Panorama Católico

Educación Cristiana

Quienes tenemos hijos pequeños, en edad escolar o inclusive adolescentes vivimos con una constante solicitud respecto a su futuro. No solo por lo que respecta a su vida material, sino especialmente en lo espiritual.

Quienes tenemos hijos pequeños, en edad escolar o inclusive adolescentes vivimos con una constante solicitud respecto a su futuro. No solo por lo que respecta a su vida material, sino especialmente en lo espiritual.

Padre Delagneau
La Educación Cristiana
Ediciones del Angel
Buenos Aires, 1992. 64 págs.

¿Podremos educarlos de tal modo que no se desvíen de la rectitud de la doctrina y del estilo de vida cristianos, en una sociedad que cada vez parece estar más lejos de los ideales de Cristo? Sobrevienen temores bien fundados cuando pensamos en este problema.

Los padres de entre 20 y 50 años venimos a enfrentar este desafío de educar a nuestros hijos, acarreando muchos problemas de educación nosotros mismos: sin que esto sea un cargo indiscriminado hacia nuestros padres, podemos afirmar que no hemos sido bien educados. Somos los hijos de la generación de la postguerra mundial. Ellos han conservado –aunque ya sin la solidez de nuestros abuelos– la moral cristiana, pero no tan arraigadas, lamentablemente, las convicciones religiosas que le dan fundamento. Es la generación que sufrió la inflexión de las costumbres, la que debió enfrentar a unos hijos –nosotros– que los cuestionaban, estimulados por el espíritu de rebeldía que se vivió a partir de los años ’60. Y no estaban intelectual ni espiritualmente preparados para sabernos responder.

Somos los hijos de aquellos que en algunos aspectos resistieron sin saber darnos cuenta del fundamento de su resistencia, y en otros cedieron, proyectando en nosotros lo que ellos "no habían podido hacer". Somos los hijos que educaron a sus padres, los que convencimos a quienes debieron convencernos, los que tuvimos las armas intelectuales para destruir –universidad mediante– lo que ellos habían recibido por la costumbre. Somos los hijos de una generación a la que les faltó la fortaleza moral de transmitirnos convicciones.

Hoy nosotros, los padres jóvenes, vemos que cuando nuestros propios padres no nos daban disciplina –o nos la daban en algunos casos, por el mero rigor, pero sin el fundamento de la verdad amada y vivida plenamente– nos estaban haciendo un terrible daño, sin quererlo. No formaban nuestra voluntad, no nos enseñaban a amar el deber, a ser generosos, caritativos; no nos daban el ejemplo de bendecir la mesa, de rezar el rosario en común; no tuvieron la fortaleza de imponernos horarios, de ir desarraigando los caprichos y las veleidades, de enseñarnos el valor del sacrificio. Por el contrario, "que ellos no sufran lo que nosotros tuvimos que sufrir", fue su lema.

Es verdad, no sufrirnos lo que ellos, pero hemos sufrido y continuamos sufriendo otras cosas mucho peores.

Hoy nosotros debemos enfrentar a nuestros hijos con desafíos aún mayores: inmoralidad generalizada, apología pública de toda clase de vicios, un verdadero supermercado de ideologías pseudoespirituales que van desde la polifacética New Age al umbandismo; la televisión, que como un virus intelectual contamina por el solo contacto, aunque lo que se vea en cada caso específico no sea necesariamente malo. ¿Cómo vamos a hacer frente, nosotros, la generación debilitada, a los enemigos que amenazan a nuestros hijos?

Incluso quienes hemos ido recuperando las costumbres cristianas, la vida sacramental, tenemos que remontar el camino de la virtud arrastrando infinidad de defectos y debilidades que una buena educación hubiera arrancado definitivamente en la niñez.

¿Qué pensar de los que han seguido la corriente del Mundo? Sobrepasados por sus hijos, están completamente desarmados para ejercer su función: quienes deberían obedecerles, hacen su propia voluntad absolutamente; quienes deberían respetarlos, los denigran con palabras ofensivas y hasta obscenas, tienen conductas increíblemente impropias de su edad, y al llegar a la preadolescencia o aún en la misma niñez, están frecuentemente llagados por toda lacra de impurezas.
 
No se trata de lamentarnos por lo que ya fue, sino de remediar lo que puede ser remediado y salvar a quienes están aún maleables a la influencia de padres dispuestos a sacrificarse por el bienestar espiritual de sus hijos.

Es el objetivo de este libro del que sólo diremos tres cosas como introducción:

Se trata de la recopilación de un curso dictado a jóvenes padres en retiros espirituales especializados en el tema de la educación. Se ha mantenido el estilo oral en la medida de lo posible y esto, si no se lo tiene en cuenta, puede desconcertar al lector a veces.

Es de gran importancia el anexo dedicado a la Educación en la Pureza, en donde se dan consejos prácticos para suplir el vacío que actualmente pretende llenar –y muchas veces llena– la horrísona y perversa Educación Sexual.

Finalmente, el autor, un sacerdote que se especializa en educación, no ha desdeñado ningún aporte de la psicopedagogía contemporánea acorde a la doctrina de la Iglesia. No da una visión envejecida sino muy actual sobre cómo encarar la educación de los niños y jóvenes. Se pretende prepararlos para el mundo de hoy y no para los peligros que pudieron haber enfrentado nuestros abuelos.

En conclusión, este libro busca suplir, en la medida de lo posible, aquellas lagunas del orden doctrinal y la inexperiencia práctica de los padres jóvenes, quienes requerimos, sobre la base de los mismos principios inmutables, ante nuevos desafíos, nuevas respuestas. Creemos que su lectura es indispensable.

Como dice el autor, si no educamos a nuestros hijos, alguien lo hará por nosotros. Pero seremos nosotros quienes deberemos dar cuenta ante el Juez Supremo. Y aún en esta vida, ningún sacrificio será más grande que la felicidad de verlos enderezados en el camino del bien y de la piedad.

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Autor

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