Panorama Católico

El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego

La gran obra que estoy comentando es un monumento literario de carácter principalmente histórico, y en esta condición estriba su valor fundamental. Pero también ofrece con bastante frecuencia consideraciones teológicas, muchas veces atinadas, pero en bastantes casos inadmisibles.

La gran obra que estoy comentando es un monumento literario de carácter principalmente histórico, y en esta condición estriba su valor fundamental. Pero también ofrece con bastante frecuencia consideraciones teológicas, muchas veces atinadas, pero en bastantes casos inadmisibles. Y precisamente porque el libro es muy importante y de gran valor conviene señalar esos errores. Transcribo algunos ejemplos, destacando yo en cursiva algunas frases más significativas.

Dr, P. Fidel González Fernández,
P. Eduardo Chávez Sánchez,
Lic. P. José Luis Guerrero Rosado

El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego.

Editorial Porrúa, México 2001, 4a edición,
608 págs.

Escribe el R. P. José María Iraburu

Con bastante retraso ha llegado a mis manos un gran libro, El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego, Editorial Porrúa, México 2001, 4a edición, 608 págs (la 1° fue en 1999). Cuando escribí los Hechos de los apóstoles de América (puede descargar la obra en formato htmlFundación GRATIS DATE, Pamplona 1992, 557 págs.), dediqué una especial atención, 120 páginas, a la grandiosa evangelización de México. Pero entonces, aunque consulté una bibliografía muy amplia, y en las dos ediciones sucesivas de la obra, no contaba con la ayuda de este libro, todavía no publicado, y que es quizá el más valioso que sobre ese tema se ha escrito.

Su origen es el siguiente. En 1998, la Congregación para las Causas de los Santos, preparando la beatificación y canonización del indio Juan Diego, nombró una comisión de historiadores para que con todo rigor fundamentaran en cuanto fuera posible la veracidad objetiva del Acontecimiento Guadalupano y de la santidad del indio vidente. Fue nombra do presidente de la Comisión Histórica el Dr. P. Fidel González Fernández, catedrático de historia eclesiástica en la Urbaniana de Roma y profesor también en la Gregoriana. También fueron nombrados otros expertos auxiliares, entre los que han de destacarse al Dr. P. Eduardo Chávez Sánchez y al Lic. P. José Luis Guerrero Rosado. Éstos son los tres autores que firman el libro que ahora comento.

Esta gran obra es, sin duda, el fundamento documental e histórico que mejor reune los datos históricos y los argumentos más consistentes en favor de las Apariciones de la Virgen María en Guadalupe y de la santidad del indio Juan Diego. Si nos atenemos a las mediaciones humanas, habremos de confesar que a estos tres autores les debemos en buena parte la canonización de Juan Diego y la seguridad moral en la objetividad de las apariciones marianas de Guadalupe. La Iglesia queda, pues, en deuda de gratitud con estos investigadores y con todos aquellos que les precedieron y acompañaron en sus estudios. Destaco aquí solamente tres méritos de este libro.

La presentación de documentos en torno a las apariciones de la Virgen de Guadalupe y San Juan Diego es sin duda el mérito principal de este libro. En él se ofrecen un gran número de documentos, siempre acompañados de comentarios eruditos, claros y pertinentes. En adelante este libro será una fuente principal para el estudio de esos temas.

El nombre de Guadalupe. Durante siglos, historiadores mexicanos y expertos en la lengua náhualt, como Becerra Tanco, Antícoli, Conde y Oquendo, Tornel y Mendívil, Dávila Garibi, Montoya Quiralte, Escalada, Zavaleta, Mariano Jacobo Rojas, y tantos más, han negado el origen hispano de la palabra Guadalupe, y han buscado términos indígenas que correspondieran a la fonética de la palabra «Guadalupe», y que tuvieran un significado aceptable: Tequatlanópeuh, Tequantlaxópeuh, Tequatalope, Taquatlasupe, Coatlallopeuh, Coatlaxópeuh, etc.: La que tuvo su origen de la cumbre de peñas, Río de luz, La que ahuyentó la serpiente, etc.

Algún autor hubo, como Fernández Echeverría y Veitia, en sus Baluartes de México, de 1820, que afirmó el origen hispano del término. Y otros de los antes citados, como Becerra Tanco, aunque también sugerían etimologías indígenas, tenían sus dudas al respecto. Y así Tanco, en su Felicidad de México, de 1670, escribe: «El motivo que tuvo la Virgen para que su Imagen se llamase de Guadalupe, no lo dijo; y así no se sabe, hasta que Dios sea servido de declarar este misterio».

Hoy ese misterio parece que ha sido suficientemente revelado. Y concretamente los tres autores del libro que comento reconocen que «el nombre de Guadalupe no es náhuatl, sino netamente español, de origen árabe; más aún, era el nombre del santuario mariano en ese entonces más famoso de España, situado en Extremadura, patria de Cortés y de los más de los conquistadores» (185). Y ha de verse en ello, siguen diciendo muy acertadamente, una admirable muestra de «inculturación» del Evangelio: la Virgen, en efecto, «venía a unir a los dos pueblos, pues quería que su imagen, tan manifiestamente india, llevase un nombre totalmente español: Santa María de Guadalupe» (210).

Estima por la obra de España en América. También quiero destacar como mérito de estos tres autores la estima que en varias ocasiones manifiestan por España y por sus obra evangelizadora en México. Hablan, por ejemplo, de «la reciedumbre y tenacidad de nuestros antepasados españoles, para quienes simplemente no había empresa imposible» (94). Estos reconocimientos, que estimamos tan veraces como valientes, hoy no son excesivamente frecuentes, y dan al libro, sin duda, una nota de objetividad y nobleza.

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La gran obra que estoy comentando es un monumento literario de carácter principalmente histórico, y en esta condición estriba su valor fundamental. Pero también ofrece con bastante frecuencia consideraciones teológicas, muchas veces atinadas, pero en bastantes casos inadmisibles. Y precisamente porque el libro es muy importante y de gran valor conviene señalar esos errores. Transcribo algunos ejemplos, destacando yo en cursiva algunas frases más significativas.

El Dios mexicano y la religión azteca

Con mucha frecuencia afirman los tres autores de esta obra que los misioneros que llegaron a México no entendieron en absoluto la religiosidad de los mexicanos, y que pensaron de ellos –lo que en aquella época venía a ser inevitable– muy negativamente: que eran politeístas e idólatras, sujetos al influjo del Diablo.

No llegaron a conocer, dicen, que el concepto que aquellos indios tenían de Dios «era tan definido, tan depurado y tan rico en su sentido ontológico que podría equipararse –y superar– al pensamiento europeo de su época» (155); es decir, al pensamiento cristiano sobre Dios.

La religiosidad náhuatl, afirman nuestros tres autores, no era propiamente politeísta. Es cierto que daba nombres y cultos diversos a varios dioses, pero con ello solo venía a personalizar atributos diversos de Dios. En realidad creía en un solo Dios y Señor. Y ese monismo integrador de diversos aspectos de la divinidad, siguen diciendo, «contradice tanto y tan poco al principio monoteístico como la Trinidad cristiana» (156).

El nombre que daban aquellos mexicanos a Dios como Tlayocoyani, el que se crea a sí mismo, era un «nombre pasmoso, más rico que nuestra palabra Creador, que demuestra que los tlamatinime alcanzaron las máximas alturas a que ha podido llegar la mente humana en su reflexión sobre Dios» (159). Más aún, «su idea de Dios era tan o más cristiana que la de sus evangelizadores» (518).

«Tan sublime altura de pensamiento no va, de cierto, muy de acuerdo con el estereotipo de una religión embrutecida y embrutecedera que los españoles acusaron a los indios de profesar, y más sorprendente aún es comprobar que eso [ese pensamiento altísimo de Dios] no era patrimonio de unos pocos, sino que, con sus más y sus menos, así lo entendían todos» (159).

Los sacrificios humanos

El indio mexicano, nos explican, según sus ideas religiosas míticas, era perfectamente consciente de que ni él, ni la vida, ni el orden cósmico podían subsistir sin los sacrificios sangrientos humanos. «La sangre, por tanto, el “Agua Divina”, era una necesidad tan imprescindible como el alimento y el aire, y debía procurarla a los dioses por un doble motivo», el agradecimiento y la propia conveniencia (522). «Detrás de esos mitos había una lógica impecable […] Era lógico, pues, que no viesen el sacrificio como un asesinato, sino como un privilegio: un favor de parte de quien lo ejecutaba, que venía siendo por ello un bienhechor insigne, y una gracia para quien lo recibía» (523).

En cierta ocasión, pidieron al Tlatoani de Culhuacán que les entregase a su hija «para convertirla en diosa de la guerra. El Tlatoani accedió, sin imaginarse cuan literal era el designio de los aztecas, quienes, con fiel apego a lo declarado, la sacrificaron, convirtiéndola así en diosa, y no contentos con eso, trajeron a su padre para que viniera a adorar al sacerdote que se había revestido de su piel desollada» (74).

En este caso se trata de un sacrificio individual. Pero en realidad eran muchos miles los sacrificios humanos que habían de ser ofrecidos a los dioses cada año y en cada gran acontecimiento.

Pues bien, nuestros tres autores explican cómo la religiosidad náhuatl creía en la necesidad absoluta que la humanidad y el cosmos tenían de la sangre humana sacrificada a los dioses. Y que esto obligaba a los aztecas a guerrear incansablemente con los pueblos vecinos, con el fin de capturar prisioneros, que serían luego ofrecidos a los dioses en sacrificios. Por eso, «en la sociedad mexicana, por su continuo guerrear, había muchas más mujeres que hombres» (206). Los aztecas, en efecto, vivían «en una sociedad poligámica porque las continuas guerras diezmaban su población masculina provocando que hubiese mucho más mujeres que varones, y que las ausencias de estos fuesen no solo largas y sistemáticas, sino con desoladora frecuencia definitivas» (534).

Afirman, pues, los tres autores que, en la visión religiosa mexicana, «ni el Politeísmo era tal, ni los sacrificios humanos un culto diabólico incompatible con la rectitud moral. Uno y otros eran expresiones, todo lo erradas que se quiera, pero coherentes y válidas en su buena fe, de su incondicional entrega a Dios, que fue eso: absoluta, incondicional, desbordante, quizá el caso más completo que conoce la historia de un pueblo todo entero que se entrega tan por entero al servicio de Dios» (523).

Alguna rara vez, no obstante, los tres autores señalan en su libro ciertos errores graves de la religiosidad azteca, pero lo hacen sin dejar por eso de considerarla absolutamente excelsa y sublime. Así, por ejemplo, cuando escriben: …«por más que admiremos el excelso concepto que motivaba los sacrificios humanos, éstos eran un innegable atentado contra la propia especie, que ya tenían a esa nobilísima religiosidad mística en un tris de desbocarse en un incontrolable fanatismo patológico y ciego que hubiese terminado devorándose a sí mismo» (215).

Total buena fe de los aztecas, y nada de influjos generalizados del Diablo

Los misioneros, se nos dice en esta obra, veían en la religiosidad de los aztecas una idolatría cruel que, bajo el poder del Diablo, les llevaba a reiterar y añadir, en frase de fray Gerónimo Mendieta, «pecados a pecados». Pero para aquellos indios, arguyen nuestros autores, en su historia precristiana, «no había, ni podía haber, añadiduras de “pecados a pecados” por la irrebatible razón moral de que no puede pecar quien actúa de buena fe. Todo esto era y es obvio, pero Mendieta no lo podía ver entonces, ni lo pudo ver jamás; ni hasta antes del Vaticano II lo pudimos ver nosotros» (518).

Ninguno de aquellos misioneros, siguen diciendo, «ni aún Las Casas, podía aceptar que fuera “inculpable” el desconocimiento de algo tan elemental como el derecho a la vida» (123). Misioneros y cronistas –Motolinía, Mendieta, Sepúlveda, Sahagún, Durán, López de Gómara–, todos pensaban más o menos lo mismo (524-525): que detrás de tales aberraciones colectivas tenía que estar la acción de Satanás, padre de la mentira, que tenía engañados a aquellos indios. Y así, por ejemplo, Fr. Francisco de Aguilar, en su Relación breve de la Conquista de la Nueva España, a mediados del siglo XVI, decía que habiendo estudiado los ritos de antiguas religiones de distintos países, «en ninguna de estas he leído ni visto tan abominable modo y manera de servicio y adoración como era la que estos hacían al demonio, y para mí tengo que no hubo reino en el mundo donde Dios nuestro Señor fuese tan deservido, y a donde más se le ofendiese que en esta tierra, y adonde el demonio fuese más reverenciado y honrado» (123).

Una y otra vez, nuestros tres autores lamentan esta ceguera de los misioneros, que veían por todas partes en la religión mexicana el influjo diabólico. Consideran que aquellos frailes sufrían inevitablemente aquel error de la Iglesia de su época, un error que no sería superado hasta llegar al concilio Vaticano II (cf. 162). Y en una ocasión, para acabar de mostrarnos qué convicciones estaban vigentes antes de este Concilio, alegan como ejemplo: «el rito del Bautismo de Adultos del Ritual Romano, que, hace apenas muy poco se modificó, no sólo trataba al converso como un auténtico poseído por el Demonio, menudeándole exorcismos, sino que, al signarlo en la frente y en el corazón, le conminaba expresamente: “Ten horror de los ídolos, repudia sus imágenes”. Esto ya no era muy ecuménico que digamos, pero eran peores las instrucciones que se impartían después al celebrante para el caso de que el bautizado fuese judío, musulmán o hermano cristiano no católico… En otras palabras, apenas ayer ningún adulto podía ser recibido en la Iglesia Católica sin insultar la fe de sus padres y antepasados»… (537-538).

Todos los misioneros de entonces, todos, siguen diciendo, incurrían en esta ceguera para apreciar los valores excelsos de la religión azteca. Ni «el mismo comprensivo y tolerante P. Acosta, S.J.», en su Historia natural y moral de las Indias, escapa a esa visión, y en el capítulo 11 expone: «De cómo el demonio ha procurado asemejarse a Dios en el modo de sacrificios y religión y sacramentos»… «Y ante esto [el P. Acosta] considera no que Dios viera con paternal complacencia esa entrega en total buena fe, sino que, efectivamente, el Demonio conseguía subyugar a maravilla a sus víctimas» (137).

La evangelización, en estos planteamientos de los misioneros, se presentaba, pues, a juicio de estos tres autores, como una misión imposible, «pues se trataba de dos pueblos [el de los cristianos europeos y el de los mexicanos] totalmente en buena fe y decididos a ser fieles a sus principios hasta la muerte; sin embargo, ese problema no era el peor; el peor era que los mexicanos estaban, si cabe, aun más convencidos de su verdad que los españoles de la suya»… (526).

La religiosidad azteca, completada y premiada por el Evangelio

Cuando Juan Diego recibe la maravillosa aparición de la Virgen de Guadalupe, «en ese instante captó que no existía oposición ninguna entre su religión y cultura ancestrales y su fe cristiana, antes culminación entre su antigua fe, la de “los antiguos, nuestros antepasados, nuestros abuelos” y lo que como cristiano está recibiendo en ese momento… Aquí Juan Diego capta en seguida lo que luego le dirá la Virgen Santísima: que no hay contradicción, antes culminación, entre su antigua fe» y el cristianismo (176, nota).

De este modo prodigioso, el acontecimiento guadalupano, con la Virgen mestiza, aparecida en la morada de la antigua diosa Coatlícue Tonatzin, en la misma cuna de Huitzilopochtli, venía a significar para los indios una «plena aceptación de su heroico pasado y aliento y esperanza de un condigno futuro» (192). Podían, pues, seguir con la Regla de Vida de sus antepasados «¡y no cambiándola, sino dándole plenitud! (Mt 5,17)» (195).

Antes de las apariciones dulcísimas de la Virgen de Guadalupe el desconcierto de aquellos indios era absoluto, cuando los misioneros les hablaban de su venerada religión como de un culto falso, abominable y diabólico. «Sin embargo, aunque ya no pensemos así y estemos seguros de que tales héroes del pensamiento y cumplimiento religioso se salvaron todos, todavía podemos preguntarnos: ¿Cómo es posible que, aunque no haya sido sino a nivel temporal, haya podido Dios corresponder a la máxima fidelidad que en toda la historia le ha tenido pueblo alguno, bien que a través del error, entregándolo [en la conquista y evangelización del XVI] a la muerte, a la destrucción y a la esclavitud?» (163).

Esta angustiosa pregunta solamente es respondida de forma convincente en el maravilloso acontecimiento de Guadalupe. Al evangelizar a los mexicanos, Dios premia su absoluta entrega y fidelidad religiosas: «Ometéotl tomó la iniciativa de venir Él al indio, reconocer y magnificar su fidelidad heroica y ofrecerle premiársela con las más apoteótica de las coronas: ¡Convidarle a ser hijo de su propia Madre!» (164).

El ayate de Juan Diego, código pictográfico evangelizador.

La imagen de la Virgen de Guadalupe aparecida en el ayate (poncho) del indio Juan Diego, se nos dice en este libro, era para los indios, sin que los españoles pudieran suponerlo, un amoxtli de Ometéotl, es decir, un códice pictográfico portador de una mensaje nuevo y maravilloso (189ss). Con «flores y cantos», es decir, con el lenguaje místico más alto entre los aztecas, la imagen y el origen narrado de aquel ayate predicaba el Evangelio a los indios con la mayor elocuencia (191). Pero «hubieron de pasar más de cuatro siglos para que cayéramos en la cuenta de eso, de que la imagen de la Señora del Cielo era un mensaje, un “Códice” indígena» (194). «Quizá nunca podamos “traducir” todo ese “Evangelio pictográfico” que de inmediato ganó a la Fe al Anáhuac entero» (195). El rostro mestizo de la Virgen, las flores, las estrellas, las plu mas… Aunque la tarea, sin duda, es muy difícil, nuestros tres autores intentan traducir el lenguaje pictográfico del milagroso ayate de Juan Diego. ¿Qué significaba realmente para los indios la imagen bellísima de la Virgen de Guadalupe?

«El manto era el Xiuhtilmatli […] que inevitablemente traía también a la memoria india a Huitzilopochtli […] Las estrellas que en él brillaban sobreponían en la mente india otro concepto: Citlalinícue […], otro nombre [divino] de Ometéotl indigerible para la ortodoxia de los frailes […] El cielo azul oscuro y estrellado es, por supuesto, el cielo nocturno […] otro de los atributos de Ometéotl, que indica […] lo que hoy llamaríamos transcendencia»… (197).

Por otra parte, «el toque más indio del cuadro es el ángel que sostiene a la Señora», que en la iconografía europea no significaría más que un querubín decorativo, mofletudo y sonrosado. «Sin embargo, si hacemos el intento de observarlo con mente india […] lo primero espontáneamente que asociaríamos con su calidad de ser emplumado sería, por supuesto, a la “Serpiente Emplumada”, a Quetzalcóatl»… (198-199).

Y si nos fijamos también, siguen diciendo, en esas alas que son también puñales rojos y blancos, advertimos que «se trata de Itzpapálotl: “La Mariposa de Obsidiana”, deidad del sacrificio y de la penitencia, cuya misión era subir hasta los dioses los corazones y el chalchíhuatl humanos que se les ofrendaban. O sea que la máxima expresión de la piedad indígena, que los frailes denostaban como nada más que crímenes y oprobio, ¡figura aquí también como introductora de la Reina del Cielo!» (200).

La Virgen viste túnica de color rosa, bermejo: «era color de Huitzilopochtli, y Yestlaquenqui: vestido de rojo, otro de los nombres de Dios. El detalle de que el ángel sea un joven de adusta expresión de anciano, grave y compuesto, para el indio era evocar en seguida a Telpochtli: “El Mancebo”, una de las advocaciones nada menos que de Tezcatlipoca, el más “diabólico” de los dioses mexicanos y enemigo de Quetzalcóatl. Y es imposible rehusar su identificación, puesto que», etc. (200).

«No era, pues, poca la audacia de ese misterioso y genial Tlacuilo [escriba] al poner a los principales dioses mexicanos como padrinos de la Madre de Ometéotl. San Pablo hubiera estado de acuerdo, conforme a lo que dijo a los atenienses» –aluden nuestros autores al discurso de Hechos 17, en el que el Apóstol elogia su múltiple y minuciosa religiosidad–: «“Lo que sin conocer veneráis, ¡esto os anuncio yo!”. Mas esa apertura de criterio se había perdido en la Iglesia, hasta que no la rescató el Vaticano II» (201).

«Reuniendo, pues, todos esos cabos sueltos y “traduciendo” el mensaje completo, nos encontramos con algo casi imposible de admitir, pero aún más imposible de negar […] Que su antigua religión había sido buena, que había nacido de Dios y los había elevado a merecer su amor y su premio, que era lo que ahora precisamente recibían, promoviéndolos a algo sin comparación superior: “¡Bien, siervo bueno y fiel!, en lo poco fuiste fiel, a lo mucho te elevaré: ¡Entra en el gozo de tu Señor!” (Mt 25,21)» (201-202)

«¡Y eso había sucedido! Eso les decía la imagen de la Señora del Cielo, y eso había sido mérito de ellos y de sus antepasados, por su fidelidad absoluta, aún a través de máscaras y sueños» (203).

Hasta aquí los textos de nuestros tres autores.

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La doctrina de la Iglesia, recordando la antigua enseñanza de los Padres, no rechaza nada de cuanto en las diversas religiones hay de verdadero y noble. Sabe que son «las semillas del Verbo», «las semillas de la verdad», presentes y operantes en todos los pueblos, como reflejos de la luz de Cristo, que «ilumina a todo hombre» (Jn 1,9; cf. Vaticano II, Ad gentes 11; Lumen gentium 17; Juan Pablo II, catequesis 9- IX-1998).

Nos conmueve profundamente comprobar, por ejemplo, que el salmo bíblico 103 contempla a Dios en la creación de un modo casi idéntico al himno al Dios-Sol del tiempo del faraón Akenaton (s. XIV a. Cto.). O que Aristóteles (s.IV a.Cto.) ve a Dios como el Ser supremo, único, eterno, espiritual, transcendente, omnipotente, acto puro, causa y motor inmóvil de todo el universo, vivificador de todos los vivientes… Son intuiciones religiosas o filosóficas de asombrosa pureza y altura.

También nos maravillan en el mundo religioso de México algunas creencias sobre Dios, ciertas oraciones bellísimas, no pocos aspectos de la educación moral, familiar y social (Hechos de los apóstoles de América 75-77). Pero es una gran exageración afirmar que en esa religiosidad se alcanzaron «las máximas alturas a que ha podido llegar la mente humana en su reflexión sobre Dios». Un Dios que necesita continuamente el sacrificio de miles y miles de hombres para sostener con su sangre la vida y el orden cósmico, queda muy por debajo del «dios» de Aristóteles y de tantos otros «dioses» paganos.

También es inadmisible decir que el pensamiento azteca sobre Dios «podría equipararse –y superar– al pensamiento europeo de su época», pues éste que traían y predicaban los misioneros del XVI no era otro que el de nuestro Señor Jesucristo, el de Juan y Pablo, el de Agustín, Bernardo, Tomás y Francisco de Asís, el del concilio de Trento, el del Catecismo de San Pío V. No puede decirse, pues, de los aztecas que «su idea de Dios era tan o más cristiana que la de sus evangelizadores». Y también nos parece un grueso error afirmar que el monismo múltiple del Dios mexicano «contradice tanto y tan poco al principio monoteístico como la Trinidad cristiana». Todos éstos son excesos verbales inadmisibles.

En cuanto a los sacrificios humanos exigidos por este dios o por estos dioses de México, no podemos menos de recordar aquí las descripciones alucinantes que de esos ritos sangrientos hace el franciscano Motolinía: el navajón que abría el pecho de las víctimas, la extracción del corazón, los cuerpos rodando hacia abajo por las gradas del teocali, las comidas festivas de las carnes victimadas, el desollamiento de los sacrificados, las danzas rituales de los que se revestían de sus pieles desolladas, sangre y más sangre por todos lados… (Historia de los Indios de Nueva España I,6).

Bernal Díaz del Castillo, soldado de Cortés, queda horrorizado al ver tanta sangre en el teocali de Tenochtitlán –la gran pirámide truncada de la actual ciudad de México–, viendo todo «tan bañado y negro de costras de sangre, que todo hedía muy malamente» (Historia verdadera de la conquista de la Nueva España 92). Y el capitán Andrés Tapia, visitando con un compañero el interior de ese mismo teocali, se espanta al ver innumerables palos, cada uno con calaveras ensartadas por las sienes. Contando las hileras de palos y multiplicando, calcularon «haber 136.000 cabezas»: un mundo de calaveras innumerable y aterrador (Relación… sobre la conquista de México).

La religión de los aztecas exigía grandes matanzas de hombres con ocasión de acontecimientos notables. Por ejemplo, al inaugurarse el Calendario Azteca, esa enorme y preciosa piedra circular, se sacrificaron 700 víctimas. Y en la inauguración del gran teocali de Tenochtitlán, poco antes de la llegada de los españoles, unas 20.000 personas fueron sacrificadas, según narra el Códice Telleriano –aunque el noble mestizo Alva Ixtlilxochitl estima en su crónica que fueron más de 100.000 las víctimas ofrecidas a lo largo del año– (Historia de la nación chichimeca cp. 60; cf. Hechos de los apóstoles de América 79).

Pero estas matanzas, además de estos acontecimientos singulares, también venían exigidas cada año por la cadencia normal del curso litúrgico. El primer Obispo de México, fray Juan de Zumárraga, en carta de 1531 al Capítulo franciscano reunido en Tolosa, dice que los indios «tenían por costumbre en esta ciudad de México cada año sacrificar a sus ídolos más de 20.000 corazones humanos» (cf. fray Jerónimo de Mendieta, Historia eclesiástica indiana V, 30).

Fray Bernardino de Sahagún, franciscano, llegado a México en 1529, donde vivió sesenta años, en su Historia general de las cosas de la Nueva España, lib.II, describe detalladamente el curso de los diversos sacrificios rituales que se celebraban a lo largo del año, en cada uno de sus 18 meses, de 20 días cada uno. En el mes 1º «mataban muchos niños»; en el 2º «mataban y desollaban muchos esclavos y cautivos»; en el 3º, «mataban muchos niños», y «se desnudaban los que traían vestidos los pellejos de los muertos, que habían desollado el mes pasado»; en el 4º, como venían haciendo desde el mes primero, seguían matando niños, «comprándolos a sus madres», hasta que venían las lluvias; en el 5º, «mataban un mancebo escogido»; en el 6º, «muchos cautivos y otros esclavos»…

Y así un mes tras otro. En el 10º, «echaban en el fuego vivos muchos esclavos, atados de pies y manos; y antes que acabasen de morir los sacaban arrastrando del fuego, para sacar el corazón delante de la imagen de este dios»… En el 17º mataban una mujer, sacándole el corazón y decapitándola, y el que iba delante del areito [canto y danza], tomando la cabeza «por los cabellos con la mano derecha, llevábala colgando e iba bailando con los demás, y levantaba y bajaba la cabeza de la muerta a propósito del baile». En el 18º, en fin, «no mataban a nadie, pero el año del bisiesto que era de cuatro en cuatro años, mataban cautivos y esclavos». Los rituales concretos –vestidos, danzas, ceremoniales, modos de matar– estaban exactamente determinados para cada fiesta, así como las deidades que en cada solemnidad se honraban.

Fray Bernardino de Sahagún, tras escuchar a múltiples informantes indios, consigna exactamente todos sus relatos, y comenta espantado: «No creo que haya corazón tan duro que oyendo una crueldad tan inhumana, y más que bestial y endiablada, como la que arriba queda puesta, no se enternezca y mueva a lágrimas y horror y espanto; y ciertamente es cosa lamentable y horrible ver que nuestra humana naturaleza haya venido a tanta bajeza y oprobio que los padres, por sugestión del demonio, maten y coman a sus hijos, sin pensar que en ello hacían ofensa alguna, mas antes con pensar que en ello hacían gran servicio a sus dioses. La culpa de esta tan cruel ceguedad, que en estos desdichados niños se ejecutaba, no se debe tanto imputar a la crueldad de los padres, los cuales derramaban muchas lágrimas y con gran dolor de sus corazones la ejercitaban, cuanto al crudelísimo odio de nuestro enemigo antiquísimo Satanás, el cual con malignísima astucia los persuadió a tan infernal hazaña. ¡Oh Señor Dios, haced justicia de este cruel enemigo, que tanto mal nos hace y nos desea hacer! ¡Quitadle, Señor, todo el poder de empecer!» (ib., lib.II, cp.20).

Lágrimas y horror y espanto, sí, ciertamente. Sin embargo, los tres autores de la obra que comento se niegan a ver en los sacrificios humanos de los mexicanos «un culto diabólico incompatible con la rectitud moral». Más bien, ven en esos sacrificios «expresiones, todo lo erradas que se quiera, pero coherentes y válidas en su buena fe, de su incondicional entrega a Dios». Y así «admiran el excelso concepto que motivaba los sacrificios humanos», que estaban inspirados en una «nobilísima religiosidad mística». Más aún, estiman que «Dios veía con paternal complacencia esa entrega en total buena fe». Pero no; no es ésa la verdad.

El principio que nuestros tres autores consideran obvio, «no puede pecar quien actúa de buena fe», es sumamente ambiguo, y exige siempre no pocas precisiones. Difícilmente admitimos, por ejemplo, que los nazis «obraban en total buena fe» cuando pretendían ennoblecer la humanidad purificándola de las razas inferiores y morbosas –judíos, gitanos, etc.– y afirmando en ella la absoluta primacía de la raza aria.

La doctrina católica conoce, es cierto, el eximente de «la ignorancia inculpable», pero no se le ocurre ver en los grandes crímenes obras meritorias, gratas a Dios, que las ve con complacencia. Y por supuesto la doctrina de la ignorancia invencible no evita que tratemos de detener con toda urgencia a quienes, por ejemplo, pretenden purificar la humanidad mediante terribles genocidios.

Dios es la verdad, y «santifica en la verdad» (Jn 17,17). Por el contrario, el Diablo es «el padre de la mentira, y es homicida desde el principio» (cf. Jn 8,44-45). Verdad y vida, mentira y muerte, son binomios inseparables. No es éste el lugar para analizar largamente el tema. Juan Pablo II, en la encíclica Veritatis splendor, afirma con singular claridad el vínculo profundo que ha de unir siempre «conciencia y verdad» (cp.II, II). Por eso, viniendo a nuestro tema, si es cierto (?) que «los mexicanos estaban, si cabe, aun más convencidos de su verdad que los españoles [cristianos] de la suya», esa condición no les liberaba de estar inmersos en «el pecado del mundo».

Todos los pueblos han estado firmemente adheridos a las creencias de su cultura religiosa, en la que tantas veces se prescribían enormes aberraciones. Pero cuando dice San Pablo que «todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios» (Rm 3,23), no se refiere solo a los romanos, griegos y judíos, que tiene ante sí. Está hablando del género humano en general. Aun sin conocerlos, está hablando de los celtas, de los hindúes, mongoles y japoneses y, evidentemente, de los mexicanos. «Todos habían pecado» (5,12). Y lo mismo cuando afirma: «Vosotros estabais muertos por vuestros delitos y pecados», siguiendo al demonio, a la carne y al mundo; «pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dió vida por Cristo: por gracia habéis sido salvados» (Ef 2, 1-5).

El Apóstol habla del pecado original, de sus terribles efectos, habla de la naturaleza humana caída, habla del hombre que nace enfermo por su condición de pecador, y que en el pecado del mundo vive, crece y forma su cultura. Y como enseña Trento, el pecado original hace perder al hombre la santidad y justicia primera en que fue creado, lo pone en enemistad con Dios, y lo sujeta «bajo el poder de aquel “que tiene el imperio de la muerte, es decir, del diablo” (Heb 2,14)», de tal modo que toda la persona, en cuerpo y alma, queda mudada en peor (Sesión 5a,1). También los mexicanos tenían el pecado original y también ellos sufrían personal y colectivamente sus consecuencias terribles, y estaban necesitados de una salvación por gracia divina. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, «la Escritura y la Tradición de la Iglesia no cesan de recordar la presencia y la universalidad del pecado en la historia del hombre» (401; cf. 396-409).

Los misioneros de México entendían la misión evangelizadora del mismo modo que Pablo, Martín de Tours, Bonifacio o Javier. La entendían a la luz de las enseñanzas del mismo Señor nuestro Jesucristo, que cuando envía a Pablo en misión le dice: «Yo te envío para que les abras los ojos, se conviertan de las tinieblas a la luz y del poder de Satanás a Dios, y reciban el perdón de los pecados y parte en la herencia de los consagrados» (Hch 26,18). Por eso, cuando los misioneros de México atribuían al influjo del Diablo los enormes errores y horrores de la religiosidad azteca, veían simplemente por los ojos de Cristo la verdadera realidad: veían un conjunto de mitos afectados de nefastas falsedades, que llevaban a «continuas guerras», que exigían una «sociedad poligámica, pues eran muchas más las mujeres que los hombres», y que causaban un río incesante de homicidios sacrificiales. La calidad de un árbol ha de juzgarse por los frutos que produce, según nos enseñó Jesucristo. Y todo éstos eran frutos producidos ciertamente por la religiosidad azteca.

Podrá alegarse que también la religiosidad azteca producía frutos de gran calidad moral. Y eso lo aceptamos sin vacilar un instante. Pero inmediatamente nos atenemos al antiguo principio: «bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu». Una tarta de postre, por ejemplo, puede estar hecha con harina, huevos, azúcar, etc. de excelente calidad; pero si contiene también una cierta cantidad de arsénico, nos vemos obligados a declarar –sin pecar por eso de pesimistas– que ése es un alimento venenoso, malo, pésimo, que debe ser retirado a toda prisa.

Ni la Virgen de Guadalupe ni San Juan Diego pensaron que «no existía oposición ninguna entre su religión y cultura ancestrales y su fe cristiana». El mensaje divino del Tepeyac de ningún modo expresa una «plena aceptación del heroico pasado» religioso de los mexicanos. Nadie debe pensar de aquellos indios –como no debe pensarlo de los celtas, hindúes, budistas, sintoistas, cínicos, estoicos, etc.– que «tales héroes del pensamiento y cumplimiento religioso se salvaron todos». Nadie debe ver la evangelización de los mexicanos como si a través de ella Dios «reconoce y magnifica su fidelidad heroica, premiándola» con la gracia de Cristo. «El hombre [también el azteca] no se justifica por las obras de la Ley, sino por la fe en Jesucristo» (Gál 2,16). Todo hombre que llega a la salvación, también el azteca, se salva «por una elección graciosa. Pero si es por gracia, ya no es por las obras, que entonces la gracia ya no sería gracia» (Rm 11, 5-6).

Nunca el Evangelio de la gracia se ha dado a un pueblo para «premiar» la fidelidad que ha guardado a sus leyes religiosas ancestrales. Por el contrario, todos los pueblos que han recibido la gratuita salvación de Cristo, Sol de justicia, también el pueblo judío, el pueblo elegido, y también el pueblo mexicano, todos estaban «sentados en tinieblas y sombras de muerte» (Lc 1, 7-9).

En las maravillosas apariciones de Guadalupe, de ningún modo la Virgen María le dice a Juan Diego que «su antigua religión había sido buena, que había nacido de Dios, y que los había elevado a merecer su amor y su premio, que era lo que ahora precisamente recibían, por mérito de ellos y de sus antepasados, por su fidelidad absoluta». Nada de eso dijo la santísima Virgen, porque no es verdad; son afirmaciones inconciliables con la fe.

Y en fin, aunque ignoramos por completo el lenguaje de las expresiones pictográficas aztecas, nos negamos a ver en la imagen sagrada de Guadalupe «a los principales dioses mexicanos como padrinos de la Madre de Ometéotl».

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La evangelización produce siempre efectos devastadores contra el Diablo, neutralizando su imperio sobre hombres, pueblos y culturas. Así lo entendía Jesucristo, como se ve en tantos lugares de los evangelios, por ejemplo, cuando recibe a los 72 discípulos que había enviado a predicar. Ellos volvían felices, «diciendo: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”. El les dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño. Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos”» (Lc 10,17-19).

Los primeros misioneros franciscanos, según refieren los autores de la obra que comentamos, estaban empeñados en «impedir que ninguna idolatría entrara en el corazón de sus hijos espirituales; y [sentían] el deber de salvarlos y liberarlos de las garras de las idolatrías ancestrales, que para ellos todos venían del maligno» (263).

Y esa misma visión es la que se afirma en el I y el II Concilio Provincial Mexicano (1555 y 1565), y también en el III (1585). Los padres de este Concilio insisten en que «se ha de evitar con suma diligencia que no quede en ellos [en los indios] impreso vestigio alguno de su antigua impiedad, del cual tomen ocasión, y engañados por la astucia diabólica, vuelvan otra vez como perros al vómito de la idolatría». Por eso los Obispos disponen que «sean destruidos sus ídolos y templos… no sea que el enemigo del género humano, que siempre busca modo de dañar, encuentre algunas imágenes de la antigua impiedad, con las cuales tienda de nuevo el lazo a los recién convertidos del gentilismo» (349).

A propósito de destrucciones, recordaré para terminar una aserción de los tres autores. En ella contraponen, tratando de interpretar el pensamiento de los indios, el modo arrasador que los españoles tenían de vencer, y el modo tan distinto de los mexicanos: «los antiguos jamás destruían a los vencidos»; en cambio los españoles los sometían «destruyéndoles hasta su historia» (153). Pero esto no es fácilmente admisible. En realidad los aztecas «destruían a los vencidos»: concretamente, los sacrificaban a sus dioses, y en ocasiones los desollaban, se los comían y se revestían de sus cueros. Y como los demás pueblos de la zona, recubrían las pirámides cultuales de los pueblos vencidos con otras sobrepuestas, destruyendo así todos los signos religiosos y pictográficos de su religión, como puede verse, por ejemplo, en cierta pirámide del valle de Cholula, ahora coronada por un bello templo de la Iglesia Católica de Cristo.

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Quiera Dios que el libro El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego se siga reeditando, pues quizá no haya ninguno que sobre ese tema reuna en 600 páginas tal cúmulo de preciosos documentos y de informaciones históricas. Pero Dios quiera también que el texto futuro pase previamente en su conjunto por una revisión teológica cuidadosa y conforme en todo a la fe católica.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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