Panorama Católico

El 25 de marzo de 1991 moría Mons. Marcel Lefebvre

Se ha cumplido recientemente un nuevo aniversario de la muerte de quien podría considerarse el obispo más conocido del mundo (fuera del obispo de Roma), de quien, curiosamente, se conoce muy poco.

Escribe Marcelo González

Su solo apellido ha adquirido una connotación negativa (siendo por cierto uno de los más comunes de la lengua francesa) y hasta Dom Gaspar Lefebvre, autor del Misal de los fieles que se conoce con su nombre es citado a media voz por temor a confusiones.

Se ha cumplido recientemente un nuevo aniversario de la muerte de quien podría considerarse el obispo más conocido del mundo (fuera del obispo de Roma), de quien, curiosamente, se conoce muy poco.

Escribe Marcelo González

Su solo apellido ha adquirido una connotación negativa (siendo por cierto uno de los más comunes de la lengua francesa) y hasta Dom Gaspar Lefebvre, autor del Misal de los fieles que se conoce con su nombre es citado a media voz por temor a confusiones.

Resulta gracioso que en estos tiempos de “libertad y madurez” del pueblo de Dios, hablar de Mons. Lefebvre sea casi un “tabú”. El que lo hace sin una fuerte dosis de improperios y condenas, corre el serio riesgo de “quedar pegado”.

Pocos saben de la importancia que tuvo Mons. Marcel Lefebvre en la Iglesia hasta que sus conflictos con Roma los llevaron a una fama poco envidiable. Y resulta obvio la importancia que ha tenido después. Fue legado pontificio (nuncio apostólico) para toda el Africa de habla francesa, un buen pedazo del Africa, y Arzobispo de Dakar. Como tal, ordenó y consagró a la mayoría de los sacerdotes y obispos del clero nativo que luego alcanzaron puestos relevantes en la Iglesia del Continente Negro. De hecho, solo uno de ellos, entonces Cardenal de la Curia Romana, se atrevió a asistir a sus exequias.

Pocos saben que fue un pionero del “diálogo con los musulmanes”, puesto
que admitía en los colegios que estaban bajo su jurisdicción un
porcentaje de musulmanes deseosos de tener el buen nivel educativo que
recibían sus connacionales cristianos. La tozudez de los padres que no
se convertían por no dejar a sus “esposas” (normalmente debían quedarse
con la más vieja) fue un serio obstáculo para la conversión. No así
para sus hijos, que en su gran mayoría se hicieron católicos. Varios
musulmanes asistieron a sus exequias.

Mons. Lefebre tenía la estima del P. Pío de Pietrelcina, de Pío XII, de Juan XXIII, que lo comisionó como uno de los redactores de los esquemas del Vaticano II, los cuales esquemas fueron desguazados por medio de diversas maniobras, como relata el P. Wilthem en su libro “El Rihn Desemboca en el Tiber”, sobreviviendo tan solo el de la reforma litúrgica, luego “Sacrosanctum Cosilium”, que ya contenía las “bombas de tiempo” luego señaladas por apologista británico Michael Davies. Es que los mismos liturgistas que bajo Pío XII hicieron la reforma previa, estaban ya fuertemente inficionados por las ideas de la Nouvelle Theologie, y el “Papa Bueno” primero y Paulo VI luego, cuyo fastidio por Pío XII fue indisimulado, les dio más alas de las que quizás hubiese querido.

Protagonizó junto con otros 500 padres conciliares la resistencia contra la organizadísima tendencia neomodernista que tomó posesión de las sesiones conciliares. El Coetus Internationalis Patrum enfrentó con vigor los errores que postulaba la poderosa minoría de nuevos teólogos. Desgraciadamente el grupo se fue erosionando a medida que el Santo Padre le daba la razón a los modernos. Uno de sus grandes amigos de toda la vida fue Mons. Tortolo, por mucho tiempo presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, quien conservaba por él un gran afecto.

El seminario de Econe se fundó con la venia de un obispo suizo y como toda nueva congregación permaneció ad experimentum durante varios años. Cuando el “experimentum” resultó exitoso, la secta modernista romana, una de cuyas cabezas más visibles era el Secretario de Estado Vaticano, Card. Villot, cayó con todo el peso de la autoridad (ya que es dudoso que con el de la ley) y le ordenó cerrar el seminario. De allí en más viene el conflicto, que por momentos tiene ribetes cómicos.

Cuando la visita apostólica del Cardenal Gagnon, acompañado por el entonces Padre Perl (hoy Mons. Perl, número dos de Ecclesia Dei), estando ya Mons. Lefebvre suspendido a divinis, asistieron a la misa pontifical de la comunidad del Seminario ¡celebrada por un obispo suspendido! y luego confraternizaron en el almuerzo junto con todos los seminaristas. Su informe fue positivo, a raíz de lo cual, las autoridades romanas persistieron en ordenarle el cierre del seminario… ¿Alguien ha vivido situaciones parecidas? Sí, ¿verdad?

La historia siguiente es más polémica y se narra con extraordinaria puntillosidad (tanto que ha fastidiado a algunos “lefebvristas”) en la biografía escrita por Mons. Tissier de Mallerais, uno de los cuatro obispos excomulgados.

A los que sufren ataque de alergia cuando oyen hablar de Mons. Lefebvre les recomendamos leer algo de su obra escrita y de su biografía (lamentablemente e incomprensiblemente aún no traducida al castellano). Siquiera para mejorar la calidad de sus argumentos.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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