Panorama Católico

¿Doctrina Católica al Estilo Protestante? (II)

¿Es lícito seguir recibiendo al matrimonio sacramental a novios que están conscientemente determinados a usar anticonceptivos, es decir, que proyectan disociar tajantemente siempre que les parezca oportuno el amor conyugal y la posible transmisión de vida? ¿O que piensan acudir, llegado el caso, a técnicas reproductivas artificiales?

Por el R.P. José María Iraburu

¿Es lícito seguir recibiendo al matrimonio sacramental a novios que están conscientemente determinados a usar anticonceptivos, es decir, que proyectan disociar tajantemente siempre que les parezca oportuno el amor conyugal y la posible transmisión de vida? ¿O que piensan acudir, llegado el caso, a técnicas reproductivas artificiales?

Por el R.P. José María Iraburu

Anticonceptivos

En Seminarios, Facultades, Editoriales católicas, Librerías religiosas, Cursos Prematrimoniales, Grupos de Matrimonios, así como en la práctica del sacramento de la confesión, se ha difundido tanto el error en graves cuestiones de moral conyugal, que hoy en no pocas Iglesias la mayoría de los matrimonios católicos profanan el sacramento con «buena conciencia ». Así se enfrentan con Dios y con su Iglesia, usando habitualmente, cuando lo estiman conveniente, de los medios anticonceptivos químicos o mecánicos, que disocian amor y posible transmisión de vida. También esta profanación generalizada del matrimonio cristiano es sin duda una de las mayores vergüenzas de la Iglesia en nuestro tiempo. Es un escándalo.

En noviembre de 2003 el Obispo de San Agustín (Florida, EE.UU.), Mons. Víctor Galeone, publica una pastoral sobre el matrimonio.

En ella se atreve a decir: «La práctica [de la anticoncepción] está tan extendida que afecta al 90% de las parejas casadas en algún momento de su matrimonio… Puesto que uno de las principales funciones del obispo es enseñar, os invito a reconsiderar lo que la Iglesia afirma sobre este tema ». Recuerda seguidamente la doctrina católica, y añade:

«Me temo que mucho de lo que he dicho parece muy crítico con las parejas que utilizan anticonceptivos. En realidad, no las estoy culpando de lo que ha ocurrido en las últimas décadas. No es un fallo suyo. Con raras excepciones, debido a nuestro silencio, somos los obispos y sacerdotes los culpables ».

¿También ésta habrá de ser considerada una batalla perdida, perdida sin lucha? No permitirá el Señor que esta epidemia enferme a su santa Esposa, la Iglesia, indefinidamente. Suscitará Obispos y párrocos, teólogos y laicos santos que, con la fuerza del Espíritu Santo, enfrenten decididamente este error y este pecado, venciéndolo con la verdad de Cristo, y aplicando una disciplina pastoral adecuada.

¿Podrá en adelante ser ordenado un Obispo o un presbítero del que no conste que está firmemente dispuesto a difundir la verdad católica sobre el matrimonio, y a combatir los errores y los falsos doctores que la falsifican?

¿Es lícito seguir recibiendo al matrimonio sacramental a novios que están conscientemente determinados a usar anticonceptivos, es decir, que proyectan disociar tajantemente siempre que les parezca oportuno el amor conyugal y la posible transmisión de vida? ¿O que piensan acudir, llegado el caso, a técnicas reproductivas artificiales?

Al realizar el expediente matrimonial, el párroco hace a los novios media docena de preguntas en los escrutinios privados, para que los novios, respondiéndolas adecuadamente y rubricándolas con su firma, hagan constar que van al matrimonio «queriendo hacer lo que la Iglesia quiere ». Pues bien, sería necesario que el expediente matrimonial incluyera dos declaraciones firmadas, una sobre la Misa, otra sobre la anticoncepción, que vinieran a decir lo que sigue:

– «Acepto el precepto de la Iglesia sobre la Misa de los domingos y días festivos, y me propongo firmemente cumplirlo ».

– «Me comprometo sinceramente a no hacer uso en el matrimonio de medios anticonceptivos físicos o químicos, y a no acudir en ningún caso a técnicas reproductivas artificiales que la Iglesia prohibe ».

Unos novios que no van a Misa y que están decididos a seguir ausentes de ella -es decir, que no quieren vivir en la Iglesia-… unos novios decididos a usar cuando les parezca los medios anticonceptivos o las técnicas artificiales de reproducción, no deben ser pastoralmente autorizados al matrimonio sacramental, pues

-hay certeza moral de que en su vida conyugal lo van a profanar… y

-hay un fundamento grave para dudar de la validez de ese matrimonio.

Si los novios no creen ni quieren lo que la Iglesia cree y manda sobre el matrimonio, no están en condiciones de establecer lícitamente en la Iglesia, ni siquiera válidamente, un matrimonio sacramental. Atentarlo, pues, sería -es- un sacrilegio.

Evidentemente, la cláusulas nuevas que sugerimos para los expedientes matrimoniales, en las que los novios reconocen la inmoralidad absoluta de la anticoncepción y de la concepción artificial, son del todo inaplicables en tanto no haya una recuperación general de la moral católica conyugal en Obispos, párrocos y catequistas. Sin ésta restauración de la doctrina católica, es impensable que los párrocos exijan a los futuros esposos una convicción moral que ellos mismos no tienen. Y del mismo modo, es imposible exigir que los novios se comprometan a cumplir unas normas morales que frecuentemente ven negadas o puestas en duda en la Iglesia, en libros, en cursillos prematrimoniales, etc.

Todavía un Obispo, el 16 de febrero de 2004, se muestra en una conferencia «afligido » por «la distancia entre la Iglesia docente y buena parte de la Iglesia discente » en diversas materias de moral conyugal. «Un número apreciable de moralistas participan también, en un grado y otro, de este malestar e "insinúan sobre estas situaciones un juicio moral más benigno" (Valsecchi, 1973). Convendrá, pues, que los teólogos «profundicen » más en estas cuestiones, ayudando al Magisterio, «de tal manera que se acercaran en estos puntos la "traditio" y la "receptio" ».

Está claro, pues, que el saneamiento del matrimonio católico, hoy tan gravemente enfermo, ha de comenzar por los Obispos y sacerdotes. Grandes daños causan a los matrimonios los pastores que consideran la doctrina de la Iglesia Católica poco benigna o menos benigna que la de ciertos moralistas. Entre tanto, mientras el Espíritu Santo logra la unidad de los Pastores en la verdad católica de la moral conyugal, habrá que seguir celebrando, en una condescendencia pastoral patética, matrimonios «sacramentales » que contrarían claramente la verdad del matrimonio cristiano. Y ésta es una situación tan gravemente escandalosa, que no puede durar y perdurar.

El Espíritu Santo no quiere más sacrilegios en el sacramento del matrimonio. Quiere que en la Iglesia de Cristo crea firmemente en la verdad de la moral matrimonial y ponga los medios para que no se sigan cometiendo tantos pecados. No quiere que en el matrimonio sacramental sea sistemáticamente profanado, una y otra vez, el amor conyugal, separando lo que Dios ha unido, esto es, el amor esponsal y la posible transmisión de vida. No quiere, al menos, que se siga cometiendo esta perversión con buena conciencia.

La acción política cristiana

En los países descristianizados de Occidente, los católicos llevamos medio siglo viéndonos en la necesidad de abstenernos en las votaciones políticas o de votar a partidos criminales del Estado liberal, que ni respetan la tradición cristiana, ni guardan las normas más elementales de la ley natural. ¿Hasta cuándo va a durar esta ignominia? ¿Acaso es inevitable, como estiman los católicos liberales?

La Bestial liberal separa al pueblo de su pasado histórico, allí donde éste ha sido netamente cristiano, quitándole así su identidad y su alma: disminuye, falsifica o casi elimina el estudio de la historia nacional. La Bestia liberal, es por un lado extremadamente centralista, pero por otro lado, al quitarle el alma a un pueblo, ocasiona que se divida en trozos, en partidos contrapuestos y en regiones egocéntricas. Degrada la escuela y la Universidad, y sofoca la enseñanza privada. Estimula el divorcio, la pornografía, la homosexualidad, el consumismo, la rebeldía, el antipatriotismo y toda clase de perversiones. Por el aborto despenalizado y gratuito, causa la matanza de los inocentes -en España, la Bestia ha asesinado medio millón de niños no nacidos en los últimos diez años-.

La Bestia liberal es intrínsecamente perversa. El Estado del liberalismo es congénitamente inmoral, pues no sujeta su acción, cada vez más amplia e invasora, a ley alguna, ni divina, ni natural. Es una potencia política sin freno, capaz, y así lo viene demostrando, de producir en la sociedad males enormes. Más que promover el bien común, muchas veces fomenta y procura el mal común.

Mírese, por ejemplo, la acción del Estado liberal hacia la juventud. Hace campañas, ya en los adolescentes, en favor de la promiscuidad: «vive el sexo, pero el sexo seguro »… distribuye gratuitamente preservativos… produce y difunde folletos en los que la heterosexualidad, la homosexualidad y la bisexualidad se presentan, científicamente, como formas igualmente válidas de la sexualidad humana. Subvenciona o difunde series televisivas juveniles en las que sistemáticamente se ridiculiza la virtud, la honradez, el empeño trabajador en los jóvenes, y se estimula en ellos, por el contrario, la desvergüenza, la pereza, la lujuria, la rebeldía contra los padres, contra los profesores, contra todo, en un nihilismo prepotente, falso, absurdo, feo, degradado.

Corruptio optimi pessima. Al poder político le corresponde la altísima misión de procurar el bien común. Por eso, cuando este ministerio óptimo se corrompe y es ejercitado de modo perverso, sin sujetarse a norma moral alguna, se transforma en la fuente mayor de los peores males. Y es, desde luego, la causa principal de la descritianización de los pueblos en Occidente.

Y sin embargo, como se describe en Apocalipsis 13, «la tierra entera seguía maravillada a la Bestia » liberal, a quien el Dragón infernal le da poder para «hacer la guerra a los santos y vencerlos ». La mayoría de los cristianos, acobardados unos y fascinados los más, aceptan la marca de esta Bestia mundana «en la mano derecha y en la frente », es decir, en sus conductas y pensamientos. Acceden convencidos al servicio de la Bestia, en buena parte porque saben que quienes no adoren públicamente a la Bestia y no acepten la marca de su sello, «no podrán ni comprar ni vender » en el mundo, quedarán marginados y perdidos, y serán finalmente «exterminados ». La voluntad influye en el juicio y lo fuerza al error. No quieren ser mártires. Se creen con derecho a no serlo.

En esta situación, sólamente un resto de fieles mártires resisten a la Bestia y no admiten su marca ni en la frente ni en la mano: son «los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús » (Ap 12,17).

El catolicismo liberal siempre ha visto con horror y desprecio el Syllabus del Beato Pío IX (1964). Pero especialmente se ha escandalizado de su último número, el 80, donde el Papa condena la siguiente proposición: «El Romano Pontífice [la Iglesia] puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna » (DS 2980).

Por supuesto que la Iglesia colabora con el progreso científico, técnico, social, etc. ¿Pero qué conciliación cabe entre la Iglesia y una sociedad liberal, herméticamente cerrada a la autoridad de Dios, que en su vida política y cultural ni siquiera reconoce la ley natural, sino que parece complacerse especialmente en pisotearla?

Es obvio que, como dice el Syllabus, entre la Iglesia y la Bestia liberal no puede haber concordia alguna. Siguen, pues, vigentes las palabras del Apóstol: «no os unzáis al mismo yugo con los infieles: ¿qué tiene que ver la rectitud con la maldad?, ¿puede unirse la luz con las tinieblas?, ¿pueden estar de acuerdo Cristo y el diablo?, ¿irán a medias el fiel y el infiel?, ¿son compatibles el templo de Dios y los ídolos? » (2Cor 6,14-16).

Cuando consideramos la actitud pasada de la Iglesia Ortodoxa en la Unión Soviética, nos parece lamentable que no se enfrentase más abiertamente con la Bestia comunista. Los sucesores de los Apóstoles se daban la mano con los Jerarcas soviéticos y se dejaban fotografiar sonrientes con ellos. Los campos de concentración, las arbitrariedades inauditas de la KGB, el ostracismo, la cárcel, los genocidios y las deportaciones masivas, la persecución de sacerdotes y laicos cristianos, la promoción del ateismo y del aborto, no eran suficientes para que se distanciaran totalmente -ateniéndose a las consecuencias- de tantos horrores. Las razones alegadas eran claras: «si no salvamos la propia vida, se apaga totalmente en nuestra patria el Evangelio y cesa la celebración de la Divina Liturgia ».

Cuando se considere dentro de unos años la actitud de algunas regiones de la Iglesia Católica, parecerá lamentable que ésta no se enfrentase allí más abiertamente con la Bestia liberal. Dar la mano, la sonrisa y la imagen de concordia a políticos responsables de tan graves crímenes -no pocos de ellos se dicentes cristianos-… establecer con ellos acuerdos, que se declaran «satisfactorios »… no impedir que el voto de los católicos sostenga y haga posible tantas infamias, se verá con pena, vergüenza y lamentación. Y las razones alegadas, «salvar la vida de la Iglesia, el mantenimiento de los sacerdotes y de los templos, la vida litúrgica, asistencial, apostólica », etc., no se estimarán convincentes, sino falsas y cobardes.

El siglo XX, él solo, ha dado, con gran diferencia, más mártires cristianos que todos los siglos precedentes. Pero junto a esta oleada de fidelidad extrema, se ha dado en la Iglesia una oleada de apóstatas, también en proporciones nunca conocidas. La vocación al martirio ha sido rechazada por los innumerables cristianos que han aceptado en su frente y en su mano la marca de la Bestia liberal.

Pero es indudable que la vocación martirial ha sido muy particularmente escasa en la mayoría de los políticos cristianos. No han luchado por la verdad y el bien del pueblo. No se les ven cicatrices, sino prestigio mundano y riqueza. Sin mayores resistencias -pues tienen que «guardar sus vidas », para así continuar sirviendo al Reino de Cristo en el mundo-, han dejado ir adelante políticas perversas con sus silencios o complicidades. Han tolerado agravios a la Iglesia que no habrían permitido contra una minoría islámica, budista o gitana. Se han mostrado incapaces no sólo de guardar en lo posible un orden cristiano -formado durante siglos en naciones, a veces, de gran mayoría cristiana-, sino que ni siquiera han procurado proteger lo más elemental de un orden natural, destrozado más y más por un poder político malvado. E incluso han obrado así también cuando han tenido mayoría parlamentaria, pues no querían perderla.

La Democracia Cristiana de Italia, que ha gobernado durante casi toda la segunda mitad del siglo XX, ha sido sin duda una referencia muy importante para todos los políticos católicos del mundo. Pues bien, viniendo a un caso concreto, en 1994, perdido ya el poder, y siendo presidente de Italia el antiguo democristiano Oscar Luigi Scalfaro, dirige al Congreso un notable discurso en el que aboga por el derecho de los padres a enviar a sus hijos a colegios privados, sin que ello les suponga un gasto adicional.

El valiente alegato de este eminente político fue respondido por una congresista católica, recordándole que, habiendo sido él mismo ministro de Enseñanza, «tendría que explicar a los italianos qué es lo que ha impedido a los ministros del ramo, todos ellos democristianos, haber puesto en marcha esta idea », siendo así que la Democracia Cristiana, sola o con otros, ha gobernado Italia entre 1945 y 1993. En casi cincuenta años, por lo visto, la DC italiana no ha hallado el momento político oportuno para conseguir -para procurar al menos- la ayuda a la enseñanza privada, un derecho natural tan importante.

¿Cómo puede explicarse la inoperancia casi absoluta de los cristianos de hoy en el mundo de la política y de la cultura? Llevamos más de medio siglo elaborando «la teología de las realidades temporales », hablando del ineludible «compromiso político » de los laicos, llamando a éstos a «impregnar de Evangelio todas las realidades del mundo secular ». Y sin embargo, nunca en la historia de la Iglesia, al menos después de Constantino, el Evangelio ha tenido menos influjo que hoy en la vida del arte y de la cultura, de las leyes y de las instituciones, de la educación, de la familia y de los medios de comunicación social. ¿Cómo se explica eso?

¿Hasta cuándo esta Bestia liberal será alimentada por los votos de los ciudadanos católicos? La respuesta es simple: esa miseria será inevitable hasta que exista alguna opción política cristiana. ¿Pero y por qué esta opción política cristiana se tiene por imposible o por inconveniente? ¿Es que ha de prolongarse indefinidamente la absoluta impotencia política del pueblo cristiano?

No dejaremos estas preguntas en el aire. Trataremos de darles respuestas verdaderas.

1. El catolicismo liberal es inerte en la política, porque se ha mundanizado completamente en su mentalidad y costumbres. Ignora y desprecia la tradición doctrinal y espiritual católica, asimila las mentiras del mundo, y no tiene nada que dar al mundo secular. En su ambiente no hay ya filósofos ni novelistas, ni tampoco polemistas que entren en liza con las degradaciones mentales y conductuales del mundo actual, por el que se siente admiración y enorme respeto. Los católicos liberales son incapaces de actuar como cristianos en política, en el mundo de la cultura y de la educación, en los medios de comunicación, pues son «sal desvirtuada, que no vale sino para tirarla y que la pise la gente » (Mt 5,13).

Gracias a los católicos liberales, en pueblos de gran mayoría católica ha podido entrar en la vida cívica, sin mayores luchas ni resistencias, y legalizadas por el voto de los católicos, una avalancha de perversiones incontables, contrarias a la ley de Dios y a la ley natural. También el Poder contrario a Dios y a su Iglesia ha podido gobernar durante muchos decenios a pueblos de gran mayoría católica, como México o Polonia, sin que los católicos liberales de todo el mundo se rebelaran por ello mínimamente.

Es obvio: cuando los católicos más ilustrados, clero y laicos, asimilan el liberalismo y asumen la guía del pueblo, cesa completamente la acción política de los fieles.

2. Mientras se evite en principio, como un mal mayor, la confrontación de la Iglesia con el mundo, no es posible que se organice ninguna opción política cristiana. Una acción de los cristianos en el mundo secular, sobre todo si se produce en forma organizada y con medios importantes, es imposible sin que se produzca una cierta confrontación entre la Iglesia y la sociedad actual. Ahora bien, si se exige, como norma indiscutible, que la Iglesia se relacione con el mundo moderno en términos de amistad y concordia… si por encima de todo se pretende evitar cualquier confrontación con el mundo -y, por tanto, dicho sea de paso, cualquier modo de persecución-, entonces es totalmente imposible la acción política de los cristianos en el mundo, y mucho menos en formas organizadas.

Pero esto es, simplemente, horror a la cruz. Esto es una fuga sistemática del martirio por exigencias semipelagianas: «hay que proteger sana y prestigiada ante el mundo "la parte" humana de la Iglesia, para que así pueda transformar la sociedad ».

3. Es necesario que los votos católicos se unan para procurar el bien común en la vida política. O dicho en otras palabras: es ya absolutamente intolerable que los votos católicos sigan sosteniendo el poder de la Bestia liberal. Hubo un tiempo en que el Poder político era un bien… más tarde vino a ser un mal menor… actualmente es el mal peor que actúa en las naciones.

Ningún voto de católicos siga, pues, apoyando partidos que sostienen la Bestia liberal y que fomentan el divorcio, el aborto, la eutanasia, la educación laicista y toda clase de atrocidades y perversidades.

Pero para eso a los católicos hay que facilitarles la posibilidad de votar a un partido cristiano o bien a una pluralidad de partidos y asociaciones políticas cristianas, que se unan en coalición electoral.

No basta, pues, de ningún modo, en la situación actual, con decirles a los fieles que «voten », y que «voten en conciencia ». Es necesario hacer posible una canalización digna del voto político de los católicos, para que el pueblo fiel se empeñe en la promoción de un bien. Por fin entonces se verá libre de la siniestra necesidad de votar una y otra vez -durante generaciones- siempre males, sean males menores o mayores. ¿Hasta cuando esta ignominia?

La organización del pueblo católico para hacer eficaz y poderosa la acción de la Iglesia en el campo social y político dió lugar en el siglo XIX y comienzos del XX a un gran número de movimientos, asociaciones, partidos. Los Vereine, la Asociación Católica de Alemania, los anuales Katholikentag, el Zentrum, la Association catholique de la jeunesse franá§aise, el Movimento Cattolico, la Opera dei Congressi e dei comitati cattolici, la Acción Católica, la Obra de los Círculos Católicos de Obreros, la Catholic Social Guild y tantas otras asociaciones, con mayor o menor acierto, consiguieron a veces importantes victorias, librando batallas a veces muy fuertes y prolongadas. Los partidos laicistas tenían que contar con el voto católico, porque muchas veces sin él ni siquiera podían gobernar.

Pero esa organización es hoy anatematizada por los católicos-liberales, que en el mundo moderno se encuentran como pez en el agua: hablan de regresos al «integrismo », al «ghetto », a la preconciliar confrontación «Iglesia-mundo ». Han conseguido, pues, que éste sea un tema tabú: intocable. Mencionarlo siquiera es eclesiásticamente incorrecto. Desde luego, si esa organización del voto católico cristalizara, ellos perderían todas sus prebendas -aunque no… lo más probable es que se adaptarían, incluso de buena fe, a las nuevas organizaciones católicas: son corchos insumergibles-.

La posición de los políticos católicos italianos en la segunda mitad del siglo XX ha sido paradigma para todas las demás naciones de mayoría católica. Por eso nos interesa especialmente considerarla, aunque sea muy brevemente. Ángel Expósito Correa analiza en el artículo La infidelidad de la Democracia Cristiana Italiana al Magisterio de la Iglesia (revista «Arbil », n º 73). No se arriesga en él a formular juicios, quizá temerarios, sobre las intenciones de los jefes históricos de la DC italiana… simplemente reproduce declaraciones de ellos mismos, en las que se ufanan de haber puesto el voto de los católicos al servicio del liberalismo, para configurar una sociedad laica y secularizada. Ciertamente lo han conseguido, propiciando que Italia haya perdido los caracteres religiosos, culturales y civiles -hasta el latín ha perdido-, que constituyen su identidad histórica:

Alcide De Gasperi (1881-1954), político italiano, presidente democristiano del Gobierno (1945-1953): «La Democracia Cristiana es un partido de centro, escorado a la izquierda, que saca casi la mitad de su fuerza electoral de una masa de derechas ».

Ciriaco de Mita, ex-secretario de la DC y varias veces miembro del Gobierno y primer ministro (1988-1989): «El gran mérito de la DC ha sido el haber educado un electorado que era naturalmente conservador, cuando no reaccionario, a cooperar en el crecimiento de la democracia [liberal]. La DC tomaba los votos de la derecha y los trasladaba en el plano político a la izquierda ».

Francesco Cossiga, presidente de la República (1985-1992): «La DC tiene méritos históricos grandísimos al haber sabido renunciar a su especificidad ideológica, ideal y programática. Las leyes sobre el divorcio y el aborto han sido firmadas todas por jefes de Estado y por ministros democristianos que, acertadamente, en aquel momento, han privilegiado la unidad política a favor de la democracia, de la libertad y de la independencia, para ejercer una gran función nacional de convocación de los ciudadanos ».

Toda esa manipulación fraudulenta del electorado católico, para conseguir que apoye lo que no quiere, la secularización de la sociedad a través del Estado liberal, se ha hecho con gran suavidad y eficacia. El fraude se ha consumado a través de fórmulas políticas altamente sofisticadas: la «apertura a la izquierda », el «compromiso histórico », las «convergencias paralelas », los «equilibrios más avanzados », etc. Éstos y muchos otros datos ofrecen, pues, a Expósito fundamento real para afirmar que,

«el triunfo de las dos corrientes modernistas [católicos liberales y democristianos] en el mundo católico es sin lugar a dudas una de las causas principales de la crisis de evangelización de la Iglesia y, por tanto, de la secularización del mundo occidental y cristiano. Lo que innumerables documentos y encíclicas papales denunciaban ser los peligros de las ideologías para la sociedad y la Iglesia, fueron desoídos por estas minorías iluminadas que por una serie de circunstancias y factores acabaron imponiendo sus criterios a una buena parte del mundo católico ».

La verdadera realidad de la vida del mundo y de la política es expresada por el Concilio Vaticano II con graves palabras, cuando afirma que «a través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor [cf. Mt 24,13… 13,24-30 y 36-43], hasta el día final » (GS 37). Lo mismo se dice en el Apocalipsis, el libro más «actual » del Nuevo Testamento. Podemos hoy ignorar esa lucha, hacer como si no existiese… podemos incluso negarla, afirmando la perfecta posibilidad de acuerdo entre la Iglesia y el mundo moderno. Pero la realidad de la verdad permanece, por encima de todas las falsificaciones, ignorancias y mentiras.

-Sólamente en el marco de esta lucha real, políticamente escenificada con toda claridad, entre los hijos de la luz -que respetan la ley de Dios y de la naturaleza- y los hijos de las tinieblas -que pretenden ser como dioses y no respetan ley alguna- surgirán numerosas vocaciones políticas, intelectuales, sociales, periodísticas, etc. Y también sacerdotales y religiosas.

-Sólamente en un histórico escenario político semejante, que hace visible la invisible batalla secular entre los hijos de Dios y las tinieblas, podrán ser aplicadas las preciosas doctrinas de la Iglesia sobre la acción de los laicos en el mundo (Vaticano II, Gaudium et spes, Apostolicam actuositatem… Juan Pablo II, Christifideles laici… etc.). En cambio, negada por principio la conveniencia y la necesidad de esa confrontación, esas doctrinas quedan necesariamente inertes, inaplicadas, inaplicables.

-Sólamente en este planteamiento podrán los Obispos prohibir eficazmente el voto en favor de los partidos inmorales. En otros tiempos se dieron estas prohibiciones y fueron en gran medida obedecidas. Si hoy son prácticamente imposibles, es porque el acuerdo con el mundo es considerado conditio sine qua non para cualquier planteamiento político, social y cultural netamente cristiano. Y así, como hemos dicho, el pueblo católico se ve año tras año inexorablemente obligado o bien a abstenerse o bien a votar en favor del mal, sea éste menor o mayor.

-Sólamente admitiendo a todos los efectos esa confrontación experimentarán Obispos y fieles su inmensa potencia política, al menos en países de mayoría o de grande minoría católica.

¿Qué sucedería si un Obispo publica una pastoral en la que prohibe a sus fieles consumir los productos de una cierta empresa, cuya publicidad es abiertamente pornográfica? «No compre MDMD. Fomentaría usted la pornografía ». Con frecuencia las empresas operan con un estrecho margen de viabilidad. Una pequeña y sostenida disminución en las ventas puede llevarles a la quiebra. Lo más probable es que MDMD, pensándolo mejor, suprimiera la sucia publicidad que practica. Y que la ciudad quedara limpia de carteles obscenos. Es lo más probable.

La potencia, hoy en gran medida inhibida, de la Iglesia en cuestiones sociales, culturales y políticas podría ser grandísima… pero ella misma se anula, se cohibe, si a causa de errores doctrinales y complejos históricos, procura por encima de todo evitar cualquier manera de confrontación con el mundo moderno.

-Sólamente también en esos planteamientos renovados podrá resurgir el Magisterio católico sobre la doctrina política, que tuvo formidables desarrollos filosóficos y teológicos en los cien años que van de mediados del siglo XIX a mediados del siglo XX, pero que en la segunda mitad del siglo XX casi ha desaparecido de la enseñanza de la Iglesia.

Esta disminución tan marcada del Magisterio en temas de doctrina política puede apreciarse claramente repasando en obras como la colección de Doctrina Pontificia – Documentos políticos, publicada por la B.A.C. en Madrid, en 1958, los principales documentos políticos del magisterio del Beato Pío IX (1846-1878), de León XIII (1878-1903), de San Pío X (1903-1914), de Benedicto XV (1914-1939), de Pío XI (1922-1939) y de de Pío XII (1939-1958). La obra, en 1.050 páginas, reúne 59 documentos, de los cuales 25 son encíclicas. Documentos, decimos, sobre doctrina política.

Desde entonces, el Magisterio pontificio ha publicado encíclicas importantes sobre temas sociales y económicos (Mater et Magistra, Pacem in terris, Populorum progressio, Octogesima adveniens, Laborem exercens, Sollicitudo rei socialis, Centesimus annus), pero ha tratado muy escasamente la doctrina propiamente política. En el magisterio de Juan Pablo II cabe destacar los números 44-47 de la encíclica Centessimus annus (1991), así como los 68-72 de la encíclica Evangelium vita (1995), y la breve Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, de la Congregación para la Doctrina de la Fe (2002).

En fin, reconocemos que hay no pocos elementos discutibles en los análisis y soluciones que en esta compleja cuestión hemos expuesto brevemente. Pero lo que está claro es que por el camino político de la concordia y de la complicidad con el mundo, propugnado por los católicos liberales, se llega inevitablemente a la corrupción y a la ignominia.

La apertura del Jubileo de los Políticos, celebrado en Roma en 2000, fue significativamente confiada al presidente del Comité de Acogida de este Jubileo, el siete veces primer ministro de Italia y actual senador vitalicio, Giulio Andreotti, paradigma de los políticos cristianos de la segunda mitad del siglo XX. Éste es aquel eminente político católico que, allí mismo, en Roma, en 1978, firma para Italia la ley del aborto, que autoriza a perpetrarlo legalmente durante los noventa primeros días de gestación… Hace pocos años reconocía su grave error: «Espero que Dios me perdone ».

El Espíritu Santo está queriendo renovar la faz de la tierra. Está deseando infundir en Pastores y laicos católicos la inmensa fuerza benéfica de Cristo, Rey del universo. Quiere potenciar una gran acción política cristiana, realizadora de grandes bienes para el pueblo, liberadora de terribles cautividades y miserias, suscitadora de entusiastas vocaciones laicales y pastorales.

Vocaciones sacerdotales y religiosas

Otra de las mayores vergüenzas de muchas Iglesias de hoy es que no tengan jóvenes y muchachas en las comunidades cristianas que estén en condición espiritual idónea para escuchar la llamada de Cristo y para seguirle dejándolo todo.

Y ese escándalo, como está sobradamente comprobado, solo desaparece en aquellas Iglesias que se reforman en la ortodoxia y en la ortopraxis, y que se atreven a enfrentarse abiertamente con el mundo en pensamientos y costumbres. Pronto en ellas, por obra del Espíritu Santo, florecen de nuevo las vocaciones, hasta entonces impedidas por errores y abusos, por infidelidades y escándalos.

Pecados materiales y formales, pecados personales y estructurales

En nuestro escrito hemos empleado con alguna frecuencia los términos «grave pecado », «sacrilegio », «pecadores públicos », etc. Pero podrá alegarse, con razón, que muchas veces esos pecados no son formales, sino únicamente materiales, al carecer quienes los cometen de conocimiento y libertad plena.

Una mujer, sin formación moral alguna, muy en contra de su voluntad, puede abortar, en un acto de abnegación y de amor, porque se lo exige su esposo y su familia. Un sacerdote, de conciencia deformada, puede dar ilícita y quizá inválidamente absoluciones colectivas, creyendo sinceramente que con eso ayuda la vida espiritual de su pueblo. Tantos acuden al matrimonio «por la Iglesia » sin ser conscientes de que no realizan un sacramento, sino un sacrilegio.

No entramos, pues -no debemos ni podemos entrar: de internis neque Ecclesia iudicat-, en el juicio de las conciencias subjetivas. Sin embargo, objetivamente considerados, tanto ese aborto, como esa sacrílega absolución colectiva o ese atentado al matrimonio sacramental no dejan de ser enormes males, que habrá que atajar cuanto antes. Son escándalos gravísimos.

Una estructura de pecado dificulta grandemente, de hecho, el conocimiento y la práctica de la virtud. Por eso su destrucción es una tarea urgente, aunque quizá no pocos de quienes la sustenten apenas tengan culpa subjetiva de esa maléfica maldad. Solo entonces vendrá a ser para muchos asequible el conocimiento y el ejercicio del Evangelio que salva.

Entre tanto, los males que producen los pecados, aunque solo sean materiales, son muy grandes. La anticoncepción, por ejemplo, aunque esté practicada con buena conciencia -de eso se encargan ciertos moralistas-, causa objetivamente daños indecibles en la unión conyugal, en la familia, en la educación de los hijos, en la sociedad.

Es, pues, tarea urgente denunciar aquellos pecados que, precisamente por estar generalizados en un lugar y tiempo dados, no son captados ya en su maldad, aunque la culpabilidad moral de quienes los cometen venga atenuada o incluso eliminada, según los casos, por el ambiente. Sólo así, con la gracia del Salvador, podrán ser vencidos aquellos males y crímenes que se han generalizado tanto, que casi se han hecho invisibles.

La reforma es posible

Las Iglesias en las que más abundan los errores doctrinales y los abusos disciplinares y morales son, lógicamente, aquellas que más se ven a sí mismas como irreformables. Pero bien sabemos, tanto a priori como a posteriori, que eso es falso. El Espíritu Santo tiene fuerza divina de amor para renovarlo todo, y por supuesto, para sanar a la Iglesia de los males que padece, adornándola con todas las gracias, dones y carismas que son propias de la Esposa de Cristo.

Por otra parte, la adhesión de la mayoría de los errantes a las doctrinas erróneas suele ser muy débil. Muchos enseñan éste o aquel error porque está de moda, y porque así pasan por modernos. Pero la gran mayoría de los profesores, por ejemplo, que vean perder la cátedra a un colega por enseñar algo en contra de la doctrina de la Iglesia, o de los párrocos, que sepan que otro ha sido retirado de su parroquia por quebrantar alguna grave norma de la disciplina eclesial, pronto vuelven cautelosamente a la ortodoxia y a la ortopraxis de la Iglesia.

Enseñaban errores y violentaban la ley de la Iglesia mientras esto «se podía hacer », mientras «estaba permitido », sin que por ello sobrevinieran sanciones y penas canónicas. Quizá unos pocos se mantengan en su error e indisciplina -aquellos que están más fuertemente ideologizados en su posición rebelde-. Pero todos los demás, en pocos años, o en meses, vuelven a la obediencia de la Iglesia. Hay mártires por mantener la fe… pero apenas los hay por sostener una ideología teológica. Éste dato, a lo largo de la historia, ha podido ser comprobado en muchas ocasiones.

Roger Aubert, describiendo «la represión antimodernista » -así la llama él-, recuerda que cuando en 1910 San Pío X exigió a todo el clero católico profesar el juramento antimodernista, solo hubo en toda la Iglesia 40 sacerdotes que se resistieron (Nueva historia de la Iglesia, V, Cristiandad, Madrid 1984, 200 y 204).

Por el camino de la humildad

Dios enseña la humildad a las Iglesias no sólamente por medio de su Palabra, sino también por sus Hechos providenciales.

Fijémonos, por ejemplo, sólo en un tema: en algunas diócesis, muy poco fieles a la doctrina y a la disciplina de la Iglesia, llega a darse una extrema carencia de vocaciones, con todas sus gravísimas consecuencias: parroquias, colegios, conventos, que se van cerrando, dispersión del rebaño…

Pues bien, el abatimiento extremo al que llegarán esas Iglesias descristianizadas -es un hecho providencial muy elocuente- les purificará de muchas arrogancias intelectuales y operativas, pasadas o actuales. Llevadas así por Dios a la humildad por el duro camino de la humillación, llegarán de nuevo a la verdad que salva. Siempre ha sido así: «en su angustia, ya me buscarán », dice el Señor (Os 5,15).

Las Iglesias, en cambio, que, a pesar de la humillación extrema, persistan en su soberbia, morirán, pues «Dios resiste a los soberbios » (1Pe 5,5).

Las otras, Dios quiera que todas, volverán a la verdad, como decimos, por el camino de la humildad, pues «Dios da su gracia a los humildes » (ib.). San Bernardo decía:

«por un mismo camino se va y se vuelve a la Ciudad… Si deseas volver a la verdad, no busques un camino nuevo, desconocido, pues ya conoces el que has bajado. Desandando, pues, el mismo camino, sube, humillado, los mismos grados que has bajado ensoberbecido » (Los grados de la humildad y de la soberbia 9,27).

Por el camino de la fe

A veces, cuando un enfermo está muy grave, se multiplican frenéticamente las acciones procurando su salud, cuando quizá lo que más le ayudaría es que le dejaran tranquilo, en quietud y más silencio.

¿Cómo devolver la salud y la fuerza a esas Iglesia locales tan gravemente enfermas? ¿Cómo poner fin a esa continua y creciente dispersión del rebaño? ¿Cómo eliminar tantos escándalos tan arraigados? ¿Cómo lograr que la Viña eclesial vuelva a dar el fruto normal de las vocaciones sacerdotales y apostólicas? En una palabra: ¿qué tendrían que hacer esas Iglesias?…

Cuando los judíos le preguntaron al Señor: «" ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?" Respondió Jesús y les dijo: "la obra de Dios es que creáis en aquél que Él ha enviado" » (Jn 6,28-29).

En efecto, más que hacer esto o lo otro, lo que esas Iglesias gravemente enfermas necesitan antes de todo es recuperar la fidelidad perdida en la fe, la moral y la disciplina: profesar la doctrina que enseña el Catecismo sobre el mundo, el purgatorio, el infierno y el cielo, el demonio, el pecado, la gracia, la necesidad de Cristo y de sus sacramentos, la condición sacrificial y expiatoria de la pasión de Cristo, la realidad de sus milagros y de su resurrección, la virginidad de María, la necesidad de la conversión y de la penitencia sacramental, la castidad conyugal y el valor de la virginidad, la obligación de sancionar a los que se rebelan públicamente contra la doctrina o la disciplina de la Iglesia, etc.

No está la salvación tanto en organizar grandes eventos en la Iglesia, o en cambiar su imagen, o en acrecentar y modificar comisiones y organigramas, pues todo eso será inútil, muchas veces contraproducente, y siempre engañoso: hace sentir que se está haciendo «todo lo posible », cuando en realidad se está omitiendo «lo único necesario ». La salvación está en creer y cumplir humildemente lo que la Iglesia enseña y manda. Eso es lo que ciertamente traerá formidables reformas, florecimientos y renovaciones.

Por el camino de la esperanza

Los fieles que viven abrumados en una Iglesia local por el peso de tantos pecados, infidelidades y escándalos, desfallecen con frecuencia en la virtud de la esperanza. Se ven tentados a pensar que no hay remedio posible para tantos males.

Urge, pues, levantar los corazones con la fuerza alegre de la esperanza, pero con la fuerza de la verdadera esperanza, pues es indudable que hay muchas esperanzas falsas, y una sola verdadera.

-Falsas esperanzas. No tienen verdadera esperanza quienes diagnostican como leves los males graves o incluso ven los males como bienes. Como no tienen esperanza, porque no creen que pueda Dios sanar males tan terribles, niegan la gravedad de los males, y concluyen con forzado optimismo: «vamos bien ».

Son falsas igualmente las esperanzas de quienes, reconociendo a su modo los males, pretenden ponerles remedio aplicándoles nuevas fórmulas doctrinales, nuevas estrategias pastorales, nuevas formas litúrgicas y disciplinares, «más avanzadas que las de la Iglesia oficial ».

Éstos, como no tienen esperanza, una y otra vez intentan por medios humanos lo que sólo puede conseguirse por la fidelidad a la verdad y a los mandamientos de Dios y de su Iglesia.

Es falsa también la esperanza de aquellos que, como no creen en la victoria de Cristo Rey, pactan con el mundo, haciéndose sus cómplices. Esos acuerdos suyos con el mundo, siendo derrotas, los viven y presentan como victorias.

Tampoco tienen esperanza los que se atreven a anunciar renovaciones primaverales inminentes sin llamar primero a conversión, es decir, sin quitar los pecados y escándalos que están frenando la acción del Espíritu Santo. No llaman a conversión y a reforma, porque en el fondo, carentes de esperanza, no creen en su posibilidad. ¡Y son ellos los que tachan de pesimistas, derrotistas y carentes de esperanza a aquellos que, entre tantos desesperados, son los únicos que mantienen la esperanza verdadera!

-Verdadera esperanza. Los que tienen verdadera esperanza pueden ser también reconocidos muy fácilmente. Ellos ven los males y los escándalos del pueblo descristianizado: se atreven a verlos y, más aún, a decirlos, y se atreven a ello precisamente porque tienen esperanza en el poder del Salvador, es decir, porque creen que todos esos males tienen remedio.

Además, la verdadera esperanza en Cristo les hace libres de la fascinación del mundo. Les da fidelidad y fuerza para no ser sus cómplices ni por acción ni por omisión. No temen la persecución, venga ésta de donde venga, ni pretenden para nada la prosperidad y la gloria presentes.

Éstos hombres de esperanza predican al pueblo con mucho ánimo el Evangelio de la conversión, para que se ponga fin a todas las infidelidades y escándalos, para que se hagan las reformas necesarias, para que todos pasen de la mentira a la verdad, de la soberbia intelectual a la humildad discipular, de la rebeldía a la obediencia, de los sacrilegios a los sacramentos, del culto al placer y a las riquezas al único culto sagrado del Dios vivo y verdadero.

Se atreven a predicar así el Evangelio porque creen que Dios, de un montón de esqueletos descarnados, puede hacer un pueblo de hombres vivos (Ez 37), y de las piedras puede sacar hijos de Abraham (Mt 3,9).

Es, pues, una gran falsedad, una mentira diabólica, tachar de pesimistas y de carentes de esperanza a quienes califican como graves los graves pecados y las escandalosas infidelidades de ciertas Iglesias.

Por el camino de la caridad

La fidelidad a la Iglesia es fidelidad a Cristo, su Esposo amado, el que por Ella nos enseña, nos guía y nos manda. Y ciertamente la fidelidad cristiana está hecha de amor y de obediencia: «si me amáis, guardaréis mis mandamientos » (Jn 14,15). Es el amor a Cristo y a la Iglesia lo único que nos hace posible la fidelidad, la fidelidad incondicional, sin límites, en lo grande y en lo pequeño.

Toda infidelidad es un desfallecimiento en el amor, una traición al Amado y a su Esposa. Por tanto, la vuelta de la infidelidad a la fidelidad es un regreso penitencial al amor y a la obediencia.

Cristo es el Salvador

En medio de tantos pecados y escándalos en el mundo y en la Iglesia ¿cuáles son las esperanzas de los cristianos?… Nuestras esperanzas son nada menos que las promesas de Dios en las Sagradas Escrituras: todos los pueblos bendecirán el nombre de Jesús y lo reconocerán como único Salvador (Tob 13,13… Sal 85,9… Is 60… Jer 16,19… Dan 7,27… Os 11,10-11… Sof 2,11… Zac 8,22-23… Mt 8,11… 12,21… Lc 13,29… Rm 15,12… etc.). Finalmente, con toda certeza, resonará formidable entre los pueblos el clamor litúrgico de la Iglesia, cantando la gloria de Cristo Salvador:

«Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios, soberano de todo. Justos y verdaderos tus designios, Rey de las naciones » (Ap 15,3).

Y la gloria de Cristo es la gloria de la Iglesia, pues Ella es su Cuerpo, su Esposa amada: «vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo del lado de Dios, ataviada como una esposa que se adorna para su esposo » (Ap 21,2).

Ella es en Cristo el «sacramento universal de salvación » entre los pueblos (Vaticano II: LG 48, AG 1). Sacramento que significa la santificación de los hombres, y que realiza con maravillosa eficacia aquello que significa.

Bendita sea la Iglesia

una, santa, católica y apostólica.

Tomado de INFIDELIDADES EN LA IGLESIA (Pamplona, Fundación GRATIS DATE 2005)

Del mismo autor

hay otras obras recientes, todas publicadas en la Fundación GRATIS DATE, en las que trata con mayor amplitud los temas que en la obra presente ha considerado en síntesis. Concretamente, en la presente obra, el autor ha tomado en varias ocasiones textos de estos escritos:

Caminos laicales de perfección, 19962, 51 p. –El matrimonio en Cristo, 19963, 144 p. –Sacralidad y secularización, 19962, 80 p. –Causas de la escasez de vocaciones, 19972, 51 p. –De Cristo o del mundo, 19972, 233 p. –Evangelio y utopía, 1998, 164 p. –Elogio del pudor, 2000, 46 p. –Oraciones de la Iglesia en tiempos de aflicción, 2001, 67 p. –El martirio de Cristo y de los cristianos, 2003, 156 p.

Más información: Fundación Gratis Date

Texto tomado del sitio Catholic.net

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Autor

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