Panorama Católico

El Domingo de Ramos

"El Domingo de RAMOS"

"El Domingo de RAMOS"

El
cielo de la Iglesia se pone cada vez más sombrío;
los tonos severos de los que se había revestido en el curso
de las cuatro semanas que acaban de pasar, ya no son suficientes
para demostrar su duelo. Sabe que los hombres persiguen a Jesús
y conspiran su muerte. No pasarán doce días sin que
sus enemigos pongan sobre él sus manos sacrílegas.
La Iglesia le seguirá a la cumbre del Calvario; recogerá
su último suspiro; verá sellar sobre su cuerpo unánime,
la piedra del sepulcro. No es extraño, pues, que invite a
todos sus hijos, en esta quincena, a contemplar a Aquel que es la
causa de todas sus tristezas y afectos.
Pero no es precisamente, lágrimas y compasión estériles,
lo que pide de nosotros nuestra Madre; quiere que nos aprovechemos
de las enseñanzas que nos van a proporcionar los sucesos
de esta Santa Semana. Se acuerda de que el Señor al subir
al Calvario, dijo a las mujeres de Jerusalén que lloraban
su desgracia ante sus mismos verdugos: "No lloréis
por mí; más bien llorad por vosotros y por vuestros
hijos".
No rehusó el tributo de sus lágrimas, se enterneció
y su misma ternura le dictó esas palabras. Quiso sobre todo
verlas penetradas de la grandeza del acto del que se compadecían,
en una hora en que la justicia de Dios se mantenía tan
inexorable ante el pecado.
La Iglesia comenzó la conversión del pecador en las
semanas precedentes; ahora quiere consumarla. Lo que ofrece a nuestra
consideración, no es ya Cristo ayunando y orando en el monte
de la Cuarentena; es la víctima universal que se inmola por
la salvación del mundo. La hora va a sonar y el poder de
las tinieblas se apresura a aprovechar los pocos momentos que le
quedan. Va a consumarse el más afrentoso de los crímenes.
Dentro de pocos días el Hijo de Dios va a ser entregado al
poder de los pecadores y ellos le matarán. La Iglesia no
necesita exhortar a sus hijos a la penitencia; demasiado saben ya
que el pecado exige esta expiación. Ahora está penetrada
por completo de los sentimientos de anonadamiento que le inspira
la presencia de Dios sobre la tierra; y al expresar estos sentimientos
en la Liturgia nos indica aquellos que nosotros debemos concebir
de nosotros mismos.
El carácter más general de las oraciones y de los
ritos de esta quincena es de profundo dolor de ver al justo oprimido
por sus enemigos, hasta la muerte y una indignación enérgica
contra el pueblo deicida. El fondo de los textos litúrgicos,
son de David y de los Profetas. Ya es Cristo mismo quien declara
las agonías de su alma; ya son las imprecaciones contra los
verdugos. El castigo del pueblo judío es expuesto en todo
su horror; y en los tres últimos días veremos a Jeremías
lamentarse sobre las ruinas de la ciudad infiel.
Preparémonos, pues, a estas fuertes impresiones desconocidas
con harta frecuencia por la piedad superficial de nuestros tiempos.
Recordemos el amor y benignidad del Hijo de Dios que viene a confiarse
a los hombres, viviendo su misma vida. "Pasando por esta
tierra haciendo el bien"
, y veamos cómo acaba esta
vida de ternura, condescendencia y humildad con el más infame
de los suplicios, con el patíbulo de los esclavos. Por una
parte, contemplemos al pueblo perverso de los pecadores, que, falto
de crímenes, imputa al Redentor sus beneficios, y consuma
la más negra de las ingratitudes, derramando sangre inocente
y divina; y por otra, contemplemos al Justo por excelencia, presa
de las amarguras todas, "su alma triste hasta la muerte",
cargado con el peso de la maldición, y bebiendo hasta las
heces el cáliz que a pesar de su humilde queja debió
de beber: el cielo inflexible a sus plegarias como a sus dolores;
y al fin escuchemos su grito: "Dios mío, Dios mío,
¿porqué me has abandonado?"
(Mateo 28, 4-6.)
Esto es lo que recuerda la Iglesia con tanta frecuencia en estos
días; esto es lo que propone a nuestra consideración;
porque sabe que si llegamos todos a comprender lo que esta escena
significa, se romperán los lazos que nos atan al pecado,
y nos será ya imposible permanecer por más tiempo
como cómplices de estos crímenes atroces.
Pero la Iglesia sabe también lo duro que es el corazón
del hombre, y la necesidad que tiene del temor, para determinarse
a la enmienda; por esta razón no omite ninguna de las imprecaciones
que los Profetas ponen en la boca del Mesías contra sus enemigos.
Estos anatemas son otras tantas profecías que se han cumplido
al pie de la letra en los judíos endurecidos. Tienen por
fin enseñarnos lo que el cristiano debe temer de sí
mismo si persiste en "crucificar de nuevo a Jesucristo"
(Hebreos 6., 6), según la enérgica expresión
de San Pablo. Que se acuerde entonces de estas palabras que el mismo
Apóstol dice en la Epístola a los Hebreos: "¿Qué
suplicio tendrá, el que haya pisoteado al Hijo de Dios, el
que haya tenido por vil la sangre de la alianza por la cual fue
santificado, el que haya ultrajado al Espíritu de gracia?
Porque sabemos que ha dicho: A mí me pertenece la venganza
y sabré ejercitaría; v en otra parte: el Señor
juzgará a su pueblo. Será, pues, una cosa horrible
caer en las manos de Dios vivo"
(Hebreos 10, 31).

En efecto, nada más afrentoso; ya que en estos días
en que estamos "no perdonó a su propio Hijo"
(Romanos 8, 32) dándonos por este incomprensible rigor
la medida de lo que debernos esperar de Él, si encontrase
aún en nosotros el pecado que le ha obligado a mostrarse
tan cruel con su amadísimo Hijo "en quien ha puesto
todas sus complacencias"
(Mateo 3, 17). Estas consideraciones
sobre la justicia para con la rnás inocente y la más
augusta de todas las víctimas; y sobre el castigo de los
judíos impenitentes acabarán de destruir en nosotros
el afecto al pecado, desarrollando este temor tan saludable sobre
el cual vendrán a apoyarse una esperanza firme y un amor
sincero, como sobre base, inquebrantable.

Si por nuestros pecados somos los autores de la muerte del Hijo
de Dios, también es cierto que la sangre que brota de sus
Sagradas Llagas tiene la virtud de lavarnos de este crimen. La justicia
del Padre celestial no se satisface más que con la efusión
de esta Sangre divina; y la misericordia del mismo Padre celestial
quiere que se emplee en nuestro rescate. El hierro del verdugo ha
abierto cinco llagas en el cuerpo del Redentor; y de ellas brotan
cinco manantiales de salvación sobre la humanidad para purificarla
y restablecer en cada uno de nosotros la imagen de Dios que había
sido borrada por el pecado. Acerquémonos, pues, con confianza,
y glorifiquemos esta sangre libertadora que abre al pecador la puerta
del cielo; y cuyo valor infinito sería suficiente para rescatar
millones de mundos más culpables que el nuestro. Nos acercamos
al aniversario del día en que fue derramada; han pasado ya
muchos siglos desde el día en que enrojeció los miembros
desgarrados de nuestro Salvador y que, descendiendo de la Cruz,
bañó esta tierra ingrata; pero su poder siempre es
el mismo.

Vengamos pues, "a beber a las fuentes del Salvador"
(Isaías 12, 3); nuestras almas saldrán de allí
llenas de vida, purísimas, completamente esplendorosas con
belleza celestial; ya no quedará en ella la menor señal
de sus antiguas manchas; y el Padre nos amará con el mismo
amor con que ama a su Hijo. ¿No es para hacernos suyos, a
nosotros, que estábamos perdidos, por lo que ha entregado
a la muerte sin compasión a su Hijo? Habíamos llegado
a ser propiedad de Satanás por nuestros pecados; y ahora,
de pronto, somos arrancados de sus garras y recobramos la libertad.
Y sin embargo de eso, Dios no ha usado de violencia para sacarnos
del poder del ladrón, ¿cómo pues, hemos sido
libertados? Escuchad al Apóstol: "habéis
sido rescatados a gran precio"
(1 Corintios 6, 20). Y
¿cuál es este precio? El príncipe de los Apóstoles
nos lo explica: "no es, dice, por precio de oro o de plata
corruptibles, con que habéis sido rescatados, sino por la
preciosa sangre del Cordero sin mancilla" (Pedro 1, 18). Esta
Sangre divina, colocada en la balanza de la justicia celestial,
la ha hecho inclinarse en nuestro favor; ¡tanto sobrepasaba
al peso de nuestras iniquidades! La fuerza de la Sangre ha roto
las puertas del infierno, ha quebrantado nuestras cadenas, "restablecido
la paz entre el cielo y la tierra"
(Colosenses 1, 20).
Derramemos sobre nosotros esta Sangre preciosa, lavemos en ella
todas nuestras llagas, sellemos nuestra frente con su señal
inquebrantable y protectora, a fin de que en el día de la
cólera, nos perdone la espada vengadora.

Cortesía de Stat Veritas

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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