Panorama Católico

El Crítico como Artista

“El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada cual cree estar bien provisto de él, incluso los más difíciles de contentar en cualquier otra cosa, no suelen apetecer más del que ya tienen”
Descartes

“Lejos de ser todas respetables, casi todas las opiniones merecen ser irrespetadas” Nicolás Gómez Dávila

“El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada cual cree estar bien provisto de él, incluso los más difíciles de contentar en cualquier otra cosa, no suelen apetecer más del que ya tienen”
Descartes

“Lejos de ser todas respetables, casi todas las opiniones merecen ser irrespetadas” Nicolás Gómez Dávila

“Los maestros del té sostuvieron que la verdadera apreciación estética sólo era posible para aquellos que hacían de ella una influencia vital”
Okakura Kakuzo

Sí, “…pues cada cual cree estar bien provisto de él”, pero no sabe que en definitiva carga el peso de opiniones que le han sido infundidas, con su debida complicidad en muchos casos, por los detentadores de la transmisión de la verdad falsificada. Si el buen sentido es la facultad de distinguir lo verdadero de lo falso, y, como sabemos, el demonio es el Príncipe de este mundo donde casi todo es simulacro y adulteración, está claro que la atinadísima afirmación de Gómez Dávila se verifica contante y sonante en nuestros atribulados oídos de continuo. Como también, por cierto, ha de saberse frente a esto que, como dice el colombiano, “la vida es un combate cotidiano contra la estupidez propia”. En esta tensión se vive, entre las certezas que pertenecen a un orden inmutable que no se debe dejar de pensar, y la acechanza de creer que se ha llegado, cuando sin darnos cuenta el fango de la opinión ligera y al fin onerosa nos hunde imperceptiblemente en el lodazal.

En esa toma de decisión en relación a lo estético que es la crítica, se hace necesario relacionar, poner las cosas en relación a tales otras, comparar. Pero aún antes de esto, aún antes de la propia teoría o sistema en la forma de juzgar las cosas, es necesario abordar una obra determinada (aún sin darse cuenta), con el claro deseo de la verdad o la belleza. Y así como el deseo de la santidad nos lleva a la lectura espiritual, el deseo de la verdad de la obra, perceptible en su belleza, nos lleva al estudio y a la convivencia afectuosa con lo que nos hace partícipes de la verdad. Sin esa actitud limpia y perseverante se corre el riesgo de tropezar con la opinión, la simple opinión infundada, desaliñada y mostrenca, que lleva en sí la ignorancia o el desdén por lo bueno, y en el fondo escondido una injusticia.

Si, como decía Oscar Wilde, “sin facultad crítica, no hay creación artística posible, digna de tal nombre”, y, al decir de Rafael, “comprender es igualar”, se ve entonces que debemos nosotros mismos hacer, seguir en lo posible el itinerario que el creador ha deliberadamente transitado en la construcción de su obra, y eso sólo podemos hacerlo si, metidos dentro de la obra, percibida su belleza, ejercemos con imaginación la facultad crítica, conociendo en gran medida -en la medida de nuestras posibilidades- lo que el autor conoce, apelando a lo que de creador hay en nosotros, y, entusiastamente, aprender a estar despiertos, vincularnos con la vida de otra forma, trascender lo engañoso de este mundo para, al fin, discernir lo verdadero de lo falso, tomar partido y vivir en la verdad.

El cristiano se embota este sentido del discernimiento artístico -siendo que tal vez lúcidamente lo conserva en el plano de la fe- cuando deja que el mundo inagotable de la acción cotidiana, impregnando todo de velocidad, apuro y la fealdad ramplona que todo lo corroe, vaya obturando su imaginación, anquilosando de prejuicios su sentido estético… entonces languidece su personalidad tanto como sus días. Por eso, “como el arte brota de la personalidad, quiere decirse que sólo a la personalidad podrá ser revelado, y del encuentro de ambas surgirá la buena crítica interpretativa” (O. Wilde) Que es lo que se nos pide -porque es lo que se nos ha dado- a cada uno de nosotros. Como dice Kierkegaard: “El comunicador de la verdad sólo puede ser un individuo, y la comunicación de la verdad sólo puede ser dirigida al individuo”, y también:”…los hombres deben convertirse en individuos singulares para conservar la auténtica impresión cristiana del Cristianismo” (Ese individuo).

Si “el arte es el espíritu expresándose a través de la materia” (O.Wilde), se impone no tomar las cosas a la ligera. Dice Pavese: “El arte, como se dice, es una cosa seria. Es por lo menos tan seria como la moral o la política. Pero si tenemos el deber de apoyarnos en éstas con aquella modestia que es búsqueda de caridad -caridad hacia los otros y dureza para nosotros-, no se ve con qué derecho, ante una página escrita (o ante una película, decimos nosotros), olvidamos el ser hombres y que un hombre nos habla”.

Se trata, en definitiva, que el cristiano, para no dejar de ver ni de oír lo que debe, deje de subestimar o defender sin saber justificarse, en esa dialéctica que le propone el mundo caído y simulador hacia lo fácil. “Es propio del prudente meditar antes lo que tiene que hacer, y no ir tras lo nuevo sin motivo… no hablar a la ligera de cosas que no conoce… no apresurarse a dar crédito a las cosas dudosas” (Kempis, El jardín de las rosas). H. G. Gadamer lo dice de esta manera: “Es la tarea que consiste en aprender a oír a lo que nos quiere hablar ahí, y tendremos que admitir que aprender a oír significa, sobre todo, elevarse desde ese proceso que todo lo nivela y por el cual todo se desoye y todo se pasa por alto, y que una civilización cada vez más poderosa en estímulos se está encargando de extender” (La actualidad de lo bello).

Ahora bien, nada de esto es posible si antes no hemos tenido la experiencia de lo bello en nosotros, si no hemos sido impresionados. Es importante entender que “el sentido de cada individuo para lo bello tiene que ser cultivado hasta que pueda llegar a distinguir lo más bello de lo menos bello. Y esto no sucede mediante la capacidad para aducir buenas razones, o incluso pruebas concluyentes del propio gusto. El campo de una crítica artística que intente hacer algo semejante se diluirá entre las constataciones “científicas” y un sentido de la calidad que determina el juicio que no puede ser sustituido por ninguna cientificación. La “crítica”, es decir, el diferenciar lo bello de lo menos bello, no es, propiamente, un juicio posterior, un juicio que subsuma científicamente lo bello bajo conceptos, o que haga apreciaciones comparativas sobre la calidad: la crítica es la experiencia misma de lo bello. Resulta muy significativo que el juicio del gusto, esto es, el encontrar bello algo visto en el fenómeno y exigido a todos como tal, fuera ilustrado primariamente por Kant mediante la belleza natural y no mediante la obra de arte. Es esta belleza “sin significado” la que nos previene de reducir lo bello del arte a conceptos” (Gadamer, Idem). Pero agreguemos sin embargo que esto bello “sin significado” que encontramos en la naturaleza, nos es dado sin embargo por percibir un orden superior, un equilibrio que lo contiene a todo, una unidad en la diversidad, y, al fin, un Autor de todo aquello.

Lo bello del arte entonces nos lleva a un vuelco del corazón, ya predispuesto de antemano, ya orientado. Y en la obra narrativa-simbólica, es la belleza el puente que nos conduce al sentido. Y la belleza, como dijo Lugones, “es la manifestación de Dios en la armonía de lo creado… y expresar esa armonía es la obra de arte… y es una obra de caridad”.

EL DOLOR

“Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros. Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo… pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os dije: No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán”
Jn 15,18.19, 20

“No le agrada el vigor de los caballos
ni valora los músculos del hombre:
el Señor ama a los que lo temen
y a los que esperan en su misericordia”.
Salmo 147

“Si alguna cosa fuera mejor y más útil para la salvación de los hombres que el padecer, Cristo lo hubiera declarado con su doctrina y con su ejemplo”
Kempis

No podía ser de otra manera: en un mundo donde los medios de difusión exaltan y promueven interminablemente la admiración de la fuerza y de la técnica (“la técnica es la danza mágica que baila el mundo contemporáneo”, decía Jünger), las hazañas de los héroes sin Dios, el hombre super-poderoso o el super-héroe autosuficiente (recuérdese que Chesterton señalaba a esta característica como la exacta contraria de la santidad), cuando este sujeto es usado para invertir aquello que conocemos como fortaleza (“virtud cuyo acto más propio es la firme resistencia al mal y que alcanza su culminación en el martirio”, J. Pieper), en un mundo que glorifica hasta el hartazgo y sin límites el cuerpo y lo exhibe ya escindido de la persona, en un mundo donde la estulticia que se aferra al placer teme hasta la mención de la palabra dolor, y se cierra al dolor ajeno previa mediatización del mismo, en un mundo tal, decimos, es lógico que entre los ataques a esta película, uno de los puntos clave sea el de “el exceso de violencia”, por no decir, el mostrar, luego de esa violencia, el cuerpo de Nuestro Señor llagado, ensangrentado, deformado, lacerado, y, encima, ese incontenible dolor no expresado en lastimeras quejas por Jesús, sino asumido con todo el amor del que Dios, sólo Dios, es capaz.

Ante la exhibición impúdica de cuerpos cada vez más torneados, moldeados, tatuados, envilecidos y corrompidos, he aquí un cuerpo que sin orgullo obedece y no escapa al dolor del sacrificio. ¿Qué mayor afrenta para este hedonismo de hoy? Se comprende mejor, entonces, el estado del mundo actual, en este vil rechazo, en esa relación con el dolor que León Bloy entendiera muy bien: “Yo he meditado frecuente e intensamente sobre el sufrimiento. He llegado a convencerme de que es lo único sobrenatural que hay en la tierra. Lo demás es humano. Hay en todo cristiano un hombre de dolores, y este es Dios”. “López Ibor, analizando “El dolor en el mundo moderno”, en su obra “El descubrimiento de la intimidad”, afirma que “la apetencia del hombre moderno es la de ser dichoso, buscando la dicha en la evitación del dolor y no en la profundización de su existencia”. Y en la misma línea, Buytendijk observa que “el hombre moderno se irrita contra muchas cosas que antes admitía serenamente. Se indigna contra la vejez, contra la enfermedad larga, contra la muerte, pero desde luego contra el dolor. El dolor no debe existir…Se ha originado una algofobia que en su desmesura se ha convertido incluso en una plaga y tiene por consecuencia una pusilanimidad que acaba por imprimir su sello a toda la vida””. (J.Rivera-J.M.Iraburu. Síntesis de espiritualidad católica).

Dice el Padre Castellani (en resumen de su amado Kirkegor) que el hombre ético sucumbe al dolor y a la persecución. Todavía no ha dado el salto al estadio religioso, aquel donde el hombre sabe su vida bajo el signo del dolor permanente y lo asume por amor a Cristo. El hombre ético siempre arremete, el religioso entiende además que hay momentos en que sólo debe aguantar el dolor que venga, no buscarlo pero aguantarlo porque su vida está dominada por la Fe y sabe que al final de todo vencerá, mas no en esta vida. Acometer peligros y soportar dolores son parte de la Fortaleza. Pero lo último es lo principal, “dice Santo Tomás inesperadamente”. Nosotros queremos actuar como Pedro, queremos sacar la espada y arremeter, pero luego esa fortaleza exterior se muestra debilidad extrema a la hora de sufrir martirio. Aprendamos de aquel ejemplo que se nos ha dado, y del testimonio de sangre que entendió luego Pedro debía dar. “La paciencia consiste en no dejarse destrozar el corazón, no permitir al Mal invadir el interior” dice Castellani. La paciencia, lo más difícil de mostrar para el arte.

Desde siempre han sido los santos y los mártires, los religiosos, los guerreros que se sacrifican y los artistas creadores, los que han entendido el problema del dolor, asumiéndolo y haciéndolo parte de sí mismos… esa tríada que ya Baudelaire llamara “los únicos grandes entre los hombres: el poeta, el sacerdote y el soldado… el hombre que canta, el hombre que bendice, el hombre que sacrifica y se sacrifica”. Ya Oscar Wilde entendía al sufrimiento no como un misterio, sino como una revelación por la cual comprendemos cosas que jamás habríamos entendido de otro modo. Y es Elías Canetti quien decía: “El dolor hace al poeta, el dolor plenamente sentido, no evitado, reconocido, abarcado, conservado”. Y Vincent Van Gogh: “Sufrir sin quejarse es la única lección que hay que aprender en esta vida”. En el sentido de todo lo antedicho, vemos entonces el carácter contrario a este mundo que este film postula.

Claro que en realidad lo de Mel Gibson es una aproximación a ese dolor indecible que debió padecer Nuestro Señor, una aproximación como nunca antes se mostró y que oprime el corazón, no sólo por su dolor, sino además porque no somos ajenos a ese dolor, no somos meros espectadores sino que estamos involucrados. Por eso Gibson muestra tan detallada y cercanamente todo, como si estuviéramos ahí. Por nosotros y para nosotros, y para que no lo olvidemos, ese sacrificio, ese dolor mostrado al detalle, crudamente. El hombre olvida más fácilmente las palabras que las imágenes. Por lo tanto, las imágenes, esas imágenes, no pueden sino ser sentidas, para que lleguen al corazón y al “ojo de la mente”. Mel Gibson quiere que no olvidemos, y lo consigue.

Suena paradójico, además, el que, a la vez que un nuevo impulso a nuestra diaria conversión (“concédeme comenzar en el bien desde hoy, pues lo que he hecho hasta ahora no vale nada”, Kempis), esta película atroz y bella, terriblemente dolorosa a lo largo de su metraje, nos significa un descanso del mundo, un aliciente de alegría en medio de tanta apostasía y de un mundo vulgar y ruin que no nos da respiro con sus iniquidades, tentaciones y ataques a la Fe. Por el dolor no aceptado, ¡los dolores que se ciernen sobre la humanidad! “Quien quiera ver…”

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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