Panorama Católico

El Cardenal Martini vuelve a la carga

El cardenal Martini y la eutanasia: cuándo es lícito abreviar la vida

Para el ex arzobispo de Milán, el enfermo grave tiene en todo momento el derecho de hacer interrumpir los cuidados que lo mantienen en vida. No, le objeta el presidente de la Pontificia Academia para la Vida. Pero el verdadero enfrentamiento es entre Martini y el Papa.

por Sandro Magister

El cardenal Martini y la eutanasia: cuándo es lícito abreviar la vida

Para el ex arzobispo de Milán, el enfermo grave tiene en todo momento el derecho de hacer interrumpir los cuidados que lo mantienen en vida. No, le objeta el presidente de la Pontificia Academia para la Vida. Pero el verdadero enfrentamiento es entre Martini y el Papa.

por Sandro Magister

ROMA, 30 enero del 2007 – Justo nueve meses después de su clamoroso manifiesto de oposición al Papa reinante publicado en el semanario “L’Espresso” – sobre la fecundación artificial, embriones, aborto, eutanasia – el cardenal Carlo Maria Martini ha insistido sobre el último tema, la eutanasia, con un artículo aparecido el 21 de enero en la primera página de la edición dominical de “Il Sole 24 Ore”, el más grande diario económico-financiero de Italia y uno de los más importantes de Europa.

También esta vez su intervención ha sido leída como una crítica a la línea papal de oposición absoluta a la “muerte dulce” intencionalmente causada.

Y también esta vez – como hace nueve meses – los medios católicos oficiales han envuelto de silencio el pronunciamiento del cardenal Martini, amplificado en cambio por los medios laicos.

Pero una controversia que ve en el terreno de disputa a los máximos líderes de la Iglesia a nivel mundial, con posiciones diferentes y sobre temas de tal magnitud, no puede quedar escondida dentro de la misma Iglesia.

Es una controversia que tiene su caso detonante inmediato, sus antecedentes, su evolución.

EL CASO WELBY

El suceso que ha empujado al cardenal Martini a intervenir de nuevo sobre el tema de la eutanasia es el de Piergiorgio Welby: un enfermo grave que – como ha escrito el mismo cardenal – “con lucidez ha pedido la suspensión de las terapias de sostén respiratorio, constituidas en los últimos nueve años por una traqueotomía y por un ventilador automático”.

En las últimas semanas del 2006 el pedido de Welby de interrumpir la propia vida sacudió la opinión pública en Roma y en Italia, con una intensidad casi igual a la del caso de Terry Schiavo en Estados Unidos. Ha involucrado y dividido la comunidad católica, la comunidad científica y el mundo político, con una fuerte movilización de personas a favor de la legalización de la eutanasia. Welby yacía enfermo, pero siempre lúcido y capaz de expresarse, en su casa de Roma. La esposa, la madre, la hermana, son católicas practicantes. De él, en cambio, la esposa ha dicho: “No sé si pensaba de verdad que existía un más allá o si creía en Dios”. En todo caso, en torno a él y en su nombre, en los días anteriores y posteriores a su muerte, se celebró, bajo los ojos de todos, una liturgia laica hecha de vigilias nocturnas, de súplicas de solidaridad, de campañas humanitarias, de conmoción navideña.

La muerte, procurada por un médico, llegó para Welby tres días antes de Navidad. Y a la solicitud de un funeral religioso hecho por la esposa, la diócesis de Roma – de la que es obispo el Papa, con el cardenal Ruini como vicario – respondió con un “no” por los siguientes motivos:

“Porque a diferencia de los casos de suicidio en los cuales se presume la falta de las condiciones de plena advertencia y deliberado consentimiento, era conocida, en cuanto repetidamente y públicamente afirmada, la voluntad del Dr. Welby de poner fin a su propia vida, lo que es contrario a la doctrina católica”. Sin quitar el deber de la oración.

A la negación de los funerales religiosos los familiares, amigos y sostenedores de Welby respondieron celebrando un rito laico en la plaza que queda cerca, delante de la parroquia. Era la mañana del domingo 24 de diciembre. A medio día, en el Ángelus, Benedicto XVI dijo a la multitud que llenaba la plaza San Pedro:

“En el Dios que se hace hombre por nosotros nos sentimos todos amados y acogidos, descubrimos que somos preciosos y únicos a los ojos del Creador. La Navidad de Cristo nos ayuda a tomar conciencia de cuanto vale la vida humana, la vida de cada ser humano, desde su primer instante a su natural ocaso”.

Y al día siguiente, en el mensaje navideño “urbi et orbi”, a la ciudad y al mundo, Benedicto XVI insistió, hablando del hombre de nuestro tiempo:

“Este hombre del siglo veintiuno, artífice autosuficiente y seguro de la propia suerte, se presenta como productor entusiasta de éxitos indiscutibles. Parece, pero no es así. ¿Qué pensar de quien escoge la muerte creyendo ensalzar la vida?”.

En amplios sectores del mundo católico italiano, sin embargo, el sentimiento general era de otro tipo. El 10 de enero “Avvenire”, el diario de la conferencia episcopal italiana, publicó una parte de las numerosísimas cartas recibidas sobre el caso Welby. Eran todas contra la decisión de negarle los funerales religiosos. Sólo la nota del director de “Avvenire”, Dino Boffo, asumía la defensa de la diócesis de Roma.

Sobre este telón de fondo llega el artículo del 21 de enero del cardenal Martini en “Il Sole 24 Ore”.

“YO, WELBY Y LA MUERTE”

Ya el título del artículo entra en el corazón de la cuestión: “Yo, Welby y la muerte”.

“Situaciones similares – escribe Martini – serán siempre más frecuentes y la Iglesia misma deberá darles consideración más atenta, incluso pastoral”.

Estas pocas palabras serán en los días sucesivos las más citadas: universalmente interpretadas como una crítica a la negación de los funerales religiosos a Welby y al “corazón de piedra” de la Iglesia oficial.

En efecto, en la siguiente columna del artículo el cardenal presenta su posición sobre la eutanasia en un modo que vuelve lícita la decisión de Welby – y de otros en situaciones análogas – de interrumpir la propia vida.

La eutanasia – escribe Martini – es “un gesto que quiere abreviar la vida, causando positivamente la muerte”. Como tal es inaceptable.

Diferente, en cambio, es el caso del ensañamiento terapéutico, o sea “la utilización de procedimientos médicos desproporcionados y sin razonable esperanza de un resultado positivo”. Interrumpiéndolo – escribe el cardenal citando el Catecismo – “no se quiere procurar la muerte; se acepta no poder impedirla”.

Y en el decidir si una intervención médica puede ser interrumpida – prosigue Martini – “no puede descuidarse la voluntad del enfermo, en cuanto le compete – también desde el punto de vista jurídico, salvo excepciones bien definidas – evaluar si los cuidados que le son propuestos, en tales casos de excepcional gravedad, son efectivamente proporcionados”.

Más adelante, Martini solicita que se elabore al respecto “una normativa que por una parte permita reconocer la posibilidad de rechazo de los cuidados – en cuanto considerados desproporcionados por el paciente –, y por otra proteja al médico de eventuales acusaciones como homicidio de aquel que lo consiente o ayuda al suicidio”.

Esta normativa – precisa el cardenal – no debe implicar “en algún modo la legalización de la eutanasia”. Objetivo “difícil pero no imposible: me dicen que por ejemplo la reciente ley francesa en esta materia parece haber encontrado un equilibrio, si no perfecto, al menos capaz de realizar un suficiente consenso en una sociedad pluralista”.

Esta es en síntesis la posición expresada por el cardenal Martini en el artículo del 21 de enero en “Il Sole 24 Ore”. Pero para comprenderla mejor vale la pena volver a lo que dijo sobre el mismo argumento en el “Diálogo sobre la vida” publicado en “L’Espresso” en abril del 2006.

LOS ANTECEDENTES

También en aquel escrito de hace nueve meses Martini sostiene que la eutanasia “no se puede aprobar jamás”. Pero agrega que no condena a “las personas que realizan un gesto semejante a pedido de una persona reducida a los extremos y por un puro sentimiento de altruismo”.

Y sigue: “La prosecución de la vida humana física no es de por sí el principio primero y absoluto. Sobre él está el de la dignidad humana”.

Muchas cuestiones referentes al nacimiento y el fin de la vida – escribe todavía el cardenal – son “zonas de frontera o zonas grises donde no es evidente de manera inmediata cuál sea el verdadero bien”. Por lo tanto “es una regla buena abstenerse ante todo de juzgar apresuradamente y después discutir con serenidad, de modo que no creemos inútiles divisiones”.

Hace nueve meses las altas jerarquías de la Iglesia evitaron replicar en público a estos textos del cardenal Martini. Al punto que circuló la noticia que Martini habría acordado precedentemente con Benedicto XVI la publicación de su escrito. Noticia de pura fantasía, junto con la otra según la cual en el conclave del 2005 Martini habría sido el “verdadero” elector de Joseph Ratzinger.

Esta vez, el artículo en "Il Sole 24 Ore" ha recibido inmediatamente tres respuestas autorizadas.

LA EVOLUCIÓN

La primera respuesta llegó el día siguiente a la publicación del artículo. En la tarde del lunes 22 de enero, abriendo en Roma la reunión de invierno del consejo permanente de la conferencia episcopal italiana, el cardenal Ruini ha dedicado a la cuestión de la eutanasia, al caso Welby y a la negación de los funerales religiosos estos tres párrafos de su ponencia:

"Una cuestión muy delicada desde el punto de vista humano y ético, que el parlamento ha comenzado a examinar, es la de la 'declaración anticipada de tratamiento'. Un punto esencial sobre el que parece haber un amplio consenso, es el rechazo a la eutanasia, cualquiera sean los motivos o medios, las acciones o las omisiones, adoptadas y empleadas con el fin de realizarla. Al mismo tiempo, es legítimo rechazar el ensañamiento terapéutico, o sea el recurso a procedimientos médicos extraordinarios que resulten demasiado costosos o peligrosos para el paciente y desproporcionados respecto a los resultados que se esperan alcanzar. Pero la renuncia al ensañamiento terapéutico no puede llegar al punto de legitimar formas más o menos encubiertas de eutanasia, en particular el abandono terapéutico que priva al paciente del necesario sostén vital a través de la alimentación y la hidratación, como lo expresó en el 2003 el Comité Nacional de Bioética.

"La voluntad del enfermo – actual o anticipada o expresada a través de un representante suyo de confianza escogido libremente – y la de sus familiares, no puede por tanto tener por objeto la decisión de quitar la vida misma del enfermo. Además se debe salvaguardar la relación personal y sumamente importante entre el médico, el paciente y sus familiares; como también el respeto de la conciencia del médico llamado a aplicar la voluntad del enfermo; y más en general, el respeto de la deontología médica. En esta materia tan delicada parece pues una norma sabia no pretender que todo pueda ser previsto y regulado por la ley. Son igualmente importantes y necesarias las terapias que atenúan el sufrimiento y una cercanía afectuosa y constante a los pacientes y a sus familias.

“Un suceso humano doloroso, que ha involucrado ampliamente a nuestra gente, ha sido el del Piergiorgio Welby. Me ha involucrado incluso personalmente, cuando llegó la solicitud del funeral religioso después de su muerte. La sufrida decisión de no concederlo nace del hecho de que el difunto, hasta el final, ha perseverado lúcidamente y conscientemente en la voluntad de poner término a la propia vida: en aquellas condiciones una decisión diferente hubiera sido para la Iglesia imposible y contradictoria, porque habría legitimado una actitud contraria a la ley de Dios. Al tomar tal decisión no ha faltado la conciencia de estar llevando lamentablemente dolor y turbación a los familiares y a tantas otras personas, también creyentes, movidas por sentimientos de humana piedad y solidaridad hacia el que sufre, aunque quizá menos concientes del valor de cada vida humana, de la que ni siquiera la persona del enfermo puede disponer. Sobre todo nos ha confortado la confianza de que el Dios rico en misericordia no sólo es el único que conoce hasta el fondo el corazón del hombre, sino que es también Aquel que en este corazón actúa directamente y desde adentro, y puede cambiarlo y convertirlo en el instante de la muerte”.

También en este último párrafo relativo al caso Welby, en al menos dos pasajes las palabras de Ruini se oponen a la tesis de Martini. Cuando el vicario del Papa define “contrario a la ley de Dios” el comportamiento que para Martini sería en cambio legítimo. Y cuando afirma que “ni siquiera la persona enferma puede disponer” de la propia vida.

Pero la réplica más directa a las tesis de Martini llegó el martes 23 de enero con un artículo de Elio Sgreccia en el “Corriere della Sera”, el gran diario de Milán, la misma ciudad de la que Martini ha sido arzobispo de 1979 al 2002, antes de retirarse a Jerusalén.

Sgreccia, obispo titular de Zama y presidente de la Pontificia Academia para la Vida, es desde hace varios años el más autorizado representante de la posición oficial de la Iglesia en materia de bioética.

A Martini, Sgreccia objeta ante todo – citando la encíclica “Evangelium vitae” de Juan Pablo II – que la eutanasia es tal incluso cuando es “por omisión” o sea cuando omite “una terapia eficaz y necesaria, cuya privación causa intencionadamente la muerte”. Y su inaceptabilidad moral es idéntica: sea cuando la eutanasia es activamente realizada como cuando es por omisión.

Además, Sgreccia afirma que “el médico, aun teniendo el deber de escuchar al paciente no puede ser considerado un simple ejecutor de sus deseos: si reconoce la consistencia de los motivos de rechazo de los cuidados, deberá respetar la voluntad del paciente; si en cambio percibe un rechazo sin motivo, está en la obligación de proponer su oposición de conciencia […] y eventualmente dimitir el paciente que le ha sido confiado como responsabilidad”.

En el plano técnico-científico compete al médico la evaluación de la “proporcionalidad” o no de las terapias practicadas, que es obligatorio suspender en caso de que se revelasen sin una razonable esperanza de éxito.

Compete al paciente, en cambio, la decisión de hacer interrumpir terapias que si son “proporcionadas” bajo la perspectiva científica, pero que son consideradas por él insostenibles en relación a las concretas condiciones “físicas, psicológicas, sociales y económicas”.

En consecuencia, la ley francesa puesta como ejemplo por Martini es para Sgreccia moralmente inaceptable:

“El automatismo instaurado por la ley francesa (art. 6), según la cual cualquier rechazo de los cuidados por parte del paciente debe ser acogido y obedecido por el médico (después de haber explicado al paciente los efectos del rechazo), puede configurar una eutanasia por omisión tanto de parte del paciente como de parte del médico”.

En suma, en la réplica de Sgreccia, casi nada se salva de las tesis del cardenal Martini.

También ha replicado indirectamente a Martini el secretario general de la conferencia episcopal italiana, el obispo Giuseppe Betori. El domingo 28 de enero, en una entrevista en el primer canal de la TV italiana estatal, ha dicho:

"Sobre un tema como este la política quiere legislar demasiado. Me parece que se quiere vaciar el rol del médico y confiar en cambio la decisión al arbitrio de la persona, que además está influenciada por presiones ideológicas muy evidentes”.

Regresando al caso Welby, la paradoja es que mientras Martini excluye considerarlo un acto de eutanasia, lo han definido así varias veces sus familiares y los defensores de la legalización de la eutanasia en Italia. El más notorio de estos, el Profesor Umberto Veronesi, oncólogo de fama mundial, en una audiencia en el parlamento la ha definido incluso, sin medias tintas, como “un suicidio”.

Fuente: Chiessa

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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