Panorama Católico

Dos dimensiones en el problema del campo

El problema del campo tiene dos dimensiones estrechamente emparentadas.

La dimensión política: ésta consiste en la absoluta necesidad, por parte del gobierno, en su condición de usufructuario de una perversa democracia de masas, de mantener perfectamente masificada o des-naturalizada, a la mayor cantidad de argentinos posibles.

Escribe Germán Rocca

El problema del campo tiene dos dimensiones estrechamente emparentadas.

La dimensión política: ésta consiste en la absoluta necesidad, por parte del gobierno, en su condición de usufructuario de una perversa democracia de masas, de mantener perfectamente masificada o des-naturalizada, a la mayor cantidad de argentinos posibles.

Escribe Germán Rocca

Que el campo poco a poco levante cabeza, permitiendo que vuelva a ser viable la vida en el interior del país, dejando de tener los argentinos del interior la necesidad de emigrar hacia la gran ciudad que los aborrega y somete y hasta permitiendo que muchos de los que estaban en la Capital Federal o Gran Buenos Aires vuelvan a sus pueblos con trabajo seguro, es algo que no puede soportar el sistema democrático, pues éste necesita gran cantidad de miserables, para que, al tenerlos vencidos y domesticados, éstos les sirvan para llenar plazas y urnas.

El perverso dirigente sabe, además, que éstas víctimas o idiotas útiles, se mantendrán fieles, pues alcanza con decir la palabra “oligarquía” para que suenen los bombos y se repartan choripanes.

Por ello, el gobierno deberá podar prolijamente las arcas del campo siempre que éstas tiendan a crecer, pues con el campo crece todo el interior del país.

Así las cosas, tenemos un país del tamaño de un continente, de muy pocos habitantes, pero una de las ciudades más grandes del mundo, que, con la masificación, trae la inseguridad, el desempleo y la incultura, pero asegura la estabilidad en el gobierno y el robo sin límites.

La dimensión espiritual: Nos dice A. Boixadós que “cualquier elucubración del intelecto, si no va unida a la vida, es vacía o libresca” y es justamente “el campo –quien- obliga al hombre a poner distancia entre él las cosas, obliga a meditar y reflexionar no en el desgaste continuo de la acción, sino en la constante tarea recreacional de un orden profundo”.
 
“En medio de esos elementos, el hombre, retoño de vieja estirpe, siempre culto, aunque sea analfabeto, lleva en la sangre una actitud que le permite comprender las cosas, sentirlas y amarlas”.

Esta verdadera cultura, que no libresca pero si real, y que participa del “soplo de sabiduría arcangélica”, es alcanzada por la serenidad de la contemplación, pues en esta serenidad alejada del activismo mecánico, el hombre llega a conocer y por ende a amar, pues sólo se ama lo que se conoce.

La verdadera cultura que a Don Leopoldo Lugones le permitía decir:

Acaso alguno desdeñe
por lo criollo mis relatos.
Esto no es para extranjeros,
cajetillas ni pazguatos.
A las cosas de mi tierra,
 al como las divulgo.
No saboreará el pastel
quien se quede en el repulgo.

 

Hablamos del “hombre culto en el hondo sentido de la palabra, -que- solicitado primordialmente por la interioridad ve y celebra la totalidad del mundo circundante”. Este es el hombre que da testimonio de una espiritualidad “con actos y palabras ceñidos a una auténtica jerarquía de valores”.

No es tan difícil, lo entendió el Principito, cuando arraigado a lo concreto cuidaba su rosa amándola y haciéndola única e irrepetible. Ya no era una flor más, pues él la había cuidado y contemplado. El “apprivoiser” que Don Rafael Gambra no traducía, porque “nadie puede hacérnoslo comprender mejor que el propio Saint-Exupéry”, y que lo define el zorro del cuento como “crear lazos”, “algo muy olvidado hoy en día”.
 
De allí que el hombre masa, no ama a sus padres, ni a su patria – porque los vínculos que unen a la patria no pueden ser nunca abstractos, sino muy concretos -, ni a él mismo. Mucho menos tiene un Dios y una moral objetiva.   
 
A su vez, no puede ser éste mejor caldo de cultivo para las ideologías ajenas a las cosas, que se meten entre otros lugares en la Universidad y la Iglesia, destrozando desde dentro los dos lugares que deberían mantenerse especialmente incorruptos.

Y con las pudrición de la Universidad la seudo cultura, “mentalidad que considera que al haber menos analfabetos, nuestro índice cultural sube solo”, en cambio, el hombre que no ha sido desterrado preserva su arraigo y sentido de pertenencia concreto con el mundo que lo rodea, manteniéndose culto “porque está lejos de la improvisación y de la inautenticidad que estimulan y alientan las formas pseudos culturales que florecen con frecuencia en las grandes ciudades, cuyos habitantes  suelen tener por único alimento la radio, la televisión y revistas frívolas”.

Pero hay otro alimento, están esas bellotas – como nos recordaba días atrás un amigo – que no todos alcanzan, a pesar que esto no dependa de situaciones económicas favorables; aunque si depende de la posibilidad previa de contemplación, de contacto ocioso y silencioso con lo real.

Esas bellotas son un elemental pero sano catecismo, una misa bien rezada, una familia bien constituida y una vida cristiana.

Como estamos, para el profesional universitario nos queda el “profesionalismo que sólo ha conseguido proletarizar gran parte de un grupo social” y el “sentimentalismo” separado de un adecuado razonamiento.

Debemos procurarnos la conversación esencial sobre los “bienes esenciales- que nos decía G. Thibon – el arraigo y la continuidad; y con ellas las posibilidades de ejercer las más altas virtudes del hombre; el amor y la fidelidad”.

Volvamos a “la esencial conversación” que hoy necesita nuestra patria y digámosle a la gente del campo que en gran parte estamos en sus manos, que no se pueden rendir, que con ellos se va quizás la última posibilidad de que la Argentina comience a recobrar su forma, de iniciar su restauración.
Que no pueden ceder a los que odian el olor a pasto y el esfuerzo diario, que no pueden ceder ante los inconvenientes económicos que les traerán aparejados el hecho de dejar de exportar hasta que se le logre torcer el brazo al gobierno,  que no pueden fallar, ya no hay margen, que “ningún hombre sensato puede ya esperar”, como dijo Taine.

Ese esfuerzo diario que “con distancia infinita – nos dice Caturelli – guarda analogía con la creación divina. El trabajo verdaderamente humano pone al hombre ante su obra (en la cual él mismo existe terminativamente) y, con mayor o menor entusiasmo, “ve que es buena” y la contempla. Este instante final-contemplativo es esencial al proceso del trabajo y guarda armonía con la tendencia natural del espíritu”. Ese descanso u ocio contemplativo, si falta, “entonces es el mismo ser del hombre el que padece de un vacío de muerte”. 

Demos a la esencial conversación en el “profundo sentido de las cosas, en armonía indestructible, -que- nos hace sentir el gozo del universo, turbado únicamente por la incomprensión de los hombres, que no acertamos a iluminarnos con el puñado de verdades que el Espíritu nos brinda” y nos ata a la tradición legalista ajena a la realidad, tradición igualitarista que establece una igualdad devastadora entre el pueblo y la dirigencia, “de allí la vulgarización y encanallamiento de las dirigencias; con la muerte de la distancia ascensional”, necesitamos una “dirigencia colocada bien alto, de difícil acceso y de severa acogida – que – ennoblece al hombre del pueblo que se eleva hasta ella, ennoblece aun, por su sola irradiación al pueblo entero … – pues- confiamos en las profundidades del pueblo, pero a condición de que esas profundidades sean iluminadas y fecundas desde arriba”.

Los necesitamos señores de sus tierras, pues esa buena dirigencia no se vislumbra en la ciudad. No encontramos en la cuidad quien diga como Lugones:

“Ahora”, gritó, “caballeros
doy doble contra sencillo
y sabrán qué gusto tiene
la cáscara del novillo!”
“Si derramar sangre humana
no pueden los sacerdotes,
nos dio facultad Jesús
para echar pillos a azotes.”

No sabemos si entre ustedes hay un Juan Manuel, “el mejor servido por la inteligencia política”, como recuerda Don Rubén Calderón Bouchet, lo que es seguro es que por aquí no anda. 

En fin, chacareros, estamos en sus manos más de lo que creen, porque restaurando la Ciudad de los hombres se prepara el porvenir a la eternidad.

Que Dios los bendiga y Nuestra Señora los cuide.
 

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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