Panorama Católico

Dos Apostillas Patagónicas

Escribe Ricardo Fraga
En el caso particular del simpático Ceferino, discípulo de Don Bosco, la referencia tal como vino dada en los días de su solemne beatificación es rotundamente falsa ya que, si bien fue hijo del bravo cacique Namuncurá, no es menos cierto que su madre (Rosario Burgos) era una mujer blanca cristiana quien, precisamente, por haber nacido su niño un 26 de agosto (fiesta de san Ceferino) le impuso el dulce nombre de este papa y mártir (del s.III).

Escribe Ricardo Fraga
En el caso particular del simpático Ceferino, discípulo de Don Bosco, la referencia tal como vino dada en los días de su solemne beatificación es rotundamente falsa ya que, si bien fue hijo del bravo cacique Namuncurá, no es menos cierto que su madre (Rosario Burgos) era una mujer blanca cristiana quien, precisamente, por haber nacido su niño un 26 de agosto (fiesta de san Ceferino) le impuso el dulce nombre de este papa y mártir (del s.III).

Dos comentarios muy breves en este tórrido receso estival.

1°) Ceferino mestizo: decía el famoso cardenal Newman (s.XIX) que los santos sufrían dos martirios, el de sus vidas y el de sus hagiógrafos. Nada más cierto que en el caso del nuevo beato Ceferino Namuncurá.

Se están derramando ríos de tinta para vincular su causa, tan específicamente católica y salesiana, con la de unos mitológicos y excesivamente ideologizados (cuanto menos en algunos de sus portavoces) “pueblos originarios”, expresión poco feliz que recogió la reforma constitucional de 1994. Amén de la significación bastante hegeliana del vocablo (de raíz, por tanto, eurocéntrica) vale recordar (con la antropología científica) que en América (como, en general, en todos lados) no hay “pueblos originarios” ya que todos (principiando, hace milenios, los que ingresaron por el estrecho de Bering) alguna vez han arribado y, una vez aquí, se han entremezclado. Los españoles en el s. XV también, con esta particularidad: que trajeron los beneficios inconmensurables de la civilización cristiana y de la Fe católica, en estos días salvajemente despreciadas. Los millones de inmigrantes que llegaron después (“gobernar es poblar”) encontraron ya una sociedad sólidamente establecida.

Mas en el caso particular del simpático Ceferino, discípulo de Don Bosco, la referencia tal como vino dada en los días de su solemne beatificación es rotundamente falsa ya que, si bien fue hijo del bravo cacique Namuncurá, no es menos cierto que su madre (Rosario Burgos) era una mujer blanca cristiana quien, precisamente, por haber nacido su niño un 26 de agosto (fiesta de san Ceferino) le impuso el dulce nombre de este papa y mártir (del s.III).

En sus pocas palabras durante el Ángelus del 11 de noviembre del año que pasó Benedicto XVI fijó la significación religiosa del beato: “luminoso ejemplo de santidad juvenil”, “testimonio extraordinario de devoción a la Eucaristía”, “deseos vocacionales de ser salesiano y sacerdote para mostrar el camino al cielo a sus hermanos indígenas” y el cardenal Bertone en la homilía de proclamación recordó la síntesis perfecta que en su momento profirió el viejo misionero y cardenal Cagliero: “en este muchacho se ve que reina la gracia”.

El mismo Bertone recordó (lo dijo en la entrevista que tuvo con el vicepresidente Scioli) que Ceferino no sólo tenía (en Roma) excelentes notas sino que era “el primero en lengua latina” (sic). Valioso ejemplo para nuestros noveles seminaristas que, estudiando latín, cumplirán fielmente con las recientes disposiciones del Sínodo de los obispos, muchos de los cuales tampoco saben latín (al menos en la Argentina).

En suma: que Ceferino es un santo de todos y para todos y una muestra cabal más de la fusión americana operada a la luz de la religión católica y de las lenguas españolas aquí habladas (castellano y portugués), extremos dentro de los cuales entran perfectamente las más diversas idiosincrasias aborígenes, tal como lo entendieron y rescataron los heroicos (y muchos de ello mártires) misioneros que, desde los franciscanos en el s. XVI hasta los salesianos en el s. XIX, recorrieron los amplísimos espacios de la dilatada geografía iberoamericana cuya toponimia atestigua el carácter cristiano de la gesta descubridora.

2°) Las reglas de los obispos: algunos obispos tienen reglas o, más bien, reglamentaciones (para que no se me mal entienda) vinculadas al ejercicio de los privilegios pontificios establecidos en el motu proprio “Summorum Pontificum” del Papa Benedicto XVI (julio de 2007) que reestablece en el ámbito de la Iglesia universal el rito “de san Pío V”, esto es, la misa tridentina en latín.

Tales meticulosas regulaciones (verdadera denegación del derecho acordado, como suele suceder), se proponen limitar el amplio uso que el Papa concede a los sacerdotes y a los fieles laicos adictos a dicha plurisecular tradición litúrgica, en franca oposición a las pautas orientadoras suministradas por aquél, precisamente, en la “Carta a los obispos” que acompaña el documento en cuestión.

En ella es posible, entre otras fundamentales cosas, leer que “este Misal (se refiere a la edición típica de 1962) no ha sido nunca jurídicamente abrogado y, por consiguiente, en principio ha quedado siempre permitido…”, para añadir que las normas que se establecen “pretenden también liberar a los obispos de tener que valorar siempre de nuevo cómo responder a las diversas situaciones…”

Las “reglas de los obispos” (oídos sordos al Pontífice) derogan, en la práctica la liberalidad pontificia. Algunos (el obispo de Río Gallegos, por caso) pretenden limitar su acceso a los laicos conocedores de la lengua latina. Lo creería perfecto si Mons. Romanín aceptara el siguiente desafío: que todos los textos de la nueva liturgia vernácula estén escritos en pulcra lengua española (principalmente en cuestiones de sintaxis) y que, ya no los atribulados fieles, sino los ministros del altar la hablaran correctamente.

Los descalabros en la celebración (en franca discordancia con el “ars celebrandi” contenido en la “Sacramentum caritatis”) llevan a decir al pobre Benedicto XVI que las deformaciones en la liturgia llegaron “al limite de lo soportable” y habla de lo soportable para él (“por propia experiencia”) que es una persona de extremada cultura y fina sensibilidad, como otros tantos cristianos en el mundo a quienes estos obispos menosprecian.

En fin, que mis dos apostillas se entrelazan ya que, más del “límite de lo soportable” lo constituyó la payasesca ceremonia beatificatoria del difamado Ceferino, donde sobró mucho grotesco folclorismo pagano y faltó el dulce y recio, a la vez, espíritu de san Juan Bosco, tan hondamente romano en sus convicciones apostólicas.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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