Panorama Católico

Domingo 15 después de Pentecostés: La Resurrección del hijo de la Viuda de Naím

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Queridos hermanos,

El Santo Evangelio de hoy nos cuenta el milagro de la resurrección del hijo único de una viuda de Naím. Nuestro Señor, conmovido por sus lágrimas, ordenó al difunto de levantarse. E, inmediatamente, se sentó el muerto y comenzó a hablar. Y Jesús le entregó a su madre.

Este milagro representa las resurrecciones espirituales de los que vivían en estado de pecado mortal. La viuda desconsolada es la imagen de la Iglesia afligida por la muerte espiritual de los pobres pecadores y que hace todo para darles o devolverles la vida divina, la gracia de Jesús.

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Queridos hermanos,

El Santo Evangelio de hoy nos cuenta el milagro de la resurrección del hijo único de una viuda de Naím. Nuestro Señor, conmovido por sus lágrimas, ordenó al difunto de levantarse. E, inmediatamente, se sentó el muerto y comenzó a hablar. Y Jesús le entregó a su madre.

Este milagro representa las resurrecciones espirituales de los que vivían en estado de pecado mortal. La viuda desconsolada es la imagen de la Iglesia afligida por la muerte espiritual de los pobres pecadores y que hace todo para darles o devolverles la vida divina, la gracia de Jesús.

Más concretamente, se puede aplicar este episodio evangélico a una célebre conversión. La de un gran santo, obispo, confesor y doctor de la Iglesia, uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia latina, que festejaremos durante esta semana. Un santo que atribuyó su conversión, su vuelta a la gracia, a las lágrimas y a las oraciones de su madre. Se trata de San Agustín. En su hermoso libro “Las Confesiones”, alaba a su santa madre, Mónica, dedicándole las palabras de San Pablo 1: “Había sido mujer de un solo varón; había cumplido todas las obligaciones que tenía para con sus padres; había gobernado su familia y casa con mucha piedad; y las buenas obras que había hecho daban testimonio de la virtuosa conducta que había tenido”. Y añade: “Ella por sí misma había criado a sus hijos, sintiendo después por ellos los dolores del parto tantas veces, cuantas los veía apartase de vuestros mandamientos”, 2  Estos dolores fueron muy fuertes respeto de Agustín, cuando vivía en la herejía y la impureza.

Es un hecho que muchos santos tuvieron una santa madre. San Bernardo, hijo de la beata Aleth, San Juan Bosco, de “Mamma Margarita”, San Luis, de Blanca de Castilla, Santa Teresita, de la venerable Celia Martin, San Juan de la Cruz, de Catalina Álvarez, etc.

Queridas madres de familia, no duden de su profunda influencia cristiana sobre sus hijos; nunca se desanimen, continúen sin cesar, con ahínco y perseverancia incansable, en hacer bien a sus hijos, un bien que superará sus esperanzas. Su ejemplo, sus palabras de aliento, sus oraciones, su paciencia, a veces sus lágrimas, tienen gran valor a los ojos de Dios. Se puede afirmar que muchos sacerdotes, religiosos y religiosas deben su vocación a Dios en primer lugar, por supuesto, y también, como causa instrumental, a su madre. Dios quiso eso. Además, ¿no eligió para sí mismo a la más santa de las madres, la Virgen María, Madre también de las almas, Madre de misericordia cuyo Corazón desea tanto la conversión de los pecadores?

Empero, las lágrimas de Santa Mónica no fueron la única causa de la conversión del maniqueo y mundano Agustín; Dios usó otra causa, más directa: la lectura de un libro. Escuchemos a San Agustín narrando este hecho a nosotros: “Porque conociendo yo que mis pecados eran los que me tenían preso, decía a gritos con lastimosas voces: ¿Hasta cuándo, hasta cuándo ha de durar el que diga yo, mañana, mañana? Pues ¿por qué no ha de ser desde luego y en este día? ¿Por qué no ha de ser en esta misma hora el poner fin a todas mis maldades? Estaba yo diciendo esto, y llorando con amarguísima contrición de mi corazón, cuando he aquí que de la casa inmediata oigo una voz como de un niño o niña (era la de su ángel de la guardia) que cantaba y repetía muchas veces: ¡Toma y lee, toma y lee! (…) Yo, mudando de semblante (…) y, reprimiendo el ímpetu de mis lágrimas, me levanté de aquel sitio, no pudiendo interpretar de otro modo aquella voz, sino como una orden del cielo en que de parte de Dios se me mandaba que abriese el libro de las Epístolas de San Pablo y leyese el primer capítulo que casualmente se me presentase. (…) Tomé el libro, lo abrí y leí para mí el capítulo que primero se ofreció a mis ojos, y eran estas palabras: “No en banquetes ni embriagueces, no en vicios y deshonestidades, no en contiendas y emulaciones; sino revestíos de nuestro Señor Jesucristo, y no empleéis vuestro cuidado en satisfacer los apetitos del cuerpo”. (…) Luego que acabé de leer esta sentencia, como si se me hubiera infundido en el corazón un rayo de luz clarísima, se disiparon enteramente todas las tinieblas de mis dudas” . 3

Queridos hermanos, Dios habla también a nuestros corazones por el medio de buenas lecturas. ¡Tomen y lean todos los días algún extracto de un buen libro! Es un medio muy seguro para iluminar y fortalecer nuestras almas. No es necesario leer mucho sino con regularidad. Basta leer con atención y recogimiento durante algunos minutos.

Les recomendaré tres libros, fáciles de encontrar: La Sagrada Escritura, por supuesto, pero con buenos comentarios y traducción, “Las Confesiones de San Agustín”, y “La imitación de Cristo”. Particularmente esta última obra, que es un comentario sobre la vida de Nuestro Señor tal como podemos y debemos seguirla. Santificó, consoló en sus pruebas, alentó a miles de católicos. No es por casualidad que se lee acá en el seminario cada día una frase o dos antes de la cena. Y ¡tantas veces, tal corta lectura da en el clavo, da el consejo que precisamos, o avisa, previene contra tal defecto o peligro! Es Dios que usa este librito, “La imitación de Cristo”, pequeño por su tamaño pero grande por su profundidad y sabiduría, para hacer bien a nuestras almas y mantenerlas en el buen camino.
Queridos hermanos, “tomen y lean”.

Ave María Purísima.
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
 

Notas: 

1  Gal. 4, 15; I Tim. 5, 9, 4 y 10.
2  Libro IX, capítulo 9º.
3  Libro VIII, capítulo 12º.

 

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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