Panorama Católico

El Eclipse del Sol

“La voluntad indemne”, de que hablaba el gran filósofo y psiquiatra vienés Viktor Frankl, parece constituir el núcleo de resistencia esencial en la vida del Papa Juan Pablo II. Su extenso pontificado -superado tan sólo hasta ahora por los de san Pedro y el beato Pío IX- ha estado signado por una fecunda y fatigosa defensa de la vida del hombre en todos sus estadios y manifestaciones. No siempre las multitudes que lo han aclamado han estado en real consonancia con este mensaje evangélico: el carácter sagrado de toda vida humana y, desde este ángulo positivo, su condena formal al aborto, a la contraconcepción, a la eugenesia y a la eutanasia.

Escribe Ricardo Fraga

En el mismo plano se ha ubicado la encendida apología del único matrimonio posible contemplado por la naturaleza y la revelación: el matrimonio heterosexual, cuya intrínseca dignidad ha sido tema de diversos documentos doctrinales salidos de su pluma.

Los tiempos que atraviesa la Iglesia Católica no son, empero, de paz y calma. El laicismo y la secularización de la vida pública -denunciados también repetidamente por el Romano Pontífice- han convertido al antiguo mundo cristiano en un páramo de apostasía (es de Juan Pablo II la expresión: “apostasía silenciosa” referida a la Unión europea) en el cual los mismos episcopados nacionales se han visto sacudidos por un caos doctrinal, litúrgico, moral y pastoral sin precedentes en la historia.

Los tres poderes que mencionaba A. Rosmini (el gubernativo, el nobiliario, el popular) se han conjurado contra la justicia produciéndose el caso, por dicho autor previsto, de “muerte por apostasía” (“La cinco llagas de la Iglesia”, cap. IV).

Ante la declinación física del Papa muchos han insinuado la eventualidad de su renuncia. En el pasado eclesiástico alguna vez dicho expediente ha sido utilizado (Celestino V) y, canónicamente hablando, ello es posible (CIC, c. 332, 2 º). Las presiones que, en este sentido, existen en el Vaticano deben de ser quizás innumerables, pero también es notoria la fortaleza y el hondo sentido del deber de este concreto sucesor de Pedro.

Con su desaparición se desatarán, casi con certeza, furiosos vendavales que buscarán completar el proceso de “autodemolizione” ya señalado gravemente por Pablo VI en la década de los ´60.

No sería de extrañar que materias tales como el sacerdocio femenino, la eliminación del celibato, el ecumenismo sin dogma y la liberación de la anticoncepción buscaran instalarse como puntos centrales de una heterodoxa enseñanza instalada en Roma.

El mártir san Victorino, y la Patrística en general (conforme textos apocalípticos), han sostenido que alguna vez la Iglesia “de medio fiet”, será quitada o liquidada (cit. por Castellani, “Los papeles de Benjamín Benavídez”) o, con las palabras del cardenal Pie: “la Iglesia, sociedad sin duda siempre visible, será de más en más conducida nuevamente a proporciones simplemente individuales y domésticas… será cercada, estrechada por todas partes… en fin, habrá para la Iglesia de la tierra una verdadera derrota: &#8216…será dado a la bestia el hacer la guerra a los santos y vencerlos&#8217… (Apoc. 13, 7), la insolencia del mal llegará a su colmo…” (7-11-1859).

En las profecías privadas de san Malaquías (supuestamente del s. XII) la interpretación del lema correspondiente a este Papa (“de labore solis”) ha permanecido en cierta oscuridad hasta nuestros días: este “trabajo o fatiga del sol” bien podría aludir a su mismo eclipse, vale decir, al “ocultamiento” del Pontificado romano. Tal la tesis de una novela de M. Martin: “El último Papa (romano)”. Tal también la hipótesis en caso de que únicamente restase un solo lema (“de gloria olivae”) antes de la aparición de Pedro Romano.

Sea de ello lo que fuere, no deja de impactar que la mudez padecida por Juan Pablo II en el curso de su penosa enfermedad aparezca como signo del silencio de la Iglesia ante la catástrofe teologal que la conmueve.

Muchos adulan al Papa pero se encuentran a años luz de su magisterio ordinario, cuando no han invadido francamente el carril de la herejía… otros lo defienden, pero no se someten con la misma premura a la sucesión regular de sus antecesores, según la única línea de continuidad apostólica… muchos también lo confiesan pero se traban en inextricables debates silogísticos que no se elucidarán sino por la intervención de la Divina Providencia (así como ya ha acontecido otras veces en la historia)… otros, por fin, lo niegan, ya en su incansable promoción del ascetismo cristiano, ya en su misma legitimidad jurisdiccional.

Ni papolatría, ni papofobia: el humilde ministerio de Pedro no cesará jamás porque, aún con todas sus flaquezas y caídas, se encuentra sostenido por una palabra divina que no fallará: “Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca. Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Lc. 22, 31-32).

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