Panorama Católico

Doctrina, moral y liturgia o cómo llegamos a esto

El caso Bargalló hizo supurar  otra pústula en el tejido moral del clero. Todavía no está claro de qué modo se  encaminará. Pero no habrá, no lo duden, una condena moral.

Si aparece un miembro del  clero en una playa junto a una mujer prácticamente desnuda, sea o no amiga de  su infancia, su hermana o su madre, tenemos un problema moral.¿No? O el nudismo  es compatible con la moral católica.

El problema moral es que  ningún miembro del clero (de hecho tampoco ningún feligrés) puede estar en ese  lugar, en medio de mujeres semi (un amplísimo “semi”) desnudas sin que esto  ofenda su castidad, por decir lo menos.

Por qué. ¿Hace falta  recordarlo? Empecemos por los mandamientos.

 El  1º Amarás a Dios sobre todas las cosas. 
   El 2º No tomarás el nombre de Dios en vano. 
  El 3º Santificarás las fiestas. 
  El 4º Honrarás a tu padre y a tu madre. 
   El 5º No matarás. 
   El 6º No  cometerás actos impuros
  El 7º No hurtarás. 
  El 8º No dirás falso testimonio ni mentirás. 
   El 9º No  consentirás pensamientos ni deseos impuros.
  El 10º No codiciarás los bienes ajenos.

Ya sabemos que los tres  primeros son los más importantes, y que los pecados de la carne son subsidiarios  de los pecados del espíritu. Pero la materia es grave, puede merecernos la condenación eterna y tiene una relación directa  con los pecados más importantes, porque:

o bien son producto de una errada doctrina moral y por lo tanto  consecuencia de un desorden espiritual  grave, más grave si está en la  cabeza de un pastor con rango de sucesor de los apóstoles

o bien son el fruto de la transgresión deliberada de  mandamientos de Dios conocidos y aceptados como tales.

Curas  fornicarios existen desde los comienzos de la Iglesia. Son pecadores. Pero  los promotores de las falsas doctrinas morales que justifican esos pecados –que también existen desde los primeros  tiempos- son más que pecadores, son  herejes.

La Iglesia amonesta, castiga y en  definitiva perdona a los pecadores arrepentidos. Pero expulsa a los impenitentes, pecadores comunes o herejes. Al menos  esto hacía en otros tiempos y sigue siendo su deber hacerlo.

Los herejes sostienen con pertinacia posiciones  doctrinales contrarias a la   Revelación, en materia de Fe o de moral, yendo en  forma directa contra Dios. O  contradicen el mandato de la Iglesia fundado en la  ley de Dios, yendo así en forma indirecta  contra Dios. Pero siempre contra Dios.

La primera condena del caso  Bargalló debió haber sido la de sus hermanos en el episcopado, la de sus  sacerdotes y fieles. Porque es vergüenza, escándalo y desdichado ejemplo todos  ellos.
  ¿Por qué el silencio o la  defensa ensayada tanto aquí como en el caso Maccarone? ¿Por qué se avergüenzan  de la doctrina que deben defender?

Probablemente ya no crean en ella, o no la crean practicable o no la practiquen. Una de estas posibilidades,  o una combinación, es el motivo del silencio del episcopado argentino ante el  caso Bargalló y otros tantos.

Episcopado que no duda en  condenar a sus miembros o dejarlos en el escarnio público cuando defienden la Fe de un modo políticamente incorrecto. Recordemos el  caso Baseotto. ¿Quién lo defendió de las calumnias del gobierno y la prensa?

Podríamos decir que hay numerosos  obispos fornicarios y probablemente no estaríamos lejos de la verdad. Pero  otros, porcentualmente pocos tal vez, no lo son y por lo tanto hoy se sienten  avergonzados, sienten repugnancia por lo que ha pasado.

Se sienten insultados en su  dignidad. Igualmente, callan. ¿Les es lícito  callar?

Hace tiempo me dijo cierto  arzobispo conservador: ¿”Qué espera que  hagan los fieles si desde hace más de 20 años venimos aconsejando el uso de  anticonceptivos en el confesionario?” El uso de la primera persona del  plural no lo involucraba a él sino a la corporación episcopal y al clero.

Bien, allí está el germen de  la situación actual. No es solo el uso de anticonceptivos, sino toda la  relajación moral que está a la vista en la comunidad católica. Comenzó por una claudicación del clero.

Así se empieza, manipulando la doctrina, para convencerse a sí mismos de que aquello  que manda la Iglesia  es impracticable. Y lo que sigue es el abandono de las buenas costumbres por parte de quienes deberían ser sus  custodios, junto con la tolerancia y hasta la aprobación de las malas costumbres de los fieles a quienes deberían  fustigar por causa de sus pecados y exhortar al arrepentimiento.

Con el tiempo terminan aceptando  y defendiendo como doctrina moral lícita lo  que es claramente lo contrario de la moral católica.

Por eso Bargalló estaba en la  playa, en medio de mujeres semidesnudas (pensemos que solo habría sido un  encuentro con personas de su amistad, como dijo al comienzo) y sin embargo a nadie le pareció objetivamente  escandaloso e inmoral que un miembro del clero estuviese “allí”, en esas  circunstancias.

El mero hecho de estar “allí”  es causal de escándalo, y constituye un  acto inmoral de su parte, pero no lo perciben así, como si la moral en  curso fuese otra que la que predica la Iglesia en el 6° y en 9° mandamientos. De hecho, los mandamientos han sido olvidados casi  por completo.

Doctrina,  moral y liturgia

Creemos lo que rezamos,  vivimos según lo que creemos.

Algunos amigos de esta web me  dicen que exageramos cuando encontramos en  la liturgia la causa directa de esta decadencia sacerdotal y consecuentemente  de los fieles.

Tal los sacerdotes, tal los  fieles. La virtud de una comunidad católica puede medirse por la virtud de sus  pastores. Si sus pastores no creen ya en su sacerdocio, no respetan sus votos,  ni siquiera encuentran sentido a su pertenencia al clero más allá de ser un  recurso de vida y una forma de poder… ¿qué puede ocurrir con los fieles?

El sacerdote es principalmente eso, un partícipe del sacerdocio de Cristo, para lo cual debe estar “separado” del mundo

El problema de fondo es  doctrinal. El problema de superficie, sin embargo, es -hasta cierto punto- litúrgico  o cultual. El vaciamiento doctrinal producido por el Novus Ordo, esa suerte de  ritual evolutivo, que se amolda a cualquier doctrina, o la mera ausencia de  ella, ha tenido un efecto de destrucción de la fe, con sus consecuencias  morales. La moral solo puede sustentarse en la    Fe. Una moral sin Fe es una suerte de  inercia que poco a poco se detiene y cae ante el primer obstáculo.

El Novus Ordo Missae es un “paquete”  que viene con todo incluido. En él  las fórmulas son ambiguas y mutables. Se pone sordina a puntos esenciales de la    Fe. Se desdibujan otros. Finalmente, muchas  fórmulas reiteradas con insistencia en el antiguo Ordo Missae, desaparecieron.

El sacerdote del Novus Ordo se  desdibuja, pierde su centralidad sacerdotal. La asamblea “opina”. gana terreno  y lo sustituye. El es un coordinador, un animados, no ya un pontífica.

Los fines de la misa ¿quién los  conoce? El sagrario desaparece de la vista. Muy pocas Gloria Patri, y mucho “ustedes”,  que en definitiva son los que dan sentido a la “eucaristía” (cena-asamblea, no  sacrificio).

Es el hombre y no Dios el elemento central. Dios es un “amigo” que nos  acompaña, aprueba y perdona todo. Y no nos manda nada. Ya no hay jerarquía, no  hay magisterio, por lo tanto no hay fustigación de parte del sacerdote.
  Por eso nadie se confiesa, o  se absuelve en masa. O se predica que un acto penitencial basta para alcanzar  el perdón de los pecados. Pecados…¿qué pecados?   Nadie peca: todos se equivocan o a lo sumo son “incoherentes”…

Por  nuestra incoherencia, perdónanos, Señor.

Nadie enseña la doctrina, y  nadie la sabe. El clero es  religiosamente analfabeto, no digamos nada de los fieles. Todo lo que se  denomina “catequesis” resulta, en el menos dañino de los casos, una puesta en común de vivencias y  opiniones.

La   Ley de Dios, los mandamientos, los preceptos de la Iglesia, la doctrina  dogmática y moral son desconocidas por los fieles.

La nueva liturgia tampoco  educa. Al contrario, confunde y contraría  en palabras y gestualidad las realidades eternas. No nos arrodillamos, ni  hacemos reverencias porque en definitiva Dios no quiere que se lo adore. Es  un  padre-“amigo”.  No manda nada. La idea de “obedecer a Dios”  es casi un absurdo, el fruto de mentes retrógradas, que necesitan asistencia  psiquiátrica urgente.

Esta decadencia moral del  clero, y de los fieles viene de la mano de la nueva liturgia. Sin reforma litúrgica,  es muy probable que el Vaticano II no hubiese tenido casi ningún efecto en los  fieles. Pero “bajó” a los fieles por la reforma litúrgica y desde los años ’60 la fe, la piedad y las  buenas costumbres no paran de retroceder. Casi han desaparecido.

Ya casi nadie va a misa, casi nadie  mantiene la castidad, casi nadie se casa, muchísimos se divorcian y vuelven a “casar”,  no pocas veces con la bendición de algún clérigo.

La  contracepción está a la orden del día. Cada uno opina en cualquier  materia como se le da la gana, sin que  le parezca que esto altere su calidad de católico. Nadie siente que la Iglesia tenga autoridad  para indicarnos el camino a seguir, comenzando por el clero que debe indicarnos  el camino a seguir.

Misa tridentina: otra realidad

Las comunidades de Misa  Tradicional, por el contrario -sin ser ajenas a los tiempos que corren- tienen clara noción de la moral y el pecado.  Los sacerdotes de misa tradicional ejercen  su deber de maestros, pastores y jueces de las costumbres de sus fieles.

Son maestros en la homilía y  en la enseñanza de la doctrina; son pastores en el consejo y la misericordia:  son jueces en el confesionario. Y cuando el pecado es público, la condena del pecado debe ser pública.

Esto no ocurre por casualidad. En el Rito Tradicional está contenida  toda la Fe íntegramente  y sin dudas. En su concepción, el sacerdote es pontífice, maestro y tiene un rango superior al de los fieles  seglares. Esto le da un sentido, una identidad, que lo obliga a ser  ejemplo, a mantenerse separado del mundo (clero significa separado, apartado), a no  tolerar ni aprobar con su presencia el pecado, la indecencia, la impureza  ostentosa del hombre de hoy.

No poco ayuda el hábito o la  sotana a mantener esa casta distancia y  esa autoridad moral de rango superior. El ser llamados “padres”. El  sentirse –aún en su miseria personal- representantes autorizados por Dios  mismo.

Si se quiere volver a ver  sacerdotes y obispos ejemplares, ha de comenzarse por promover y sostener la Misa   Tradicional. Ella es fuente de gracias sacerdotales, de  fidelidad, de certezas.

En la  misa nueva se puede resistir, como quien se sostiene sobre arenas movedizas. Esa  resistencia puede ser muy difícil, pero  difícilmente meritoria si teniendo a mano el recurso de la misa tradicional se  insiste en mantenerse en situación tan peligrosa.

Gracias al Papa Benedicto,  cualquier sacerdote sabe con certeza que  tiene el derecho de rezar esta misa, y con ella volver a la doctrina pura y a  la identidad sacerdotal plena.

Roguemos a Dios y pidamos con  insistencia a los sacerdotes que vuelvan a la misa tradicional.

Los mejores de entre ellos  saben que ese es el camino, pero tienen temores, les falta apoyo. Seamos  nosotros sus bastones para que ellos sean nuestros santificadores cuando  recuperen para ellos y para todos los sacramentos, la misa, y la plena gracia  sacerdotal.

Con ella, la moral no será  problema y nos sentiremos, como merecemos, orgullosos de nuestro clero.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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