenedizas almas de manga ancha,
que ridiculizan el ser de la Mancha,
el ser generoso y el ser español!

¡Ruega por nosotros, que necesitamos
las mágicas rosas, los sublimes ramos
de laurel Pro nobis ora, gran señor!
¡Tiembla la floresta de laurel del mundo,
y antes que tu hermano vago, Segismundo,
el pálido Hamlet te ofrece una flor!

Ruega generoso, piadoso, orgulloso…
ruega casto, puro, celeste, animoso…
por nos intercede, suplica por nos,
pues casi ya estamos sin savia, sin brote,
sin alma, sin vida, sin luz, sin Quijote,
sin piel y sin alas, sin Sancho y sin Dios.

De tantas tristezas, de dolores tantos
de los superhombres de Nietzsche, de cantos
áfonos, recetas que firma un doctor,
de las epidemias, de horribles blasfemias
de las Academias,
¡líbranos, Señor!

De rudos malsines,
falsos paladines,
y espíritus finos y blandos y ruines,
del hampa que sacia
su canallocracia
con burlar la gloria, la vida, el honor,
del puñal con gracia,
¡líbranos, Señor!

Noble peregrino de los peregrinos,
que santificaste todos los caminos,
con el paso augusto de tu heroicidad,
contra las certezas, contra las conciencias
y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad…

¡Ora por nosotros, señor de los tristes
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión!
¡que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón!

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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