Panorama Católico

Domingo del Buen Pastor

Los sacerdotes tienen el poder de consagrar la Santísima Eucaristía “in Persona Christi”, en la Persona de Jesucristo, de perdonar los pecados en el nombre de Dios.

Los sacerdotes tienen el poder de consagrar la Santísima Eucaristía “in Persona Christi”, en la Persona de Jesucristo, de perdonar los pecados en el nombre de Dios. El sacerdote no dice: “Esto es el Cuerpo de Cristo”, o “Que Jesucristo perdone tus pecados”, sino que dice “Esto es mi Cuerpo”, “yo te perdono tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Queridos fieles,

Hoy es el Domingo del Buen Pastor. Acabamos de escuchar el santo Evangelio de San Juan que nos transmitió las palabras de Nuestro Señor mismo: “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre; y doy mi vida por las ovejas.

Y para que todas las ovejas, todas las almas, y no solamente las que vivían en el tiempo de Jesús, sino también las almas de todos los tiempos, sus almas, puedan seguir el Buen Pastor, Nuestro Señor instituyó el sacramento del Orden sacerdotal. Pues “el sacerdote es otro Cristo”, “alter Christus”, dice San Agustín.

En efecto, los sacerdotes tienen el poder de consagrar la Santísima Eucaristía “in Persona Christi”, en la Persona de Jesucristo, de perdonar los pecados en el nombre de Dios. El sacerdote no dice: “Esto es el Cuerpo de Cristo”, o “Que Jesucristo perdone tus pecados”, sino que dice “Esto es mi Cuerpo”, “yo te perdono tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Si, como dice El Santo Cura de Ars, “el sacerdocio es el Amor del Sagrado Corazón de Jesús”, que continúa enseñando las verdades divinas, difundiendo en la almas la gracia de Dios, y ofreciendo la oración cotidiana de su breviario, que es la oración de Cristo en su Iglesia.

Imaginen, queridos fieles, que Nuestro Señor Jesucristo no hubiese dicho a sus Apóstoles: “Venid y seguidme”, “Haced esto en memoria de mí”, “Recibid el poder de perdonar los pecados”, “Id y enseñad a todas la naciones”… ¡Que consecuencias para millones de almas! ¡Toda la Obra de la Redención habría sido estéril en el tiempo y en el espacio, ninguna comunión, ninguna absolución!…

La vida del hombre no se puede concebir sin la presencia del sacerdote; él nos acompaña desde el nacimiento hasta la muerte; él bautizó nuestra alma, la purifica en el sacramento de la penitencia, la alimenta con la Sagrada Hostia, la ilumina con el catecismo y lo hace cada Domingo por el sermón; él celebra el Santo Sacrificio de la Misa que tanto necesitamos, él da la bendición a los esposos, él guía por sus consejos, todos los días reza por sus ovejas, y estará presente cerca de ustedes en el momento de su agonía y de su muerte.

¿Quien puede decir: yo nunca necesité de un sacerdote? Nadie.

Entonces, ¡hemos de rezar por las vocaciones, para que las gracias del Corazón de Jesús se difundan en las almas y no falten en las generaciones futuras!

Aprovechar el ministerio del sacerdote y no desear que se susciten muchas vocaciones, no rezar mucho por esta intención, sería una triste contradicción y una falta. Y tal vez en su familia Dios escogerá un futuro sacerdote, lo cual será una gracia enorme, un gran honor; pero esta gracia no llegará sin su colaboración. Deben favorecerla por medio de una vida cristiana fervorosa, por la frecuentación de las buenas escuelas, por la prudencia con las compañías, y por una gran estima por el sacerdocio.

Voy a contar una historia auténtica. Durante la horrible revolución francesa, un criado denunció a la familia católica y monárquica para la que trabajaba a los revolucionarios. Mataron a todos los miembros de esta familia, salvo a un bebé. Treinta años más tarde, este criado se quedó con mucho remordimiento y buscó un sacerdote para confesarse: encontró uno e hizo una buena confesión. Entonces, oyó al sacerdote decir las palabras de la absolución y: “también yo te perdono”: ¡era el bebé que Dios había llamado más tarde al sacerdocio!

¡Qué digna y hermosa es la vocación sacerdotal!

Tener vocación sacerdotal no es cosa rara, extraña, como “pescarse una enfermedad”; es una cosa normal. En otro tiempo, eran contadas las familias católicas que no tenían un hijo sacerdote o religioso, o una hija monja.

Vamos a rezar durante esta Santa Misa para que Nuestro Señor suscite numerosos y santos sacerdotes. Quizás el mundo nunca necesitó sacerdotes tanto como hoy, porque son muchos los falsos pastores que engañan a tantas almas, conduciéndolas a pastos envenenados que llevan a la condenación eterna. ¡Las sectas aprovechan la falta de sacerdotes, cuidado!

Recemos al Buen Pastor para que los jóvenes sepan escuchar y responder con generosidad la llamada de Dios, por intercesión del Corazón Inmaculado de María.

Ofrezcan hoy, por ejemplo, su rosario por esta intención.

“Señor, danos sacerdotes, santos sacerdotes, muchos santos sacerdotes y muchas santas vocaciones religiosas”. Así sea.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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