Panorama Católico

Ecología, papeleras y Cromañón

Destituido el Jefe de Gobierno de Buenos Aires por la lluvia de fuego de Cromañón, -hecho que celebramos- parece que todas las culpas han sido cargadas sobre un chivo emisario y ya estamos justificados. Ahora todos parecen estar en guerra con unas fábricas de papel. La sociedad argentina sigue sin salir del circulo vicioso del autoengaño.

Escribe Marcelo González

Destituido el Jefe de Gobierno de Buenos Aires por la lluvia de fuego de Cromañón, -hecho que celebramos- parece que todas las culpas han sido cargadas sobre un chivo emisario y ya estamos justificados. Ahora todos parecen estar en guerra con unas fábricas de papel. La sociedad argentina sigue sin salir del circulo vicioso del autoengaño.

Escribe Marcelo González

La ecología, nos dicen, es la ciencia que se ocupa de proteger el medio ambiente en su estado natural. Es decir, los ríos cristalinos, los bosques verdes, el aire limpio, las especies animales en los  espacios suficientes y adecuados como para crecer, multiplicarse y vivir saludablemente.

Podríamos decir, aceptando este punto de vista, que la ecología se ocupa de preservar el “orden natural” de la creación. Y a ese orden natural la ecología dice asignar un gran valor. El orden natural es bueno, concluimos, haciendo una lectura ingenua del mensaje ecologista. ¿Podríamos disentir?

Génesis y ecología.

Dice la Biblia, en el libro del Génesis, cuando relata la creación en siete días, después de describir cada acto de discriminación de las luces y sombras, aguas superiores e inferiores, de la tierra, de las plantas y los animales… finalmente, del hombre (y la mujer, que distingue muy bien del hombre sin chance alguna de “orientación sexual”), dice pues, al final de cada relato: Y vio Dios que era bueno. No puede ser de otra manera. Dios solo hace cosas buenas.

De modo que cuidar la naturaleza es algo bueno.

Ahora veamos la realidad de los hechos, que van bastante más lejos que esta interpretación inicial del término “ecología”. Para comenzar podemos preguntarnos si los que promueven, financian y sostienen el prestigio y el accionar de lo que se llama la “ecología” cuidan el orden querido por Dios. O al menos, –si son agnósticos y creen solamente en lo que ven– el “orden de la naturaleza”.

La Mentalidad “psicoecológica”

Tiempo atrás, un periodista radial, hombre de escasas luces y menos cultura, pero sin duda referente de los radioescuchas, se despachaba violentamente contra un ciudadano que había adoptado la ingesta de gatos en su dieta regular. El opinador radial llegó tildar al excéntrico gourmet de “criminal” porque no solo practicaba este pasatiempo culinario, sino que lo promocionaba por TV cada vez que le daban la oportunidad y con lujo de detalles, adobo incluido.

No parece necesario recordar a nadie que, desde el punto de vista metafísico, en la escala de las criaturas que pueblan el universo, el generoso ternero y la próvida vaca, que tanto abastecen de un bife de chorizo como de unas nalgas para milanesa, tienen la misma dignidad animal que el o los gatos en cuestión, inclusive que los gatos persas o siameses.

Gato por niño

Claro que la anécdota sigue y pasa de lo ridículo a lo trágico. A renglón (o bloque) seguido, el animador radial brindó generoso espacio a un padre de familia que pedía permiso para practicar a su hija un aborto, puesto que el niño que ella llevaba en su seno era fruto de una violación. Naturalmente las afinidades morales del animador radial –hombre apasionado- formaban codo a codo con las del abuelo, homicida en grado de tentativa, (puesto que intentaba matar a su inocente nieto en gestación) posiblemente movido por una ira incontenible ante el espantoso delito del que fue víctima su hija. O la menos una ira no debidamente contenida por la templanza y el discernimiento moral. Aparentemente, al no poder matar al violador, pretendía matar a su hijo. Casi una venganza al estilo siciliano.

Pero dejemos la tragedia en sí remitámonos solo al tema que nos ocupa y que esta anécdota ilustra: para la mentalidad ecologista, matar un gato y comérselo (por extraño que parezca a nuestras costumbres) es una especie de crimen. Matar a un niño no nacido, bajo ciertas circunstancias, un hecho higiénico.

No seamos tan drásticos en el ejemplo

Para que no se nos acuse de efectismo, vamos a otro tipo de ejemplos. Según el psicoecólogo, desarrollar una industria es casi un pecado. Porque contamina el aire, las aguas, inunda de olores nauseabundos y ruidos molestos. Sin duda, hay lugares donde estas industrias no deben estar y además es necesario minimizar al máximo los efectos no contaminantes de un desarrollo industrial. Para eso hay técnicas que se van perfeccionando.

Pero no solo el lucro está en juego, también el bien común de una sociedad que necesita bienes para vivir dignamente, trabajo para sus padres de familia, etc. La industria, prudentemente desarrollada, es compatible con el mandato divino de hacer uso de los bienes de la naturaleza, crecer y multiplicarse. Pero en esto de crecer y multiplicarse los hombres, los ecologistas no parecen ver ningún bien natural, ningún orden natural que respetar. Más vale apuntan a que los hombres no se reproduzcan.

Focas sí, niños no

Por eso no hemos visto nunca una condena de los ecologístas a la industria farmacéutica que presumiblemente debería contaminar…  y mucho menos si dicha industria fabrica anticonceptivos y abortivos, elementos destinados a hacer del “hábitat” del niño en gestación, el vientre materno, un lugar contaminado, inhóspito y estéril.

Si cae petróleo al mar, corren los voluntarios a fregar gaviotas y focas. Pero nadie se mosquea si una industria que dice proteger la salud derrama químicos letales en el útero de las mujeres embarazadas.

¿Contaminación ambiental?

Greenpeace y los otros grupos ecologistas bien financiados ponen en escena vistosas dramatizaciones sobre los males que se le hacen a la tierra y al hombre. Sin embargo nunca hemos visto a Greenpeace haciendo una demostración contra un boliche bailable.

¿Sabían los de Greenpeace de la existencia de Cromañón? Sabían que allí se amontonaban miles de personas, en un ambiente contaminado de ruido, con aire viciado de marihuana o cigarros de pasta base? ¿Sabían el efecto que tiene en los oídos y en el equilibrio neurológico el sonido a volúmenes altísimos, las luces estroboscópicas, los efectos de laser? Parece que no…

¿Saben los ecologistas como afecta el juicio racional, el discernimiento, esa masificación, ese culto primitivo y puramente sensorial, casi tribal, a los grupos de música rock, pop, heavy, cumbia o lo que sea? Aparentemente esto no contamina ni afecta la calidad de vida.

Psicoecologismo y engaño ideológico.

En todo caso, para hacer más breve este comentario: a la hora de cuidar el medio ambiente natural, ¿no deberíamos considerar también contaminantes los recitales masivos, los boliches y tantos otros lugares de “diversión” juvenil? ¿Y eventualmente hacer piquetes para impedir el paso de los jóvenes cuando quieren entrar en ellos? Esto sería coherente con la lógica ecologista.

Psicoeologísmo y autoridad paterna

“Pero los chicos quieren ir…” dicen los padres psicoecologizados y resignados, aunque no les guste que los chicos vayan.

La pregunta de la absolución o de la condena de esos padres es, ¿hubieran dejado Uds. ir a sus hijos a Cromañón de haber sabido anticipadamente lo que iba a ocurrir la noche trágica del 30 de diciembre de 2004…? La respuesta es obvia.

Entonces, ¿porqué dejan a sus hijos ir a otros tantos cromañones que gradualmente van a terminar produciéndoles efectos similares, en el orden físico y espiritual? ¿Por el hecho de que los efectos son crónicos y no agudos y por lo tanto no saldrán en las tapas de los diarios?

Ecologismo y Sentido común

Como todas estas formas de distorsión del sentido común tan de moda hoy (medicinas alternativas, espiritualidades orientales, búsqueda de la “armonía interior”…) el ecologismo sustenta sus mentiras en hechos parcialmente reales. Y como el tero, grita en un lado, pero pone los huevos en otro.

El ecologismo no es una ciencia sino una ideología. No se interesa en el orden natural, sino que utiliza algunas estampas de paisajes bucólicos y otras de basureros nausebundos para anteponer la vida animal a la vida humana. Ésta es su práctica habitual.  Y su base doctrinal. Al menos lo es de la gran mayoría de los llamados movimientos ecologistas. Y termina siendo el modo de pensar de los ingenuos que se suben al carro del ecologismo sin mayor reflexión, los que hemos llamado “psicoecologistas”, como el periodista que defendía la vida de un gato y condenaba la de un niño.

Abramos los ojos. Todas la ballenas del mundo no valen lo que una vida humana. Rechacemos el engaño de los “verdes” y reconsideremos la realidad a la luz de una sana y sensata moral natural.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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