Panorama Católico

Doctrina y Sentimentalismo Religioso

 A poco de repasar los documentos más antiguos de nuestra Fe católica, a saber, las Sagradas Escrituras, es imposible minimizar la importancia de la doctrina, si juzgamos rectamente y nos atenemos a los testimonios históricos. Hoy se cae frecuentemente en la confusión de creer que en los tiempos apostólicos se vivía un idilio de amor a Dios y al prójimo y que a nadie se le ocurría siquiera preocuparse por la doctrina de nuestra Fe. Según esta visión de las cosas, la sobreabundancia de amor fue en declinación con el paso del tiempo, cediendo ante un formalismo dogmático que sofocó finalmente la caridad.

Escribe Marcelo González

 A poco de repasar los documentos más antiguos de nuestra Fe católica, a saber, las Sagradas Escrituras, es imposible minimizar la importancia de la doctrina, si juzgamos rectamente y nos atenemos a los testimonios históricos. Hoy se cae frecuentemente en la confusión de creer que en los tiempos apostólicos se vivía un idilio de amor a Dios y al prójimo y que a nadie se le ocurría siquiera preocuparse por la doctrina de nuestra Fe. Según esta visión de las cosas, la sobreabundancia de amor fue en declinación con el paso del tiempo, cediendo ante un formalismo dogmático que sofocó finalmente la caridad.

Escribe Marcelo González

Este modo de ver la historia de la Iglesia es a todas luces contrario a lo que atestiguan los documentos más seguros que tenemos de esos tiempos: las propias Escrituras.

Considerando el relato de los tiempos inmediatos a Pentecostés (Hechos de los Apóstoles) comprobamos los prodigios, la sobreabundancia de los dones y la realización cotidiana de estupendos milagros, manifestación extraordinaria de los poderes sacerdotales.

Es verdad, también eran más comunes a todos los fieles ciertos carismas: el don de profecía, por ejemplo. Pero, no por más frecuente era algo generalizado y mucho menos “voluntario”: su mayor habitualidad era propia de las gracias con que estuvo dotada la comunidad cristiana en tiempos en que la expansión rápida de la Fe resultaba indispensable para que el grano de mostaza  se convirtiera en árbol.

¿Cuántos eran los cristianos antes de Pentecostés?

Antes de Pentecostés, la primitiva cristiandad numéricamente no superaba en mucho el medio millar de personas. A partir del inspirado discurso de Pedro a las multitudes que rodearon el Cenáculo al oír la estruendosa llegada del Espíritu Santo, el crecimiento fue exponencial.

Se calcula en unas 600 personas entre apóstoles y discípulos los que se mantenían fieles a la espera del Paráclito. Apenas unos 150 en Jerusalén, el resto en Galilea. En minutos la palabra ardiente de Pedro convirtió a 3000 judíos venidos de distintos lugares del Imperio. Y a poco otro tanto. Sin este ímpetu la Iglesia no habría sobrevivido.

Pues bien, vino Pentecostés, digamos así, “ruidosamente”. Pero el soplo del Espíritu Santo no tuvo solo efectos maravillosos momentáneos y exclusivos sobre la comunidad apostólica, para irse luego opacando hasta el olvido a causa de una descaminada “institucionalización” y un férreo dogmatismo, como parecen creer hoy muchos.

Tampoco hubo un “olvido” del Espíritu Santo del que intentarían rescatarlo ciertos movimientos heréticos a lo largo de la historia, movimientos que hoy algunos tienden a reivindicar como “incomprendidos” en su momento.
Todos los que han emprendido el “redescubrimiento” del Espíritu Santo, en especial los movimientos renacidos bajo distintas formas en las últimas décadas, tanto fuera como dentro de la Iglesia, parten de una premisa falsa y de una visión distorsionada y fabulosa de los primeros tiempos cristianos: a saber, es necesario un nuevo Pentecostés.

Pentecostés fue único y de efecto constante e inalterable, al principio, ahora y hasta el fin de los tiempos. Los poderes sacerdotales, las gracias sacramentales y aún las manifestaciones extraordinarias, como las gracias “gratis datas” son las mismas en aquellos tiempos y ahora. No ha habido “eclipse” de los carismas del Espíritu Santo más allá de la mayor o menor virtud o intensidad de la Fe en cada tiempo.

La Iglesia como “mediadora innecesaria”

Quien acepta la fantasía de tal eclipse, se ilusiona consecuentemente con la posibilidad de un nuevo Pentecostés. Este se traduciría en la comunicación con Dios por la vía de la inspiración directa, (algo reivindicado por el protestantismo, el carismatismo, el evangelismo, etc.), particularmente mediante la lectura de las Sagradas Letras, con independencia de los criterios interpretativos del Magisterio y la producción “a voluntad” de fenómenos extraordinarios: don de lenguas, profecía, curaciones…

Se ignoran así dos de los pilares que sostienen la Iglesia Católica: el Magisterio y la Tradición, y se pervierte el tercero, las Sagradas Escrituras. Dirigirse a Dios sin mediación de la Iglesia implica un olvido de la Tradición y del Magisterio, pero también una deformación de las fuentes en las que la Reforma se ampara para sustentar su novedad. No es esto lo que atestiguan los Hechos de los Apóstoles ni las cartas de los dilectos discípulos de Cristo. Por eso Lutero se vio en la necesidad de declarar apócrifas partes de las Sagradas Escrituras que la Iglesia ya había definido como parte indubitable de la Revelación Canónica.

Fe a la carta (a pesar de la epístola de Santiago)

La búsqueda de manifestaciones maravillosas e inspiraciones directas a voluntad, a la carta, es un síntoma de enfermedad espiritual, que podría describirse como un falso misticismo de origen sensible, y que lleva inexorablemente al error de suplantar la autoridad de la Iglesia.

Con diversos matices y variadas formas comprobamos este espíritu entre los llamados “nuevos movimientos”, que se mueven dentro de la estructura formal de la Iglesia Católica. El espíritu neomodernista, cuyo principio conceptual es la inmanencia de la Fe es su común denominador. Cada uno se inclina a su propio gusto, pero todos tienen como pretensión el “redescubrimiento” de los “carismas” de los primeros tiempos cristianos. Algunos reclaman inspiración profética, otros dones sanadores, más allá la vuelta a la catequesis inicial, la vuelta a las formas litúrgicas “genuinas”… En todos los casos está implicada una desviación de la Iglesia que ellos vienen a subsanar.

Las cosas en su quicio

Naturalmente, no se niega ni la posibilidad de una inspiración personal de Dios sobre quien lee las Escrituras. Ni la probabilidad e importancia de las revelaciones privadas y otros fenómenos debidamente estudiados y acotados por la teología mística y testimoniados por la historia. Y aprobados por el Magisterio.

 Lo que se niega es la licitud de sustituir el Magisterio y Tradición, en aras de una riesgosísima práctica personal de lectura bíblica. De una invocación directa al Espíritu Santo que produce invariablemente fenómenos místicos. Que estos fenómenos sean necesarios para vivir en plenitud la Fe, siendo así menospreciada la vía sacramental ordinaria. Y también se niega el supuesto derecho a una también supuesta “creatividad litúrgica” como medio de acceso a una mística del gusto actual, ávida de sensaciones y reacia a los conceptos y a las obligaciones. Se niega también la licitud de una búsqueda voraz de manifestaciones sobrenaturales extraordinarias, desmedro de las vías  ordinarias de santificación, que son arrumbadas y hasta menospreciadas.

Del libre examen al don de lenguas

Las “mociones interiores” de estos intérpretes de las Letras Sagradas o sujetos de fenómenos místicos suelen transgredir el límite de la doctrina firme y segura en aras de una experiencia personal que consideran determinante, sin la cual, creen, no hay Fe viva. Al decir de muchos de ellos, la “Iglesia de masas” ya no ofrece -por cierto curioso olvido de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad que ellos vienen a suplir- la integridad de sus riquezas místicas y dones espirituales, ni tiene la exclusividad de las vías ordinarias de santificación. Ahora estos dones se han concesionado a los nuevos movimientos, en una suerte de privatización mística.

Aunque es previo a él y fue introducido desde el campo protestante, el fenómeno se ha agudizado notablemente con la crisis posconciliar, implacable opacadora de los canales ordinarios de la gracia, al trastrocar tan brutalmente la liturgia, desentenderse de la doctrina y abandonar los medios ordinarios de santificación.

La mediación sacerdotal puesta en cuestión por un supuesto “sacerdocio comunitario”, las vías sacramentales convertidas de ordinarias en extraordinarias, mientras que las otras, las que solo ocasionalmente Dios usa, vueltas presunta regla de Fe, se ofrecen al alcance de todos y por simple voluntad humana.

Esta falsa noción de la relación con Dios ha cobrado mucha importancia en la vida eclesiástica, porque muchos de estos movimientos, grandes movilizadores de público en una época de invierno de la práctica religiosa, ha entusiasmado a la Jerarquía por sus “aportes” numéricos, no sin inquietarla, sin embargo, con sus novedades, sus arrestos de independencia y de redescubrimiento de “verdadera Iglesia”. Es inevitable comprobar que estos movimientos llevan el germen del cisma y la herejía.

Novedad y cristianismo de los primeros tiempos

Casi siempre se justifican en un “retorno a las fuentes del cristianismo primitivo”. Cierta exploración arqueológica de divulgación -muy deficiente de rigor científico- produce infundadas reformulaciones modernas de la liturgia, la doctrina y la praxis espiritual. Estas propuestas no resisten la comparación con los textos en los que dicen basarse ni el tamiz de quienes tienen verdadera erudición en estos temas ni la censura de la doctrina tradicional que, como no puede ser de otra manera, es la palabra oficial de la Iglesia y regla de Fe de todo católico fiel.

El problema, insistimos, vuelve a reducirse a la falsa noción de inmanencia de la Fe, que pervierte todo sentido común católico. La religión es, para estas corrientes de pensamiento, una orfandad humana que debe rellenarse con sentimientos nutridos por experiencias sensibles.

Cuando los sentido fallan

Visus, tactus, gustus in Te fallitur… dice Santo Tomás en su himno al Santísimo Sacramento. Vista, tacto, gusto, es decir, los sentidos, no son el medio para conocer y vivir el misterio de la Fe.  Sed auditu solo tuto creditur. Haciendo eco de San Pablo, “fides ex auditu”, el Doctor Angélico canta en su poema teológico que la Fe se sustenta “por el oído”, es decir, por la doctrina, y por la acción santificadora del sacerdote, único por cierto autorizado a “predicar” por oficio y con las gracias propias de esta tarea. Hoy en día, todos, hombres laicos, mujeres (conminadas por el Apóstol San Pablo a “callar en el templo”) se sienten inspirados para “predicar”.

Allí donde la vista, el tacto y el gusto fracasan, la Fe suple, penetra por la predicación en la inteligencia humana y dispone la voluntad en la aceptación del misterio divino. No es el entusiasmo casi orgiástico de la bacanal devota que cultivan algunos movimientos, o la hipnosis repetitiva de cantinelas más parecidas a ritos paganos que al culto cristiano. La Fe no necesita de la espectacularidad y habitualmente no la tiene.

Doctrina: ¿causa de división?

Quienes adhieren a estos principios suelen objetar a los que subrayamos la importancia de la doctrina que “buscan la división” insistiendo en la precisión de los conceptos y no la “unidad por el amor y la inspiración del Espíritu Santo”. Es decir, los que tienen celo por la doctrina son “los fariseos que se ocupan de una supuesta pureza de la Fe pero son ajenos al amor de Dios”.

Nada más contradictorio: la doctrina no es facultativa, es obligatoria. Por lo tanto solo divide a quienes no la aceptan. Nuestro Señor Jesucristo es piedra de tropiezo. Lo que divide según un mal espíritu cismático es la incapacidad de comprender su enseñanza, la falta de disposición para aceptarla, y en definitiva la negación de las consecuencias que esta doctrina tiene en nuestra vida cristiana. Es más fácil justificarse en una falsa mística sensual subjetiva, llenar la orfandad del sentimiento religioso con emociones, que practicar la dura y seca ascesis de la vida virtuosa, acorde a los mandamientos y los preceptos.

 

La Iglesia ¿es facultativa?
La particular naturaleza de la Iglesia, divino-humana, depositaria de la Verdad y regida por el Vicario de Cristo, que se renueva periódicamente por razones biológicas, pero cuyo Magisterio es uno y único con el de Pedro y  todos sus sucesores en Cristo y coherente en todos los tiempos, hace superflua la consideración misma de esta objeción. Y sin embargo, la práctica de la Fe con independencia de la Iglesia, aún desde dentro de sus estructuras formales, es una idea tan aceptada que parece inevitable volver sobre lo evidente. “Vendrá un tiempo en que los hombres ya no soportarán la sana doctrina”.  Eso es lo que hoy sucede en masa.

La doctrina, insistimos, no puede ser causa de división sino por el contrario, es el factor aglutinante de la unidad de la Fe, pilar que se completa con la unidad de gobierno y de santificación que debe ejercer la Jerarquía de la Iglesia.

El amor de los primeros cristianos y la Fe

Es verdad que los primeros cristianos, como atestiguan los Hechos y las Cartas apostólicas, maravillaban al mundo por su extraordinaria caridad. Y aún así, hubo en vida de los Apóstoles disensiones doctrinales que requirieron el juicio del Magisterio (a saber, la pretendida obligación de someterse a la Ley de Moisés, o la imposición a los gentiles de la carga de la que Cristo nos liberó a todos los redimidos).

Esto fue materia de disputa y definición en el llamado Concilio de Jerusalén, donde brilló la elocuencia de Santiago, Pedro y el propio Paulo. Otro tanto puede decirse del episodio de Antioquia, cuando Pedro cedió a la presión de los judaizantes y fue reconvenido por Pablo con su habitual reciedumbre.

No todo fue idilio amoroso en la Iglesia apostólica: muchas cartas y los relatos de San Lucas en las Acta Apostolorum muestran la frecuencia con que se actuaba contra el cisma y la herejía incipientes.

El evangelio de San Juan se escribió para defender la sana doctrina de los ataques de los gnósticos. La Carta de Santiago, para rectificar la mala interpretación que algunos avant la lettre hacían de la frase de Pablo a los Romanos: “la Fe justifica”. Si, pero no solo la Fe, dice Santiago, la Fe y las obras de la Fe. La Fe sin obras es Fe muerta.

 Estas aclaraciones, y tantas otras reconvenciones que se leen en el epistolario apostólico demuestran la falsedad de la idea del idilio místico sentimental de los apóstoles y los primeros cristianos, que solo hablaban lenguas y hacían milagros… según los ven hoy muchos cristianos

Hubo también algunas discordia provocadas por celos o preferencias y hasta por “cuestiones de piel”, como el enojo de San Pablo con Lucas (luego mano derecha de San Pedro y autor del Evangelio y de los Hechos) que culminó la larga camaradería apostólica de Pablo con Bernabé. Así como frecuentes disensiones entre los fieles causadas por judaizantes. Los motivos fueron principalmente doctrinales, es decir, de defensa de la Fe contra las desviaciones.

También espíritu de secta: San Pablo reconviene a los Efesios recordándoles que no es  acorde a la doctrina de Cristo el que haya partidos (yo de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas…). Estas disensiones fueron los primeros síntomas de “cismas”, basados en un incipiente espíritu sectario, en la pasión inmoderada de algunos de los primeros cristianos, no todos ellos santos perfectos, como es evidente.

  En aquel tiempo la jerarquía se iba formando en medio de innumerables dificultades, a pesar del soplo reciente del Espíritu Santo, vivo en la memoria de los protagonistas y en el relato que hicieron a sus distintas iglesias. Y esto a pesar de los milagros estupendos, las maravillas que obraban los discípulos casi cotidianamente, por designio de Dios y necesidad de esos tiempos. Solo la autoridad y el juicio inspirado de Magisterio, todavía embrionario en su desarrollo, pudieron poner coto a los sectarios y sentar las bases del dogma definido.

Hoy, cuando el sectarismo, como un gran cáncer, aqueja a los miembros del Cuerpo Místico, no debemos olvidar que es en la fidelidad a la doctrina donde tenemos la certeza de la Fe, en especial cuando nuestros pastores duermen o confraternizan con los lobos. O hablan de un modo confuso, es decir, antimagisterial.

Por eso -arduos son los tiempos- habrá que distinguir con un esfuerzo mayor aun, entre lo que ha sido creído siempre, por todos y en todo lugar y las “novedades”. Y aunque no tengamos autoridad para juzgar, sí nos asiste la obligación y el derecho de atenernos a lo seguro, dejando al juicio futuro de la Iglesia lo confuso, dudoso o sospechoso.

Sobre lo disputado, libertad, en todo caridad. Pero en lo seguro allí es obligatoria la unidad doctrinal. Y en eso consiste la Fe, en el asentimiento a la verdad revelada que la Iglesia custodia y nos transmite. Ese factor de unidad solo tiene un nombre: la doctrina de la Fe. Sin la Fe no puede haber caridad, aunque muchos se ilusionen, porque “sin la Fe no es posible agradar a Dios”.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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