Panorama Católico

El Concilio Ecuménico Vaticano II. Un debate que debe abrirse

Este libro es una secuencia de El Concilio Ecuménico Vaticano II. Un debate que debe abrirse, que apareció en italiano en 2009, y ha sido traducido desde entonces al francés, inglés, alemán, portugués y español. En su nuevo trabajo, Mons. Brunero Gherardini, canónigo de la Archibasílica Vaticana y director de la revista periódica internacional de teología Divinitas, deplora que el debate sobre el Concilio Vaticano II no haya ocurrido aún, e inclusive demuestra por qué hoy es más indispensable que nunca. Y por sobre todo, señala cómo este debate podría ser comenzado, dando a los lectores los primeros elementos para un análisis riguroso, lejos de las invectivas estériles y de las ovaciones ciegas.

Este libro es una secuencia de El Concilio Ecuménico Vaticano II. Un debate que debe abrirse, que apareció en italiano en 2009, y ha sido traducido desde entonces al francés, inglés, alemán, portugués y español. En su nuevo trabajo, Mons. Brunero Gherardini, canónigo de la Archibasílica Vaticana y director de la revista periódica internacional de teología Divinitas, deplora que el debate sobre el Concilio Vaticano II no haya ocurrido aún, e inclusive demuestra por qué hoy es más indispensable que nunca. Y por sobre todo, señala cómo este debate podría ser comenzado, dando a los lectores los primeros elementos para un análisis riguroso, lejos de las invectivas estériles y de las ovaciones ciegas.

Con la amable autorización de las ediciones Courrier de Rome, publicamos un adelanto de algunos textos particularmente iluminadores sobre el “espíritu del Concilio” y sobre su “contra-espíritu”. Mons. Gherardini muestra que  el post-Concilio no es el único responsable de la crisis actual de la Iglesia, sino el Concilio mismo, cuyo espíritu contenía ya la semilla de su “contra-espíritu” (gegen-Geist) lamismaque Benedicto XVI denuncia, pero atribuyéndola solamente al post-Concilio.

Este profesor emérito de la Pontificia Universidad Lateranense señala los puntos en que está cerca y en los que toma distancia de la hermenéutica propuesta por quien entonces era el Cardenal Ratzinger, en su Informe sobre la Fe, escrito con Vittorio Messori (Fayard, 1985):

“Mis dos publicaciones tienen en común con la hermenéutica de Ratzinger, por un lado su señalamiento y por otro el rechazo del gegen-Geist (el contra-espíritu del Concilio), es decir, ese juicio absurdo del Vaticano II, que ha ignorado más de veinte siglos de historia y ha impuesto un modo de ver las cosas que es radicalmente diferente de la Tradición eclesiástica y de su contenido integral.

“En mis dos trabajos no se afirma que este gegen-Geist haya borrado, o haya tratado de borrar el verdadero ‘espíritu’ del Concilio. Ambos trabajos proponen la paradójica pregunta: si el auténtico ‘espíritu’ del Concilio no está, finalmente, unido al ‘contra-espíritu’. (p. 24).

“Así, en lo referente a los valores tradicionales, el ‘espíritu del Concilio’ fue en sí mismo un gegen-Geist, antes, inclusive, de que este espíritu fuese difundido por comentadores preocupados. El ‘espíritu del Concilio’ había colocado generalmente  al Concilio en oposición con todo lo que la Iglesia hasta ese punto había aceptado como su pan cotidiano, en particular el Concilio de Trento y el Vaticano I. No es  posible sentirse menos que golpeado por la presencia de varias frases, distribuidas aquí y allá en ciertos documentos, especialmente en los párrafos estratégicos, sobre las novedades introducidas, con el fin de garantizar la existencia de una coherencia entre el ayer y el hoy que en los hechos no existe. (p. 30)

“No debemos imaginar que haya habido un cambio total. El Vaticano II no innovó sobre las verdades de la Fe contenidas en el Credo y definidas por los Concilios precedentes. El problema no es la cantidad, sino la calidad. No por nada hablamos del ‘espíritu’  y el ‘contra-espíritu’ del Concilio.

“La ruptura, antes que poner énfasis en determinadas materias, lo puso en la inspiración fundamental. Un produjo un cierto ostracismo, pero no hacia una u otra de las verdades reveladas como tales, propuestas por la Iglesia. Este ostracismo afectó un cierto modo de presentar esas verdades. Atacó un método teológico, el escolasticismo, que hoy ya no es tolerado. Con particular energía fue contra el Tomismo, considerado por muchos como algo pasado de moda y hoy en día muy lejano de la sensibilidad y los problemas del hombre moderno.

‘No se advertía, ni se deseaba creer que, rechazando así a Santo Tomás de Aquino y a su método se estaba provocando un colapso doctrinal. El ostracismo había comenzado por presentarse sutil, penetrante y envolvente. No arrojó a nadie por la puerta, ni ninguna teoría teológica, menos aún algunos dogmas. Apuntaba a la mentalidad que en su tiempo había definido y promulgado esos dogmas.

“Y fue una verdadera ruptura, porque fue ardientemente deseada, como condición necesaria, como único modo en que se podría llegar a responder a deseos y cuestiones que hasta entonces –es decir, desde el Iluminismo- habían permanecido sin respuesta.

“Me pregunto a mí mismo si realmente todos los Padres conciliares se dieron cuenta de que objetivamente estaban en un proceso de desgarramiento de la mentalidad multisecular que hasta entonces había expresado la motivación fundamental de la vida, la oración, las enseñanzas y el gobierno de la Iglesia. 

xpresando su intención de ‘instaurare omnia in Christo’, restaurar todas las cosas en Cristo (Ef. 1:10). Fue esta una clara manifestación del gegen-Geist. (p. 31-32).

“Al mismo tiempo, es difícil ignorar que todo comenzó precisamente con el Concilio Vaticano II. Alguien ha observado que el Concilio Vaticano II podría ser comparable a la bolsa de cuero caprino de Eolo (que en la leyenda griega contiene todos los vientos contrarios). Desde el Vaticano II este huracán que llamamos el ‘espíritu del Concilio’ ha sido liberado, un espíritu en el cual yo sin dificultades he reconocido la presencia de lo “contra”.

“Si, ‘contra’:

  1. Contra la espiritualidad que guió a la Iglesia desde su origen hasta 1963.
  2. Contra sus dogmas, reinterpretados no teológicamente, sino bajo una mirada historicista.
  3. Contra su Tradición, suprimida como fuente de Revelación y reinterpretada como una aceptación de lo que se va encontrando en el camino, sobre todo en el moderno pluralismo cultural, sea o no sea homogéneo con el estatus ontológico de esa Tradición.

“Si queremos solamente culpar al post-Concilio, valga, porque no está en absoluto libre de errores. Pero tampoco debemos olvidar que él es el hijo natural del Concilio, y que es dentro del Concilio donde encontró los principios sobre los cuales ha fundado su contenidos más devastadores, llevándolos hasta sus últimas consecuencias.

“Debo, sin embargo, decir unas pocas palabras concernientes a un aspecto del aggiornamento conciliar. Este es particularmente importante para mí, porque es parte de la tradición Tridentina y porque está en conformidad con la realidad sacramental del sacerdote. Es de lo que deseo hablar ahora.

“Tanto en Lumen gentium 28/1, que dice textualmente: “Los sacerdotes (…) son consagrados para predicar el Evangelio,” como en Presbyterorum Ordinis 13/2, la cual voluntariamente coloca al ministerio de la Palabra en el lugar más alto de las funciones sacerdotales, vemos claramente una modificación de la tradición tridentina, de acuerdo con la cual el sacerdote es ‘ad conficiendam eucharistiam’. Está, por supuesto, destinado a otras finalidades, pero todas ella por debajo de la del sacrificio eucarístico.

“Pero en los textos del Vaticano II, todo lo que no está en relación con el ministerio de la Palabra se vuelve secundario, olvidándose de la condición del sacerdote como continuidad mística del Cristo, y asímismo de las bases crísticas de sacrificador y glorificador del Padre, que refleja en el sacerdote y conforma su primera característica.

“En consecuencia, ¿cómo puede ser coherente decir que tan radical alejamiento de la tradición Tridentina está perfectamente en coherencia con el magisterio precedente, y constituye materia de validez infalible, irreformable y dogmática?” (p.82-83)

Más adelante, Mons. Gherardini ofrece al teólogo que quiera aceptar “abrir el debate” un método de trabajo, y lo invita a comenzar por la distinción de cuatro niveles de documentos conciliares:

“Me parece que para comenzar, y siempre después de haber considerado todas las implicaciones, un buen crítico debería considerar el Concilio Vaticano II en cuatro niveles distintos:

  1. el nivel genérico de un concilio ecuménico en tanto concilio ecuménico;
  2. el nivel específico en tanto pastoral;
  3. el nivel de referencia a otros concilios;
  4. el nivel de la innovaciones.” (p. 84)

“El Concilio Vaticano (…) presenta un cuarto nivel, el de las innovaciones. Si miramos, no a cada enseñanza, sino al espíritu que las ha concebido y producido a todas ellas, podemos sostener que el Concilio estuvo enteramente en un “cuarto” nivel, o que todo puede hallarse en este nivel. El ‘contra’, del cual hablé en su lugar, coloca al Concilio Vaticano II, nos guste o no, en el nivel de la innovación; e inclusive de la innovación singular, la más radical, aquella que, antes de mirar las cosas, asumió una inclinación “garibaldina”, es decir, revolucionaria; y digamos que antes de ir concretamente a rupturas manifiestas y sorprendentes, el ‘contra” era ya un fuerte y decidido ‘no” a la inspiración fundamental del magisterio previo. Las innovaciones que fueron exitosamente decididas, solo fueron la consecuencia lógica.

“Un lector que no sea necesariamente un especialista, pero que tenga unas pocas nociones histórico-teológicas, será capaz de distinguir entre ellas sin problema. Adoptemos un punto de vista formal, el nuevo concepto de ‘constitutio’: es en este nuevo punto que se han engendrado copias de constituciones en las cuales el modo constitutivo desapareció detrás de un lenguaje impropio y vago, voluntariamente privado de intención definitoria, y frecuentemente reemplazado por un lenguaje profano; y esto por invitación del Papa Roncalli, luego repetida por sus sucesores. Lo que es más, este concepto abrió las puertas de lo ‘constitutivo’ inclusive a elementos extraños.

Debemos leer Gaudium et Spes atentamente y sin ideas preconcebidas: uno podría preguntarse, en suma, que vínculo puede haber entre la gran mayoría de los temas tratados, no solo en la segunda parte, sino también en la primera de este texto, con la naturaleza y actividad apostólica específica de la Iglesia. La novedad coloca a la Iglesia en el nivel de los Estados y sus instituciones;  hace de la Iglesia un partido interviniente entre otros, y le arrebata no tanto su función como conciencia crítica de la historia, cuanto su naturaleza de ‘sacramentum Christi’ y la responsabilidad que se sigue de esto en lo concerniente a la salvación eterna. Así la Iglesia se convierte en una entidad en diálogo con otras entidades. La Iglesia promueve el diálogo para alcanzar fines elevados – el progreso, la paz- pero que la desvían de su misión específica, que es predicar el Evangelio, para actualizar y aplicar los méritos de la Redención, y para propagar el reino de Dios: en resumen, todo lo que tienen que ver con la vida de la gracia, hasta el momento de la Parusía. (p. 87-88)

Mons. Brunero Gherardini, Concilio Vaticano II: un debate que no ha ocurrido, Ed. Courrier de Rome, 112 p.  La traducción francesa puede ser solicitada a partir de comienzos de octubre a Correo de Roma, B.P. 156, F – 78001 Versailles, France o a courrierderome@wanadoo.fr

Fuente: Dici

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *