Panorama Católico

El Cónclave que Viene y sus Prolegómenos

Vivimos tiempos de precónclave. Aún si el Santo Padre viviera algunos meses más, su debilitamiento físico y la pérdida de sus capacidad de hablar agitan más aún las aguas de la sucesión. No se trata de la inquietud habitual propia de un cambio de pontífice, hecho que siempre ha puesto en un cierto grado de tensión a la Iglesia, incluso cuando, bendecida por la paz doctrinal y disciplinaria de algún período espiritualmente próspero se pudo abrigar algún temor por la continuidad de ese tiempo de bendición. O cuando, después de agitaciones y turbulencias de un pontificado poco feliz se pudo temer que el sucesor no fuese un hombre capaz de hacer frente a las exigencias de los tiempos. El sucesor de Juan Pablo II enfrentará cuestiones mayores, extremadamente críticas: la situacion más grave de la historia de la Iglesia, tanto en el orden externo como en el interno.

Escribe Marcelo González

Los largos 25 años de reinado del Papa Juan Pablo II han marcado a la Iglesia con una impronta imposible de desdeñar. Su condición de polaco, su fuerte acción política contra el comunismo, su carisma personal, su deseo de recorrer el mundo permanentemente, su constante preocupación ecuménica.

Por otra parte, en medio de la crisis que Pablo VI legaba a la Iglesia a su muerte, tanto en lo doctrinal como en lo disciplinario, cutual y financiero, en nuevo pontífice enfrentó desafíos mayores. El posconcilio desbocado amenazaba, las conferencias episcopales adquirían aires contestatarios de independencia, la Iglesia estaba en la ruina económica después de las aventuras financieras de Banco Ambrosiano y la estafa de la que fue víctima el IOR vaticano por parte de financistas laicos en los que se confió la recolocación de los activos del Estado Vaticano, ante el temor de que una invasión comunista sobre Europa privara a la Iglesia de todos su recursos dinerarios.

El caos litúrgico -en pleno auge- realizaba sobre todo el cuerpo eclesial una persistente acción revolucionaria. Si lex orandi, lex credendi, nada más eficaz para alterar los contenidos de la Fe (Lex credendi) que alterar toda norma de oración (Lex orandi). Así, la reinterpretación revolucionaria, carismática o simplemente “creativa” a designio personal de cada sacerdote, obispo o comisión revisora, tanto de las traducciones como en la rúbricas, ha sido un medio formidable de vaciamiento doctrinal del culto y de las almas católicas, tanto de los feligreses cuanto del clero.

Cuando el joven Papa Woytila tomó el timón de la Barca de Pedro decidió conjurar algunas de estas amenazas: la predica revolucionaria de la Teología de la Liberación, el comunismo, la dispersión de la feligresía y la disolución galopante del clero por falta de vocaciones y por prevaricación de miles y miles de sacerdotes y religiosos.

Algunas metas fueron alcanzadas: la teología revolucionaria fue condenada y de alguna manera desactivada, aunque resurge ahora con fuerza. Ciertos cambios en la designación de obispos mejoraron el perfil de los episcopados más rebeldes. De alguna manera se desaceleró la caída de las vocaciones…

Pero el precio de estas medidas fue una promoción amplia y casi exacerbada de “movimientismo” católico en desmedro de la vida parroquial, el núcleo natural del catolicismo. Hoy en día la mayoría de los católicos se sienten miembros de la Iglesia en tanto que miembros de algún “movimiento” y, por penoso que sea decirlo, tienen como referencia inmediata la palabra de sus jefes antes que la doctrina inmutable, el Magisterio perpetuo o la Sagrada Tradición.

Por otro lado, la filial sumisión debida a la persona del sucesor de San Pedro y Vicario de Cristo se confundió con frecuencia con el culto personal de la figura del pontífice. Tendencia acentuada por una sobreexposición mediática y el interés de los medios de comunicación de exaltar a este papa de actitudes poco solemnes. Sus abrazos a hombres, mujeres y niños, la naturalidad con que intercambió casi de igual a igual con miembros de todo tipo de grupos religiosos, con muchos de los cuales se abrazó y llamó con títulos de “santidad”… su reemplazo del “nos” (que indicaba “en nombre de Cristo que habla por mí”) por el “yo” personal… su deseo de modificar con una impronta presonal aquellas tradiciones más arraigadas en el catolicismo: el padrenuestro, el rosario, el vía crucis… por mencionar algunas que más directamente impactaron sobre el pueblo fiel, además de las reformas del Derecho Canónico, el Ritual, el Catecismo, la Misa, la nueva formulación de la doctrina social de la Iglesia, todo esto en función de su objetivo pastoral casi excluyente: el ecumenismo y el diálogo interreligioso, que lo ha llevado a dar pasos que minaron su autoridad en otros temas, que defendió con fuerza y valentía.

Su indubitada resistencia a los cambios doctrinales en materia de moral, tanto personal como médica y científica… su resistencia a la aceptación del sacerdocio femenino, su cruzada contra el aborto se han visto mermadas por el mensaje doble que recibe el fiel, el clero inclusive, al ver que el Santo Padre besa el Corán, invita a paganos y hasta ateos a jornadas de oración, se deja ungir en ritos paganos… Los fieles simples, inclusive el clero ha sentido un gran desconcierto. Los rebeldes, que aspiran a la autonomía de las conferencias episcopales, que pretenden dejar al Papa un simple cargo de honor han aprovechado esta confusiones para prosperar y ganar poder. De allí que las últimas medidas emanadas del Vaticano en materia de liturgia y culto eucarístico hayan sido absolutamente ignoradas. Y el Vaticano ya no tenga poder para imponernas.

El Papa llega al fin de su pontificado con una Iglesia en tal estado de tensión interna que solo un milagro de Dios la salvará del quiebre. El Cónclave que viene difícilmente sea pacífico. Las partes están irreconciliablemente enfrentadas. Por un lado, los que quieren ir mucho más allá de lo que el Vaticano II ha permitido… por otro los que quieren estabilizar (intento ya fracasado) con un mínimo orden la situación actual, dejando afuera a los irreductibles, poniendo el hacha sobre los “excesos”…, pero no sobre las causas. Finalmente, los que proponen una revisión total de lo actuado en los últimos 40 años, y un regreso a la doctrina y a la liturgia seguras. Condición sine qua non para la restauración de la unidad de fe, de culto y de gobierno, hoy fuertemente amenazadas.

Roguemos por nuestro Sumo Pontífice, para que Dios lo ilumine, lo protega y no permita que caiga en manos de sus enemigos. Y por el próximo Papa, que será una pieza clave en el futuro de la Iglesia.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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